El don del Aguila

 ÍNDICE

 

 

Prólogo………………………………………………………………………………………………….. 2

 

Primera parte: EL OTRO YO

 

  1. I. La fijeza de la segunda atención……………………………………………………….. 3
  2. Viendo juntos…………………………………………………………………………………….. 10

III. Los cuasirrecuerdos del otro yo…………………………………………………… 17

  1. El transborde de los linderos del afecto……………………………………. 23
  2. Una horda de brujos iracundos………………………………………………………. 30

 

Segunda parte: EL ARTE DE ENSOÑAR

 

  1. Perder la forma humana…………………………………………………………………. 37

VII. Ensoñando juntos…………………………………………………………………………… 43

VIII. La conciencia del lado derecho y del lado izquierdo…………………. 50

 

Tercera parte: EL DON DEL ÁGUILA

 

  1. La regla del nagual…………………………………………………………………………. 57
  2. El grupo de guerreros del nagual………………………………………………… 62
  3. La mujer nagual……………………………………………………………………………….. 70

XII. Los no-haceres de Silvio Manuel……………………………………………………. 76

XIII. La complejidad del ensueño………………………………………………………….. 81

XIV. Florinda………………………………………………………………………………………….. 88

  1. La serpiente emplumada…………………………………………………………………. 99

 

APÉNDICE

 

Seis proposiciones explicatorias………………………………………………………… 95

 

 

PRÓLOGO

 

A pesar de que soy antropólogo, ésta no es, estrictamente, una obra de antropología; sin embargo, tiene sus raíces en la antropología cultural, puesto que se inició hace años como una investigación de campo en esa disciplina. En aquella época yo estaba interesado en estudiar los usos de las plantas medicinales entre los indios del suroeste de los Estados Unidos y del norte de México.

Mi investigación, con los años, se transformó en algo más, como consecuencia de su propio impulso y de mi propio crecimiento. El estudio de las plantas medicinales fue desplazado por el aprendizaje de un sistema de creencias que daba la impresión de abarcar cuando menos dos culturas distintas.

El responsable de este cambio de enfoque en mi trabajo fue un indio yaqui del norte de México, don Juan Matus, quien más tarde me presentó a don Genaro Flores, un indio mazateco del México central. Los dos eran adeptos practicantes de un antiquísimo conocimiento, que en nuestros días se le llama, comúnmente, brujería y que se considera una forma primitiva de ciencia médica y psicológica, siendo en realidad una tradición de practicantes insólitamente disciplinados y de prácticas extraordinariamente sofisticadas.

Los dos hombres se convirtieron en mis maestros más que en mis informantes, pero yo aún así persistía, de una manera desordenada, en considerar mi tarea como un trabajo antropológico; pasé años tratando de deducir la matriz cultural de ese sistema; perfeccionando una taxonomía, un patrón clasifica­torio, una hipótesis de su origen y diseminación. Todos resul­taron esfuerzos vanos ante el hecho de que las apremiantes fuerzas internas de ese sistema descarrilaron mi búsqueda in­telectual y me convirtieron en su participante.

Bajo la influencia de estos dos hombres poderosos mi obra se ha transformado en una autobiografía, en el sentido de que me he visto forzado, a partir del momento en que me volví participante, informar lo que me ocurre. Se trata de una auto­biografía peculiar porque yo no estoy tratando con lo que me sucede como hombre común y corriente, ni tampoco con los estados subjetivos que experimento durante mi vida cotidiana. Más bien, he informado sobre los eventos que se despliegan en mi vida, como resultado directo de la adopción que hice de un conjunto de ideas y de procedimientos ajenos a mí. En otras palabras, el sistema de creencias que yo quería estudiar me ha devorado, y para proseguir con mi escrutinio tengo que pagar un extraordinario tributo diario: mi vida como hombre de este mundo.

Debido a estas circunstancias, ahora me enfrento al proble­ma especial de tener que explicar lo que estoy haciendo. Me encuentro muy lejos de mi punto de origen como hombre occidental común y corriente o como antropólogo, y antes que nada debo reiterar que éste no es un libro de ficción. Lo que describo es extraño a nosotros; por eso, parece irreal.

A medida que penetro más profundamente en las compleji­dades de la brujería, lo que en un principio parecía ser un sis­tema de creencias y de prácticas primitivas ha resultado ahora un mundo enorme e intrincado. Para poder familiarizarme con ese mundo. y para poder reportarlo; tengo que utilizar mi persona de modos progresivamente complejos y cada vez más refinados. Cualquier cosa que me ocurre ya no es algo que pueda predecir, ni algo congruente con lo que los demás an­tropólogos conocen acerca del sistema de creencias de los indios mexicanos. Consecuentemente me encuentro en una posición difícil; todo lo que puedo hacer bajo las circunstan­cias es presentar lo que me sucede a mí, tal como ocurrió. No puedo dar otras garantías de mi buena fe, salvo reafirmar que no vivo una vida dual y que me he comprometido a seguir los principios del sistema de don Juan en mi existencia cotidiana.

Después de que don Juan Matus y don Genaro Flores juzga­ron que me habían explicado su conocimiento a satisfacción suya, me dijeron adiós y se fueron. Comprendí que a partir de entonces mi tarea consistía en reacomodar yo solo lo que aprendí de ellos.

A fin de cumplir con esta tarea regresé a México y supe que don Juan y don Genaro tenían otros nueve aprendices: cinco mujeres y cuatro hombres. La mayor de las mujeres se llamaba Soledad; la siguiente era María Elena, apodada la Gor­da; las tres restantes: Lidia, Rosa y josefina, eran más jóvenes y se les conocía como «las hermanitas». Los cuatro hombres, en orden de edades, eran Eligio, Benigno, Néstor y Pablito; a los tres últimos les llamaban «los Genaros» porque estuvieron muy allegados a don Genaro.

Yo ya sabía que Néstor, Pablito y Eligio, quien había desa­parecido del todo, eran aprendices, pero me habían hecho creer que las cuatro muchachas eran hermanas de Pablito, y que So­ledad era su madre. Conocí a Soledad superficialmente a tra­vés de los años y siempre la llamé doña Soledad, como signo de respeto, ya que en edad era la más cercana a don Juan. También me habían presentado a Lidia y a Rosa, pero nues­tra relación fue demasiado breve y casual para permitirme comprender quiénes eran en realidad. A la Gorda y a Josefina sólo las conocía por su nombre. Conocí a Benigno, pero no te­nía idea de que estaba relacionado con don Juan y don Genaro.

Por razones incomprensibles para mí, todos ellos parecían haber estado aguardando, de una manera u otra, mi retorno a México. Me informaron que se suponía que yo debía de tomar el lugar de don Juan como su líder, su nagual. Me dijeron que don Juan y don Genaro habían desaparecido de la faz de la tierra, al igual que Eligio. Las mujeres y los hombres creían que los tres no habían muerto, sino que habían entrado en otro mundo distinto al de nuestra vida cotidiana, pero igualmente real.

Las mujeres -especialmente doña Soledad- chocaron violentamente conmigo desde el primer encuentro. Fueron, no obstante, el instrumento que produjo una catarsis en mí. Mi contacto con ellas me llevó a una efervescencia misterio­sa en mi vida. A partir del momento en que las conocí, cambios drásticos tuvieron lugar en mi pensamiento y en mi comprensión.

Sin embargo, nada de eso ocurrió en un plano consciente: si acaso, después de visitarlas por primera vez me descubrí más confuso que nunca, pero no obstante, dentro del caos encontré una base sorprendentemente sólida. Gracias al impacto de nuestro enfrentamiento descubrí en mí, recursos que jamás imaginé poseer.

La Gorda y las tres hermanitas eran ensoñadoras consuma­das; voluntariamente me dieron consejos y me mostraron sus propios logros. Don Juan había descrito el arte de ensoñar, co­mo la capacidad de utilizar los sueños ordinarios de uno y de transformarlos en una conciencia controlada mediante una forma especializada de atención, que don Genaro y él llama­ban la segunda atención.

Yo esperaba que los tres Genaros me enseñarían sus logros en el otro aspecto de las enseñanzas de don Juan y don Genaro: “el de acechar”: Este me había sido explicado como un conjunto de procedimientos y actitudes que le permitían a uno extraer lo mejor de cualquier situación concebible. Pero todo lo que los Genaros me dijeron acerca de acechar no tenía ni la cohesión ni la fuerza que yo había anticipado. Concluí que los hombres no eran en verdad practicantes de ese arte o que, simplemente, no querían mostrármelo.

Suspendí mis indagaciones para permitir que todos ellos pudieran sentirse a gusto conmigo, pero tanto los hombres co­mo las mujeres se imaginaron, puesto que ya no les formulaba preguntas, que al fin yo actuaba como nagual. Cada uno de ellos exigió mi guía y mi consejo.

Para acceder a esto me vi obligado a llevar a cabo una recapi­tulación total de todo lo que don Juan y don Genaro me habían enseñado, y de penetrar aún más en el arte de la brujería.

 

PRIMERA PARTE: EL OTRO YO

 

I. La fijeza de la segunda atención

 

Era de tarde cuando llegué a donde vivían la Gorda y las her­manitas. La Gorda estaba sola, sentada afuera de la puerta, contemplando las montañas distantes. Se pasmó al verme. Me explicó que había estado completamente absorta en un recuer­do y que en un momento estuvo a punto de recordar algo muy vago y que tenía que ver conmigo.

Esa noche, después de cenar, la Gorda, las tres hermanitas, los tres Genaros y yo nos sentamos en el suelo del cuarto de la Gorda. Las mujeres se acomodaban juntas.

Por alguna razón, aunque tenía la misma familiaridad con cada uno de ellos, había inconscientemente elegido a la Gorda como recipiente de toda mi atención. Era como si los demás no existieran para mí. Especulé que quizá se debía a que la Gorda me recordaba a don Juan, y los demás, no. Existía algo gracioso en ella, pero esa gracia no se hallaba tanto en sus accio­nes como en mis sentimientos hacia ella.

Querían saber qué estuve haciendo antes de llegar. Les dije que acababa de estar en la ciudad de Tula, Hidalgo, donde había visitado las ruinas arqueológicas. Me impresionó notablemente una hilera de cuatro colosales figuras de piedra, con forma de columna, llamadas «los Atlantes», que se hallaban en la parte superior plana de una pirámide.

Cada una de estas figuras casi cilíndricas, que miden cinco metros de altura y uno de diámetro, está compuesta de cuatro distintas piezas de basalto talladas para representar lo que los arqueólogos creen ser guerreros toltecas que llevan su parafer­nalia guerrera. A unos siete metros detrás de cada uno de los atlantes se encuentra otra hilera de cuatro columnas rectangu­lares de la misma altura y anchura de las primeras, también he­chas con cuatro piezas distintas de piedra.

El impresionante escenario de los atlantes fue encarecido aún más para mí por lo que me contó el amigo que me había llevado al lugar. Me dijo que un guardián de las ruinas le reve­ló que él había oído, durante la noche, caminar a los atlantes, de tal forma que debajo de ellos el suelo se sacudía.

Pedí comentarios a los Genaros. Se mostraron tímidos y emitieron risitas. Me volví a la Gorda, que se hallaba sentada junto a mí, y le pedí directamente su opinión.

-Yo nunca he visto esas figuras -aseguró-. Nunca he esta­do en Tula. La mera idea de ir a ese pueblo me da miedo.

-¿Por qué te da miedo, Gorda?-pregunté.

-A mí me pasó una cosa muy rara en las ruinas de Monte Albán, en Oaxaca -contestó-. Yo me iba mucho a andar por esas ruinas, a pesar de que el nagual Juan Matus me dijo que no pusiera un pie allí. No sé por qué pero me encantaba ese lugar. Cada vez que llegaba a Oaxaca iba allí. Como a las viejas que andan solas siempre las molestan, por lo general iba con Pablito, que es muy atrevido. Pero una vez fui con Néstor. Y él vio un destello en el suelo. Cavamos un poco y encontramos una pie­dra muy extraña que cabía en la palma de mi mano. Habían hecho un hueco bien torneado en la piedra. Yo quería meter el dedo ahí y ponérmela como anillo, pero Néstor no me dejó. La piedra era suave y me calentaba mucho la mano. No sabía que hacer con ella. Néstor la puso dentro de su sombrero y la cargamos como si fuera un animal vivo.

Todos empezaron a reír. Parecía haber una broma oculta en lo que la Gorda me decía.

-¿A dónde la llevaste? -le pregunté.

-La trajimos aquí, a esta casa -respondió, y esa aseveración generó risas incontenibles en los demás. Tosieron y se ahoga­ron de reír.

-La Gorda es la que pagó por el chiste -explicó Néstor-. Tienes que verla como es, terca como una mula. El nagual ya le había dicho que no se metiera con piedras, o con huesos, o con cualquier cosa que encontrara enterrada en el suelo. Pero ella se escurría como ladrón cuando él no se daba cuenta y re­cogía toda clase de porquerías.

«Ese día, en Oaxaca, la Gorda se emperró en que debíamos llevarnos esa maldita piedra. Nos subimos con ella al camión y la trajimos hasta aquí, hasta este pueblo, y luego hasta este mismo cuarto.

-El nagual y Genaro estaban de viaje -prosiguió la Gorda-. Me sentí muy audaz, metí el dedo en el agujero y me di cuenta de que esa piedra había sido cortada para llevarla en la mano. Ahí nomás empecé a sentir lo que sentía el dueño de esa piedra. Era una piedra de poder. Me puso de mal humor. Me entró mie­do. Sentía que algo horrible se escondía en lo oscuro de la casa, algo que no tenía ni forma ni color. No podía quedarme sola. Me despertaba pegando gritos y después de un par de días ya nomás no pude ni dormir. Todos se turnaban para acompañar­me, de día y de noche.

-Cuando el nagual y Genaro regresaron -dijo Néstor-, el nagual me mandó con Genaro a poner de nuevo la piedra en el lugar exacto donde había estado enterrada. Genaro se llevó tres días en localizar el lugar exacto. Y lo hizo.

-Y a ti, Gorda ¿qué te pasó, después de eso? -pregunté.

-El nagual me enterró. Durante nueve días estuve desnuda dentro de un ataúd de tierra.

Entre ellos tuvo lugar una explosión de risa.

-El nagual le dijo que no podía salirse de allí -explicó Nés­tor-. La pobre Gorda tenía que mear y hacer caca dentro del ataúd. El nagual la empujó dentro de una caja que hizo con ra­mas y lodo. Había una puertita en un lado para la comida y el agua. Todo lo demás estaba sellado.

-¿Por qué la enterró? -indagué.

-Es la única forma de proteger a cualquiera -sostuvo Nés­tor-. La Gorda tenía que ser puesta bajo el suelo para que la tierra la curara. Nadie cura mejor que la tierra; además, el na­gual tenía que desviar el sentido de esa piedra que estaba enfo­cado en la Gorda. La tierra es una pantalla, no deja que nada pase por ningún lado. El nagual sabía que la Gorda no podía empeorar por estar enterrada nueve días, a fuerza tenía que mejorar. Y eso pasó.

-¿Qué sentiste al estar enterrada así, Gorda? -le pregunté.

-Casi me vuelvo loca -confesó-. Pero eso nomás era mi vi­cio de consentirme. Si el nagual no me hubiera puesto ahí, me habría muerto. El poder de esa piedra era demasiado grande para mí; su dueño había sido un hombre de tamaño enorme. Podía sentir que su mano era el doble de la mía. Se aferró a esa roca porque en ello le iba la vida, y al final alguien lo mató.

«Su terror me espantó. Pude sentir que algo se acercaba a mi para devorar mi carne. Eso fue lo que sintió ese hombre. Era un hombre de poder, pero alguien todavía más poderoso que él lo atrapó.

«El nagual dijo que una vez que tienes un objeto de ésos, el desastre te persigue, porque su poder entra en pelea con el po­der de otros objetos de ese tipo, y el dueño o se convierte en perseguidor o en víctima. El nagual dijo que la naturaleza de esos objetos es estar en guerra, porque la parte de nuestra aten­ción que los enfoca para darles poder es una parte belicosa, de mucho peligro.

-La Gorda es muy codiciosa -aseguró Pablito-. Se imaginó que si podía encontrar algo que de por sí ya tuviera mucho poder, ella saldría ganando porque hoy en día ya nadie está interesado en desafiar al poder.

La Gorda asintió con un movimiento de cabeza.

-Yo no sabía que uno puede recoger otras cosas aparte del poder que esos objetos tienen. Cuando metí el dedo por prime­ra vez en el agujero y agarré la piedra, mi mano se puso caliente y mi brazo empezó a vibrar. Me sentí de verdad grande y fuerte. Como siempre, y a escondidas, nadie se dio cuenta, de que yo traía la piedra en la mano. Después de varios días empezó el ver­dadero horror. Podía sentir que alguien se las traía con el dueño de la piedra. Podía sentir su terror. Sin duda se trataba de un brujo muy poderoso y quien fuera el que andara tras él no sólo quería matarlo sino también quería comerse su carne. Esto de veras me espantó. En ese momento debí tirar la piedra, pero esa sensación que estaba teniendo era tan nueva que seguía agarrándola en mi mano como una recontra pendeja que soy. Cuando finalmente la solté, ya era demasiado tarde: algo en mí había sido atrapado. Tuve visiones de hombres que se acercaban, ves­tidos con ropas extrañas. Sentía que me mordían, desgarraban la carne de mis piernas con sus dientes y con pequeños cuchi­llos filosos. ¡Me puse frenética!

-¿Y cómo explicó don Juan esas visiones? -pregunté.

-Dijo que ésta ya no tenía defensas -intervino Néstor-. Y que por eso podía recoger la fijeza de ese hombre, su segunda atención, que había sido vertida en esa piedra. Cuando lo esta­ban matando se aferró de la piedra para así poder juntar toda su concentración. El nagual dijo que el poder del hombre se desplazó del cuerpo a la piedra; sabía lo que estaba haciendo y no quería que sus enemigos se beneficiaran devorando su car­ne. El nagual también dijo que los que lo mataron sabían todo esto y por eso se lo comieron vivo, para poder adueñarse de todo el poder que le quedara. Deben haber enterrado la piedra para evitarse problemas. Y la Gorda y yo, como dos pendejos, la encontramos y la desenterramos.

La Gorda asintió, tres o cuatro veces. Tenía una expresión sumamente seria.

-El nagual me dijo que la segunda atención es la cosa más feroz que hay -declaró-. Si se le enfoca en objetos, no hay nada más horrendo.

-Lo que es horrible es que nos aferremos -dijo Néstor-. El hombre que era dueño de la piedra se aferraba a su vida y a su poder, por eso se horrorizó tanto cundo sintió que le quitaban la carne a mordidas. El nagual nos dijo que si ese hombre hubiera dejado de ser posesivo y se hubiese abando­nado a su muerte, cualquiera que fuese, no habría sentido ningún temor.

La conversación se apagó. Les pregunté a los demás si tenían algo que decir. Las hermanitas me miraron con fuego en los ojos. Benigno rió quedito y escondió su rostro con el sombrero.

-Pablito y yo hemos ido a las pirámides de Tula -convino finalmente-. Hemos ido a todas las pirámides que hay en Méxi­co, nos gustan.

-¿Y para qué fueron a todas las pirámides? -pregunté.

-Realmente no sé a qué fuimos -respondió-. A lo mejor fue porque el nagual Juan Matus nos dijo que no fuéramos.

-¿Y tú, Pablito?

-Yo fui a aprender -replico, malhumorado, y después rió-. Yo vivía en la ciudad de Tula. Conozco esas pirámides como la palma de mi mano. El nagual me dijo que él también vivió allí. Sabía todo acerca de las pirámides. El mismo era un tolteca.

Advertí entonces que algo más que curiosidad me había he­cho ir a la zona arqueológica de Tula. La razón principal por la que acepté la invitación de mi amigo fue porque la primera vez que visité a la Gorda y a los otros, me dijeron algo que don Juan nunca me había mencionado: que él se consideraba un descendiente cultural de los toltecas. Tula fue el antiguo epi­centro del imperio tolteca.

-¿Y qué, piensan que los atlantes caminen de noche? -le pregunté a Pablito.

-Por supuesto que caminan de noche -enfatizó-. Esas co­sas han estado ahí durante siglos. Nadie sabe quién construyó las pirámides; el mismo nagual Juan Matus me dijo que los españoles no fueron los primeros en descubrirlas. El nagual ase­guró que hubo otros antes que ellos. Dios sabrá cuántos.

-¿Y qué crees que representen esas figuras de piedra? -in­sistí.

-No son hombres, sino mujeres -dijo-. Y esas pirámides donde están es el centro del orden y de la estabilidad. Esas fi­guras son sus cuatro esquinas, son los cuatro vientos, las cuatro direcciones. Son la base, el fundamento de la pirámide. Tienen que ser mujeres, mujeres hombrunas si así las quieres llamar. Como ya sabes, nosotros los hombres no somos tan calientes. Somos una buena ligadura, un pegol que junta las cosas, y eso es todo. El nagual Juan Matus dijo que el misterio de la pirámi­de es su estructura. Las cuatro esquinas han sido elevadas hasta la cima. La pirámide misma es el hombre, que está sostenido por sus mujeres guerreras: un hombre que ha elevado sus so­portes hasta el lugar más alto. ¿Entiendes?

Debo haber tenido una expresión de perplejidad en el rostro. Pablito rió. Se trataba de una risa cortes.

-No, no entiendo, Pablito -reconocí-, porque don Juan nunca me habló de eso. El tema es completamente nuevo para mí. Por favor, dime todo lo que sepas.

-Lo que se conoce como atlantes son el nagual; son mujeres ensoñadoras. Representan el orden de la segunda atención que ha sido traída a la superficie, por eso son tan temibles y mis­teriosas. Son criaturas de guerra, pero no de destrucción.

«La otra hilera de columnas, las rectangulares, representan el orden de la primera atención, el tonal. Son acechadoras, por eso están cubiertas de inscripciones. Son muy pacíficas y sa­bias, lo contrario de la hilera de enfrente.

Pablito dejó de hablar y me miró casi desafiante; después, sonrió.

Pensé que iba a explicar lo que había dicho, pero guardó si­lencio como si esperara mis comentarios.

Le dije cuán perplejo me hallaba y le urgía que continuara hablando. Pareció indeciso, me miró un momento y respiró lar­gamente. Apenas había comenzado a hablar cuando las voces de los demás se alzaron en un clamor de protestas.

-El nagual ya nos explicó todo eso a nosotros -advirtió la Gorda, impacientemente-. ¿Por qué tienes que hacerlo repe­tir?

Traté de hacerles comprender que en verdad yo no tenía la menor idea de lo que hablaba Pablito. Le rogué que continua­ra con su explicación. Surgió otra oleada de voces que hablaban al mismo tiempo. A juzgar por la manera como las hermanitas me fulminaban con la mirada, se estaban encolerizando aún más, Lidia en especial.

-No queremos hablar de esas mujeres -objetó la Gorda con un tono conciliatorio-. Nomás de pensar en las mujeres de la pirámide nos ponemos muy nerviosas.

-¿Qué les pasa a todos ustedes? -pregunté-. ¿Por qué actúan así?

-No sabemos -respondió la Gorda-. Es nomás una sensa­ción que nos da a todos, una sensación muy inquieta. Todos estábamos bien hasta hace un rato, cuando empezaste a pregun­tar sobre esas mujeres.

Las aseveraciones de la Gorda fueron como una señal de alar­ma. Todos ellos se pusieron de pie y avanzaron amenazantes hacia mí, hablando muy fuerte.

Me tomó un buen rato calmarlos y hacer que volvieran a to­mar asiento. Las hermanitas se hallaban muy molestas y su mal humor parecía influenciar el de la Gorda. Los tres hombres mostraban mayor control. Me enfrenté a Néstor y le pedí lisa y llanamente que me explicara por qué las mujeres se habían agitado tanto. Era obvio que yo me hallaba, involuntariamente, haciendo algo que las exasperaba.

-Yo verdaderamente no sé lo que es -respondió-. Es que ninguno de nosotros aquí sabe lo que nos sucede. Todo lo que sabemos es que nos sentimos mal y nerviosos.

-¿Es porque estamos hablando de las pirámides? -le con­sulté.

-Debe ser por eso -respondió, sombrío-. Yo mismo no sa­bía que esas figuras fuesen mujeres.

-Claro que lo sabías, idiota -exclamó Lidia.

Néstor pareció intimidarse ante ese estallido. Retrocedió y me sonrió mansamente.

-A lo mejor lo sabía -concedió-. Estamos pasando por un periodo muy extraño en nuestras vidas. Ya ninguno de nosotros puede estar seguro de nada. Desde que llegaste a nuestras vi­das ya no nos conocemos a nosotros mismos.

Un humor muy opresivo nos poseyó. Insistí en que la única manera de ahuyentarlo era hablando de esas misteriosas colum­nas de las pirámides.

Las mujeres protestaron acaloradamente. Los hombres se mantuvieron en silencio. Tuve la sensación de que en principio estaban de acuerdo con las mujeres, pero que en el fondo que­rían discutir el tema, al igual que yo.

-¿Don Juan no te dijo algo más sobre las pirámides, Pablito? -pregunté.

-Dijo que una pirámide en especial, allí en Tula; era un guía -respondió Pablito, al instante.

Del tono de su voz deduje que en verdad tenía deseos de ha­blar. Y la atención que prestaban los demás aprendices me con­venció de que secretamente todos ellos querían intercambiar opiniones.

-El nagual dijo que era un guía que llevaba a la segunda atención -continuó Pablito-, pero que fue saqueada y todo se destruyó. Me contó que algunas de las pirámides eran gigan­tescos no-haceres. No eran sitios de alojamiento, sino lugares para que los guerreros hicieran su ensueño y ejercitaran su se­gunda atención. Todo lo que hacían se registraba con dibujos y figuras que esculpían en los muros.

«Después debe haber llegado otro tipo de guerrero, una especie que no estaba de acuerdo con lo que los brujos de la pi­rámide hicieron con su segunda atención, y que destruyó la pirámide con todo lo que allí había.

«El nagual creía que los guerreros debieron ser guerreros de la tercera atención. Así como él mismo era. Guerreros que se horrorizaron con lo maligno que tiene la fijeza de la segunda atención. Los brujos de las pirámides estaban excesivamente ocupados con su fijeza, para darse cuenta de lo que ocurría. Cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.

Pablito tenía público. Todos en el cuarto, incluyéndome a mí, estábamos fascinados con lo que nos relataba. Pude com­prender las ideas que presentaba, porque don Juan me las llegó a explicar.

Don Juan me había dicho que nuestro ser total consiste en dos segmentos perceptibles. El primero es nuestro cuerpo físi­co, que todos nosotros podemos percibir; el segundo es el cuer­po luminoso, que es un capullo que sólo los videntes pueden percibir y que nos da la apariencia de gigantescos huevos lumi­nosos. También me dijo que una de las metas más importantes de la brujería era alcanzar el capullo luminoso; una meta que se logra a través del sofisticado uso del ensueño y mediante un esfuerzo riguroso y sistemático que él llamaba no-hacer. Don Juan definía no-hacer como un acto insólito que emplea a nues­tro ser total forzándolo a ser consciente del segmento luminoso.

Para explicar estos conceptos, don Juan hizo una desigual división tripartita de nuestra conciencia. A la porción más pe­queña la llamó «primera atención» y dijo que era la conciencia que toda persona normal ha desarrollado para enfrentarse al mundo cotidiano; abarca la conciencia del cuerpo físico. A otra porción más grande la llamó la «segunda atención» y la descri­bió como la conciencia que requerimos para percibir nuestro capullo luminoso y para actuar como seres luminosos. Dijo que la segunda atención se queda en el trasfondo durante toda nuestra vida, a no ser que emerja a través de un entrenamiento deliberado o a causa de un trauma accidental, abarca la concien­cia del cuerpo luminoso. A la última porción, que era la mayor, la llamó la «tercera atención»: una conciencia de los cuerpos físico y luminoso.

Le pregunté si había experimentado la tercera atención. Dijo que se hallaba en la periferia de ella y que si llegaba a entrar completamente yo lo sabría al instante, porque todo él se con­vertiría en lo que en verdad era: un estallido de energía. Agregó que el campo de batalla de los guerreros era la segunda aten­ción, que venía a ser algo como un campo de entrenamiento para llegar a la tercera atención; un campo un tanto difícil de alcanzar, pero muy fructífero una vez obtenido.

-Las pirámides son dañinas -continuó Pablito-. En espe­cial para brujos desprotegidos como nosotros. Pero son todavía peores para guerreros sin forma, como la Gorda. El nagual dijo que no hay nada más peligroso que la fijeza maligna de la se­gunda atención. Cuando los guerreros aprenden a enfocarse en el lado débil de la segunda atención, ya no hay nada que pueda detenerlos. Se convierten en cazadores de hombres, en vampi­ros. No importa que ya no estén vivos, pueden alcanzar su presa a través del tiempo, como si estuvieran presentes aquí y ahora; porque en presas nos convertimos si nos metemos en una de esas pirámides El nagual las llamaba trampas de la segunda atención.

-¿Exactamente qué dijo que le pasaría a uno? -preguntó la Gorda.

-El nagual dijo que quizás podríamos aguantar una visita a las pirámides -explicó Pablito-. En la segunda visita sentíamos una extraña tristeza; como una brisa que nos volvería desaten­tos y fatigados: una fatiga que pronto se convierte en la mala suerte. En cuestión de días nos volveríamos unos salados. El nagual aseguró que nuestras oleadas de mala suerte se debían a nuestra obstinación al visitar esas ruinas a pesar de sus reco­mendaciones.

«Eligio, por ejemplo, nunca desobedeció al nagual. Ni a ra­tos te lo encontrabas allí; tampoco encontrabas este nagual que está aquí, y los dos siempre tuvieron suerte, mientras que el resto de nosotros traemos la sal, en especial la Gorda y yo. ¿No nos mordió el mismo perro? ¿Y no las mismas vigas del techo de la cocina se pudrieron dos veces y se nos cayeron encima?

-El nagual nunca me explicó esto -refutó la Gorda.

-Claro que sí -insistió Pablito.

-Si yo hubiera sabido lo malo que era todo eso, jamás habría puesto un pie en esos malditos lugares -protestó la Gorda.

-El nagual nos dijo a todos las mismas cosas -dijo Néstor-. El problema es que todos aquí no lo escuchábamos atentamen­te, o más bien que cada uno de nosotros lo escuchaba a su mane­ra, y oíamos lo que queríamos oír.

«El nagual explicó que la fijeza de la segunda atención tiene dos caras. La primera y la más fácil es la cara maléfica. Sucede cuando los soñadores usan su ensueño para enfocar la segunda atención en las cosas de este mundo, como dinero o poder so­bre la gente. La otra cara es la más difícil de alcanzar y ocurre cuando los soñadores enfocan su atención en cosas que ya no están en este mundo o que ya no son de este mundo, así como el viaje a lo desconocido. Los guerreros necesitan una impeca­bilidad sin fin para alcanzar esta cara.

Les dije que estaba seguro de que don Juan había revelado selectivamente ciertas cosas a algunos de nosotros; y otras, a otros. Por ejemplo, yo no podía recordar que don Juan alguna vez hubiera discutido conmigo la cara maléfica de la segunda atención. Después les hablé de lo que don Juan me había dicho referente a la fijeza de la atención en general.

Empezó por dejar en claro que para él todas las ruinas ar­queológicas de México, especialmente las pirámides, eran dañi­nas para el hombre moderno. Describió las pirámides como desconocidas de pensamiento y de acción. Dijo que cada parte, cada diseño, representaba un esfuerzo calculado para registrar aspectos de atención absolutamente ajenos a nosotros. Para don Juan no eran solamente las ruinas de antiguas culturas las que contenían un elemento peligroso en ellas; todo lo que era objeto de una preocupación obsesiva tenía un potencial dañino.

Una vez discutimos esto en detalle. Fue a causa del hecho de que yo no sabía qué hacer para poner a salvo mis notas de campo. Las veía de una manera muy posesiva y estaba obse­sionado con su seguridad.

-¿Qué debo hacer? -le pregunté.

-Genaro te dio la solución una vez -replicó-. Tú creíste, como siempre, que estaba bromeando. Pero él nunca bromea.

«Te dijo que deberías escribir con la punta de tu dedo en vez de lápiz. No le hiciste caso porque no te puedes imaginar que ése sea el no-hacer de tomar notas.

Argüí que lo que me estaba proponiendo tenía que ser una broma. Mi imagen propia era la de un científico social que ne­cesitaba registrar todo lo que era hecho o dicho, para extraer conclusiones verificables. Para don Juan, una cosa no tenía que ver con la otra. Ser un estudiante serio no tenía nada que ver con tomar notas. Yo, personalmente, no podía ver el valor de la sugerencia de don Genaro; me parecía humorística, pero no una verdadera posibilidad. ,

Don Juan llevó más adelante su punto de vista. Dijo que to­mar notas era una manera. de ocupar la primera atención en la tarea de recordar, que yo tomaba notas para recordar lo que se decía y hacía. La recomendación de don Genaro no era una broma, porque escribir con la punta de mi dedo en un pedazo de papel, siendo el no-hacer de tomar notas, forzaría a mi segunda atención a enfocarse en recordar, y ya no acumularía hojas de papel. Don Juan creía que a la larga el resultado sería más exacto y más poderoso que tomar notas. Nunca se había hecho, en cuanto a lo que él sabía, pero el principio era sólido.

Por un corto tiempo, me presionó para que lo hiciera. Me sentí perturbado. Tomar notas no sólo me servía como recurso mnemotécnico, también me aliviaba. Era mi muleta más útil. Acumular hojas de papel me daba una sensación de propósito y de equilibrio.

-Cuando te pones a cavilar en lo que vas a hacer con tus hojas -explicó don Juan-, estás enfocando en ellas una parte muy peligrosa de ti mismo. Todos nosotros tenemos ese lado peligroso, esa fijeza. Mientras más fuertes llegamos a ser, más mortífero es ese lado. La recomendación para los guerreros es no tener nada material en qué enfocar su poder, sino enfocarlo más bien hacia el espíritu, en el verdadero vuelo a lo descono­cido, no en salvaguardas triviales. En tu caso, las notas son tu salvaguarda. No te van a dejar vivir en paz.

Yo creía seriamente que no había manera alguna sobre la faz de la tierra, que me disociara de mis notas. Pero don Juan concibió una tarea para llevarme a ese fin. Dijo que para alguien que era tan posesivo como yo, el modo más apropiado de libe­rarme de mis cuadernos de notas sería revelándolos, echándo­los a lo abierto, escribiendo un libro. En esa época pensé que ésa era una broma mayor aún que tomar notas con la punta del dedo.

-Tu compulsión de poseer y aferrarte a las cosas no es única -sostuvo-. Todo aquel que quiere seguir el camino del guerre­ro, el sendero del brujo, tiene que quitarse de encima esa fijeza.

«Mi benefactor me dijo que hubo una época en que los gue­rreros sí tenían objetos materiales en los que concentraban su obsesión. Y eso daba lugar a la pregunta de cuál objeto sería más poderoso, o el más poderoso de todos. Retazos de esos objetos aún existen en el mundo, las trazas de esa contienda por el poder. Nadie puede decir qué tipo de fijeza habrán recibi­do esos objetos. Hombres infinitamente más poderosos que tú virtieron todas las facetas de su atención en ellos. Tú apenas empiezas a desparramar tu minúscula preocupación en tus no­tas. Todavía no has llegado a otros niveles de atención. Piensa en lo horrible que sería si al final de tu sendero de guerrero te en­contraras cargando tus bultos de notas en la espalda. Para ese entonces, las notas estarían vivas, especialmente si aprendieras a escribir con la punta del dedo y todavía tuvieras que apilar hojas. Bajo esas circunstancias no me sorprendería que alguien encontrara tus bultos caminando solos.

-Para mí es fácil comprender por qué el nagual Juan Matus no quería que tuviéramos posesiones -señaló Néstor, después de que concluí de hablar-. Todos nosotros somos ensoñado­res. No quería que enfocáramos nuestro cuerpo de ensueño en la cara débil de la segunda atención. Yo no entendí sus manio­bras en aquellos días; me chingaba el hecho de que me hizo deshacerme de todo lo que tenía. Pensé que era injusto. Creí que estaba tratando de evitar que Pablito y Benigno me tuvie­ran envidia, porque ellos no poseían nada. En comparación, yo era pudiente. En esa época, yo no tenía idea de que el nagual estaba protegiendo mi cuerpo de ensueño.

Don Juan me había descrito el ensoñar de diversas maneras. La más oscura, ahora me parece que lo define mejor. Dijo que ensoñar intrínsecamente es el no-hacer de dormir. En este senti­do, el ensueño permite al practicante el uso de esa porción de su vida que se pasa en el sopor. Es como si los ensoñadores ya no durmiesen, y sin embargo esto no resulta en ninguna enfer­medad. A los ensoñadores no les falta el sueño, pero el efecto de ensoñar parece ser un incremento del tiempo de vigilia, de­bido al uso de un supuesto cuerpo extra: el cuerpo de ensueño.

Don Juan me había explicado que, en ciertas ocasiones, el cuerpo de ensueño era llamado el «doble» o el «otro», porque es una réplica perfecta del cuerpo del ensoñador. Inherente­mente se trata de la energía del ser luminoso, una emanación blancuzca, fantasmal, que es proyectada mediante la fijeza de la segunda atención en una imagen tridimensional del cuerpo. Don Juan me advirtió que el cuerpo de ensueño no es un fan­tasma, sino que es tan real como cualquier cosa con la que trata­mos en el mundo. Dijo que, inevitablemente, la segunda aten­ción es empujada a enfocar nuestro ser total como campo de energía, y que transforma esa energía en cualquier cosa apro­piada. Lo más fácil, por supuesto, es la imagen del cuerpo físi­co, con la cual estamos completamente acostumbrados en nuestras vidas diarias, gracias al uso de nuestra primera aten­ción. Lo que canaliza la energía de nuestro ser total, para pro­ducirse cualquier cosa que pueda hallarse dentro de los límites de lo posible, es conocido como voluntad. Don Juan no podía decir cuáles eran esos límites, salvo que al nivel de seres lumi­nosos nuestro alcance es tan amplio que resulta vano tratar de establecer límites: de modo que la energía de un ser luminoso puede transformarse en cualquier cosa mediante la voluntad.

-El nagual aseguró que el cuerpo de ensueño se mete y se engancha en cualquier cosa -expuso Benigno-. No tiene juicio. Me dijo que los hombre son más débiles que las mujeres porque el cuerpo de ensueño de un hombre es más posesivo.

Las hermanitas demostraron su acuerdo al unísono, con un movimiento de cabeza. La Gorda me miró y sonrió.

-El nagual me dijo que tú eres el rey de los posesivos -inter­vino-. Genaro decía que hasta te despides dé tus mojones cuando se los lleva el río.

Las hermanitas se revolcaron de risa. Los Genaros hicieron obvios esfuerzos por contenerse. Néstor, que se hallaba sentado junto a mí, me palmeó la rodilla.

-El nagual y Genaro nos contaban historias sensacionales de ti -dijo-. Nos entretuvieron durante años con las historias de un tipo raro que conocían. Ahora sabemos que se trataba de ti.

Sentí una oleada de vergüenza. Era como si don Juan y don Genaro me hubieran traicionado, riéndose de mí enfrente de los aprendices. La tristeza me envolvió. Empecé a protestar. Dije en voz alta que a ellos los habían predispuesto en mi contra para tomarme como un tonto.

-No es cierto -dijo Benigno-. Estamos muy contentos de que estés con nosotros.

-¿Estamos? -replicó mordazmente Lidia.

Todos se enredaron en una discusión acalorada. Los hombres y las mujeres se habían dividido. La Gorda no se unió a ningún grupo. Permaneció sentada junto a mí, mientras los otros se ponían en pie y gritaban.

-Estamos pasando por momentos difíciles -susurró la Gor­da-. Hemos hecho bastante ensueño y sin embargo no es su­ficiente para lo que necesitamos.

-¿Qué necesitan ustedes, Gorda? -pregunté.

-No sabemos. Todos tenían la esperanza de que tú nos lo dijeras.

Las hermanitas y los Genaros tomaron asiento nuevamente para escuchar lo que la Gorda me decía.

-Necesitamos un líder -continuó ella-. Tú eres el nagual, pero no eres líder.

-Toma tiempo llegar a ser un nagual perfecto -proclamó Pablito-. El nagual Juan Matus me dijo que él mismo fue un fracaso en su juventud, hasta que algo lo sacó de su compla­cencia.

-¡No lo creo! -gritó Lidia-. A mí nunca me dijo eso.

-A mí me dijo que era un tarugo -añadió la Gorda, en voz baja.

-El nagual me contó que en su juventud era un salado igual que yo -precisó Pablito-. Su benefactor también le requirió que jamás pusiera el pie en esas pirámides, y nomás por eso, prácticamente vivía allí hasta que lo corrió una horda de fan­tasmas.

Al parecer nadie conocía esa historia. Todos se avivaron.

-Eso se me había olvidado completamente -comentó Pabli­to-. Hasta ahorita lo acabo de recordar. Fue como lo que le pasó a la Gorda. Un día, después de que el nagual finalmente se había convertido en un guerrero sin forma, la fijeza maligna de esos guerreros que habían hecho sus ensueños y otros no-­haceres en las pirámides, se le vinieron encima. Lo encontraron cuando trabajaba en el campo. Me contó que vio que una ma­no salía de la tierra floja de un surco fresco, para agarrarle el vuelo de sus pantalones. El creyó que se trataba de un compa­ñero trabajador que había sido enterrado accidentalmente. Trató de desenterrarlo. Entonces se dio cuenta de que estaba metiendo las manos en un ataúd de tierra, y que había un hom­bre enterrado allí. Era un hombre muy delgado y moreno y no tenía pelo. Frenéticamente, el nagual trató de componer el ataúd de tierra. No quería que sus compañeros vieran lo que estaba pasando, ni tampoco quería hacer daño al hombre de­senterrándolo contra su voluntad. Se puso a trabajar tan duro que ni siquiera se dio cuenta, que los demás trabajadores lo estaban rodeando. Para entonces, el nagual dijo que el ataúd de tie­rra se había desecho y que el hombre moreno se encontraba tendido en el suelo, desnudo. Trató de ayudarlo a levantarse y pidió a los hombres que le dieran una mano. Se rieron de él. Pensaron que estaba borracho, que le había dado el delirium tremens, porque ahí, en ese campo, no habían ni hombre ni ataúd de tierra ni nada por el estilo.

«El nagual dijo que se quedó aterrado, pero que no se atre­vió a contarle a su benefactor nada de eso. No importó, porque en la noche toda una banda de fantasmas llegó por él. Fue a abrir la puerta de la calle después de que alguien había tocado y una horda de hombres desnudos, con ojos amarillos y brillan­tes, se metieron en la casa. Lo tiraron al suelo y se apilaron encima de él. Y le hubieran pulverizado todos los huesos de no haber sido por la veloz reacción de su benefactor. Vio a los fantasmas y empujó al nagual hasta ponerlo a salvo en un hueco en la tierra, que siempre tenia convenientemente abierto en la parte de atrás de su casa. Enterró allí al nagual mientras los fantasmas se acurrucaron alrededor esperando su oportunidad.

«El nagual admitió que se espantó tanto, que todas las no­ches él solito se metía otra vez a su ataúd de tierra a dormir, hasta mucho después de que los fantasmas desaparecieron.

Pablito cesó de hablar. Todos parecían estar impacientes; cambiaron de posición repetidamente como si quisieran dar a entender que estaban cansados de estar sentados.

Para calmarlos les dije que yo había tenido una reacción muy perturbadora al oír las aseveraciones de mi amigo acerca de los atlantes que caminaban de noche en la pirámide de Tula.

No me había dado cuenta de la profundidad con que acepté lo que don Juan y don Genaro me habían enseriado, hasta ese día. A pesar de que mi mente estaba bien claro que no había posibilidad alguna de que esas colosales figuras de piedra pudie­ran caminar, porque tal cuestión no entraba en el ámbito de la especulación seria, yo suspendí mi juicio por completo. Mi reacción fue una total sorpresa para mí.

Les expliqué extensamente que yo había aceptado la idea de que los atlantes caminaran de noche, como un claro ejemplo de la fijeza de la segunda atención. Había llegado a esa conclu­sión siguiendo las siguientes premisas: Primero, que no somos solamente aquello que nuestro sentido común nos exige que creamos ser. En realidad somos seres luminosos, capaces de volvernos conscientes de nuestra luminosidad. Segundo, que como seres luminosos conscientes de nuestra luminosidad podemos enfocar distintas facetas de nuestra conciencia, o de nuestra atención, como don Juan le llamaba. Tercero, que ese enfoque podía ser producido mediante un esfuerzo deliberado, como el que nosotros tratábamos de hacer, o accidentalmente, a través de un trauma corpóreo. Cuarto, que había habido una época en que los brujos deliberadamente enfocaban distintas facetas de su atención en objetos materiales. Quinto, que los atlantes, a juzgar por su espectacular apariencia, debieron haber sido objetos de la fijeza de los brujos de otro tiempo.

Dije que el guardia que le dio la información a mi amigo, sin duda había enfocado otra faceta de su atención: él podía haberse convertido, involuntariamente, aunque sólo por un mo­mento, en un receptor de las proyecciones de la segunda aten­ción de los brujos de la antigüedad. No era tan desmedido para mí entonces que ese hombre hubiera visualizado la fijeza de aquellos brujos.

Si ellos eran miembros de la tradición de don Juan y de don Genaro, debieron haber sido practicantes impecables, en cuyo caso no habría límite para lo que podrían llevar a cabo con la fijeza de su segunda atención. Si su intento era que los atlantes caminaran de noche, entonces los atlantes caminaban de noche.

Mientras yo hablaba, las hermanitas se pusieron muy enoja­das y nerviosas conmigo. Cuando concluí, Lidia me acusó de no hacer nada más que hablar. Se pusieron en pie y se fueron sin siquiera despedirse. Los hombres las siguieron, pero se de­tuvieron en la puerta para estrecharme la mano. La Gorda y yo nos quedamos en el cuarto.

-Hay algo que anda muy mal con esas mujeres -censuré.

-No. Nada más están cansadas de hablar -disculpó la Gor­da-. Esperan que tú actúes en vez de hablar.

-¿Y cómo es que los Genaros no están cansados de hablar? -pregunté.

-Porque son mucho más pendejos que las mujeres -replicó secamente.

-¿Y tú, Gorda? ¿Tú también estás cansada de hablar?

-No te podría decir -eludió solemnemente-. Cuando estoy contigo no me canso, pero cuando estoy con las hermanitas me siento cansadísima, igual que ellas.

 

Durante los siguientes días, los cuales pasaron sin acontecimien­tos, resultó obvio que las hermanitas estaban completamente enemistadas conmigo. Los Genaros a duras penas me toleraban. Sólo la Gorda parecía alinearse conmigo. Me causó sorpresa. Se lo pregunté antes de volverme a Los Ángeles.

-No sé cómo es posible, pero estoy acostumbrada a ti -ad­mitió-. Es como si tú y yo estuviéramos unidos, y las herma­nitas y los Genaros estuvieran en un mundo distinto.

 

  1. VIENDO JUNTOS

 

Durante varias semanas después de mi regreso a Los Ángeles experimenté repetidamente una leve sensación de incomodi­dad, que la explicaba como causada por un mareo o como una repentina pérdida del aliento causada por cualquier esfuerzo físico agotador. Culminó todo esto una noche en que desper­té aterrorizado, sin poder respirar. El médico al que fui a ver diagnosticó mi problema como hiperventilación, probablemen­te debida a tensión nerviosa. Me recetó un tranquilizante y su­girió que respirara dentro de una bolsa de papel si el ataque se repetía de nuevo.

Decidí volver a México para pedir consejo a la Gorda. Le dije cuál era el diagnóstico de mi médico; calmadamente, ella me aseguró que no se trataba de ninguna enfermedad, sino que al fin y al cabo estaba yo perdiendo mis salvaguardas, y que lo que experimentaba era «la pérdida de mi forma humana» y el ingreso a un estado de separación con los asuntos humanos.

-No le hagas lucha -aconsejó-. Nuestra reacción normal es asustarnos y pelearnos con todo esto. Al hacerlo, lo alejamos. Deja los temores a un lado, y sigue la pérdida de tu forma hu­mana paso a paso.

Agregó que en su caso la desintegración de su forma humana comenzó en su vientre, con un dolor severo y una presión ex­cesiva que lentamente se desplazaba en dos direcciones, por abajo hacia sus piernas y por arriba hasta su garganta. Reiteró que los efectos se sienten inmediatamente.

Yo quería anotar cada matiz de mi entrada a ese nuevo es­tado. Me preparé para describir un relato detallado de todo lo que ocurriese. Desafortunadamente, nada más sucedió. Tras unos días de inútil espera abandoné la advertencia de la Gorda y concluí que el médico había diagnosticado mi aflicción co­rrectamente. Esto resultaba comprensible. Me hallaba cargado de una responsabilidad que generaba una tensión insoportable. Había aceptado el liderazgo que los aprendices creían que me correspondía, pero no tenía la menor idea de cómo guiarlos.

La presión de mi vida también se reflejó de un modo más serio. Mi acostumbrado nivel de energía decaía uniformemen­te. Don Juan me habría dicho que estaba perdiendo mi poder personal, y por tanto llegaría también a perder la vida. Don Juan había arreglado mis asuntos de tal modo que vivía exclusi­vamente del poder personal, el cual yo atendía como un estado de ser, una relación de orden entre el sujeto y el universo, una relación que si se desarregla resulta irremediablemente la muer­te del sujeto. Puesto que no había forma previsible de cambiar mi situación, deduje que mi vida se extinguía. Esa sensación de irrefutable condena, enfurecía a todos los aprendices. De­cidí dejarlos solos por un par de días para atenuar mi lobre­guez y la tensión de ellos.

 

Cuando regresé los encontré parados afuera de la puerta prin­cipal de la casa de las hermanitas, como si me estuvieran espe­rando. Néstor corrió a mi auto y, antes de que apagara el motor, me dijo a gritos que Pablito nos había dejado a todos, que se fue a morir a la ciudad de Tula, al lugar de sus antepasados. Me desconcerté. Me sentí culpable.

La Gorda no compartía mi preocupación. Estaba radiante, contentísima.

-Ese pinche cabrón está mejor muerto -aseguró-. Ahora vamos a vivir en armonía, como debe ser. El nagual nos dijo que tú traerías cambios a nuestras vidas. Bueno, pues así fue. Pablito ya no nos joderá más. Te deshiciste de él. Mira qué contentos estamos. Estamos mejor sin él.

Me escandalizo su dureza. Afirmé, lo más vigorosamente posible, que don Juan nos había dado, de la manera más labo­riosa, el marco de la vida de un guerrero. Enfaticé que la im­pecabilidad del guerrero me exigía que no dejara morir a Pablito, así nada más.

-¿Y qué te crees que vas a hacer? -preguntó la Gorda.

Me voy a llevar a una de ustedes a que viva con él hasta el día en que todos, incluyendo a Pablito, puedan irse de aquí.

Se rieron de mí, incluso Néstor y Benigno, a quienes yo siem­pre creí más afines a Pablito. La Gorda se rió mucho más que todos, desafiándome obviamente.

Apelé a la comprensión de la Gorda. Le rogué. Utilicé todos los argumentos que se me ocurrieron. Me miró con desprecio total.

-Vámonos -les ordenó a los demás.

Me ofreció la más vacua de las sonrisas. Alzó los hombros e hizo un vago gesto al fruncir los labios.

-Puedes venir con nosotros -me ofreció-, siempre y cuan­do no hagas preguntas ni hables de ese pendejo.

-Eres una guerrera sin forma -dije-. Tú misma me lo dijiste. ¿Por qué, entonces, ahora juzgas a Pablito?

La Gorda no respondió. Pero sintió el golpe. Frunció el en­trecejo y no quiso mirarme.

-¡La Gorda está con nosotras! -chilló Josefina con una voz terriblemente aguda.

Las tres hermanitas se congregaron en torno a la Gorda y la empujaron al interior de la casa. Las seguí. Néstor y Benigno también entraron.

-¿Qué vas a hacer, llevarte a fuerzas a una de nosotras? -me gritó la Gorda.

Le dije a todos que yo consideraba un deber ayudar a Pabli­to y que haría lo mismo por cualquiera de ellos.

-¿De veras crees que puedes salirte con la tuya? -me pre­guntó la Gorda, con los ojos llameando de ira.

Yo quería rugir de rabia, como una vez lo hice en su presen­cia, pero las circunstancias eran distintas. No podía hacerlo.

-Me voy a llevar a Josefina -avisé-. Soy el nagual.

La Gorda juntó a las tres hermanitas y las escudó con su pro­pio cuerpo. Estaban a punto de tomarse de las manos. Algo en mí sabía que, de hacerlo, su fuerza combinada sería terrible y mis esfuerzos por llevarme a Josefina resultarían inútiles. Mi única oportunidad consistía en atacar antes de que ellas pudieran agruparse. Empujé a Josefina con las palmas de las manos y la lancé tambaleándose hasta el centro del cuarto. Antes de que tuvieran tiempo de agruparse, golpeé a Lidia y a Rosa. Se doblaron, adoloradas. La Gorda vino hacia mí con una furia que jamás le había visto. Toda su concentración se hallaba en un solo impulso de su cuerpo. De haberme golpeado habría acabado conmigo. Por centímetros no me atinó en el pecho. La atrapé por detrás con un abrazo de oso y caímos al suelo. Rodamos y rodamos hasta quedar completamente exhaustos. Su cuerpo se relajó. Empezó a acariciar el dorso de mis manos, que se hallaban fuertemente apretadas en torno a su estómago.

Vi a Néstor y Benigno junto a la puerta. Los dos parecían estar a punto de vomitar.

La Gorda sonrió tímidamente y me susurró al oído que es­taba muy bien el que yo la hubiera dominado.

Me llevé a Josefina con Pablito. Creí que ella era la única de los aprendices que genuinamente necesitaba a alguien que la cuidara, y a la que menos detestaba Pablito. Estaba seguro de que el sentido de caballerosidad de Pablito lo forzaría a auxi­liarla cuando ella lo necesitara.

 

Un mes después volví nuevamente a México. Pablito y Josefina habían regresado. Vivían juntos en la casa de don Genaro, y la compartían con Benigno y Rosa. Néstor y Lidia vivían en la casa de Soledad, y la Gorda habitaba sola en la casa de las hermanitas.

-¿Te sorprende la manera como nos arreglamos para vivir? -consultó la Gorda.

Mi sorpresa era más evidente. Quería saber cuáles eran las implicaciones de esta nueva organización.

La Gorda replicó, secamente, que no había nada de implica­ciones. Decidieron vivir en pares, pero no como parejas. Agre­gó que, al contrario de todo lo que yo pudiera pensar, todos ellos eran guerreros impecables.

El nuevo arreglo parecía bastante agradable. Todos se halla­ban completamente en paz. Ya no había más pleitos o explo­siones de conducta competitiva entre ellos. También les dio por vestirse con las ropas indígenas típicas de la región. Las mujeres usaban vestidos con faldas largas que casi tocaban el suelo, rebozos negros y el pelo en trenzas, a excepción de Jose­fina, la cual siempre llevaba sombrero. Los hombres se vestían con ligeros pantalones y camisas de manta blanca, que parecían piyamas. Usaban sombreros de paja, y todos calzaban huara­ches hechos en casa.

Le pregunté a la Gorda cuál era la razón de su nueva manera de vestir. Me dijo que estaban preparándose para partir. Tarde o temprano, con mi ayuda o por sí mismos, iban a abandonar ese valle. Irían hacia un mundo nuevo, hacia una nueva vida. Cuando lo hicieran, todos se darían cuenta cabal del cambio, porque mientras más usaran la ropa india, más dramático sería el cambio cuando se pusieran la indumentaria de la ciudad.

Añadió que les enseñaron a ser fluidos, a estar a sus anchas en cualquier situación en que se encontrasen, y que a mí me habían enseñado lo mismo. Lo que se demandaba de mi con­sistía en actuar con ellos sin perder la ecuanimidad, a pesar de lo que me hicieran. Para ellos, la demanda consistía en abando­nar el valle y establecerse en otro sitio a fin de averiguar si de verdad podían ser tan fluidos como los guerreros deben serlo.

Le pedí su honesta opinión sobre nuestras posibilidades de tener éxito. Me dijo que el fracaso estaba marcado en nuestros rostros.

La Gorda cambió el tema abruptamente y dijo que en su en­sueño se había hallado contemplando una gigantesca y estre­cha barranca entre dos enormes montañas redondas; presumía que las dos montañas le eran conocidas y que quería que yo la llevara en mi auto hasta un pueblo cercano. La Gorda pensaba, sin saber por qué, que las dos montañas se hallaban allí, y que el mensaje de su ensueño era que los dos debíamos ir a ese lugar.

 

Partimos al rayar el alba. Yo ya había estado en las cercanías de ese pueblo con anterioridad. Era muy pequeño y nunca ha­bía advertido nada en los alrededores que se acercase siquiera a la visión de la Gorda. Por ahí sólo había colinas erosionadas. Resultó que las dos montañas no se encontraban ahí, o, si así era, no las pudimos localizar.

Sin embargo, durante las dos horas que pasamos en el pueblo, tanto ella como yo tuvimos la sensación de que conocíamos algo indefinido, una sensación que en momentos se transfor­maba en certeza y que después retrocedía nuevamente a la oscuridad y se convertía en mera molestia y frustración. Visi­tar ese pueblo nos inquietó de una manera misteriosa; o, más bien, por razones desconocidas, los dos quedamos muy agita­dos. Yo me descubrí angustiado por un conflicto sumamente lógico. No recordaba haber estado alguna vez en el pueblo mismo y, sin embargo, podía jurar que no sólo estuve ahí, sino que había vivido ahí algún tiempo. No se trataba de una evo­cación clara; no podía recordar ni las calles ni las casas. Lo que sentía era la aprensión vaga pero poderosa de que algo se clarificaría en mi mente. No estaba seguro de qué, un recuerdo quizá. En momentos, esa incierta aprensión se volvía inmensa, en especial al ver una casa en particular. Me estacioné frente a ella. La Gorda y yo la miramos desde el auto quizá durante una hora y, no obstante, ninguno de nosotros sugirió que bajá­ramos del auto para ir a ella.

Los dos nos hallábamos muy tensos. Empezamos a hablar acerca de la visión de la Gorda de las dos montañas y nuestra conversación pronto devino en pleito. Ella creía que yo no ha­bía tomado en serio su ensueño. Nuestros temperamentos se encendieron y terminamos gritándonos el uno al otro, no tan­to por ira como por nerviosidad. Me di cuenta de ello y me contuve.

Al regresar, estacioné el auto a un costado del camino de tierra. Nos bajamos para estirar las piernas. Caminamos unos momentos, pero hacía demasiado viento para estar a gusto. La Gorda estaba aún agitada. Regresamos al auto y nos sentamos dentro.

-Si nomás recuperaras lo que sabes -me dijo la Gorda con tono suplicante-, si replegaras tu conocimiento, te darías cuen­ta de que perder la forma humana. . .

Se interrumpió a mitad de la frase; mi ceño debió haberla detenido. Sabía muy bien lo difícil que era mi lucha. Si hubiese habido algún conocimiento que hubiera podido recuperar cons­cientemente, ya lo habría hecho.

-Pero es que somos seres luminosos -convino con el mismo tono suplicante-. Tenemos tanto. . . Tú eres el nagual. Tú tienes más aún.

-¿Qué crees que debo hacer?

-Tienes que abandonar tu deseo de aferrarte -sugirió-. Lo mismo me ocurrió a mí. Me aferraba a las cosas, por ejemplo la comida que me gustaba, las montañas donde vivía, la gente con la que disfrutaba platicar. Pero más que nada me aferraba al deseo de que me quieran.

Le dije que su consejo no tenía sentido para mí porque no estaba consciente de aferrarme a algo. Ella insistió en que de alguna manera yo sabía que estaba poniendo barreras a la pér­dida de mi forma humana.

-Nuestra atención ha sido entrenada para enfocar con ter­quedad -continuó-. Esa es la manera como sostenemos el mundo. Tu primera atención ha sido adiestrada para enfocar algo que es muy extraño para mí, pero muy conocido para ti.

Le dije que mi mente se engarzaba en abstracciones, pero no en abstracciones como las matemáticas, por ejemplo, sino más bien en proposiciones razonables.

-Ahora es el momento de dejar todo eso -propuso-. Pa­ra perder tu forma humana, necesitas desprenderte de todo ese lastre. Tu contrapeso es tan fuerte que te paralizas.

No estaba con humor para discutir. Lo que la Gorda llamaba perder la forma humana era un concepto demasiado vago para una consideración inmediata. Me preocupaba lo que habíamos experimentado en ese pueblo. La Gorda no quería hablar de ello.

-Lo único que cuenta es que repliegues tu conocimiento, que recuperes lo que sabes -opinó-. Lo puedes hacer cuando lo necesitas, como ese día en que Pablito se fue y tú y yo nos agarramos a chingadazos.

La Gorda dijo que lo ocurrido ese día era un ejemplo de «replegar el conocimiento». Sin estar plenamente consciente de lo que hacía, había llevado a cabo complejas maniobras que implicaban ver.

-Tú no nos diste de chingadazos nomás porque sí -aña­dió-. Tú viste.

Tenía razón en cierta manera. Algo bastante fuera de lo co­mún tuvo lugar en esa ocasión. Yo lo había considerado deta­lladamente, confinándolo, sin embargo, a una especulación puramente personal, puesto que no podía darle una explicación apropiada. Pensé que la carga emocional del momento me ha­bía afectado en forma inusitada.

Cuando hube entrado en la casa de ellos y enfrenté a las cuatro mujeres, en fracciones de segundo advertí que podía cambiar mi manera ordinaria de percibir. Vi cuatro amorfas burbujas de luz ámbar muy intensa frente a mí. Una de ellas era de matiz delicado. Las otras tres eran destellos hostiles, ás­peros, blancoambarinos. El brillo agradable era el de la Gorda. Y en ese momento los tres destellos hostiles se cernieron ame­nazantemente sobre ella.

La burbuja de luminosidad blancuzca más cercana a mí, que era la de Josefina, estaba un tanto fuera de equilibrio. Se halla­ba inclinándose, así que di un empujón. Di puntapiés a las otras dos, en una depresión que cada una de ellas tenía en el cos­tado derecho. Yo no tenía una idea consciente de que debía asestar allí mis puntapiés. Simplemente descubrí que la depre­sión era adecuada: de alguna manera ésta invitaba a que yo las pateara allí. El resultado fue devastador. Lidia y Rosa se des­mayaron en el acto. Las había golpeado en el muslo derecho. No se trato de un puntapié que rompiera huesos, sino que solo empujé con mi pie las burbujas de luz que se hallaban frente a mí. No obstante, fue como si les hubiera dado un golpe feroz en la más vulnerable parte de sus cuerpos.

La Gorda tenía razón. Yo había recuperado algún conoci­miento del cual no estaba consciente. Si eso se llama ver, la conclusión lógica de mi intelecto sería que ver es un conoci­miento corporal. La preponderancia del sentido visual en no­sotros, influencia este conocimiento corporal y lo hace aparecer relacionado con los ojos. Pero lo que experimenté no era del todo visual. Vi las burbujas de luz con algo que no sólo eran mis ojos, puesto que estaba consciente de que las cuatro muje­res se hallaban en mi campo de visión durante todo el tiempo que lidié con ellas. Las burbujas de luz ni siquiera se encontra­ban sobreimpuestas en ellas. Los dos conjuntos de imágenes estaban separados. Si me desplacé visualmente de una escena a la otra, el desplazamiento tuvo que haber sido tan rápido que parecía no existir; de allí que sólo podía recordar la percepción simultánea de dos escenas separadas.

Después de que di los puntapiés a las dos burbujas de luz, la más agradable -la Gorda- se acercó a mí. No vino direc­tamente, pues dibujó un ángulo a la izquierda a partir del mo­mento en que comenzó a moverse; obviamente no intentaba golpearme, así es que cuando el destello pasó junto a mí lo atrapé. Mientras rodaba en el suelo con él, sentí que me fundía en el destello. Ese fue el único momento en el que en verdad perdí el sentido de continuidad. De nuevo estuve consciente de mí mismo cuando la Gorda acariciaba los dorsos de mis manos.

-En nuestro ensoñar, las hermanitas y yo hemos aprendido a unir las manos -explicó la Gorda-. Sabemos cómo hacer una línea. Nuestro problema ese día era que nunca habíamos hecho esa línea fuera de nuestro cuarto. Por eso me arrastraron dentro. Tu cuerpo supo lo que significaba que nosotras juntá­ramos las manos. Si lo hubiéramos hecho, yo habría quedado bajo control de ellas. Y ellas son más feroces que yo. Sus cuer­pos están impenetrablemente cerrados, no les preocupa el sexo. A mí, sí. Eso me debilita. Estoy segura de que tu preocupación por el sexo es lo que hace que te sea tan difícil replegar tu co­nocimiento.

La Gorda continuó hablando acerca de los efectos debilita­dores del sexo. Me sentí incómodo. Traté de desviar la conver­sación de ese tema, pero ella parecía decidida a volver a él a pesar de mi contrariedad.

-Vámonos tú y yo a la ciudad de México -le dije, deses­perado.

Pensé que eso la espantaría. No respondió. Frunció los la­bios, entrecerrando los ojos. Contrajo los músculos de su bar­billa, echando hacia adelante el labio superior hasta que quedó bajo la nariz. Su rostro quedó tan torcido que me desconcerté. Ella reaccionó ante mi sorpresa y relajó los músculos faciales.

-Ándale, Gorda -insistí-. Vamos a la ciudad de México.

-Claro que sí, ¿por qué no? -dijo-. ¿Qué necesito?

No esperaba esa respuesta y yo fui el que acabó escandalizán­dose.

-Nada -dije-. Nos vamos como estamos.

Sin decir otra palabra se hundió en el asiento y nos encamina­mos hacia la ciudad de México. Aún era temprano, ni siquiera el mediodía. Le pregunté si se atrevería a ir a Los Ángeles conmi­go. Lo pensó unos momentos.

-Acabo de hacerle esa pregunta a mi cuerpo luminoso -pre­cisó.

-¿Y qué te contestó?

-Que sólo si el poder lo permite.

Había tal riqueza de sentimiento en su voz que detuve el auto y la abracé. Mi afecto hacia ella en ese momento era tan profundo que me asustó. No tenía nada que ver con el sexo o con la necesidad de un reforzamiento psicológico, se trataba de un sentimiento que trascendía todo lo que me era conocido.

Abrazar a la Gorda me devolvió la sensación, antes experi­mentada, de que algo, que estaba embotellado en mí, empuja­do a sitios recónditos a los que no podía llegar conscientemen­te, se hallaba a punto de liberarse. Casi supe lo que era, pero lo perdí cuando estaba a punto de obtenerlo.

 

La Gorda y yo llegamos a la ciudad de Oaxaca al anochecer. Estacioné el auto en una calle cercana y caminamos hacia el centro de la ciudad, al zócalo. Buscamos la banca en la que don Juan y don Genaro solían sentarse. No estaba ocupada. Toma­mos asiento allí, en un silencio reverente. Luego, la Gorda dijo que muchas veces había estado allí con don Juan, al igual que con otras personas que no podía recordar, No estaba segura si esto se trataba solamente de algo que había soñado.

-¿Qué hacías con don Juan en esta banca? -le pregunté.

-Nada Aquí nos sentábamos a esperar el camión, o un ca­mión maderero que nos llevaba de aventón a las montañas -respondió.

Le dije que cuando don Juan y yo nos sentábamos allí pla­ticábamos horas y horas.

Le conté la gran predilección que don Juan tenía por la poe­sía, y cómo yo solía leerle cuando no teníamos que hacer. Oía los poemas bajo la base de que sólo el primero, o en ocasiones el segundo párrafo, valía la pena de ser leído; creía que el resto sólo era un consentirse del poeta. Únicamente unos cuantos poemas, de los cientos que debí haberle leído, llegó a escuchar hasta el final. En un principio buscaba lo que a mí me agradaba; mi preferencia era la poesía abstracta, cerebral, retorcida. Des­pués me hizo leer una y otra vez lo que a él le gustaba. En su opinión, un poema debía ser, de preferencia, compacto, corto. Y tenía que estar compuesto de imágenes punzantes y preci­sas, de gran sencillez.

A la caída de la tarde, sentados en esa banca de Oaxaca, un poema de César Vallejo siempre recapitulaba para él un especial sentimiento de añoranza. Se lo recité de memoria a la Gorda, no tanto en su beneficio como en el mío.

 

QUE ESTARÁ HACIENDO ESTA HORA MI ANDINA Y DULCE

Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

 

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir,

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

 

Qué será de su falda de franela; de sus

 afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de mayo del lugar.

 

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando «Que frío hay. . . ¡Jesús!»

Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

 

El recuerdo que tenía de don Juan era increíblemente ví­vido. No se trataba de un recuerdo en el plano del sentimiento, ni tampoco en el plano de mis pensamientos conscientes. Era una clase desconocida de recuerdo, que me hizo llorar. Las lá­grimas fluían de mis ojos, pero no me aliviaban en lo más mí­nimo.

Las últimas horas de la tarde siempre tenían un significado especial para don Juan. Yo había aceptado sus consideraciones hacia esa hora, y su convicción de que si algo de importancia me ocurría tendría que ser entonces.

La Gorda apoyó su cabeza en mi hombro. Yo puse mi cabeza sobre la suya. En esa posición nos quedamos unos momentos. Me sentí calmado; la agitación se había desvanecido de mí. Era extraño que el solo hecho de apoyar mi cabeza en la de la Gorda me proporcionara tal paz. Quería bromear y decirle que debe­ríamos amarrarnos las cabezas. La idea de que ella lo tomaría al pie de la letra me hizo desistir. Mi cuerpo se estremeció de risa y me di cuenta de que me hallaba dormido, pero que mis ojos estaban abiertos. De haberlo querido, habría podido po­nerme en pie. No quería moverme, así es que permanecí allí, completamente despierto y sin embargo dormido. Vi que la gente caminaba frente a nosotros y nos miraba. No me impor­taba en lo más mínimo. Por lo general, me habría molestado que se fijaran en mí. Y de súbito, en un instante, la gente que se hallaba frente a mí se transformó en grandes burbujas de luz blanca. ¡Por primera vez en mi vida, de una manera prolonga­da me enfrentaba a los huevos luminosos! Don Juan me había dicho que, a los videntes, los seres humanos se aparecen como huevos luminosos. Yo había experimentado relampagueos de esa percepción, pero nunca antes había enfocado mi visión en ellos como ese día.

Las burbujas de luz eran bastante amorfas en un principio. Era como si mis ojos no se hallaran adecuadamente enfocados. Pero después, en un momento, era como si finalmente hubiese ordenado mi visión y las burbujas de luz blanca se transforma­ran en oblongos huevos luminosos. Eran grandes; de hecho, eran enormes, quizá de más de dos metros de altura y más de un metro de ancho, o tal vez más grandes.

En un momento me di cuenta de que los huevos ya no se movían. Vi una sólida masa de luminosidad frente a mi. Los huevos me observaban, se inclinaban peligrosamente sobre mi. Me moví deliberadamente y me senté erguido. La Gorda se ha­llaba profundamente dormida sobre mi hombro. Había un grupo de adolescentes en torno a nosotros. Deben haber creído que estábamos borrachos. Nos imitaban. El adolescente más atrevido estaba acariciando los senos de la Gorda. La sacudí y se despertó. Nos pusimos en pie apresuradamente y nos fui­mos. Nos siguieron, vituperándonos y gritando obscenidades. La presencia de un policía en la esquina los disuadió de con­tinuar con su hostigamiento. Caminamos en completo silencio, del zócalo hasta donde había estacionado mi auto. Ya casi había oscurecido. Repentinamente, la Gorda tomó mi brazo. Sus ojos estaban desmedidos, la boca abierta. Señaló y gritó:

-¡Mira! ¡Mira! ¡Ahí está el nagual y Genaro!

Vi que dos hombres daban la vuelta a la esquina una larga cuadra adelante de nosotros. La Gorda se arrancó corriendo con rapidez. Corrí tras ella, preguntándole si estaba segura. Se hallaba fuera de sí. Me dijo que cuando había alzado la vista, don Juan y don Genaro la estaban mirando. En el momento en que sus ojos encontraron los de ellos, los dos se echaron a andar.

Cuando nosotros llegamos a la esquina, los dos hombres aún conservaban la misma distancia. No pude distinguir sus rasgos. Uno era fornido, como don Juan, y el otro, delgado como don Genaro. Los dos hombres dieron vuelta en otra esquina y de nuevo corrimos estrepitosamente tras ellos. La calle en la que habían volteado se hallaba desierta y conducía a las afueras de la ciudad. Se curvaba un tanto hacia la izquierda En ese momento, algo ocurrió que me hizo pensar que en realidad sí podría tratarse de don Juan y don Genaro. Fue un movimiento que hizo el hombre más pequeño. Se volvió tres cuartos de per­fil hacia nosotros e inclinó su cabeza como diciéndonos que los siguiéramos, algo que don Genaro acostumbraba hacer cuando íbamos al campo. Siempre caminaba delante de mí, instándome, alentándome con un movimiento de cabeza para que yo lo alcanzara.

La Gorda empezó a gritar a todo volumen:

-¡Nagual! ¡Genaro! ¡Espérense!

Corría adelante de mí. A su vez, ellos caminaban con gran rapidez hacia unas chozas que apenas se distinguían en la semi­oscuridad. Debieron entrar en alguna de ellas o enfilaron por cualquiera de las numerosas veredas; repentinamente, ya no los vimos más.

La Gorda se detuvo y vociferó sus nombres sin ninguna inhi­bición. Varias personas salieron a ver quién gritaba. Yo la abracé hasta que se calmó.

-Estaban exactamente enfrente de mí -aseguró, llorando-, ni siquiera a un metro de distancia. Guando grité y te dije que los vieras, en un instante ya se encontraban una cuadra más lejos.

Traté de apaciguarla. Se hallaba en un alto estado de nervio­sismo. Se colgó de mí, temblando. Por alguna razón indescifra­ble, yo estaba absolutamente seguro de que esos hombres no eran don Juan ni don Genaro, por tanto no podía compar­tir la agitación de la Gorda. Me dijo que teníamos que regresar a casa, que el poder no le permitiría ir conmigo a Los Ángeles, ni siquiera a la ciudad de México. Estaba convencida de que el haberlos visto, significaba un augurio. Desaparecieron seña­lando hacia el este, hacia el pueblo de ella.

No presenté objeciones para volver a su casa en ese mismo instante. Después de las cosas que nos habían ocurrido ese día, debería estar mortalmente fatigado. En cambio, me halla­ba vibrando con un vigor de los más extraordinarios, que me recordaba los días con don Juan, cuando había sentido que podía derribar murallas con los hombros.

Al regresar al auto me sentí lleno del más apasionado afecto por la Gorda. Nunca podría agradecerle suficientemente su ayuda. Pensé que lo que fuera que ella hizo para ayudarme a ver los huevos luminosos, había dado resultado. Además, la Gorda fue muy valerosa arriesgándose al ridículo, e incluso a alguna injuria física, al sentarse conmigo en esa banca. Le ex­presé mi gratitud. Ella me miró como si yo estuviera loco y después soltó una carcajada.

-Yo pensé lo mismo de ti -reconoció-. Pensé que tú lo habías hecho nada más por mí. Yo también vi los huevos lu­minosos. Esta fue la primera vez para mí también. ¡Hemos vis­to juntos! Como el nagual y Genaro solían hacerlo.

Cuando abría la puerta del auto para que entrara la Gorda, todo el impacto de lo que habíamos hecho me golpeó. Hasta ese momento estuve aturdido, algo en mí me había vuelto ler­do. Ahora, mi euforia era tan intensa como la agitación de la Gorda momentos antes. Quería correr por la calle y pegar de gritos. Le tocó a la Gorda contenerme. Se encuclilló y me masajeó las pantorrillas. Extrañamente, me calmé en el acto. Descubrí que me estaba resultando difícil hablar. Mis pensa­mientos iban por delante de mi habilidad para verbalizarlos.

No quería manejar de regreso a la casa en ese instante. Me parecía que aún había mucho que hacer. Como no podía ex­plicar con claridad lo que quería, prácticamente arrastré a la renuente Gorda de vuelta al zócalo, pero a esa hora ya no encontramos bancas vacías. Me estaba muriendo de ham­bre, así que empujé a la Gorda hacia un restaurante. Ella pensó que no podría comer, pero cuando nos trajeron la comida tuvo tanta hambre como yo. El comer nos tranquilizó por completo.

Más tarde, esa noche, nos sentamos en la banca. Yo me ha­bía refrenado para no hablar de lo que nos sucedió, hasta que tuviéramos oportunidad de sentarnos allí. En un principio, la Gorda no parecía dispuesta a hablar. Mi mente se hallaba en un extraño estado de regocijo. En tiempos anteriores experi­menté momentos similares con don Juan, pero éstos se hallaban asociados, inevitablemente, con los efectos posteriores a la in­gestión de plantas alucinogénicas.

Empecé por describir a la Gorda lo que había visto. El rasgo de esos huevos luminosos que más me impresionó eran los movimientos. No caminaban. Se movían como si flotaran y, sin embargo, se hallaban en el suelo. La manera como se movían era desagradable. Sus movimientos eran mecánicos, torpes y a sacudidas. Cuando se movían, toda su forma se vol­vía más pequeña y redonda; parecían brincar o tironearse, o sacudirse de arriba abajo con gran velocidad. El resultado era un temblor nervioso sumamente fatigoso. Quizá la manera más aproximada de describir esa molestia física causada por los movimientos sería decir que sentí como si hubieran acelerado las imágenes de una película.

Otra cosa que me intrigaba era que no podía vislumbrar sus piernas. Una vez había visto una representación de ballet en la que los bailarines imitaban el movimiento de soldados en patines de hielo; para lograr el efecto se pusieron túnicas suel­tas que llegaban hasta el suelo. No había manera de verles los pies, de allí la ilusión de que se deslizaban sobre el hielo. Los huevos luminosos que habían desfilado frente a mí me dieron la impresión de que se desplazaban sobre una superficie áspera. La luminosidad se sacudía de arriba abajo casi imperceptible­mente, pero lo suficiente como para casi hacerme vomitar. Cuando los huevos luminosos reposaban, empezaban a exten­derse. Algunos eran tan largos y rígidos que parecían las imá­genes de un ícono de madera.

Otro rasgo aún más perturbador de los huevos luminosos era la ausencia de ojos. Nunca había comprendido tan punzante­mente hasta qué punto nos atraen los ojos de los vivientes. Los huevos luminosos estaban completamente vivos y me observaban con gran curiosidad. Los podía ver sacudiéndose de arriba abajo, inclinándose para mirarme, pero sin ojos.

Muchos de estos huevos luminosos tenían manchas negras: huecos enormes bajo la parte media. Otros no las tenían. La Gorda me había dicho que la reproducción afecta a los cuerpos, lo mismo de mujeres que de hombres, provocándoles un aguje­ro bajo el estómago; empero, las manchas de esos seres lumino­sos no parecían agujeros. Eran áreas sin luminosidad, pero en ellas no había profundidad. Los que tenían las manchas pare­cían ser apacibles, o estar cansados; la cresta de su forma de huevo se hallaba ajada, se veía opaca en comparación con el resto del brillo. Por otra parte, los que no tenían manchas eran cegadoramente brillantes. Los imaginaba peligrosos. Se veían vibrantes, llenos de energía y blancura.

La Gorda dijo que en el instante que apoyé mi cabeza sobre la suya, ella también entró en un estado que parecía ensoñar. Estaba despierta, pero no se podía mover. Se hallaba consciente de que había gente apilándose en torno a nosotros. Entonces los vio convirtiéndose en burbujas luminosas y finalmente en criaturas con forma de huevo. Ella ignoraba que yo también estaba viendo. En un principio pensó que yo simplemente la es­taba cuidando, pero después la impresión de mi cabeza fue tan pesada que con toda claridad concluyó que yo también te­nía que estar ensoñando. Por mi parte, sólo hasta después que me incorporé y descubrí al tipo acariciándola, porque ella pare­cía dormir, tuve idea de lo que pudiera estar ocurriéndole.

Nuestras visiones diferían en cuanto que ella podía dis­tinguir a los hombres de las mujeres por la forma de unos fila­mentos que ella llamó «raíces». Las mujeres, dijo, tenían espe­sos montones de filamentos que semejaban la cola de un león; éstos crecían hacia adentro a partir de los genitales. Explicó que esas raíces eran las donadoras de vida. El embrión, para poder efectuar su crecimiento, se adhiere a una de estas raíces nutritivas y después la consume por completo, dejando sólo un agujero. Los hombres, por otra parte, tenían filamentos cor­tos que estaban vivos y flotaban casi separados de la masa lu­minosa de sus cuerpos.

Le pregunté cuál era, en su opinión, la razón de que hubiése­mos visto juntos. Ella declinó aventurar cualquier comentario, pero me incitó a que yo prosiguiera con mis deducciones. Le dije que lo único que se me ocurría era lo obvio: las emocio­nes tenían que haber sido un factor determinante.

Después de que la Gorda y yo tomamos asiento en la banca favorita de don Juan, en el atardecer de ese día, y después de que yo había recitado el poema que le gustaba, me sentí pro­fundamente cargado de emotividad. Mis emociones debieron haber preparado a mi cuerpo. Pero también tenía que conside­rar el hecho de que, con la práctica del ensoñar, había apren­dido a entrar en un estado de quietud total. Podía desconectar mi diálogo interno y quedarme como si estuviera en el interior de un capullo, atisbando hacia afuera a través de un agujero. En ese estado yo podía, si lo quisiese, soltar un poco del control que poseía y entrar en el ensueño; o bien conservar ese con­trol y permanecer pasivo, sin pensamientos y sin deseos. Sin embargo, no creo que ésos fuesen factores significativos. Pen­sé que la Gorda había sido catalizadora y que mis sentimien­tos hacia ella crearon las condiciones para ver.

La Gorda rió tímidamente cuando dijo lo que pensaba.

-No estoy de acuerdo contigo -rechazó-. Yo creo que lo que pasa es que tu cuerpo ha empezado a recordar.

-¿Qué quieres decir con eso, Gorda? -sondeé.

Hubo una larga pausa. La Gorda parecía luchar por decir algo que no quería, o bien luchaba desesperadamente por encontrar la palabra adecuada.

-Hay tantas cosas que sé -dijo-, sin embargo ni siquiera sé qué es lo que sé. Recuerdo tantas cosas, que al final termino sin recordar nada. Creo que tú te encuentras en la misma situa­ción.

Le aseguré que, si eso era así, no me daba cuenta. Ella se negó a creerme.

-En verdad, a veces creo que no sabes nada -dijo-. Otras veces creo que estás jugando con nosotros. El nagual me dijo que él mismo no lo sabía. Ahora me estoy volviendo a acordar de muchas cosas que me dijo de ti.

-¿Qué es lo que significa que mi cuerpo ha comenzado a recordar? -insistí.

-No me preguntes eso -contestó con una sonrisa-. Yo no sé qué será lo que se supone que debes recordar, o cómo se re­cuerda. Nunca lo he hecho, de eso estoy segura.

-¿Hay alguno entre los aprendices que me lo podría decir? -pregunté.

-Ninguno -enfatizó-. Creo que yo soy como un mensajero para ti, un mensajero que en esta ocasión sólo puede darte la mitad del mensaje.

Se puso de pie y me suplicó que la llevara de nuevo a su pueblo. En ese momento, yo me hallaba muy alborozado como para irme. A sugerencia mía caminamos un poco por la plaza. Por último nos sentamos en otra banca.

-¿No se te hace extraño que hayamos podido ver juntos con tanta facilidad? -preguntó la Gorda.

No sabía qué se traía ella en la cabeza. Titubeé en responder.

-¿Qué dirías si yo te dijera que creo que desde antes he­mos visto juntos? -inquirió la Gorda, eligiendo con cuidado cada palabra.

No podía comprender qué quería decir. Me repitió la pre­gunta una vez más y, sin embargo, seguí sin poder comprender el significado.

-¿Cuándo pudimos haber visto juntos antes? -refuté-. Tu pregunta no tiene sentido.

-Ahí está la cosa -replicó-. No tiene sentido y no obstante tengo la sensación de que ya hemos visto juntos antes.

Sentí un escalofrío y me incorporé. De nuevo recordé la sensa­ción que tuve durante la mañana en aquel pueblo. La Gorda abrió la boca para decir algo, pero se interrumpió a media frase. Se me quedó viendo, perpleja, me puso una mano en los labios y después prácticamente me arrastró al automóvil.

Manejé toda la noche. Quería hablar, analizar, pero ella se quedó dormida como si a propósito quisiera evitar toda discu­sión. Estaba en lo correcto, por supuesto. De nosotros dos, ella era la que conocía bien el peligro de disipar un estado anímico analizándolo con exceso.

Cuando bajó del auto, al llegar finalmente a su casa, me dijo que no podríamos hablar, en lo más mínimo, de lo que nos había ocurrido en Oaxaca.

-¿Y eso por qué, Gorda? -pregunté.

-No quiero que desperdiciemos nuestro poder -replicó-. Esa es la costumbre del brujo. Nunca desperdicies tus ganan­cias.

-Pero si no hablamos de eso, nunca sabremos qué fue lo que realmente nos pasó -protesté.

-Podemos quedarnos callados, cuando menos nueve días -dijo.

-¿Y no podemos hablar de ello solamente entre tú y yo? -pregunté.

-Una conversación entre tú y yo es precisamente lo que de­bemos evitar -contradijo-. Somos vulnerables. Tenemos que procurarnos tiempo para curarnos.

 

III. LOS CUASIRRECUERDOS DEL OTRO YO

 

-¿Nos puedes decir qué es lo que está pasando? -me preguntó Néstor cuando todos nos reunimos esa noche-. ¿A dónde fue­ron ustedes dos ayer?

Se me había olvidado la recomendación de la Gorda. Empecé a decirles que primero fuimos al pueblo vecino y que allí en­contramos una casa de lo más intrigante.

Pareció como si a todos los sacudiera un repentino temblor. Se avivaron, se miraron el uno al otro y después a la Gorda, como si esperasen que ella les hablara de eso.

-¿Qué tipo de casa era? -quiso saber Néstor.

Antes de que pudiera responder, la Gorda me interrumpió. Empezó a hablar de una manera apresurada y casi incoheren­te. Era obvio que estaba improvisando. Incluso usó frases y palabras en mazateco. Me dirigió miradas furtivas que impli­caban una súplica silenciosa para que yo no dijera nada.

-¿Cómo va tu ensoñar, nagual? -me preguntó con el ali­vio de alguien que ha encontrado una salida-. Nos gustaría saber todo lo que haces. Es muy importante que nos platiques.

Se apoyó en mí y en el tono más casual que pudo me susurró que a causa de lo que nos había ocurrido en Oaxaca tenia que contarles todo lo referente a mi ensueño.

-¿Qué tienen ustedes que ver con mi ensueño? -pregunté en voz fuerte.

-Creo que ya estamos muy cerca del final -dijo la Gorda, solemnemente-. Todo lo que digas o hagas es de importancia vital ahora.

Les conté entonces lo que yo consideraba mi verdadero en­soñar. Don Juan me había dicho que no tenía caso enfatizar las pruebas por las que uno pudiera pasar. Me dio una regla de­finitiva: si yo llegaba a tener la misma visión tres veces, tenía que concederle una importancia extraordinaria; de otra mane­ra, los intentos de un neófito sólo eran un apoyo para construir la segunda atención.

Una vez ensoñé que despertaba y que saltaba del lecho sólo para enfrentarme a mi propio cuerpo que dormía en la cama. Me vi dormir y tuve el autocontrol de recordar que me hallaba ensoñando. Seguí entonces las instrucciones que don Juan me había dado, y que consistían en evitar sacudidas o sorpresas repentinas, y en tomar todo con un grano de sal. El ensoñador tiene que envolverse, declaraba don Juan, en experimentos desapasionados. En vez de examinar su cuerpo que duerme, el ensoñador sale del cuarto caminando. De repente me descubrí, sin saber cómo, fuera de mi habitación. Tenía la sensación absolutamente clara de que me habían colocado allí instantá­neamente. En el primer momento que me hallé parado afuera de mi cuarto, el pasillo y la escalera parecían monumentales. Si hubo algo que de verdad me aterró esa noche fue el tamaño de esas estructuras, que en la vida real son de lo más comunes y corrientes; el pasillo tiene unos veinte metros de largo, y la escalera, dieciséis escalones.

No podía concebir cómo recorrer las enormes distancias que estaba percibiendo. Titubeé, y entonces algo me hizo moverme. Sin embargo, no caminé. No sentía mis pasos. De repente me ha­llé agarrándome al barandal. Podía ver mis manos y mis ante­brazos, pero no los sentía. Me estaba sosteniendo mediante la fuerza de algo que no tenía nada que ver con mi musculatura, tal como la conozco. Lo mismo sucedió cuando traté de bajar las escaleras. No sabía cómo caminar. Simplemente no podía dar un solo paso. Era como si me hubieran soldado las piernas. Podía verlas si me inclinaba, pero no podía moverlas hacia de­lante o lateralmente, ni elevarlas hacia el pecho. Era como si me hubiesen pegado al escalón superior. Me sentí como uno de esos muñecos inflados, de plástico, que pueden inclinarse en cualquier dirección hasta quedar horizontales, sólo para er­guirse nuevamente por el peso de sus bases redondeadas.

Hice un esfuerzo supremo por caminar y reboté de escalón en escalón como torpe pelota. Me costó un increíble esfuerzo de atención llegar a la planta baja. No podría describirlo de otra manera. Se requería algún tipo de atención para conservar los linderos de mi visión y evitar que ésta se desintegrase en las fugaces imágenes de un sueño ordinario.

Cuando finalmente llegué a la puerta de la calle no pude abrirla. Lo traté desesperadamente, pero sin éxito; entonces recordé que había salido de mi cuarto deslizándome, flotando como si la puerta hubiese estado abierta. Con sólo recordar esa sensación de flotación, de súbito ya estaba en la calle. Se veía oscuro: una peculiar oscuridad gris-plomo que no me per­mitía percibir ningún color. Mi interés fue atrapado al instante por una inmensa laguna de brillantez que se hallaba exacta­mente frente a mí, al nivel de mi ojo. Deduje, más que divisé, que se trataba de la luz de la calle, puesto que yo sabía que en la esquina había un farol de siete metros de altura. Supe en­tonces que me era imposible hacer los arreglos perceptivos re­queridos para juzgar lo que estaba arriba, abajo, aquí, allá. Todo parecía hallarse extraordinariamente presente. No dis­ponía de ningún mecanismo, como en la vida cotidiana, para acomodar mi percepción. Todo estaba allí, enfrente, y yo no ­tenía volición para construir un procedimiento adecuado que filtrara lo que veía.

Me quedé en la calle, perplejo, hasta que empecé a tener la sensación de que estaba levitando. Me aferré al poste metálico que sostenía la luz y el letrero de la calle. Una fuerte brisa me elevaba. Estaba deslizándome por el poste hasta que leí con claridad el nombre de la calle: Ashton.

Meses después, cuando nuevamente tuve el ensueño de mirar a mi cuerpo que dormía, ya tenía un repertorio de cosas por ha­cer. En el curso de mi ensoñar habitual había aprendido que lo que cuenta en ese estado es la voluntad: la materialidad del cuerpo no tiene relevancia. Es sólo un recuerdo que hace más lento al ensoñador. Me deslicé hacia fuera del cuarto sin titu­beos, ya que no tenía que llevar a cabo los movimientos de abrir una puerta o de caminar para poder moverme. El pasillo y la escalera ya no me parecieron tan enormes como la primera vez. Avancé flotando con gran facilidad y terminé en la calle, donde me propuse avanzar tres cuadras. Me di cuenta enton­ces de que las luces aún eran imágenes muy perturbadoras. Si enfocaba mi atención en ellas, se convertían en estanques de tamaño inconmensurable. Los demás elementos de ese ensueño fueron fáciles de controlar. Los edificios eran extraordinaria­mente grandes, pero sus rasgos me resultaban conocidos. Reflexioné qué hacer. Y entonces, de una manera bastante casual, me di cuenta de que si no fijaba la vista en las cosas y sólo las ojeaba, tal como hacemos en nuestro mundo cotidiano, podía ordenar mi percepción. En otras palabras, se seguía las instruc­ciones de don Juan al pie de la letra, y tomaba mi ensoñar como un hecho, podía utilizar los recursos perceptivos de mi vida de todos los días. Después de unos cuantos momentos el escena­rio se volvió controlable, si bien no completamente normal.

La siguiente vez que tuve un ensueño similar fui al restau­rante de la esquina. Lo escogí porque solía ir allí siempre, a la madrugada. En mi ensueño vi a las conocidas meseras de siempre que trabajaban el turno de esa hora; vi una hilera de gente que comía en el mostrador, y exactamente al final del mismo vi a un tipo extraño, un hombre al que veía todos los días vagabundeando por el recinto de la Universidad de California, en Los Ángeles. El fue la única persona que realmente me vio. En el instante en que llegué pareció sentirme. Se volvió y me observó.

Encontré al mismo hombre en mis horas de vigilia, unos cuantos días después, en el mismo restaurante. Me vio y pareció reconocerme. Se horrorizó y se fue corriendo sin darme opor­tunidad de hablarle.

En otro ensueño, regresé una vez al mismo lugar y entonces fue cuando cambió el curso de mi ensoñar. Cuando estaba viendo el restaurante desde el otro lado de la calle, la escena se alteró. Ya no podía seguir viendo los edificios conocidos. En vez de eso, vi un escenario primigenio. Ya no era de noche. Era un día brillante, y yo me hallaba contemplando un valle exu­berante. Plantas pantanosas de un verde profundo, con forma de junquillos, crecían por doquier. junto a mí había un pro­montorio de rocas de tres o cuatro metros de altura. Un enorme tigre dientes de sable se hallaba sentado allí. Quedé petrificado. Nos miramos el uno al otro fijamente durante largo rato. El tamaño de la bestia era sorprendente y, sin embargo, no resul­taba grotesco ni desproporcionado. Tenía una cabeza esplén­dida, grandes ojos color miel oscura, patas voluminosas y una enorme caja toráxica. Lo que más me impresionó fue el color del pelo. Era uniformemente de un marrón oscuro, casi chocola­te, y me recordaba granos oscuros de café tostado, sólo que lustrosos; el tigre tenía un pelo extrañadamente largo, ni untado ni enredado. No parecía el pelo de un puma ni el de un lobo o de un oso polar. Asemejaba algo que yo no había viso jamás.

Desde ese entonces se volvió rutina para mí ver a ese tigre. En ciertas ocasiones, el escenario era nublado, frío. Veía lluvia en el valle: lluvia espesa, copiosa. Otras veces, el valle esta­ba bañado por luz solar. Muy a menudo podía ver a otros ti­gres dientes de sable en el valle, escuchar su insólito rugido chirriante: un sonido de lo más asqueante para mí.

El tigre nunca me tocaba. Nos mirábamos el uno al otro a una distancia de tres o cuatro metros. Sin embargo, yo sabía lo que quería. Me estaba enseñando a respirar de una manera específica. Llegó un momento en mi ensoñar en que podía imitar la respiración del tigre, tan bien que sentí que me con­vertía en tigre. Les dije a los aprendices que una consecuencia tangible de mi ensoñar era que mi cuerpo se había vuelto más musculoso.

Después de oír mi relación, Néstor se maravilló de cuán distinto era el ensoñar de ellos al mío. Ellos tenían tareas con­cretas en un ensueño. La suya era encontrar curaciones para todo lo que afligía al cuerpo humano. La de Benigno era prede­cir, prever, encontrar soluciones para cualquier cosa que fuera una preocupación humana. La tarea de Pablito consistía en hallar maneras de construir. Néstor dijo que a causa de esas tareas él negociaba con plantas medicinales; Benigno tenía un oráculo y Pablito era carpintero. Añadió que, hasta ese mo­mento, los tres apenas habían rasguñado la superficie de su ensoñar y que no tenían nada sustancial que informar.

-Tú podrás pensar que hemos logrado mucho -continuó-, pero no es así. Genaro y el nagual hacían todo por nosotros y por estas cuatro viejas. Todavía no hemos hecho nada por nosotros mismos.

-Me parece que el nagual te preparó de una manera dife­rente -observó Benigno con gran lentitud y deliberación-. Tú has de haber sido un tigre y con toda seguridad te vas a volver tigre otra vez. Eso fue lo que le pasó al nagual. él había sido un cuervo antes y cuando estuvo en esta vida se volvió cuervo otra vez.

-El problema es que ese tipo de tigre ya no existe -hizo notar Néstor-. Nunca hemos oído lo que puede pasar en ese caso.

Movió su cabeza de lado a lado para incluir a todos los pre­sentes con ese gesto.

-Yo sé lo que pasa -aseguró la Gorda-. Recuerdo que el na­gual Juan Matus le llamaba a eso el ensueño fantasma. Dijo que ninguno de nosotros ha hecho jamás ese tipo de ensoñar, por­que no somos violentos ni destructivos. El nunca lo hizo. Y dijo que cualquiera que lo haga está marcado por el destino para tener aliados y ayudantes fantasmas.

-¿Qué quiere decir eso, Gorda? -pregunté.

-Quiere decir que no eres como nosotros -respondió som­bríamente.

La Gorda se veía muy agitada. Se puso en pie y caminó de un extremo a otro del cuarto cuatro o cinco veces, hasta que nuevamente tomó asiento a mi lado.

Hubo una brecha de silencio en la conversación. Josefina masculló algo ininteligible. Ella también parecía estar muy nerviosa. La Gorda trató de tranquilizarla, abrazándola y pal­meándole la espalda.

Josefina te va a decir algo sobre Eligio -me anunció la Gorda.

Todos se volvieron a Josefina, sin emitir una sola palabra, con los ojos interrogantes.

-A pesar de que Eligio ha desaparecido de la faz de la tierra -continuó la Gorda-, todavía es uno de nosotros. Y Josefi­na platica con él de vez en cuando.

Repentinamente, todos se hallaban muy atentos. Se miraron el uno al otro y después me miraron a mí.

-Se encuentran en el ensueño -sentenció la Gorda, dramá­ticamente.

Josefina inhaló con fuerza; parecía estar en el pináculo de la nerviosidad. Su cuerpo se sacudió convulsivamente. Pablito se tendió encima de ella, en el suelo, y comenzó a respirar con fuerza, obligándola a respirar al unísono con él.

-¿Qué es lo que está haciendo? -le pregunté a la Gorda.

-¡Qué es lo que está haciendo! ¿A poco no puedes verlo? -respondió con tono cortarte.

Le susurré que me daba cuenta que Pablito estaba tratando de calmarla, pero que el procedimiento era una novedad para mí. Explicó que los hombres tienen una abundancia de ener­gía en el plexo solar, la cual las mujeres pueden almacenar en el vientre. Pablito simplemente le estaba transmitiendo energía a Josefina.

Josefina se sentó y me sonrió. Se había calmado totalmente.

-Pues de veras veo a Eligio todo el tiempo -confirmó-. Me espera todos los días.

-¿Y por qué nunca nos dijiste nada de eso? -reprochó Pa­blito con tono malhumorado.

-Me lo dijo a mí -interrumpió la Gorda, y después prosi­guió con una larga explicación de lo que significaba para todos nosotros que Eligio se hallara a nuestra disposición. Agregó que ella había estado esperando un signo mío para revelar las palabras de Eligio.

-¡No te andes por las ramas, mujer! -chilló Pablito-. Dinos lo que dijo.

-¡Lo que dijo no lo dijo para ti! -gritó la Gorda, como respuesta.

-¿Y para quién lo dijo, entonces? -preguntó Pablito.

-Para este nagual -gritó la Gorda, señalándome.

La Gorda se disculpo por alzar la voz. Dijo que todo lo que Eligio había dicho era complejo y misterioso y que ella no podía sacar ni pies ni cabeza de todo eso.

-Yo nada más lo escuché. Eso fue todo lo que pude hacer: escucharlo -continuó la Gorda.

-¿Quieres decir que tú también has visto a Eligio? -indagó Pablito con un tono que era una mezcla de ira y de expecta­ción.

-Sí -respondió la Gorda, casi susurrando-. Antes no po­día hablar de esto porque tenía que esperarlo a él.

Me señaló y después me empujó con las dos manos. Mo­mentáneamente perdí el equilibrio y caía un lado.

-¿Qué es esto? ¿Qué le estás haciendo? -censuró Pablito con voz muy enojada-. ¿A poco esas son muestras de amor indio?

Me volví a la Gorda. Ella hizo un gesto con los labios para que guardara silencio.

-Eligio dice que tú eres el nagual, pero que no eres para nosotros -me advirtió Josefina.

Hubo un silencio mortal en el cuarto. No supe qué pensar de la aseveración de Josefina. Tuve que esperar hasta que otro hablase.

-Te sientes como si te hubieran quitado un peso de encima, ¿no? -me punzó la Gorda.

Les dije a todos que no tenía opiniones de ningún tipo. Se veían como niños desconcertados. La Gorda tenía un aire de una maestra de ceremonias que está completamente apenada.

Néstor se puso en pie y enfrentó a la Gorda. Le dijo una frase en mazateco. Sonaba como orden o reproche.

-Dinos todo lo que sabes, Gorda -continuó en castellano-. No tienes derecho a jugar con nosotros, a guardarte algo im­portante nomás para ti.

La Gorda protestó con vehemencia. Explicó que se había guardado lo que sabía, porque Eligió le ordenó que así lo hi­ciera. Josefina asintió con la cabeza.

-¿Todo esto te lo dijo a ti o se lo dijo a Josefina? -pre­guntó Pablito.

-Estábamos juntas -explicó la Gorda con un susurro apenas audible.

-¿Quieres decir que Josefina y tú ensueñan juntas? -excla­mó Pablito, sin aliento.

La sorpresa en su voz coincidió con la ola de conmoción que parecía haber invadido a todos los demás.

-¿Exactamente qué les dijo Eligio a ustedes dos? -apuró Néstor cuando el impacto había disminuido.

-Dijo que yo tenía que ayudar al nagual a recordar su lado izquierdo -contestó la Gorda.

-¿Tú sabes de qué está hablando ésta? -me preguntó Néstor.

No había manera de que yo lo pudiese saber. Les dije que buscaran las respuestas en sí mismos. Pero ninguno de ellos expresó ninguna sugerencia.

-Le dijo a Josefina otras cosas que ella no puede recordar -prosiguió la Gorda-. Así es que estamos en un verdadero lío. Eligio dijo que tú eres definitivamente el nagual y que tienes que ayudarnos, pero que no eres para nosotros. Sólo cuando recuerdes tu lado izquierdo podrás llevarnos a donde tenemos que ir.

Néstor habló a Josefina con tono paternal y la urgió a que recordara lo que Eligio había dicho, en vez de pedir que yo re­cordase algo que tenía que estar en alguna especie de clave, puesto que ninguno de nosotros podía descifrar nada de eso.

Josefina retrocedió y frunció el entrecejo como si se hallará bajo un peso tremendo que la oprimía. En verdad, parecía una muñeca de trapo que estaba siendo comprimida. La obser­vó auténticamente fascinado.

-No puedo -admitió ella al fin-. Yo sé de qué me está ha­blando cuando habla conmigo, pero ahora no puedo decir de qué se trata. No me sale.

-¿Recuerdas alguna palabra? -preguntó Néstor-. ¿Cual­quier palabra?

Josefina sacó la lengua, sacudió la cabeza de lado a lado y gritó al mismo tiempo:

-No, no puedo.

-¿Qué clase de ensueño haces tú, Josefina? -le pregunté.

-La única clase que sé -respondió con sequedad.

-Yo ya te dije cómo hago el mío -le recordé-. Ahora tú dime cómo haces él tuyo.

-Yo cierro los ojos y veo una pared -precisó Josefina-. Es como una pared de niebla. Eligio me espera ahí. Me lleva a través de la pared y me enseña cosas. Supongo que me enseña cosas; no se que es lo que hacemos, pero hacemos algo juntos. Después me regresa a la pared y me deja ir. Y yo me olvido de lo que vi.

-¿Cómo ocurrió que te fuiste con la Gorda? -señalé.

-Eligio me dijo que la llevara -contestó-. Los dos espera­mos a la Gorda y cuando se puso a hacer su ensueño la jalamos y la empujamos hasta el otro lado de la pared. Ya lo hemos he­cho dos veces.

-¿Cómo la jalaste? -pregunté.

-¡No sé! -replicó desafiante-. Pero te voy a esperar y cuando hagas tu ensueño te voy a jalar y entonces ya vas a saber.

-¿Puedes jalar a cualquiera? -pregunté.

-Claro -respondió sonriente-. Pero no lo hago porque no sirve de nada. Jalé a la Gorda porque Eligio me dijo que quería decirle algo, nomás porque ella es más juiciosa que yo.

-Entonces Eligio te ha de haber dicho las mismas cosas, Gorda -intercedió Néstor con una firmeza que me era des­conocida.

La Gorda hizo un extraño gesto. Inclinó la cabeza, abriendo la boca por los lados, alzó los hombros y levantó los brazos por encima de su cabeza.

-Josefina ya te dijo lo que pasó -concedió-. No hay ma­nera de que yo pueda recordar. Eligio habla con una velocidad distinta. El me platica, pero mi cuerpo no le entiende. No. No. Mi cuerpo no puede recordar, eso es lo que pasa. Yo sé que dijo que este nagual se acordaría y nos llevaría a donde tene­mos que ir. No me pudo decir más porque había mucho que decir en muy poquito tiempo. Dijo que alguien, no recuerdo quién, me está esperando a mí en especial.

-¿Eso es todo lo que dijo? -insistió Néstor.

-La segunda vez que lo vi, me aseguró que todos nosotros íbamos a tener que recordar nuestro lado izquierdo, tarde o temprano, si es que queremos ir a donde tenemos que ir. Pero él es el que tiene que recordar primero.

Me señaló y nuevamente me empujó como lo había hecho la vez anterior. La fuerza de su empujón me lanzó rebotando como pelota.

-¿Para qué haces esto, Gorda? -protesté, un tanto molesto.

-Estoy tratando de ayudarte a recordar. El nagual Juan Matus me dijo que tenía que darte un empujón de cuando en cuando, para sacudirte.

La Gorda me abrazó con un movimiento muy abrupto.

-Ayúdanos, nagual -suplicó-. Estaremos peor que muertos si no nos ayudas.

Yo estaba a punto de llorar. No a causa del dilema dé ellos, sino porque sentía algo agitándose dentro de mí. Era algo que había estado tratando de salir desde el momento en que fuimos a ese pueblo.

La súplica de la Gorda me rompía el corazón. Entonces tu­ve otro ataque de lo que parecía ser hiperventilación. Un sudor frío me envolvió y después tuve que vomitar. La Gorda me atendió con toda solicitud.

 

Fiel a su práctica de esperar antes de revelar un logro, la Gorda ni siquiera quiso considerar que discutiéramos nuestro ver juntos en Oaxaca. Durante varios días se mostró distante y deliberadamente desinteresada. Ni siquiera quería hablar de mi malestar. Tampoco las demás mujeres. Don Juan solía subrayar la necesidad de esperar el momento más apropiado para dejar salir algo que traemos almacenado. Yo comprendía las razones de las acciones de la Gorda, aunque pensé que su insistencia en esperar era un tanto irritante y que estaba en desacuerdo con nuestras necesidades. No podía quedarme con ellos mucho tiempo, así es que pedí que nos reuniéramos para compartir todo lo que sabíamos. Ella fue inflexible.

-Tenemos que esperar -dijo-. Tenemos que darle a nues­tros cuerpos la oportunidad de proporcionarnos una solución. Nuestra tarea es recordar, no con nuestras mentes sino con nuestros cuerpos. Todos nosotros lo entendemos así.

Me miró inquisitivamente. Parecía buscar una clave que le dijera si yo también había comprendido la tarea. Reconocí hallarme completamente desconcertado, ya que yo era efec­tivamente un extraño. Yo estaba solo, y ellos se tenían los unos a los otros para darse apoyo.

-Este es el silencio de los guerreros -dijo riendo, y des­pués añadió con un tono conciliatorio-. Pero este silencio no quiere decir que no podamos hablar de otras cosas.

-Tal vez debamos volver a nuestra vieja discusión de perder la forma humana.

Había irritación en sus ojos. Le expliqué detalladamente que, en especial cuando se trataba de conceptos extraños, a mí se me tenía que clarificar constantemente sus significados.

-Exactamente, ¿qué quieres saber? -preguntó.

-Todo lo que me quieras decir.

-El nagual me dio a entender que perder la forma humana trae la libertad -dijo-. Yo creo que es así. Pero no he sen­tido esa libertad, todavía no.

Hubo otro momento de silencio. Obviamente, la Gorda cal­culaba mi reacción.

-¿Qué clase de libertad es ésa, Gorda?

-La libertad de recordarte a ti mismo. El nagual dijo que perder la forma humana es como una espiral. Te da la libertad de recordar, y esto, a su vez, te hace aún más libre.

-¿Por qué no has sentido aún esa libertad?

Chasqueó la lengua y alzó los hombros. Parecía confusa o renuente a proseguir la conversación.

-Estoy atada a ti. Hasta que tú pierdas tu forma humana y puedas recordar, yo no podré saber cuál es esa libertad. Pero quizá tú no puedas perder tu forma humana a no ser que pri­mero recuerdes. De cualquier manera, no deberíamos estar hablando de esto. ¿Por qué no te vas a platicar con los Ge­naros?

La Gorda habló con el aire de una madre que envía a su hijo afuera a jugar. No me molestó en lo más mínimo. En cual­quier otra persona, fácilmente yo habría tomado esa actitud como arrogancia o desprecio. Me gustaba estar con la Gorda, ésa era la diferencia. Encontré a Pablito, Néstor y Benigno en la casa de Genaro, envueltos en un extraño juego. Pablito se hallaba suspendido, más o menos a un metro del suelo, en algo que parecía ser un arnés de cuero oscuro que tenía ata­do con correas al pecho, bajo las axilas. El arnés semejaba un grueso chaleco de cuero. Al concentrar mi atención, vi que en realidad Pablito se hallaba parado en unas gruesas correas que hacían una curva por debajo del arnés, como estribos. Se en­contraba suspendido, en el centro del cuarto, mediante dos cuerdas que pasaban por encima de la gruesa viga transversal que sostenía el techo. Cada cuerda sostenía el arnés, por enci­ma de los hombros de Pablito, merced a unos anillos de metal.

Néstor y Benigno tiraban de una cuerda cada quién. Se ha­llaban en pie, uno frente al otro, sosteniendo a Pablito en el aire por la fuerza de su pulsión. Pablito, a su vez, aferraba con todas sus fuerzas dos palos largos y delgados, que habían sido plantados en el suelo y que cabían cómodamente en sus manos apretadas. Néstor estaba a la izquierda de Pablito, y Benigno, a la derecha.

El juego parecía ser una guerra de tirones desde tres lados, una feroz batalla entre los que tiraban y el que se hallaba sus­pendido.

Cuando entré en el cuarto, todo lo que pude oír fue la pe­sada respiración de Néstor y Benigno. Los músculos de sus brazos y de sus cuellos estaban hinchados por la tensión.

Pablito no perdía de vista a ninguno de los dos, concen­trándose en cada uno con miradas fugaces. Los tres se ha­llaban tan absortos en su juego que ni siquiera advirtieron mi presencia o, si lo hicieron, no pudieron romper su concentración para saludarme.

Néstor y Benigno se miraron el uno al otro de diez a quince minutos, en silencio total. Después, Néstor trató de enga­ñarlo soltando su cuerda. Benigno no cayó en la trampa, pero Pablito sí. Aceptó aún más su mano izquierda y afian­zó sus pies en los palos para apuntalar su posición. Benigno aprovechó ese momento para dar un poderoso tirón, en el preciso instante en que Pablito aflojaba su fuerza.

El tirón tomó por sorpresa a Pablito y a Néstor. Benigno se colgó de la cuerda con todo su peso, Néstor ya no pudo ma­niobrar y Pablito luchó desesperadamente para equilibrarse. Fue inútil. Benigno había vencido.

Pablito se bajó del arnés y llegó hasta donde yo me encon­traba. Le pedí que me hablara de su extraordinario juego. Me pareció un tanto renuente para hablar. Néstor y Benigno se nos unieron después de guardar sus aparejos. Néstor dijo que el juego había sido inventado por Pablito, quien halló la es­tructura en su ensueño y después lo concibió como juego. En un principio se trataba de un artificio que permitía tensar los músculos a dos de ellos al mismo tiempo. Se turnaban para ser elevados. Pero, después, el ensueño de Benigno les permi­tió entrar en un juego en el que los tres tensaban los músculos y agudizaban su agilidad visual al permanecer en estado de alerta, a veces durante horas.

-Benigno cree ahora que esto nos está ayudando para que nuestros cuerpos recuerden -prosiguió Néstor-. La Gorda, por ejemplo, juega de una manera bien rara. Siempre gana, no importa en qué posición se ponga. Benigno cree que es porque su cuerpo recuerda.

Les pregunté si ellos también observaban la regla del silen­cio. Se rieron. Pablito dijo que, más que nada, la Gorda que­ría ser como el nagual Juan Matus. Lo imitaba deliberadamente, hasta en los detalles más absurdos.

-¿Quieren decir que entonces sí podemos hablar entre no­sotros de lo que paso la otra noche? -pregunté, casi perplejo, ya que la Gorda había sido tan enfática al negarse a hacerlo.

-Nosotros no tenemos trabas -reconoció Pablito-. Tú eres el nagual.

-Aquí, Benigno se acordó de algo pero bien, bien extraño -precisó Néstor, sin mirarme.

-Yo creo que fue un ensueño a medias -adujo Benigno-. Pero Néstor cree que no.

Esperé con paciencia. Con un movimiento de cabeza, les urgí a que continuaran.

-El otro día él se acordó de que tú le enseñaste cómo en­contrar huellas de gente en la tierra floja -declaró Néstor.

-Tuvo que haber sido un ensueño -dije.

Quería reír de lo absurdo que era eso, pero los tres me mi­raron con ojos suplicantes.

-Es absurdo -recalqué.

-De cualquier manera, más vale que te diga que yo tengo un recuerdo parecido -dijo Néstor-. Tú me llevaste a unas rocas y me explicaste cómo esconderme. Lo mío no fue un ensueño a medias. Yo estaba bien despierto. Un día iba cami­nando con Benigno, buscando plantas, y de repente me acordé que tú me aleccionaste, así es que me escondí como tú me en­señaste y le pegué un sustazo a Benigno.

-¿Yo te enseñé? ¿Cómo pudo ser? ¿Cuándo?

Me estaba empezando a poner nervioso. Ninguno de ellos parecía bromear.

-¿Cuándo? Ahí está la cosa -convino Néstor-. No pode­mos acordarnos de cuándo. Pero Benigno y yo sabemos que eras tú.

Me sentí pesado, oprimido. Mi respiración se volvió más di­ficultosa. Tuve miedo de volver a sentirme mal. En ese momen­to decidí contarles lo que la Gorda y yo habíamos visto juntos. Hablar de eso me calmó. Al final de mi narración, de nuevo ya podía controlarme.

-El nagual Juan Matus nos dejó un poquito abiertos -dijo Néstor-. Todos nosotros podemos ver un poco. Vemos aguje­ros en la gente que tiene hijos y también, de vez en vez, vemos un pequeño resplandor en la gente. Puesto que tú no ves nada, parece que el nagual te dejó completamente cerrado para que te vayas abriendo desde dentro. Ahora ya le ayudaste a la Gor­da y ella puede ver por sí misma o, de lo contrario, está de­jando que la lleves a cuestas.

Les dije que lo que había ocurrido en Oaxaca pudo haber sido una chiripa.

Pablito pensó que deberíamos ir a la roca favorita de Genaro y sentarnos allí con las cabezas juntas. Los otros dos dijeron que la idea era brillante. Yo no presenté objeciones. Aunque estuvimos sentados allí un largo rato, nada pasó. Pero nos sentimos muy bien.

Cuando aún nos hallábamos sentados en la roca les conté de los dos hombres que la Gorda y yo creímos que eran don Juan y don Genaro. Se resbalaron de la roca inmediatamente y entra­ron a casa de la Gorda. Néstor era el más agitado. Estaba casi incoherente. Todo lo que pude entender fue, así supuse, que todos ellos estuvieron esperando un signo de esta naturaleza.

La Gorda nos estaba esperando a la puerta. Ya sabía lo que yo les había dicho.

-Yo tan sólo quería darle tiempo a mi cuerpo -aclaró, antes de que nosotros pudiéramos decir algo-. Tenía que estar com­pletamente segura, y ya lo estoy. Eran el nagual y Genaro.

-¿Qué hay en esas chozas donde desaparecieron? -preguntó Néstor.

-No se metieron allí -aseguró la Gorda-. Se fueron cami­nando por el campo abierto, hacia el Este. En dirección de este pueblo.

Parecía estar decidida a apaciguarlos. Les pidió que se que­daran, pero rehusaron, se disculparon y se fueron. Estaba seguro de que se sentían incómodos en presencia de ella, quien parecía estar muy enojada. Yo más bien me divertí con las explosiones de temperamento de la Gorda, y esto era bastante contrario a mis reacciones normales. Siempre me había sentido inquieto en presencia de alguien que estaba enojado, con la misteriosa excepción de la Gorda.

 

Durante las primeras horas de la noche nos congregamos en el cuarto de la Gorda. Todos se veían preocupados. Tomaron asiento silenciosamente, mirando al piso. La Gorda trató de iniciar la conversación. Explicó que no había estado ociosa, que hizo ciertas indagaciones y que encontró una solución.

-Esto no es un asunto de hacer indagaciones -dijo Néstor-. Esta es una tarea de recordar con el cuerpo.

Parecía que todos habían estado conferenciando entre sí, a juzgar por los asentimientos que Néstor obtuvo de los otros. Eso nos dejó aparte a la Gorda y a mí.

-Lidia también recuerda algo -continuó Néstor-. Ella creía que era su pura estupidez, pero al oír lo que yo recordé, nos dijo que este nagual la llevó con una curandera y la dejó allí para que le curaran los ojos.

La Gorda y yo nos volvimos hacia Lidia. Ella inclinó la ca­beza como si estuviera avergonzada. Habló entre dientes. El recuerdo seguramente le era muy doloroso. Dijo que cuando don Juan la encontró por primera vez, sus ojos estaban infec­tados y no podía ver. Alguien la llevó en automóvil una gran distancia, a una curandera que la sanó. Lidia siempre estuvo convencida de que don Juan había hecho eso, pero al oír mi voz se dio cuenta de que yo fui quien la llevó allí. La incon­gruencia de tal recuerdo la hundió en una agonía desde el pri­mer día que me conoció.

-Mis oídos no me mienten -añadió Lidia después de un largo silencio-. Tú fuiste el que me llevó allí.

-¡Imposible! ¡Imposible! -grité.

Mi cuerpo empezó a sacudirse, fuera de control. Tuve una sensación de dualidad. Quizá lo que yo llamo mi ser racional, incapaz de controlar al resto de mí tomó asiento como espec­tador. Una parte mía observaba, mientras otra se sacudía.

 

IV. EL TRANSBORDE DE LOS LINDEROS DEL AFECTO

 

-¿Qué nos está pasando, Gorda? -le pregunté cuando los de­más se habían ido.

-Nuestros cuerpos están recordando, pero no me da qué es lo que recuerdan -determinó.

-¿Crees en esos recuerdos de Lidia, Néstor y Benigno?

-Claro que sí. Ellos son gente seria. No se pondrían a decir esas cosas así nomás por que sí.

-Pero lo que dicen es imposible. Me crees, ¿verdad, Gorda?

-Yo creo que no puedes recordar, pero de un momento a otro…

No concluyó la frase. Vino a mi lado y empezó a cuchichear en mi oído. Me contó que había algo que el nagual Juan Ma­tus la había obligado a guardar hasta que llegara el momento propicio, algo que sólo debería usarse cuando no hubiese nin­guna otra salida. Con un murmullo dramático añadió que el nagual previó la nueva organización que había surgido cuando yo me llevé a Josefina a Tula para que estuviera con Pablito. Dijo que existía una endeble oportunidad de que pudiéramos triunfar como grupo si seguíamos el orden natural de esa or­ganización. Me explicó que, puesto que nos hallábamos divi­didos en parejas, formábamos un organismo viviente. Éramos una serpiente, una víbora de cascabel. La serpiente tenía cuatro secciones y se hallaba dividida en dos mitades longitudinales, masculina y femenina. Aseguró que ella y yo conformábamos la primera sección de la serpiente: la cabeza. Se trataba de una cabeza fría, calculadora, ponzoñosa. La segunda sección, for­mada por Néstor y Lidia, era el firme y bello corazón de la serpiente. La tercera era el vientre: un vientre furtivo, capri­choso, desconfiable, que componían Pablito y Josefina. Y la cuarta sección, la cola, donde se hallaba el cascabel, estaba formada por la pareja que en la vida real podía cascabelear en su lengua tzotzil por horas enteras, Benigno y Rosa.

La Gorda se enderezó de la posición que había adoptado pa­ra susurrar en mi oído. Me sonrió y me dio unas palmaditas en la espalda.

-Eligio dijo una palabra que me ha estado dando vueltas en la cabeza -continuó-. Josefina está de acuerdo conmigo en que la palabra era «sendero», una y otra vez. ¡Vamos a ir por un sendero!

Sin darme oportunidad de formular preguntas, anunció que se iba a dormir un rato y que después congregaría al gru­po para que nos fuéramos de viaje.

 

Iniciamos el camino antes de la medianoche y avanzamos bajo la brillante luz de la luna. Todos los demás, en un principio, se mostraron renuentes a salir, pero la Gorda, con gran habilidad, desplegó la supuesta descripción que don Juan hizo de la ser­piente. Antes de echar a andar, lidia sugirió que lleváramos co­mida por si el viaje resultaba largo. La Gorda rechazó la sugerencia con base en que no teníamos idea de la naturaleza de la jornada. Recordó que el nagual Juan Matus una vez le se­ñaló el principio de un sendero, y le dijo que en la oportunidad correcta debíamos ir a ese sitio para dejar que el poder del sen­dero se nos revelara. Añadió que no era camino de cabras, co­mún y corriente, sino una línea natural de la tierra, la cual, había dicho el nagual, nos daría fuerza y conocimiento si la podíamos seguir y ser uno con ella.

Nos desplazamos bajó un liderazgo mixto. La Gorda apor­taba el ímpetu y Néstor conocía el terreno en cuestión. Ella nos condujo a un lugar en las montañas. Néstor se hizo cargo entonces y localizó una vereda. Era evidente nuestra forma­ción, con la cabeza como guía y los demás ordenados de acuerdo con el modelo anatómico de la serpiente: corazón, intestinos y cola. Los hombres iban a la derecha. Cada pareja a metro y medio detrás de la que avanzaba delante de ellos.

Caminamos tan rápida y calladamente como nos fue posible. Unos perros ladraron durante un rato; y conforme subíamos sólo iba quedando el sonido de los grillos. Caminamos mucho. De súbito, la Gorda se detuvo y tomó mi brazo. Nos señaló hacia delante. A unos veinte o treinta metros, exactamente en el centro del sendero, se hallaba la aparatosa silueta de un hombre enorme, de más de dos metros de altura. Nos blo­queaba el camino. Nos agrupamos en un montón apretado. Nuestros ojos se hallaban fijos en la forma oscura. No se movía. Después de un momento, Néstor avanzó unos pasos hacia él. Hasta entonces se movió la figura. Vino hacia nosotros. A pe­sar de ser gigantesca, caminaba ágilmente.

Néstor regresó corriendo. En el momento en que se nos unió, el hombre se detuvo. Audazmente, la Gorda dio un paso hacia él. El hombre correspondió con otro hacia nosotros. Era evi­dente que si continuábamos yendo hacia delante, chocaríamos con el gigante. Y no éramos partido para él, fuese lo que fuese. Sin esperar a comprobarlo, tomé la iniciativa, empujé a todos hacia atrás y prestamente los alejé de ese sitio.

Regresamos a casa de la Gorda, en silencio total. Nos tomó horas llegar. Estábamos absolutamente exhaustos. Cuando ya nos hallábamos a salvo, sentados en el cuarto de la Gorda, ésta habló:

Estamos fregados -me dijo-. No quisiste que avanzára­mos. Esa cosa que vimos en el sendero era uno de tus aliados, ¿verdad? Salen de sus escondites cuando tú los jalas.

No respondí. No tenía caso protestar. Recordé las inconta­bles veces en que yo creí que don Juan y don Genaro se habían conjurado el uno con el otro. Yo creía que mientras don Juan hablaba conmigo en la oscuridad, don Genaro se ponía un dis­fraz para asustarme, y don Juan insistía en que era un aliado. La idea de que hubiera aliados o entidades en el mundo, que escapan a nuestra atención cotidiana, resultaba demasiado in­verosímil para mí. Pero luego, mi forma de vida me hizo des­cubrir que los aliados de los que don Juan hablaba sí existían en realidad; eran, como él dijera, entidades en el mundo.

Con un estallido autoritario, extraño para mí en mi vida de todos los días, me puse en pie y le dije a la Gorda y al resto que les tenía una proposición y que podían aceptarla o rehu­sarla. Si estaban listos para irse de allí yo me hallaba dispuesto a asumir la responsabilidad de llevarlos a otra parte. Si no esta­ban listos, me sentiría exonerado de toda relación ulterior con ellos.

Sentí un brote de optimismo y seguridad. Nadie dijo nada. Me miraron silenciosamente, como si en su interior sopesaran mi proposición.

-¿Cuánto tiempo les llevaría juntar todas sus cosas? -pre­gunté.

-No tenemos cosas -dijo la Gorda-. Nos iremos como esta­mos. Y nos podemos ir en este mismo minuto si es necesario. Pero si podemos esperar tres días, todo irá mejor.

-¿Qué pasará con las casas que tienes? -pregunté.

-Soledad se encargará de eso.

Esa era la primera ocasión en que se mencionaba el nombre de doña Soledad, desde la última vez que la había visto. Esto me intrigó tanto que transitoriamente olvidé el drama del mo­mento. Me senté. La Gorda se mostró indecisa a responder a mi pregunta, acerca de doña Soledad. Néstor se adelantó y re­plicó que doña Soledad andaba por ahí, pero que ninguno de ellos sabía gran cosa de sus actividades. Y venía sin avisarle a nadie, y el arreglo entre ellos consistía en que ellos cuidarían la casa de ella, y viceversa. Doña Soledad sabía que ellos ten­drían que irse tarde ó temprano, y que ella asumiría la respon­sabilidad de hacer lo que fuera necesario para disponer de las propiedades.

-¿Y como le van a avisar? -pregunté.

-Eso es cosa de la Gorda -respondió Néstor-. Nosotros no sabemos dónde está.

-¿Dónde está doña Soledad, Gorda? -pregunté.

-¿Cómo diablos lo voy a saber? -me replicó.

-Pero tú eres quien la llama -dijo Néstor.

La Gorda me miró. Era una mirada casual, pero me dio un es­calofrío. Pude reconocer esa mirada; pero, ¿de dónde? Las profundidades de mi cuerpo se agitaron, mi plexo solar adqui­rió una solidez que nunca antes había sentido. Mi diafragma parecía empujar por su propia cuenta. Me hallaba considerando si debería tenderme en el suelo, cuando de pronto me hallé parado.

-La Gorda no sabe -les advertí-. Yo soy el único que sa­be dónde está.

Hubo una conmoción, quizá más en mí que en nadie. Aca­baba de hacer esa afirmación sin ninguna base racional. Sin embargo, en el momento en que la hice tuve la convicción exacta de que sabía dónde se hallaba. Fue como un relámpago que cruzó mi conciencia. Vi una zona montañosa con picos áridos, muy rugosos; un terreno escabroso, frío y desolado.

Tan pronto como hube hablado, mi subsiguiente pensamiento consciente fue que sin duda había visto ese paisaje en una pe­lícula y que la presión de estar con esa gente me estaba cau­sando un colapso nervioso.

Les pedí disculpas por desconcertarlos de esa manera tan es­trepitosa como involuntaria. Volví a tomar asiento.

-¿Quieres decir que no sabes por qué dijiste eso? -me pre­guntó Néstor.

Había elegido cada palabra cuidadosamente. Lo natural, al menos para mi, era que hubiese dicho: «Así que en rea­lidad no sabes dónde está». Les dije que algo desconocido me había posesionado. Les describí el terreno que vi y plan­teé la certeza que tuve de que doña Soledad se encontraba allí.

-Eso nos pasa seguido -corroboró Néstor.

Me volví hacia la Gorda, quien asintió. Le pedí que se ex­plicara.

-Estas cosas raras y confusas nos han estado viniendo a la cabeza -reforzó la Gorda-. Pregúntale a Lidia, o a Rosa, o a Josefina.

Desde que habían iniciado su nueva organización de vida, Lidia, Rosa y Josefina casi no me hablaban. Se limitaron a sa­ludarme y a hacer comentarios triviales sobre la comida o el tiempo.

Lidia evitó mis ojos. Murmuró que había pensado que en momentos recordaba otras cosas.

-A veces, de veras te odio -me dijo-. Creo que estás haciendo el estúpido. Y después me acuerdo de que estuvis­te muy enfermo por nosotros. ¿Eras tú?

-Claro que era él -intervino Rosa-. Yo también recuerdo cosas. Me acuerdo de una señora que era muy buena conmigo. Me enseñó a lavarme, y este nagual me cortó el pelo por pri­mera vez, mientras que la señora me tenía agarrada porque yo estaba espantada. Esa señora me quería. Ha sido la única per­sona que se ha preocupado por mí. Con mucho gusto me hu­biera ido a la tumba por ella.

-¿Quién era esa señora, Rosa? -le preguntó la Gorda con el aliento entrecortado.

-El sabe -afirmó Rosa.

Todos me miraron, esperando una respuesta. Me enojé y le grité a Rosa que no tenía por qué andar afirmando cosas que en realidad eran acusaciones. De ninguna manera yo les estaba mintiendo.

Rosa no se inmutó ante mi estallido. Calmadamente me explicó que se acordaba de la señora diciéndole que yo regre­saría algún día, después de estar curado de mi enfermedad. Comprendió que la señora estaba atendiéndome, cuidándome para que yo recuperara la salud; por tanto, tenía que saber quién era ella y dónde estaba, puesto que ya estaba sano.

-¿De qué estaba enfermo, Rosa? -quise saber.

-Te enfermaste porque no podías seguir con tu mundo -aseveró con la máxima convicción-. Alguien me dijo, y de esto creo que hace mucho tiempo, que tú no estabas hecho para nosotros, lo mismo que Eligio le dijo a la Gorda en su ensueño. Tú te fuiste por eso y Lidia nunca te perdonó. Te va a odiar más allá de este mundo.

Lidia protestó que sus sentimientos hacia mí no tenían nada que ver con lo que Rosa estaba diciendo. Ella simplemente era de temperamento brusco y se enojaba con facilidad ante mis estupideces.

Le pregunté a Josefina si ella también se acordaba.

-Claro que sí -afirmó con una sonrisa-. Pero tú ya me conoces, estoy loca. No puedes confiar en mi. No soy digna de confianza.

La Gorda insistió en escuchar lo que Josefina recordaba, pero ésta no quiso decir nada y todos se pusieron a discutir; finalmente, Josefina se dirigió a mí:

-¿Qué caso tiene toda esta habladuría de acordarse? Es pura baba -afirmó-. Y no vale un pito.

Josefina pareció haber ganado un punto sobre todos noso­tros. Ya no hubo más que decir. Todos empezaron a ponerse en pie para irse.

-Me acuerdo que me compraste ropas bonitas -dijo re­pentinamente Josefina-. ¿No te acuerdas de cuando me caí de las escaleras de una tienda? Casi me rompí la pierna y tú tuviste que sacarme cargada.

Todos volvieron a tomar asiento con los ojos fijos en Jose­fina.

-También recuerdo a una vieja loca -continuó-. Me pe­gaba y me correteaba por toda la casa hasta que tú te enojas­te y la paraste.

Me sentí exasperado. Todos pendían de las palabras de Josefina, cuando ella misma nos había dicho que no con­fiáramos en ella porque estaba loca. Tenía razón. Sus recuer­dos eran aberración pura para mí.

-Yo también sé por qué te enfermaste -prosiguió-. Yo estaba ahí. Pero no me acuerdo dónde. Te llevaron al otro lado de la pared de niebla para buscar a esta estúpida Gorda. Me su­pongo que se habría perdido. No tuviste fuerza para regresar. Cuando te sacaron ya estabas casi muerto.

El silencio que siguió a estas revelaciones fue opresivo. Yo tuve miedo de hacer más preguntas.

-No puedo recordar por qué demonios fue a dar allá la Gor­da, o quién te trajo de regreso -continuó Josefina-. Pero sí me acuerdo que estabas tan enfermo que ya no me podías re­conocer. Esta estúpida Gorda jura que no te conocía cuando llegaste por primera vez a esta casa hace unos meses. Yo te reconocí al instante. Me acordé de que tú eras el nagual que se enfermó. ¿Quieres saber una cosa? Creo que estas viejas nomás se están haciendo las difíciles. Y también los hombres, en especial ese estúpido Pablito. Tienen que acordarse. Ellos también estaban allí.

-¿Te puedes acordar dónde estábamos? -pregunté.

-No. No puedo -negó Josefina-. Pero si tú me llevas ahí, lo sabré. Cuando nosotros estábamos allí nos decían los bo­rrachos, porque siempre andábamos mareados. Yo era la me­nos mareada de todos, por eso me acuerdo bien.

-¿Quién nos decía borrachos? -pregunté.

-A ti no, sólo a nosotros -replicó Josefina-. No sé quién, el nagual Juan Matus, supongo.

Miré a cada uno de ellos, y cada uno rehuyó mi mirada.

-Estamos llegando al final -murmuró Néstor, como si ha­blara consigo mismo-. Ya nuestro fin se nos está echando en­cima.

Parecía estar al borde de las lágrimas.

-Debería sentirme contento y orgulloso porque ya llega­mos al final de nuestros días -continuó-. Y sin embargo estoy triste. ¿Puedes explicarme eso, nagual?

De repente, todos estábamos tristes. Incluso la desafiante Lidia había entristecido.

-¿Qué les pasa a todos ustedes? -pregunté con tono con­viviente-. ¿De qué final están hablando?

-Yo creo que todos saben de qué final se trata -manifestó Néstor-. Últimamente he estado experimentando sentimien­tos extraños. Algo nos llama. Y no nos dejamos ir como de­beríamos. Nos aferramos.

Pablito tuvo un verdadero momento de galantería y apuntó que la Gorda era la única entre ellos que no se aferraba a nada. El resto, me aseguró, eran egoístas casi irremediables.

-El nagual Juan Matus nos dijo que cuando sea el momen­to de irnos de este mundo tendremos un signo -planteó Nés­tor-. Algo que en verdad nos guste nos saldrá al paso para llevarnos.

-Dijo que no tiene que ser nada grandioso -añadió Benig­no-. Cualquier cosilla que nos guste será suficiente.

-Para mí, el signo aparecerá con la forma de los soldaditos de plomo que nunca tuve -me dijo Néstor-. Una hilera de húsares a caballo vendrá para llevarme. ¿Qué será en tu caso?

Recordé que una vez don Juan me había dicho que la muerte se escondía detrás de cualquier cosa imaginable, incluso detrás de un punto en mi cuaderno de notas. Me dio luego la metá­fora definitiva de mi muerte. Yo le había dicho que una vez caminando por el Hollywood Boulevard, en Los Ángeles, ha­bía oído el sonido de una trompeta que tocaba una vieja, idiota tonada popular. La música venía de una tienda de discos al otro lado de la calle. Nunca antes había oído yo un sonido tan hermoso. Quedé extasiado con él. Me tuve que sentar en la acera. El límpido sonido metálico de esa trompeta se colaba directo a mi cerebro. Lo sentí por encima de mi sien derecha. Me apaciguó hasta que me embriagué con él. Cuando conclu­yó supe que nunca habría manera de repetir esa experiencia, y tuve el suficiente desapego para no ir corriendo a la tienda a comprar el disco y un equipo estereofónico en el cual tocarlo.

Don Juan dijo que ése había sido un signo que me fue da­do por los poderes que gobiernan el destino de los hombres. Cuando me llegue el momento de dejar el mundo, en cualquier forma que sea, escucharé el mismo sonido de esa trompeta, la misma tonada idiota, el mismo trompetista inigualable.

 

El día siguiente fue frenético para todos. Parecían tener infi­nitas cosas que hacer. La Gorda dijo que sus quehaceres eran personales y que tenían que ser ejecutados por cada uno de ellos sin ninguna ayuda. Yo también tenía cosas que hacer. Me sentó muy bien quedarme solo. Manejé hasta el pueblo cercano que me había perturbado tanto. Fui directo a la casa que nos fascinara. Toqué a la puerta. Una señora abrió. Le in­venté la historia de que yo, de niño, viví en esa casa y que quería verla de nuevo. La señora era muy gentil. Me dejó re­correr la casa, disculpándose reiteradamente por un inexistente desorden.

Había un acopio de recuerdos ocultos en esa casa. Allí se encontraban, podía sentirlos, pero no pude recordar nada.

 

Al día siguiente, la Gorda salió al amanecer; yo juzgué que estaría fuera todo el día, pero regresó a eso de las doce. Se veía muy molesta.

-Ya vino Soledad y quiere verte -me avisó llanamente.

Sin otra palabra de explicación me llevó a la casa de doña Soledad. Ésta se hallaba a la puerta. Se veía más joven y más fuerte que la última vez que hablé con ella. Sólo le quedaba un leve parecido con la mujer a la que yo había conocido años antes.

La Gorda parecía a punto de soltar las lágrimas. La tensión nerviosa por la que pasábamos hacía que su humor me fuera perfectamente comprensible. Se fue sin decir una palabra.

Doña Soledad dijo que sólo tenía muy poco tiempo para hablar conmigo y que estaba dispuesta a aprovechar hasta el último segundo. Se mostraba extrañamente diferente. Había un tono de urbanidad en cada palabra que decía.

Hice un gesto para interrumpirla y formular una pregunta. Quería saber dónde había estado. Ella me desairó de una ma­nera delicadísima. Escogió cada palabra cuidadosamente, y reafirmó que la falta de tiempo sólo le permitiría decir lo que fuese esencial.

Atisbó en mis ojos durante un momento que me pareció largo y poco natural. Esto me molestó. Durante ese lapso bien pudo hablar conmigo y responderme varias preguntas. Rompió el silencio y empezó a decir lo que yo juzgué puras cosas absurdas. Dijo que me había atacado tal como yo se lo pedí el día en que cruzamos las líneas paralelas por primera vez, y que sólo esperaba que el ataque hubiera sido efectivo y que hubiese cumplido su propósito. Quise gritarle que yo nunca le había pedido nada de eso. No entendía nada de lí­neas paralelas y todo lo que me decía era insensato. Ella cerró mis labios con su mano. Me eché hacia atrás automáticamente. Pareció entristecerse. Dijo que no había manera de que pudiéramos hablar porque en ese momento estábamos en dos líneas paralelas y ninguno de los dos tenía la energía suficien­te para cruzarlas; solamente sus ojos me expresarían su estado de ánimo.

Sin razón aparente comencé a tranquilizarme; algo dentro de mí se sintió cómodo. Advertí que las lágrimas rodaban por mis mejillas. Y después, una sensación increíble me posesionó momentáneamente. Fue un instante, pero lo suficientemente largo como para sacudir los cimientos de mi conciencia, o de mi persona, o de los que yo creo y siento que soy yo mismo. Durante ese breve instante supe que ella y yo nos hallábamos muy próximos el uno al otro en propósito y temperamento. Nuestras circunstancias eran semejantes. Le dije, sin decir pa­labra alguna, que la nuestra había sido una lucha ardua, pero que esa lucha aún no terminaba. Nunca terminaría. Ella me decía adiós. Me decía que nuestros caminos jamás se volve­rían a cruzar, que habíamos llegado al fin de un sendero. Una ola perdida de afiliación, de parentesco, surgió desde algún inimaginable rincón oscuro de mí mismo. Fue un relámpago, estalló como una carga eléctrica en mi cuerpo. La abracé; mi boca se movía, decía cosas que no tenían significado para mí. Sus ojos se iluminaron. Ella también me decía algo que yo no podía comprender. Lo único que me era claro era que yo ha­bía cruzado las líneas paralelas, y esto no tenía ningún signi­ficado pragmático para mí. Había una angustia almacenada dentro de mi, que empujaba hacia afuera. Alguna fuerza inex­plicable me hendía. No podía respirar y todo se oscureció.

 

Sentí que alguien me movía, me sacudía con suavidad. El ros­tro de la Gorda se volvió nítido. Me hallaba tendido en la cama de doña Soledad, y la Gorda estaba sentada a mi lado. Nos hallábamos solos.

-¿Dónde está doña Soledad? -pregunté.

-Se fue -respondió la Gorda.

Quería contarle todo a la Gorda. Ella me lo pidió. Abrió la puerta. Todos los aprendices se encontraban afuera, espe­rándome. Se habían puesto sus ropas más parchadas. La Gor­da me explicó que rasgaron las demás que tenían. Ya empeza­ba a atardecer. Había dormido durante horas. Sin hablar, ca­minamos a casa de la Gorda, donde mi auto se hallaba esta­cionado. Todos se apilaron dentro, como niños que van a su paseo dominical.

Antes de subir al auto me quedé contemplando el valle. Mi cuerpo inició una lenta rotación e hizo un círculo completo, como si tuviese voluntad, propósito por sí mismo. Sentí que me hallaba capturando la esencia de ese lugar. Quería conservarlo dentro de mi, pues sabía inequívocamente que nunca lo volvería a ver en esta vida.

Los otros seguramente ya lo habían hecho. Estaban libres de melancolía, reían y se hacían bromas.

Arranqué el auto y nos fuimos. Cuando llegamos a la última curva de la carretera, el sol estaba poniéndose, y la Gorda gri­tó que me detuviera. Salió del auto y corrió hasta una peque­ña colina que se hallaba junto al camino. Trepó a ella y echó una última mirada a su valle. Extendió sus brazos hacia él y trató de inhalarlo.

 

Descender esas montañas nos tomó un tiempo extrañamente corto; fue un viaje sin ningún tipo de percances. Todos iban callados. Traté de iniciar una conversación con la Gorda, pero ella se negó del todo. Explicó que esas montañas eran posesi­vas y que exigían ser dueñas de ellos, y que si no guardaban su energía, las montañas nunca los dejarían ir.

Una vez que llegamos a las tierras bajas, todos se animaron mucho más, la Gorda en especial. Parecía burbujear de ener­gía. Incluso me proporcionó informaciones sin ninguna coac­ción de mi parte. Una de las cosas que dijo fue que el nagual Juan Matus le había dicho, y Soledad se lo confirmó, que ha­bía otro lado en nosotros. Al oír esto, los demás se unieron a la conversación con preguntas y comentarios. Todos se en­contraban terriblemente confundidos con los extraños recuer­dos que tenían de eventos que lógicamente no pudieron haber ocurrido. Puesto que algunos de ellos me habían cono­cido unos cuantos meses antes, recordarme en un pasado remoto era algo que rebasaba los confines de la razón.

Les hablé de mi encuentro con doña Soledad. Les describí mi sensación de haberla conocido íntimamente desde antes, y sobre todo, la sensación de haber cruzado inequívocamente lo que ella llamaba las líneas paralelas. Esto último les causó una gran agitación; parecía que ya habían escuchado el tér­mino con anterioridad, pero yo no estaba seguro de que comprendiesen lo que significaba. Para mí era una metáfora. Pero no podría asegurar si sería lo mismo para ellos.

Cuando nos acercábamos a la ciudad de Oaxaca expresaron el deseo de visitar el lugar donde la Gorda aseguró que don Juan y don Genaro habían desaparecido. Manejé directo hasta ese sitio. Salieron apresuradamente del auto y parecían estar orientándose, olfateando algo, buscando huellas. La Gorda señaló la dirección en la que creía que don Juan y don Gena­ro se habían ido.

-Cometiste un error terrible, Gorda -dijo Néstor en voz muy alta-. Ese no es el Este, es el Norte.

La Gorda protestó y defendió su opinión. Las mujeres la apoyaron, al igual que Pablito. Benigno no quiso comprometer­se; sólo continuaba mirándome como si yo fuera el que propor­cionaría la respuesta, lo cual hice. Me referí al mapa de la ciu­dad de Oaxaca que tenía en el auto. La dirección que la Gorda señalaba ciertamente era el Norte.

Néstor comentó que había estado seguro, desde el primer momento, que su partida del pueblo no fue prematura o for­zada en lo más mínimo; el cronometraje había sido correcto. Los otros no tuvieron tal seguridad y sus titubeos fueron a raíz del error de la Gorda. Ellos habían creído, al igual que la Gorda, que el nagual señaló hacia el pueblo, lo cual signi­ficaba que debían quedarse allí. Yo admití, después de considerarlo, que a fin de cuentas yo era el único culpable, porque, a pesar de que tenía el mapa, no lo utilicé en aquel momento.

Después les mencioné haber olvidado decirles que uno de los dos hombres, el que yo creí que era don Genaro, nos había llamado con un movimiento de cabeza. Los ojos de la Gorda se abrieron con sorpresa genuina, o incluso alarma. Ella no percibió el gesto, afirmó. La seña sólo había sido para mí.

-¡Ya estamos! -exclamó Néstor-. ¡Nuestros destinos es­tán sellados!

Se volvió para dirigirse a los demás. Todos ellos hablaban al mismo tiempo. Néstor hizo gestos frenéticos con las ma­nos, para calmarlos.

-Lo único que espero es que todos ustedes hayan hecho lo que tenían que hacer como si nunca fueran a regresar -expre­só-. Porque ya no vamos a regresar.

-¿Nos estás diciendo la verdad? -me preguntó Lidia con una mirada feroz en sus ojos, y los demás me contemplaron llenos de ansiedad.

Les aseguré que yo no tenía ninguna razón para inventarlo. El hecho de que yo hubiese visto a ese hombre haciéndome gestos con la cabeza no tenía ningún significado para mí. Además, ni siquiera estaba convencido de que esos hombres hubieran sido don Juan y don Genaro.

-Eres muy mañoso -dijo Lidia-. A lo mejor nos estás di­ciendo todo esto para que te sigamos mansamente.

-Oye, un momento -objetó la Gorda-. Este nagual podrá ser todo lo mañoso que quieras, pero jamás haría algo así.

Todos empezaron a hablar al mismo tiempo. Traté de me­diar y tuve que gritar, por encima de sus voces, que lo que hu­biese podido ver, de cualquier manera no significaba nada.

Muy cortésmente, Néstor me explicó que Genaro les había dicho que cuando llegara el momento de abandonar el valle, de algún modo él se los haría saber con un movimiento de su cabeza. Todos guardaron silencio cuando les dije que si sus destinos se hallaban sellados por ese evento, lo mismo ocurría con el mío: todos iríamos hacia el Norte.

Después, Néstor nos llevó a un sitio dónde alojarnos, una­ casa de pensión en la que él se hospedaba cuando hacía sus negocios en la ciudad. Todos se mostraban contentísimos, tan­to que me hacían sentir incómodo. Incluso Lidia me abrazó y se disculpó por ser tan problemática. Me explicó que ella le cre­yó a la Gorda a pie juntillas y por tanto no se habían tomado la molestia de romper sus vínculos definitivamente. Josefina y Rosa parecían estar en un paroxismo de alegría y me daban feroces palmadas en la espalda una y otra vez. Yo quería ha­blar con la Gorda. Necesitaba discutir nuestro curso de acción. Pero no hubo manera de estar a solas con ella esa noche.

 

Néstor, Pablito y Benigno salieron muy temprano en la maña­na para arreglar unos asuntos. Lidia, Rosa y Josefina también se fueron de compras. La Gorda me pidió que la ayudara a adquirir su ropa nueva. Quería que yo le escogiera un vestido: una selección perfecta que le daría confianza en sí misma, ne­cesaria para ser una guerrera fluida. No sólo le encontré el vestido, sino un atuendo completo.

La llevé a dar un paseo. Vagabundeamos por el centro de la ciudad como un par de turistas, mirando a los indios con sus trajes regionales. Siendo una guerrera sin forma, la Gorda se hallaba perfectamente a gusto en su elegancia. Se veía arre­batadora. Era como si nunca hubiese vestido de otra manera. Yo era quien estaba azorado.

Me resultaba imposible formular las preguntas que quería hacerle a la Gorda, a pesar de que eso debería ser tan fácil pa­ra mí. No tenía idea de qué preguntarle. Le dije, con gran seriedad, que su nueva apariencia me afectaba sobremanera. Muy sobriamente, contestó que el transborde de los linderos del afecto era lo que me había alterado.

-Anoche cruzamos unos linderos -añadió-. Soledad ya me había dicho lo que iba a suceder, así es que yo estaba prepa­rada. Pero tú no.

Empezó a explicarme lentamente lo que significaba que la noche anterior hubiéramos transbordado unos linderos de afecto. Enunciaba cada sílaba como si hablara con un niño o con un extranjero. Pero yo no me podía concentrar. Regresamos a nuestra pensión. Necesitaba descansar, y sin embargo terminé saliendo nuevamente. Lidia, Rosa y Josefina no ha­bían podido encontrar nada y querían algo como el atuendo de la Gorda.

A media tarde estaba de vuelta en el hospedaje admirando a las hermanitas. Rosa tenía dificultades con los zapatos de tacón alto. Estábamos haciéndole bromas sobre sus pies cuando la puerta se abrió con lentitud y Néstor hizo su dramática aparición. Vestía un traje azul. Su pelo estaba cuidadosamente peinado y un poco afelpado, como si hubiera usado una seca­dora. Miró a las mujeres y ellas lo miraron a él. Pablito entró, seguido por Benigno. Los dos estaban impresionantes. Sus za­patos eran nuevecitos y los trajes parecían cortados a la me­dida.

Mi sorpresa era total al verlos a todos ellos en ropas citadi­nas. Me recordaban enormemente a don Juan. Quizá me hallaba tan conmocionado al ver a los tres Genaros con sus trajes citadinos, como lo había estado al ver a don Juan vis­tiendo traje, y sin embargo acepté el cambio instantáneamente. Por otra parte, aunque no me sorprendía la transformación de las mujeres, por alguna razón no podía acostumbrarme a ella.

Pensé que los Genaros habían tenido un mágico golpe de suerte para poder encontrar trajes tan perfectos. Ellos rieron cuando me oyeron entusiasmarme por su suerte. Néstor me aclaró que un sastre les había hecho los trajes desde hacía me­ses.

-Cada uno de nosotros tiene otro traje -confirmó-. Es más, también tenemos maletas de cuero. Ya sabíamos que nuestra vida en las montañas se había acabado. ¡Y ya estamos listos para partir! Por supuesto, primero tienes que de­cirnos a dónde vamos. Y también cuánto tiempo nos queda­remos aquí.

Me explicó que tenía algunos viejos asuntos que atender y que necesitaba tiempo para cerrarlos. La Gorda se hizo cargo y con gran seguridad y autorización afirmó que esa noche iría­mos tan lejos como el poder nos lo permitiera; consecuente­mente, tenían hasta el fin del día para arreglar sus asuntos. Néstor y Pablito se detuvieron en la puerta, titubeaban. Me miraron, esperando alguna confirmación. Pensé que lo menos que podía hacer era ser honesto con ellos, pero la Gorda me interrumpió justo cuando empezaba a decir que no tenía la más remota idea de lo que iríamos a hacer.

-Nos veremos en la banca del nagual al atardecer -dijo la Gorda-. Partiremos de allí. Para entonces debemos haber hecho aquí todo lo que tengamos o queramos hacer, sabien­do que nunca más en esta vida regresaremos.

La Gorda y yo nos quedamos solos una vez que todos se fueron. Con un movimiento abrupto y un tanto torpe, ella se sentó en mis piernas. Era tan ligera, que yo podía hacer que todo su delgado cuerpo se estremeciera con sólo contraer los músculos de mis pantorrillas. Su cabello tenía una fragancia peculiar. Bromeé diciéndole que su perfume era intolerable. Ella reía y se sacudía cuando, de la nada, un sentimiento me llegó… ¿Un recuerdo? Súbitamente era otra Gorda la que es­taba sentada en mis piernas, y era obesa, de doble tamaño de la Gorda que conocía. Tuve la sensación de que yo la cuidaba.

El impacto de ese espurio recuerdo me hizo ponerme en pie. La Gorda cayó estrepitosamente al suelo. Le describí lo que acababa de «recordar». Le dije que sólo una vez la había visto cuando era gorda, tan brevemente que no tenía idea de sus rasgos, y, sin embargo, hacía un momento tuve la visión de su rostro cuando era obeso.

No hizo ningún comentario. Se quitó la ropa y se volvió a poner su viejo vestido.

-Todavía no estoy lista para vestirme así -anunció, seña­lando sus nuevas ropas-. Todavía tenemos otra cosa que hacer antes de que seamos libres. De acuerdo con las instrucciones del nagual Juan Matus, debemos sentarnos juntos en un sitio de poder que él eligió.

-¿Dónde está ese sitio?

-En alguna parte de las montañas en estos alrededores. Es como una puerta. El nagual me dijo que había una hendidura natural en ese sitio, que ciertos lugares de poder son agujeros en este mundo; si no tienes forma, puedes pasar por uno de esos agujeros hacia lo desconocido, hacia otro mundo. Ese mundo y este mundo en que vivimos están en dos líneas para­lelas. Hay muchas posibilidades de que todos nosotros haya­mos sido llevados a través de esas líneas una o varias veces, pero no lo recordamos. Eligio está en ese otro mundo. Algu­nas veces llegamos a él a través del ensueño. Josefina, por su­puesto, es la mejor ensoñadora de nosotros. Cruza las líneas todos los días, pero el estar loca la hace indiferente, hasta un poco tonta, así es que Eligio me ayudó a cruzar las líneas pensando que yo era más inteligente y resulté igual de pen­deja. Eligio quiere que nos acordemos de nuestro lado iz­quierdo. Soledad me indicó que el lado izquierdo es la línea paralela a la que estamos viviendo en este momento. Así es que si Eligio quiere que lo recordemos, es porque tuvimos que haber estado allí. Y no en ensueños. Por eso es que todos nosotros recordamos cosas raras de vez en cuando.

Sus conclusiones eran lógicas dadas las premisas con las que operaba. Yo entendía lo que ella estaba diciendo; esos recuer­dos desasociados que ninguno solicitaba, estaban empapados de la realidad de la vida cotidiana, y sin embargo no podíamos hallar la secuencia temporal que les correspondía, ninguna a­pertura en el continuo de nuestras vidas donde pudiesen enca­jar.

La Gorda se reclinó en la cama. Había desazón en sus ojos.

-Lo que me preocupa es cómo vamos a encontrar ese lugar de poder -se angustió-. Sin eso, no hay manera de hacer el viaje.

-Lo que a mí me preocupa es a dónde voy a llevarlos a to­dos ustedes y qué voy a hacer contigo -reflexioné.

-Soledad me explicó que iríamos al Norte, cuando menos hasta la frontera -recordó la Gorda-. Algunos de nosotros quizá vayamos más al norte. Pero tú no nos acompañarás hasta el final de nuestro camino. Tú tienes otro destino.

La Gorda se quedó pensativa unos momentos. Frunció el entrecejo con el aparente esfuerzo de ordenar sus pensamientos.

-Soledad me aseguró que tú me vas a llevar a cumplir mi destino -enfatizó-. Yo soy la única de todos nosotros que está a tu cargo.

En todo mi rostro debió pintarse la alarma. Ella sonrió.

-Soledad también me advirtió que estás taponado -prosi­guió la Gorda-. Sin embargo, tienes momentos en que si eres un nagual. Dice Soledad que el resto del tiempo eres así como un loco que es lúcido sólo por unos momentos y luego se hunde nuevamente en su locura.

Doña Soledad había usado una imagen que yo podía com­prender. En su manera de ver, debí haber tenido un momento de lucidez cuando supe que había cruzado las líneas paralelas. Ese mismo momento, en mi modo de pensar, fue el más incon­gruente de todos. Doña Soledad y yo ciertamente nos hallá­bamos en distintas líneas de pensamiento.

-¿Qué más te dijo? -pregunté.

-Que tenía que forzarme a recordar -respondió-. Se ago­tó tratando de limpiarme la memoria, por eso ya no pudo tra­tar conmigo.

La Gorda se levantó; estaba lista para salir. La llevé a pa­sear por la ciudad. Se veía muy contenta. Iba de lugar en lu­gar observando todo, deleitando sus ojos en el mundo. Don Juan me había dado esa imagen. Decía que un guerrero sabe que está esperando y también sabe qué es lo que está esperando, y, mientras espera, deleita sus ojos en el mundo. Para él la máxima hazaña de un guerrero era el gozo. Esa día, en Oaxa­ca, la Gorda seguía las enseñanzas de don Juan al pie de la letra.

 

Después de la puesta del sol, antes del crepúsculo, nos senta­mos en la banca de don Juan. Benigno, Pablito y Josefina lle­garon primero. Después de unos minutos, los otros tres se nos unieron. Pablito tomó asiento entre Josefina y Lidia y abrazó a las dos. Todos habían vuelto a ponerse sus viejas ropas. La Gorda se incorporó y empezó a hablarles del sitio de poder.

Néstor se rió de ella y todos los demás le hicieron coro.

-Ya nunca más nos vas a engatusar con tu aire de mando -criticó Néstor-. Ya nos liberamos de ti. Anoche transbor­damos los linderos.

La Gorda siguió imperturbable, pero los demás estaban enojadísimos. Tuve que intervenir. Dije en voz alta que quería saber más acerca de los linderos que habíamos transbordado la noche anterior. Néstor explicó que ésos les pertenecían só­lo a ellos. La Gorda estuvo en desacuerdo. Parecía que ya iban a empezar a pelearse. Llevé a Néstor a un lado y le ordené que me hablara de los linderos.

-Nuestros sentimientos establecen límites alrededor de cualquier cosa -expuso-. Mientras más queremos algo, más fuerte es el cerco. En este caso nosotros queríamos a nuestra casa, y antes de irnos tuvimos que deshacernos de ese senti­miento. Los sentimientos por nuestra tierra llegaban hasta la cumbre de las montañas que están al oeste de nuestro valle. Ese fue el lindero, y cuando cruzamos la cima de esas montañas, sabiendo que ya nunca regresaríamos, los rompimos.

-Pero yo también sabía que no iba a regresar -dije.

-Es que tú no amabas esas montañas igual que nosotros -replicó Néstor.

-Eso está por verse -terció la Gorda, crípticamente.

-Estábamos bajo su influencia -intervino Pablito, ponién­dose en pie y señalando a la Gorda-. Esta nos tenía del pes­cuezo. Ahora me doy cuenta de lo estúpido que fui por culpa de ella. No tiene caso llorar por lo que ya pasó, pero nunca me volverá a suceder lo mismo.

Lidia y Josefina se unieron a Néstor y a Pablito. Benigno y Rosa observaban todo como si ese altercado ya no les in­cumbiese más.

En ese momento experimenté otro instante de certeza y de conducta autoritaria. Me levanté y, sin ninguna volición consciente de mi parte, anuncié que yo me hacía cargo y que relevaba a la Gorda de cualquier obligación ulterior de hacer comentarios o de presentar sus ideas como única solución. Cuando terminé de hablar me asombré de mi audacia. Todos, inclusive la Gorda, estaban contentísimos.

La fuerza que generó mi explosión fue primero la sensa­ción física de que mis fosas nasales se abrían, y después la certeza de que yo sabía lo que don Juan quería decir y dónde se hallaba con exactitud el lugar al que teníamos que ir para poder ser libres. Cuando mis fosas nasales se abrieron tuve una visión de la casa que me había intrigado.

Les dije a dónde íbamos a ir. Todos aceptaron mis instruc­ciones, sin discutir e incluso sin comentarios. Pagamos en la pensión y nos fuimos a cenar. Luego, paseamos por la plaza hasta las once de la noche. Fuimos a mi auto, se apilaron rui­dosamente dentro de él, y nos encaminamos a ese misterioso pueblo. La Gorda se quedó despierta para hacerme compañía, mientras los demás dormían. Después, Néstor manejó y la Gorda y yo dormimos.

 

V. UNA HORDA DE BRUJOS IRACUNDOS

 

Nos hallábamos en el pueblo cuando despuntó el alba. En ese momento tomé el volante y manejé hacia la casa. La Gorda me pidió que me detuviera un par de cuadras antes de llegar. Sa­lió del auto y empezó a caminar por la alta banqueta. Todos salieron, uno a uno. Siguieron a la Gorda. Pablito vino a mi lado y dijo que debía estacionar el auto en el zócalo, el cual se ha­llaba a una cuadra de allí. Eso hice.

En el momento en que vi que la Gorda daba la vuelta a la esquina supe que algo le ocurría. Se hallaba extraordinariamen­te pálida. Vino a mí y me susurró que iba a ir a oír la primera misa. Lidia también quería hacer lo mismo. Las dos atravesaron el zócalo y entraron en la iglesia.

Nunca había visto tan sombríos a Pablito, Néstor y Benigno. Rosa estaba asustada, con la boca abierta, los ojos fijos, sin pestañear, mirando hacia la casa. Solamente Josefina resplan­decía. Me dio una amistosa y jovial palmada en la espalda.

-Orate, hijo de la patada -exclamó-. ¡Ya les diste en la mera torre a estos hijos de la chingada!

Rió hasta que casi perdió el aliento.

-¿Este es el lugar, Josefina? -le pregunté.

-Claro que sí -dijo-. La Gorda siempre iba a la iglesia. Era una verdadera beata en esos tiempos.

-¿Te acuerdas de esa casa que está ahí? -le pregunté, seña­lándola.

-Es la casa de Silvio Manuel -respondió.

Todos saltamos al oír ese nombre. Yo experimenté algo si­milar a una benigna descarga de corriente eléctrica que me pasaba por las rodillas. El nombre definitivamente no me era conocido, y sin embargo mi cuerpo saltó al oírlo. Todo lo que se me ocurrió pensar fue que Silvio Manuel era un nombre sonoro y melodioso.

Los tres Genaros y Rosa se hallaban tan perturbados como yo. Advertí que todos ellos habían palidecido. A juzgar por lo que sentí, yo debía de estar tan pálido como ellos.

-¿Quién es Silvio Manuel? -finalmente pude preguntarle a Josefina.

-Ahora sí me agarraste -dijo-. No sé.

Josefina reiteró entonces que estaba loca y que nada de lo que dijera debía de tomarse en serio. Néstor le suplicó que nos refiriera todo lo que recordase.

Josefina trató de pensar, pero era del tipo de personas que no funcionan bien bajo presión. Yo sabía que ella podría ha­cerlo si nadie le preguntaba nada. Propuse que buscáramos una panadería o cualquier lugar dónde comer.

-A mí no me dejaban hacer nada en esa casa; eso es lo único de lo que me acuerdo -dijo Josefina de repente.

Se volvió en torno suyo como si buscara algo, o como si tratara de orientarse.

-¡Aquí hay algo que falta! -exclamó-. Esto no es exacta­mente como era.

Traté de ayudarla formulando preguntas que consideré apropiadas, como si eran ciertas casas las que faltaban, o si éstas habían sido pintadas, o si se habían construido otras, pero Jo­sefina no pudo determinar cuál era la diferencia.

Caminamos a la panadería y compramos panes de dulce. Cuando íbamos de regreso al zócalo a esperar a la Gorda y a Lidia, Josefina súbitamente se dio un golpe en la frente como si una idea la hubiera fulminado.

-¡Ya sé qué es lo que falta! -gritó-: ¡Es esa pinche pared de niebla! Aquí estaba antes. Ahora ya no.

Todos empezamos a hablar al mismo tiempo, haciéndole preguntas acerca de la pared, pero Josefina continuó hablando sin perturbarse, como si no estuviéramos allí.

-Era una pared de niebla que se alzaba hasta el cielo -dijo-. Estaba exactamente aquí. Cada vez que volteaba la cabeza, ahí estaba la pinche pared. Me volvió loca. ¡Hijo de la chingada! Yo andaba bien del coco hasta que esa pared me enloqueció.

«La veía con los ojos abiertos o con los ojos cerrados. Creía que esa pared me andaba siguiendo.

Durante un instante Josefina perdió su vivacidad natural. Una mirada de desesperación apareció en sus ojos. Yo había visto ese tipo de mirada en personas con experiencias psicó­ticas. Apresuradamente le sugerí que se comiera su pan. Ella se calmo al instante y empezó a comerlo.

-¿Qué piensas de todo esto, Néstor? -pregunté.

-Tengo miedo -respondió suavemente.

-¿Te acuerdas de algo?

Negó sacudiendo la cabeza. Interrogué a Pablito y a Benigno con un movimiento de cejas. Ellos negaron con la cabeza.

-¿Y tú, Rosa? -pregunté.

Rosa saltó cuando oyó que le hablaba. Parecía haber perdido el habla. Tenia un pan en su mano y se le quedó mirando, como si no decidiera qué hacer con él.

-Claro que se acuerda -aseguró Josefina, riendo-, pero es­tá muerta de miedo. ¿A poco no ves que le sale pipí hasta por las orejas?

Josefina parecía creer que su aseveración era broma máxi­ma. Se dobló de la risa y dejó caer el pan al suelo. Lo recogió, le sacudió el polvo y se lo comió.

-Los locos hasta comen mierda -dijo, dándome una palma­da en la espalda.

Néstor y Benigno se veían muy azorados con las extrava­gancias de Josefina. Pero Pablito estaba feliz. Había una mirada de admiración en sus ojos. Sacudía la cabeza y chasqueaba la lengua como si tal gracia fuese inconcebible.

-Vamos a la casa -nos urgió Josefina-. Allá les platicaré muchas cosas.

Le dije que debíamos esperar a la Gorda y a Lidia; además, aún era muy temprano para molestar a la gentil dama que vivía allí. Pablito dijo que en el curso de su trabajo de carpintería ha­bía estado en ese pueblo y conocía una familia que preparaba comida para viajeros. Josefina no quería esperar, era cuestión de ir a la casa o ir a comer. Opté por ir a desayunar y ordené a Rosa que fuera a la iglesia a buscar a la Gorda y a Lidia, pero, galantemente, Benigno se ofreció á esperarlas y llevarlas luego al sitio donde desayunaríamos. Al parecer, él también sabía dónde quedaba.

Pablito no nos llevó directamente allí. En vez de eso, y a pe­tición mía, hicimos una larga desviación. Había un antiguo puente en las afueras del pueblo que yo quería examinar.

Lo había visto desde el auto aquel día en que la Gorda y yo venimos por primera vez. La estructura del puente parecía colonial. Avanzamos por el puente y de pronto nos detuvimos abruptamente a la mitad. Pregunté a un hombre que estaba allí qué tan antiguo era el puente. Respondió que lo había visto toda su vida y que él ya tenía más de cincuenta años de edad. Pensé que el puente ejercía una fascinación única sólo para mí, pero al ver a los demás tuve que concluir que a ellos tam­bién los había afectado. Néstor y Rosa estaban jadeando, sin poder respirar. Pablito se sostenía en Josefina, y ella a su vez se sostenía en mí:

-¿Te acuerdas de algo, Josefina? -pregunté.

-Ese maldito Silvio Manuel está al otro lado del puente -dijo, señalando hacia el otro extremo, que se hallaba como a unos nueve metros.

Miré a Rosa, quien asintió afirmativamente con la cabeza. Susurró que una vez ella había cruzado ese puente con gran temor y que algo la había estado esperando del otro lado para devorarla.

Los dos hombres no podían ofrecer ayuda. Me miraron, perplejos. Cada uno de ellos dijo que tenía miedo sin ninguna razón. Estuve de acuerdo con ellos. Sentí que de noche no me atrevería a cruzar el puente por todo el oro del mundo. No supe por qué.

-¿Qué más recuerdas, Josefina? -le pregunté.

-Mi cuerpo ahora sí ya se asustó -dijo-. No puedo acor­darme de nada más. El maldito Silvio Manuel siempre está en la oscuridad. Pregúntale a Rosa.

Con un movimiento de mi cabeza, invité a Rosa a hablar. Asintió afirmativamente tres o cuatro veces pero no pudo vo­calizar sus palabras. La tensión que yo mismo me hallaba ex­perimentando era insólita, pero real. Todos estábamos parados en el puente, a la mitad, sin poder dar otro paso en la dirección que Josefina había señalado. Finalmente, Josefina tomó la iniciativa y dio media vuelta. Regresamos caminando al centro del pueblo. Después, Pablito nos llevó a una casa bastante grande. La Gorda, Lidia y Benigno ya estaban desayunando, y habían ordenado comida para nosotros. Yo no tenía hambre. Pablito, Néstor y Rosa se hallaban ofuscados; Josefina comió con gran apetito. Había un silencio ominoso en la mesa. Nadie quiso verme a los ojos cuando traté de iniciar una conversación.

Después del desayuno caminamos a la casa. Nadie dijo una palabra. Toqué en la puerta y cuando la dama salió le expliqué que deseaba mostrar la casa a mis amigos. La señora titubeó unos momentos. La Gorda le dio algo de dinero y se discul­pó por molestarla.

Josefina nos condujo directamente hasta el fondo. No había visto esa parte de la casa cuando estuve antes. Había un patio empedrado, con cuartos distribuidos en torno a él. Unas pesa­das herramientas de siembra habían sido almacenadas en los te­chados corredores. Tuve la sensación de que había visto ese patio cuando no había tanto desorden. Había ocho cuartos, dos en cada uno de los cuatro lados del patio. Néstor, Pablito y Benigno parecían estar a punto de vomitar. La Gorda respiraba profundamente. Tomó asiento con Josefina en una banca hecha en la pared misma. Lidia y Rosa entraron en uno de los cuartos. Repentinamente Néstor pareció tener la nece­sidad de encontrar algo y desapareció en otro cuarto. Benigno y Pablito hicieron lo mismo.

Me quedé solo con la señora. Quise conversar con ella, ha­cerle preguntas, averiguar si conocía a Silvio Manuel, pero no pude reunir energía para hablar. Mi estómago estaba hecho un nu­do. Mis manos chorreaban perspiración. Lo que me oprimía era una tristeza intangible, el anhelo de algo que no estaba presente, que no se podía formular.

No pude soportarlo. Estaba a punto de despedirme de la señora e irme de la casa cuando la Gorda llegó a mi lado. Me susurró que teníamos que entrar en un cuarto que era visi­ble desde donde nos encontrábamos. Fuimos allí. Era muy grande y vacío, con un gran techo de vigas, oscuro pero aireado.

La Gorda llamó a todos a ese cuarto. La señora tan sólo se nos quedó mirando pero no fue con nosotros. Todos parecían saber precisamente dónde sentarse. Los Genaros lo hicieron a la derecha de la puerta, a un lado del cuarto, y la Gorda y las tres hermanitas se sentaron a la izquierda, en el lado opuesto. Se acomodaron cerca de las paredes. Aunque me hubiera gus­tado sentarme junto a la Gorda, lo hice en el centro del cuarto. El lugar me pareció apropiado. No supe por qué, pero era como si un orden ulterior hubiera determinado nuestros sitios.

Mientras permanecí sentado allí me envolvió una oleada de extraños sentimientos.

Me hallaba pasivo y en reposo total. Me imaginé como si yo fuera una pantalla cinematográfica en la cual proyectaban sentimientos de tristeza y de anhelo que no eran míos. Pero no había nada que pudiera reconocer como un recuerdo pre­ciso. Permanecimos en ese cuarto más de una hora. Hacia el final sentí que me hallaba a punto de descubrir la fuente de esa tristeza sobrenatural que me estaba haciendo llorar casi sin control. Pero después, tan involuntariamente como nos habíamos sentado allí, nos pusimos en pie y salimos de la casa. Ni siquiera nos despedimos de la señora, no le dimos las gracias.

Nos congregamos en el zócalo. La Gorda afirmó al instante que como ella había perdido la forma humana aún era la cabeza del grupo. Dijo que tomaba esa posición a causa de las con­clusiones a las que había llegado en casa de Silvio Manuel. La Gorda parecía esperar algún comentario. El silencio de los de­más me era intolerable. Finalmente tuve que decir algo.

-¿A qué conclusiones llegaste en la casa, Gorda? -le pre­gunté.

-Creo que todos sabemos cuáles son -me replicó con un tono arrogante.

-No sabemos nada de eso -dije-. Todavía nadie ha dicho nada.

-No tenemos que hablar, sabemos -dijo la Gorda.

Insistí que yo no podía tomar por cierto un evento de tal importancia. Necesitábamos hablar de nuestros sentimientos. En lo que a mí tocaba, sólo podía dar cuenta de haber encon­trado una sensación devastadora de tristeza y desesperación.

-El nagual Juan Matus tenía razón -dijo la Gorda-. Te­níamos que sentarnos en ese sitio de poder para ser libres. Yo ya soy libre. No sé cómo pasó esto, pero algo se salió de mí cuando estaba sentada allí.

Las tres mujeres estuvieron de acuerdo. Los hombres, no. Néstor dijo que había estado a punto de recordar rostros rea­les, pero que por más que trató de aclarar su visión algo lo impedía. Todo lo que había experimentado era una sensa­ción de anhelo y de tristeza de hallarse aún en este mundo. Pablito y Benigno dijeron más o menos lo mismo.

-¿Te das cuenta, Gorda? -dije.

La Gorda parecía molesta; enrojeció y contrajo los mús­culos del rostro en un gesto de enojo como jamás lo había visto en ella. ¿O acaso ya la había visto así, en alguna otra parte? Arengó al grupo. Yo no podía prestar atención a lo que decía. Me hallaba inmerso en un recuerdo que no tenía forma, pero que se hallaba casi a mi alcance. Para sostenerlo parecía que yo necesitaba el impulso continuo de la Gorda. Mi atención estaba fija en el sonido de su voz, en su ira. En un momento determinado, cuando ella atenuaba su enojo le grité que era mandona. Eso en verdad la molestó. La observé unos momen­tos. Estaba recordando a otra Gorda, otro tiempo; una Gorda obesa, iracunda, que con sus puños golpeaba mi pecho. Recordé que yo reía al verla enojada, y que trataba de aplacarla como si fuera una niña. El recuerdo concluyó al momento en que la Gorda trató de hablar. Al parecer, ella se había dado cuenta de lo que yo hacía.

Me dirigí a todos y les dije que nos hallábamos en una situa­ción precaria: algo desconocido se cernía sobre nosotros.

-No se cierne sobre nosotros -dijo la Gorda secamente-. Ya lo llevamos encima. Y yo creo que ustedes saben de qué se trata.

-Yo no, y creo hablar por el resto de los hombres -le dije.

Los tres Genaros asintieron.

-Nosotros ya hemos vivido en esa casa, cuando estábamos en el lado izquierdo -explicó la Gorda-. Yo me sentaba en ese recoveco en la pared a llorar, porque no daba con qué era lo que tenía que hacer. Creo que si me hubiera podido quedar hoy un poquito más de tiempo en ese cuarto, habría recordado todo. Pero algo me empujó a salir de ahí. Yo acostumbraba sentarme en ese cuarto cuando había más gente allí. No pude recordar las caras, por desgracia. Sin embargo, otras cosas se aclararon cuando hoy me senté ahí. No tengo forma. Las cosas me vienen, buenas o malas. Por ejemplo, me volví a agarrar de mi antigua arrogancia y mi deseo de andar enojada. Pero también saqué otras cosas, cosas buenas.

-Yo también -dijo Lidia con voz ronca.

-¿Cuáles son las cosas buenas? -le pregunté.

-Creo que estaba mal odiarte -dijo Lidia-. Ese odio me impedirá poder volar. Eso me dijeron en ese cuarto los hom­bres y las mujeres.

-¿Qué hombres y qué mujeres? -preguntó Néstor con un tono de temor.

-Yo estaba ahí cuando ellos estaban ahí, eso es todo lo que sé -dijo Lidia-. Tú también estabas ahí. Todos nosotros estábamos ahí.

-¿Quiénes eran esos hombres y esas mujeres, Lidia? -le pregunté.

-Yo estaba ahí cuando ellos estaban ahí, eso es todo lo que sé -repitió.

-¿Y tú, Gorda? -pregunté.

-Ya te dije que no puedo recordar ninguna de las caras o algo en concreto -dijo-. Pero si sé una cosa: todo lo que hayamos hecho en esa casa fue en el lado izquierdo. Cruzamos, o alguien nos hizo cruzar, las líneas paralelas. Esos recuerdos extraños que tenemos son de ese tiempo, de ese mundo.

Sin ningún acuerdo verbal, abandonamos el zócalo al uníso­no y nos encaminamos al puente. La Gorda y Lidia corrieron delante de nosotros. Cuando llegamos al sitio encontramos a las dos detenidas exactamente donde nosotros lo habíamos hecho antes.

-Silvio Manuel está en la oscuridad -me susurró la Gorda, con los ojos fijos en el otro lado del puente.

Lidia temblaba. También trató de hablar conmigo. No pude comprender lo que estaba voceando.

Jalé a todos y los retiré del puente. Pensé que quizá si pudiésemos juntar lo que sabíamos de ese lugar, podríamos arre­glarlo en una forma que nos ayudaría a comprender nuestro dilema.

Nos sentamos en el suelo, a unos cuantos metros del puente. Había mucha gente arremolinándose en torno, pero nadie nos prestaba atención.

-¿Quién es Silvio Manuel, Gorda? -pregunté.

-Nunca había oído ese nombre hasta ahora -dijo-. No conozco a ese hombre, y sin embargo lo conozco. Me llega al­go como oleadas cuando escucho su nombre. Josefina me lo dijo cuando estábamos en la casa. Desde ese momento, cosas han empezado a llegarme a la mente o a la boca, igualito que a Josefina. Nunca pensé que un día yo acabaría siendo como Jo­sefina.

-¿Por qué dijiste que Silvio Manuel está en la oscuridad? -pregunté.

-No tengo idea -dijo-, y sin embargo todos sabemos que ésa es la verdad.

Insté a las mujeres para que hablaran. Ninguna emitió pala­bra. La tomé contra Rosa. Había estado a punto de decir algo tres o cuatro veces. La acusé de ocultarnos algo. Su cuerpe­cito se convulsionó.

-Cruzamos este puente y Silvio Manuel nos estaba esperan­do al otro lado -dijo, con una voz apenas audible-. Yo fui la última. Yo oí los gritos de los demás cuando él se los devoraba. Quise huir corriendo, pero ese demonio de Silvio Manuel estaba en los dos lados del puente. No había cómo escapar.

La Gorda, Lidia y Josefina estuvieron de acuerdo. Les pre­gunté si se trataba sólo de una sensación vaga y general que habían tenido o si era algo preciso, que se podía seguir paso a paso. La Gorda dijo que para ella había sido exactamente como Rosa lo había descrito, un recuerdo que podía seguir paso a paso. Las otras dos estuvieron de acuerdo.

En voz alta me pregunté qué había ocurrido con la gente que vivía en torno al puente. Si las mujeres gritaron como Rosa dijo que lo habían hecho,`los transeúntes tenían que haberlas oído; los gritos debieron haber causado una conmo­ción. Por un instante imaginé que todo el pueblo había cola­borado en una conjura. Un escalofrío me recorrió. Me volví hacia Néstor y abruptamente le expresé la dimensión total de mi miedo.

Néstor dijo que el nagual Juan Matus y Genaro, en verdad eran guerreros de logros supremos y que, como tales, eran seres solitarios. Sus contactos con la gente eran de uno en uno. No había posibilidad de que todo el pueblo, o cuando menos la gente que vivía alrededor del puente, estuviera coludida con ellos. Para. que eso ocurriera, dijo Néstor, toda esa gente ha­bría tenido que ser guerrera, lo cual era prácticamente impo­sible.

Josefina se puso de pie y comenzó a caminar en círculo a mi alrededor, mirándome de arriba abajo despectivamente.

-Tú sí que eres un descarado -me dijo-. Haciéndote el que no sabe nada, cuando tú mismo estuviste aquí. ¡Tú nos trajiste aquí! ¡Tú nos empujaste a ese puente!

Los ojos de las mujeres se volvieron amenazantes. Me volví hacia Néstor en busca de ayuda.

-Yo no recuerdo nada -dijo-. Este lugar me da miedo, eso es todo lo que sé.

Volverme hacia Néstor fue una excelente maniobra de mi parte. Las mujeres lo acometieron.

-¡Claro que te acuerdas! -chilló Josefina-. Todos nosotros estábamos aquí. ¿Qué clase de pendejo eres?

Mi investigación requería un sentido de orden. Los alejé del puente. Pensé que, siendo personas tan activas, les resultaría mucho más fácil hablar caminando que permaneciendo sen­tados, como yo habría preferido.

Mientras caminábamos, la ira de las mujeres se desvaneció tan rápidamente como había surgido. Lidia y Josefina se mostraron más locuaces. Afirmaron una y otra vez sus sensa­ciones de que Silvio Manuel era pavoroso. Sin embargo, nin­guna de ellas podía recordar haber sido lastimada físicamente; sólo recordaban haber estado paralizadas por el terror. Rosa no dijo una sola palabra, pero con gestos expresó su aprobación a todo lo que las otras decían. Les pregunté si había sido de noche cuando trataron de cruzar el puente. Tanto Lidia como Josefina respondieron que había sido de día. Rosa se aclaró la garganta y susurró que había sido de noche. La Gor­da clarificó la discrepancia, explicando que había sido en el crepúsculo de la mañana, o un poco antes.

Llegamos al final de una calle corta y automáticamente nos regresamos hacia el puente.

-Es la simplicidad misma -dijo la Gorda súbitamente, como si todo se le hubiera aclarado-. Estábamos cruzando, o mejor dicho, Silvio Manuel nos estaba haciendo cruzar las líneas paralelas. Ese puente es un sitio de poder, un agujero del mundo, una puerta al otro. Nos pasamos por ese hueco. El paso nos debe de haber dolido mucho, porque mi cuerpo está asustado. Silvio Manuel nos esperaba en el otro lado. Ninguno de nosotros puede recordar su cara, porque Silvio Manuel es la oscuridad. Nunca enseñaba la cara. Sólo le podíamos ver los ojos.

-Un ojo -dijo Rosa calladamente, y miró hacia otra parte.

-Todos los que estamos aquí, incluyéndote a ti -me dijo la Gorda-, sabemos que la cara de Silvio Manuel está en la os­curidad. Uno nomás podía oírle la voz: suave, como tos apa­gada.

La Gorda dejó de hablar y empezó a examinarme de una manera que me hizo sentir autoconsciente. Sus ojos tenían una expresión malévola.

Me parecía que ella se guardaba algo que sabía. Le pregunté qué era. Ella lo negó, pero admitió que tenía cantidades de sentimientos que no tenían base y que no quería explicar. La presioné y después exigí que las mujeres hicieran un esfuerzo para recordar lo que les había ocurrido en el otro lado del puente. Cada una de ellas sólo podía recordar haber oído los gritos de las demás.

Los tres Genaros permanecieron fuera de la discusión. Le pregunté a Néstor si tenía alguna idea de lo que había ocurrido. Su sombría respuesta fue que todo eso rebasaba su com­prensión.

Entonces tomé una decisión rápida. Me pareció que la única ruta abierta a nosotros era cruzar el puente. Los junté a todos para regresar al puente y cruzarlo, juntos, como equipo. Los hombres estuvieron de acuerdo instantáneamente, pero las mujeres no. Después de agotar todos mis razonamientos, fi­nalmente tuve que empujar y arrastrar a Lidia, Rosa y Josefina.

La Gorda se mostraba renuente a ir, pero parecía estar intrigada por la posibilidad. Avanzó conmigo sin ayudarme con las mu­jeres, y los Genaros hicieron lo mismo; emitían risitas nerviosas ante mis intentos de agrupar a las hermanitas, pero no movieron un dedo para auxiliarme. Caminamos hasta el punto donde antes nos habíamos detenido. Allí sentí de repente una total falta de energía para detener a las tres mujeres. Le grité a la Gorda que me ayudara. Ella hizo un esfuerzo vago por atrapar a Lidia cuando el grupo perdió la cohesión y todos ellos, salvo la Gorda, se dispersaron precipitadamente, tropezando y bufan­do, hasta ponerse a salvo en la calle. La Gorda y yo nos que­damos como si estuviésemos pegados a ese puente, sin poder avanzar adelante y teniendo que retirarnos a regañadientes.

La Gorda me musitó en el oído que no debía tener miedo en lo más mínimo, porque en realidad era yo quien las había es­tado esperando del otro lado. Añadió que se hallaba convencida de que yo sabía que el ayudante de Silvio Manuel era yo. Pero que no me atrevía a revelárselo a nadie.

En ese momento, mi cuerpo se sacudió con una furia que re­basaba mi control. Sentí que la Gorda no tenía por qué hacer esas aseveraciones o tener esos sentimientos. La prendí del pelo y la hice dar vueltas a tirones. En la cúspide de mi ira me di cuenta de lo que hacía y me contuve. Le pedí disculpas y la abracé. Un sobrio pensamiento llegó a mi rescate. Le dije que ser líder me estaba erizando los nervios, la tensión era cada vez más intensa conforme progresábamos. Ella no estuvo de acuerdo. Se aferró tercamente a su aseveración de que Silvio Manuel y yo éramos totalmente íntimos; agregó que como ella me recordó a mi amo, yo reaccioné con ira. Era una fortuna que ella hubiera sido confiada a mi cuidado, me dijo; de otra ma­nera probablemente la habría tirado al río.

Regresamos. Los demás se hallaban a salvo, más allá del puente, observándonos con inequívoco temor. Una condi­ción muy peculiar de ausencia de tiempo parecía prevalecer. No había gente alrededor. Debimos haber estado en el puente cuando menos cinco minutos y ni una sola persona se desplazó por allí como sucedería en cualquier vía durante las horas de trabajo.

Sin decir palabra caminamos de vuelta al zócalo. Nos hallá­bamos peligrosamente débiles. Yo tenía un vago deseo de quedarme en el pueblo un poco más, pero subimos al auto y avanzamos hacia el Fuste, hacia la costa del Atlántico. Néstor y yo nos turnamos para manejar, deteniéndonos tan sólo a comer, hasta que llegamos a Veracruz. Esa ciudad era terreno natural para nosotros. Yo sólo había estado allí una vez, y ellos ni una sola. La Gorda creía que una ciudad desconocida como ésa era el lugar adecuado para despojarnos de nuestras viejas en­volturas. Nos registramos en un hotel y de allí ellos procedieron a rasgar sus viejas ropas hasta convertirlas en jirones. La exci­tación de estar en una nueva ciudad hizo maravillas para su moral y su sentimiento de bienestar.

 

Nuestra siguiente parada fue la Ciudad de México. Nos que­damos en un hotel junto a la Alameda, donde don Juan y yo nos habíamos hospedado una vez. Durante dos días fuimos perfectos turistas. Fuimos de compras y visitamos la mayor cantidad posible de sitios turísticos. La Gorda y las hermanitas simplemente se veían deslumbrantes. Benigno compró una cá­mara en una casa de empeño. Disparó cuatrocientas veinticinco tomas con la cámara sin rollo. En un sitio, mientras admirá­bamos los estupendos mosaicos de las paredes, un policía me preguntó de dónde eran esas esplendorosas extranjeras. Supuso que yo era un guía de turistas. Le dije que eran de Sri Lanka. Me lo creyó y se maravilló porque casi parecían mexicanas.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, nos hallábamos en la oficina de aviación hacia la cual una vez don Juan me había empujado. Cuando me dio el empellón yo entré por una puer­ta y salí por otra, pero no a la calle, como debía, sino a un mercado que se encontraba a más de un kilómetro de allí, donde presencié las actividades de la gente.

La Gorda especuló que la oficina de aviación era también, como el puente, un sitio de poder, una puerta para cruzar de una línea paralela a la otra. Dijo que evidentemente el nagual me había empujado por esa apertura, pero yo me quedé atra­pado a la mitad del camino entre los dos mundos, y así había observado la actividad del mercado sin formar parte de ella. Dijo que el nagual, naturalmente, había tratado de empujarme hasta el otro lado, pero mi obstinación lo impidió y terminé en la misma línea de donde venía: en este mundo.

Caminamos de la oficina de aviación hasta el mercado, y de allí a la Alameda, donde don Juan y yo nos habíamos sentado después de la experiencia de la oficina. Había estado muchas veces con él en ese parque. Sentí que era el lugar más apro­piado para hablar sobre el curso de nuestras acciones futuras.

Mi intención era recapitular todo lo que habíamos hecho pa­ra dejar que el poder de ese lugar decidiera cuál debía de ser nuestro paso siguiente. Después de nuestro deliberado intento de cruzar el puente, yo había tratado, sin éxito, de encontrar una manera de relacionarme con mis compañeros como grupo. Nos sentamos en unos escalones de piedra y empecé con la idea de que, para mí, el conocimiento se hallaba fusionado con las palabras. Les dije que yo creía muy seriamente que si un evento o experiencia no se formulaba en un concepto, esta­ba condenado a disiparse; por tanto, les pedí que expusieran sus consideraciones individuales de nuestra situación.

Pablito fue el primero en hablar. Pensé que eso era extraño, puesto que había estado extraordinariamente silencioso hasta ese momento. Se disculpó porque lo que iba a decir no era algo que hubiera recordado o sentido, sino una conclusión que se basaba en todo lo que sabía. Dijo que no tenía problema en comprender lo que las mujeres contaron que había ocurrido en el puente. Sostuvo Pablito que habían sido obligados a cruzar del lado derecho, el tonal, al lado izquierdo, el nagual. Lo que había espantado a todos era el hecho de que alguien más estaba en control, forzando el cruce. Tampoco tenía pro­blema en aceptar que yo fui el que entonces ayudó a Silvio Manuel. Apoyó su conclusión con la aseveración de que sólo días antes él me había visto hacer lo mismo: empujar a todos hacia el puente. Pero esta vez no tuve a nadie que me ayudara desde el otro lado, no estaba allí Silvio Manuel para jalárselos.

Traté de cambiar el tema y procedí a explicarles que olvidar como nosotros habíamos olvidado, se le llama amnesia. Lo poco que sabía acerca de la amnesia no era suficiente para escla­recer nuestro caso, pero sí bastó para hacerme creer que no po­díamos olvidar como si fuera por decreto. Les dije que alguien, posiblemente don Juan, debió hacer algo insondable con noso­tros. Y yo quería averiguar exactamente qué había sido.

Pablito insistió en que para mí era importante comprender que era yo quien había estado confabulado con Silvio Manuel. Insinuó luego que Josefina y Lidia le habían hablado a fondo del papel que yo había desempeñado al forzarlas a cruzar las líneas paralelas.

No me sentí a gusto discutiendo ese tema. Comenté que nunca había oído hablar de las líneas paralelas hasta el día en que hablé con doña Soledad; y, sin embargo, no había tenido escrúpulos en adoptar la idea inmediatamente. Les dije que yo comprendí al instante a lo que ella se refería. Incluso quedé convencido de que yo mismo había cruzado las líneas cuando creí estar recordándola. Cada uno de los demás, con excepción de la Gorda, aseguró que la primera vez que había oído mencionar las líneas paralelas fue cuando yo hablé de ellas. La Gorda dijo que supo de ellas por medio de doña Sole­dad, poco antes de que yo lo hiciera.

Pablito de nuevo intentó hablar de mi relación con Silvio Manuel. Lo interrumpí. Dije que cuando todos nosotros nos hallábamos en el puente tratando de cruzarlo, no pude recono­cer que yo -y posiblemente todos ellos- había entrado en un estado de realidad no-ordinaria. Sólo me di cuenta del cambio cuando advertí que no había otra gente en el puente. Nosotros éramos los únicos que habíamos estado allí. Era un día despejado, pero de súbito los cielos se nublaron y la luz de la mañana se convirtió en crepuscular. Yo estuve tan atareado con mis temores y con mis interpretaciones personales en ese momento, que no logré advertir ese cambio tan pavoroso. Cuando nos retiramos del puente percibí que de nuevo la gente circulaba por allí. ¿Pero qué había ocurrido con ellos cuando nosotros intentábamos el cruce?

La Gorda y el resto de ellos no habían notado nada: de hecho no se habían dado cuenta de ningún cambio hasta el momento exacto en que yo los describí. Todos se me que­daron viendo con una mezcla de irritación y temor. Pablito de nuevo tomó la iniciativa y me acusó de tratar de desviar­los hacia algo que ellos no querían. No fue específico, pero su elocuencia bastó para que todos lo apoyaran. Repentina­mente, una horda de brujos iracundos se me vino encima. Me tomó un largo rato calmarlos. Les expliqué mi necesidad de examinar, desde todos los puntos de vista posibles, algo tan extraño y abarcante como fue nuestra experiencia en el puente. Finalmente se apaciguaron, pero no porque los con­venciera con mis raciocinios sino a causa de la fatiga emocional. Todos ellos, incluyendo a la Gorda, habían apoyado vehe­mentemente la posición de Pablito.

Néstor introdujo otro tren de pensamiento. Sugirió que posiblemente yo era un enviado involuntario que no me daba plena cuenta del alcance de mis acciones. Añadió que simple­mente no podía creer, como los demás, que yo estaba cons­ciente de que se me había dejado la tarea de malencaminarlos. Sentía que en verdad yo no me daba cuenta que los estaba llevando a la destrucción, y sin embargo eso era exactamente lo que yo hacía. Néstor creía que había dos maneras de cruzar las líneas paralelas: por medio del poder de otro o a través de nuestro propio poder. Su conclusión final era que Silvio Manuel los había hecho cruzar asustándolos tan intensamente que algunos de ellos ni siquiera recordaban haberlo hecho. La tarea que se les designó y que debían cumplir consistía en cruzar mediante su propio poder; y la mía era impedirlo.

Benigno habló entonces. Dijo que, en su opinión, lo último que don Juan había hecho con los aprendices hombres fue ayudarlos a cruzar las líneas paralelas haciéndolos saltar hacia un abismo. Benigno creía que en realidad ya teníamos bas­tantes conocimientos acerca de cómo cruzar, pero que aún no era el tiempo dado para lograrlo de nuevo. En el puente nadie pudo dar un paso más porque el momento no era apropiado. Estaban en lo correcto, por tanto, al creer que yo había tra­tado de destruirlos al forzarlos a cruzar. Pensaba que pasar las líneas paralelas con plena conciencia significaba para todos ellos un paso final, un paso que se debería dar sólo cuando ya estuviesen listos a desaparecer de esta tierra.

Lidia me encaró después. No hizo ninguna aseveración pero me desafió a que recordara cómo primero la persuadí para ir al puente. Agresivamente afirmó qué yo no era aprendiz del nagual don Juan sino de Silvio Manuel, y que Silvio Manuel y yo nos habíamos devorado el uno al otro.

Tuve otro ataque de rabia, como con la Gorda en el puente. Me contuve a tiempo. Un pensamiento lógico me tranquili­zó. Me dije, una vez que lo único que me interesaban eran los análisis.

Le expliqué a Lidia que era inútil provocarme de esa mane­ra. Pero ella no quiso detenerse. Gritó que Silvio Manuel era mi amo y que por esa razón yo no era parte de ellos en lo más mínimo. Rosa añadió que Silvio Manuel me dio todo lo que yo era.

Le dije a Rosa que ella no sabía ni siquiera cómo hablar, que debió decir que Silvio Manuel me había dado todo lo que yo tenía. Ella defendió su aseveración, Silvio Manuel me había dado lo que yo era. La Gorda también la apoyó y dijo que se acordaba de una vez en que yo me había enfermado de tal ma­nera que ya no tenía más recursos; fue entonces cuando Silvio Manuel tomó control y me imbuyó nueva vida. La Gorda dijo que era mucho mejor para mí conocer mis verdaderos oríge­nes que seguir como había hecho hasta ese momento, con la idea de que el nagual Juan Matus era quien me había ayudado. Insistió en que yo tenía la atención fija en el nagual porque su predilección eran las palabras. Silvio Manuel, por otra parte, era la oscuridad silenciosa. Explicó que para seguirlo tenía que cruzar las líneas paralelas, pero para seguir al nagual Juan Matus todo lo que yo necesitaba hacer era hablar de él.

Todo lo que decían sólo era insensatez para mí. Estaba a punto de responder con lo que consideré una idea brillante, cuando mi tren -de pensamiento literalmente se descarriló. Ya no podía pensar en cuál era mi razonamiento, a pesar de que sólo un segundo antes era la claridad misma. En cambio, un recuerdo sumamente curioso me acosó. No era la sensa­ción vaga de algo, sino el recuerdo duro y real de un evento. Recordé qué una vez me hallaba con don Juan y con otro hombre cuyo rostro no podía precisar. Los tres hablábamos de algo que yo percibía como un rasgo del mundo. A tres o cuatro metros a mi derecha se hallaba un inconmensurable banco de niebla amarilla que, hasta donde yo podía establecer, dividía al mundo en dos. Iba del suelo al cielo, al infinito. Al hablar con los dos hombres, la mitad del mun­do de mi izquierda se hallaba intacta, y la mitad a mi derecha estaba velada por la niebla. Me di cuenta de que el eje del banco de niebla iba del Oriente al Occidente. Hacia el Norte se hallaba el mundo que yo conocía. Recordé que le pregunté a don Juan qué ocurría en el mundo al sur de esa línea. Don Juan hizo que me volviera unos cuantos grados hacia mi de­recha, y vi que la pared de niebla también se deslizaba cuando yo movía la cabeza. El mundo se hallaba dividido en dos en un nivel que mi intelecto no podía comprender. La división pa­recía real, pero el lindero no podía existir en un plano físico; de alguna manera tenía que hallarse en mí mismo.

Había otra faceta más de este recuerdo. El otro hombre dijo que era una gran hazaña dividir el mundo en dos, pero era aun un mayor logro cuando un guerrero tenía la serenidad y el control de detener la rotación de la pared. Dijo que la pared no se hallaba dentro de nosotros; estaba, por cierto, en el mundo de afuera, dividiéndolo en dos y rotando cuando mo­víamos la cabeza, como si se hallara pegada a nuestra sien derecha. La gran hazaña de mantener la pared inmóvil permitía al guerrero encararla y le confería el poder de pasar a través de ella cada vez que así lo deseara.

Cuando les conté a los aprendices lo que acababa de recor­dar, las mujeres quedaron convencidas de que el otro hombre era Silvio Manuel. Josefina, como experta de la pared de nie­bla, explicó que la ventaja que Eligio tenía sobre los demás consistía en su capacidad de inmovilizar la pared para así poder atravesarla a voluntad. Josefina añadió que es más fácil tras­pasarla en ensueños, porque ésta entonces no se mueve.

La Gorda parecía haber sido afectada por una serie de re­cursos quizá dolorosos. Toda ella se sacudía involuntariamen­te hasta que estalló en palabras. Dijo que ya no le era posible negar el hecho de que yo era el ayudante de Silvio Manuel. El nagual mismo le había advertido que yo la haría mi esclava si ella no era cuidadosa. Incluso Soledad le aconsejó que me vigi­lara porque mi espíritu tomaba prisioneros y los retenía como siervos, lo cual era algo que sólo Silvio Manuel podía hacer. El me había hecho su esclavo y yo a mi vez esclavizaría a cual­quiera que estuviese próximo a mí. Aseveró que ella había vivido bajo mi embrujo hasta el momento en que se sentó en ese cuarto en la casa de Silvio Manuel, cuando repentinamente algo se le quitó de sus hombros.

Me puse en pie. Había un vacío en mi estómago y literalmen­te me tambaleé bajo el impacto de lo que dijo la Gorda. Había estado plenamente convencido de que podía contar con su ayuda bajo cualquier circunstancia. Me sentí traicionado. Pensé que sería perfectamente apropiado hacerle conocer mis sentimientos, pero un sentido de sobriedad llegó a mi rescate, En vez de eso, les dije que yo había llegado a la conclusión imparcial de que, como guerrero, don Juan había cambiado el curso de mi vida, para bien. Yo había sopesado una y otra vez lo que él había hecho conmigo y la conclusión siempre fue la misma: don Juan me trajo la libertad. La libertad era todo lo que yo conocía, y eso era todo lo que yo ofrecía a quien fuera el que se acercase a mí.

Néstor tuvo un gesto de solidaridad conmigo. Exhortó a las mujeres a que abandonasen su animosidad. Me miró con el gesto de alguien que no puede comprender pero que quiere hacerlo. Dijo que yo no formaba parte de ellos, que en verdad yo era un pájaro solitario. Ellos me habían necesitado por un momento para romper sus linderos de afecto y de rutina. Aho­ra que eran libres, no tenían más barreras. Quedarse conmigo indudablemente sería agradable, pero un peligró mortal para ellos.

Parecía hallarse profundamente conmovido. Vino a mi lado y puso su mano sobre mi hombro. Dijo que tenía la sensación de que ya nunca más volveríamos a vernos sobre la faz de esta tierra. Lamentaba que fuésemos a separarnos como gente mez­quina: riñendo, quejándonos, acusándonos. Me dijo que hablando en nombre de los demás, pero no en el suyo propio, me iba a pedir que me fuera, puesto que ya no había más po­sibilidades de continuar juntos. Añadió que había cambiado de opinión, en un principio se había reído de la Gorda cuando ella nos sugirió que formásemos una serpiente. Ya no creía que la idea fuera ridícula. Había sido nuestra última oportu­nidad de triunfar como grupo.

Don Juan me había enseñado a aceptar mi suerte humilde­mente.

-El sino de un guerrero es inalterable -una vez me había dicho-: El desafío consiste en cuán lejos puede uno llegar dentro de esos rígidos confines y qué tan impecable puede una ser.

Si hay obstáculos en su camino, el guerrero intenta, impe­cablemente, superarlos. Si encuentra dolor y privaciones insoportables en su sendero, el guerrero llora, sabiendo que todas sus lágrimas puestas juntas no cambiarían un milímetro la línea de su sino.

Mi decisión original de dejar que el poder señalara nuestro paso siguiente había sido correcta. Me puse en pie. Los otros me volvieron la espalda. La Gorda fue a mi lado y me dijo, como si nada hubiese ocurrido, que yo debía dejarlos allí y que ella me buscaría y se uniría a mí después. Quise replicar que yo no veía ninguna razón para que se reuniera conmigo. Ella misma había elegido unirse a los demás. La Gorda pare­ció leer en mí el sentimiento que yo tenía de haber sido traicionado. Calmadamente me aseguró que como guerreros ella y yo teníamos que cumplir juntos nuestro destino, a pesar de ser tan mezquinos.

 

SEGUNDA PARTE: EL ARTE DE ENSOÑAR

 

VI. Perder la forma humana

 

Unos cuantos meses después, tras ayudar a todos a reubicarse en diferentes partes de México, la Gorda estableció su residen­cia en Arizona. Empezamos entonces a desentrañar la parte más misteriosa y más honda de nuestro aprendizaje. En un principio nuestra relación fue más bien tensa. Me resultaba muy difícil rebasar mis sentimientos sobre la manera como nos habíamos despedido en la Alameda. Aunque la Gorda sabía dónde estaban establecidos los demás, nunca me dijo nada. Ella comprendía que era superfluo para mí estar enterado de las actividades de ellos.

En la superficie todo parecía marchar bien entre la Gorda y yo. No obstante, yo retenía un amargo resentimiento porque se había aunado a los demás en contra mía. Nunca lo expresé, pero allí estaba. La ayudé e hice todo lo que pude por ella como si nada hubiera ocurrido, pero eso se encontraba bajo la rúbrica de la impecabilidad. Era mi deber, y, por cumplirlo, alegremente habría marchado hacia la muerte. Con todo propó­sito me concentré en guiarla y entrenarla en las complejidades de la moderna vida urbana; incluso estaba aprendiendo inglés. Sus progresos eran fenomenales.

Tres meses transcurrieron sin que casi nos diéramos cuenta. Pero un día, cuando me hallaba en Los Ángeles, desperté muy temprano en la mañana con una intolerable presión en mi cabeza. No era un dolor de cabeza; más bien se trataba de un peso muy intenso en los oídos. También lo sentí en los pár­pados y en el paladar. Me hallaba febril, pero el calor sólo moraba en mi cabeza. Hice un débil intento por sentarme. Por mi mente pasó la idea de que era víctima de un derrame cerebral. Mi primera reacción fue pedir ayuda, pero de alguna manera logré serenarme y traté de subyugar mi temor. Después de un rato la presión de mi cabeza empezó a disminuir, pero también empezó a deslizarse hacia la garganta. Boqueé en busca de aire, carraspeando y tosiendo durante un tiempo; después la presión descendió lentamente hacia mi pecho, a mi estomago, a la ingle, a las piernas, y hasta los pies, por donde finalmente abandonó mi cuerpo.

Lo que me había ocurrido, fuese lo que fuese, se llevó dos horas en desplegarse. Durante esas dos agotadoras horas era como si algo que se hallaba dentro de mi cuerpo en verdad se desplazara hacia abajo, saliendo de mí. Imaginé una alfombra que se enrolla. Otra imagen que se me ocurrió fue la de una burbuja que se movía dentro de la cavidad de mi cuerpo. Pres­cindí de esa imagen en favor de la primera, porque el sentimi­ento era de algo que se enrollaba. Al igual que una alfombra que es enrollada, la presión se volvía cada vez más pesada, cada vez más dolorosa, conforme descendía. Las dos áreas en las que el dolor fue agudísimo eran las rodillas y los pies, especialmente el pie derecho, que siguió caliente media hora después de que todo el dolor y la presión habían desaparecido.

 

La Gorda, cuando hubo oído mi recuento, dijo que esta vez, con toda seguridad, había perdido mi forma humana, que me había deshecho de todos mis salvaguardas, o la mayoría de ellos. Tenía razón. Sin saber cómo, e incluso sin darme cuenta de cómo ocurrió, me encontré en un estado anímico sumamente desconocido. Me sentía desapegado de todo, sin prejuicios. No me importaba más lo que la Gorda me había hecho. No era cuestión de que yo hubiera perdonado su conducta repro­bable. Era como si nunca hubiese habido traición alguna. No había rencor abierto o encubierto en mí, hacia la Gorda o hacia cualquiera. Lo que sentía no era una indiferencia volun­taria, o negligencia; tampoco se trataba de una enajenación o del deseo de la soledad. Más bien era un extraño sentimiento de lejanía, una capacidad de sumergirme en el momento actual sin tener pensamiento alguno. Las acciones de la gente ya no me afectaban, porque yo no tenía ninguna expectativa. La fuerza que gobernaba mi vida era una extraña paz. Sentí que de alguna manera había adoptado uno de los conceptos de la vida del guerrero: el desapego. La Gorda me aseguró que yo había hecho algo más que adoptarlo: en realidad lo había en­carnado.

Don Juan y yo tuvimos largas discusiones acerca de la posi­bilidad de que algún día me ocurriera exactamente eso. El siempre me recalcó que el desapego no significaba sabiduría automática, pero que, no obstante, era una ventaja ya que permitía al guerrero detenerse momentáneamente para reconsiderar las situaciones para volver a sopesar las posibi­lidades. Sin embargo, para poder usar consistente y correc­tamente ese momento extra, don Juan dijo que el guerrero tenía que luchar insobornablemente durante toda una vida.

Yo me había desesperado al creer que jamás llegaría a experimentar ese sentimiento. Hasta donde yo podía deter­minar, no había cómo improvisarlo. Para mí había sido inútil pensar en sus beneficios, o racionalizar las posibilidades de su advenimiento. Durante los años en que conocí a don Juan experimenté por cierto una disminución uniforme de mis lazos personales con el mundo; pero esto ocurrió en un plano inte­lectual; en mi vida de todos los días seguí sin cambiar hasta el momento en que perdí la forma humana.

Especulé con la Gorda que el concepto de perder la forma humana se refería a una reacción corporal que el aprendiz tiene cuando alcanza cierto nivel en el curso de su entrenami­ento. Sea como fuese, extrañamente, el resultado final de perder la forma humana, para la Gorda y para mí, consistió no sólo en llegar a la buscada y ansiada condición de desapego, sino también la ejecución completa de nuestra elusiva tarea de recordar. Y, nuevamente en este caso, el intelecto desempe­ñó una parte mínima.

Una noche, la Gorda y yo discutíamos una película. Había ido a un cine pornográfico y yo estaba ansioso por oír su descripción. No le gustó nada la película. Sostuvo que se trataba de una experiencia debilitante, porque ser un guerrero implicaba llevar una austera vida de celibato total, como el nagual Juan Matus.

Le dije que estaba completamente seguro de que a don Juan le gustaban las mujeres y que no era célibe, y que eso me parecía encantador.

-¡Estás loco! -exclamó con un timbre de diversión en su voz-. El nagual era un guerrero perfecto. No estaba apretado en ninguna red de sensualidad.

Quería saber por qué pensaba yo que don Juan no era célibe. Le referí un incidente que tuvo lugar en Arizona al principio de mi aprendizaje. Un día me hallaba descansando en casa de don Juan, después de una caminata agotadora. Don Juan pa­recía hallarse extrañamente nervioso. A cada rato se ponía en pie para mirar por la puerta. Parecía esperar a alguien. De pronto, bastante abruptamente, me dijo que un auto acababa de llegar al recodo del camino y que se dirigía a la casa. Dijo que se trataba de una muchacha, una amiga suya, que le traía unas cobijas. Yo nunca había visto a don Juan tan penoso. Me dio una inmensa tristeza verlo indispuesto al punto que no sabía qué hacer. Pensé que quizá no quería que yo cono­ciera a la chica. Le sugerí que yo podía esconderme, pero no había dónde ocultarme en el cuarto, así es que él me hizo acostar en el suelo y me cubrió con un petate. Oí el sonido del motor de un auto que era apagado y después, por las rendijas del petate, vi a una muchacha parada junto a la puerta. Era alta, delgada, y muy joven. Pensé que era hermosa. Don Juan le decía algo con voz baja e íntima. Después se dio la vuelta y me señaló.

-Carlos está escondido bajo el petate -le dijo a la mucha­cha con voz clara y fuerte-. Salúdalo.

La muchacha me agitó la mano y me saludó con la sonrisa más amistosa del mundo. Me sentí estúpido y molesto porque don Juan me colocaba en esa situación tan avergonzante. Me pareció terriblemente obvio que don Juan trataba de aliviar su nerviosidad, o peor aún, que estaba luciéndose frente a mí.

Cuando la muchacha se fue, irritado le pedí una explicación a don Juan. El, cándidamente, admitió que había perdido el control porque mis pies estaban al descubierto y no supo qué otra cosa hacer. Cuando escuché esto, toda la maniobra se me volvió clara; don Juan me había estado presumiendo con su amiguita. Era imposible que yo hubiese tenido descubiertos los pies porque éstos se hallaban comprimidos bajo mis muslos. Reí con aire de conocedor, y don Juan se sintió obligado a explicar que le gustaban las mujeres: esa muchacha en especial.

Nunca olvidé ese incidente. Don Juan jamás lo discutió. Cada vez que yo lo traía a colación, él me obligaba a callar. Me pregunté siempre, de una manera casi obsesiva, quién sería esa chica. Tenía esperanzas de que algún día ésta pudiese buscarme después de haber leído mis libros.

La Gorda se puso muy agitada. Caminaba de un lado al otro de la habitación mientras yo hablaba. Estaba a punto de llorar. Imaginé todo tipo de intrincadas relaciones que pudieran ser pertinentes. Pensé que la Gorda era posesiva y reaccionaba como una mujer que es amenazada por otra mujer.

-¿Estás celosa, Gorda? -le pregunté.

-No seas idiota -dijo, irritada-. Soy una guerrera sin forro. Los celos o la envidia ya no existen en mí.

Le pregunté entonces algo que me habían dicho los Genaros: que la Gorda era la mujer del nagual. Su, voz bajó tanto que apenas podía oírla.

-Yo creo que sí -dijo, y con una mirada vaga tomó asiento en la cama-. Tengo la sensación de que lo era. Pero no sé cómo podía haberlo sido. En esta vida, el nagual Juan Matus era para mí lo que era para ti. No era un hombre. Era el nagual. No tenía interés en el sexo.

Le aseguré haber escuchado a don Juan expresar su cariño por esa muchacha.

-¿Dijo que tenía relaciones sexuales con ella? -preguntó la Gorda.

-No, nunca, pero eso era obvio por la manera como hablaba -le dije.

-A ti te gustaría que el nagual fuera como tú, ¿verdad? -afirmó, con una mueca-. El nagual era un guerrero impecable.

Yo creía tener la razón y no necesitaba reexaminar mi opinión. Sólo para darle por su lado a la Gorda dije que posiblemente la muchacha era una aprendiz de don Juan y no su amante.

Hubo una larga pausa. Lo que yo mismo dije tuvo un efecto perturbador en mí. Hasta ese momento nunca había pensado en esa posibilidad. Me había encerrado en un prejuicio, sin permitirme la posibilidad de revisarlo.

La Gorda me pidió que describiera a esa joven. No pude hacerlo. En realidad no me había fijado en sus rasgos. Había estado tan molesto, tan avergonzado, que no pude examinarla en detalle. Pareció que ella también fue afectada por lo anó­malo de la situación y salió apresuradamente de la casa.

La Gorda dijo que, sin ninguna razón lógica, creía que esa joven era una figura clave en la vida del nagual. Su aseveración nos llevó a hablar de los amigos de don Juan que conocíamos. Durante horas luchamos por recuperar toda la información que teníamos de sus relaciones. Le conté las distintas veces que don Juan me había llevado a participar en ceremonias de peyote. Le describí a todos los que habían. No reconoció a ninguno de ellos. Me di cuenta que posiblemente yo conocía más gente asociada con don Juan que ella. Pero algo en mi relato desenlazó en ella el recuerdo que una vez había visto a una joven llevar al nagual y a Genaro en un pequeño auto blanco. La muchacha dejó a los dos a la puerta de la casa y fijó a la Gorda con una mirada penetrante antes de irse. La Gorda pensó que esa joven era alguien que había recogido al nagual y a Genaro en la carretera. Recordé entonces que aquel día en casa de don Juan, yo también pude ver un pequeño Volks­wagen blanco que se alejaba.

Mencioné otro incidente que tenía que ver con uno de los amigos de don Juan, un hombre que una vez me dio unas plantas de peyote en el mercado de una ciudad del norte de México. El también me había obsesionado durante años. Se llamaba Vicente. Al escuchar el nombre, la Gorda reaccionó como si le hubieran tocado un nervio. Su voz se volvió chillante. Me pidió que le repitiera el nombre y que describiera al indi­viduo. De nuevo, no pude ofrecer ninguna descripción. Sólo lo había visto una vez por unos cuantos minutos, hacía más de diez años.

 

La Gorda y yo pasamos un periodo en el que casi estábamos enojados, no el uno con el otro, sino con aquello que nos tenía aprisionados.

El incidente final que precipitó el despliegue de nuestros recuerdos llegó un día en que yo tenía un resfrío y una fiebre muy alta. Me había quedado en cama, dormitando intermiten­temente, mientras los pensamientos vagabundeaban sin rumbo por mi mente. Todo el día había estado, en mi cabeza la melo­día de una vieja canción mexicana. En un momento me descu­brí soñando que alguien la tocaba en una guitarra. Me quejé de la monotonía y la persona ante la que yo protestaba, fuese quien fuese, me dio con la guitarra en el estómago. Salté hacia atrás, para evitar el golpe, y me pegué en la cabeza contra la pared. Desperté. No había sido un sueño muy vívido, sólo la melodía había sido hechizante. No podía desvanecer el sonido de la guitarra: continuaba recorriendo mi mente. Me quedé medio despierto, escuchando la tonada. Parecía como si estu­viese entrando en un estado de ensoñar: una escena completa y detallada de ensueño apareció ante mis ojos. En la escena había una joven sentada junto a mí. Podía distinguir cada uno de los rasgos de sus facciones. No sabía quién era, pero verla me conmocionó. Desperté en cuestión de segundos. La ansie­dad que esa cara creaba en mí era tan intensa que me puse en pie y de una manera absolutamente automática empecé a ca­minar de un lado al otro. Me hallaba perspirando profunda­mente y tenía miedo de salir de la habitación. Tampoco podía contar con la ayuda de la Gorda. Ella se había ido de vuelta a México para ver a Josefina. Até una sábana en torno a mi cintura para sujetar mi parte media. Eso me ayudó a atenuar las ondas de energía nerviosa que estremecían todo mi cuerpo.

En tanto iba de un lado al otro, la imagen que tenía en la mente comenzó a disolverse, pero no en un olvido apacible, como me hubiera gustado, sino en un recuerdo completo e intrincado. Recordé que una vez me hallaba sentado en unos costales de trigo o cebada almacenados en un granero. La joven cantaba la vieja canción que había invadido mi mente, y tocaba una guitarra. Cuando yo me burlé de su manera dé tocar, ella me golpeó levemente en las costillas con el asiento de la gui­tarra. Había más gente sentada allí conmigo, estaba la Gorda y dos hombres. Yo conocía muy bien a esos hombres, pero aún no podía recordar quién era la joven. Lo intenté, pero me pareció imposible.

Me recosté nuevamente, empapado en sudor frío. Quería descansar unos momentos antes de quitarme la piyama mojada. Cuando apoyé mi cabeza en un almohadón mi memoria pare­ció aclararse aún más y entonces supe quién tocaba la guitarra. Era la mujer nagual, el ser más importante sobre la faz de la tierra para la Gorda y para mí. Se trataba del análogo femenino del nagual; no era ni su esposa ni su mujer, sino su contraparte. Tenía la serenidad y la autoridad de un verdadero jefe. Y siendo mujer, nos nutría.

No me atreví a presionar excesivamente a mi memoria. In­tuitivamente sabía que no tenía la fuerza para resistir la tota­lidad del recuerdo. Me detuve en un nivel de sentimientos abs­tractos. Supe que ella era la encarnación del afecto más puro, más desinteresado y profundo: Sería justo decir que la Gorda y yo amábamos a la mujer nagual más que a la vida misma. ¿Qué demonios nos pudo haber ocurrido para olvidarla?

Esa noche, mientras yacía en cama, llegué a agitarme tanto que temí por mi propia vida. Empecé a canturrear algunas pa­labras que se convirtieron en una guía para mí. Y sólo después de haberme calmado pude recordar que las palabras que había estado repitiendo una y otra vez también eran, un re­cuerdo que esa noche me había llegado; el recuerdo de una fórmula, una encantación para hacerme sortear torbellinos, como el que acababa de reexperimentar.

 

Ya me di al poder que a mi destino rige.

No me agarra ya de nada, para así no tener nada que defender.

No tengo pensamientos, para así poder ver.

No temo ya a nada, para así poder acordarme de mí.

 

La fórmula tenía dos versos más, que en ese momento me resultaron incomprensibles:

 

Sereno y desprendido

me dejará el águila pasar a la libertad.

 

El hallarme enfermo y febril bien pudo haberme servido como una especie de amortiguador; pudo haber sido suficiente para desviar el impacto de lo que yo había hecho, o más bien, de lo que me había acontecido, puesto que intencionalmente yo no había hecho nada.

Hasta esa noche, de haberse examinado mi inventario dé experiencias, yo habría podido dar fe de la continuidad de mi existencia. Los recuerdos nebulosos que tenía de la Gorda, o el presentimiento de haber vivido en aquella casa, en cierta manera constituían amenazas a mi continuidad, pero todo eso no era nada comparado con la acción de haber recordado a la mujer nagual. No tanto a causa de la emoción que ese re­cuerdo trajo consigo, sino por el hecho de haberla olvidado, y no de la manera como uno olvida un nombre o una tonada. De ella no había habido nada en mi mente hasta el momento de la revelación. ¡Nada! En aquel momento algo llegó a mí, o algo se desprendió de mí, y de súbito yo estaba recordando a una importantísima persona que, desde mi punto de vista consciente y experiencial, yo jamás había conocido.

Tuve que esperar dos días hasta que llegara la Gorda para poder contarle mi recuerdo. Al instante en que le describí a la mujer nagual, la Gorda la recordó: de alguna manera su ser consciente dependía del mío.

-¡Esa muchacha que vi en el cochecito blanco era la mujer nagual! -exclamó la Gorda-. Ella regresó a mí y yo no pude recordarla.

Escuché sus palabras y comprendí su significado, pero a mi mente le llevó un largo rato poder concentrarse en lo que había dicho. Mi atención titubeaba, era como si en realidad se hu­biese colocado frente a mis ojos una luz que se iba apagando. Tuve la sensación de que si no detenía esa disminución, yo moriría. Repentinamente sentí una convulsión y supe que había juntado dos partes de mí mismo que se hallaban escon­didas; me di cuenta que la joven que había visto en la casa de don Juan era la mujer nagual.

En ese momento de cataclismo emocional, la Gorda no me sirvió de ayuda. Lloraba sin inhibiciones. La conmoción emo­cional de recordar a la mujer nagual había sido traumática para ella.

-¿Cómo pude olvidarla? -suspiró la Gorda.

Percibí un destello de suspicacia en sus ojos cuando la Gorda me encaró.

-Tú no tenías idea de que existía, ¿verdad? -me preguntó.

Bajo cualquier otra circunstancia habría creído que su pre­gunta era impertinente, insultante, pero yo también me pregun­taba lo mismo. Se me había ocurrido que la Gorda podía saber más de lo que me había revelado.

-No tenía ni la menor idea -dije-. Pero, ¿y tú? ¿Sabías que existía, Gorda?

Su rostro tenía tal expresión de inocencia y perplejidad que mis dudas se desvanecieron.

-No -respondió-. No hasta hoy día. Ahora sé por cierto que yo me sentaba con ella y con el nagual Juan Matus en esa banca de la plaza de Oaxaca. Siempre recordé que hacía­mos eso, y también recordaba sus facciones, pero pensaba que lo había soñado. Ya lo sabía todo, y sin embargo no sabía nada. Pero ¿por qué creí que era un sueño?

Tuve un momento de pánico, después, la perfecta certeza física de que cuando la Gorda hablaba, en alguna parte de mi cuerpo se abría un canal. Repentinamente supe que yo también solía sentarme en esa banca con don Juan y la mujer nagual. Recordé entonces una sensación que había experimentado en cada una de esas ocasiones. Era una sensación de satisfac­ción física, de felicidad, plenitud, que resultarían imposibles de imaginar. Para mí don Juan y la mujer nagual eran seres perfectos: hallarme en compañía de ellos en verdad era mi gran fortuna. Una y otra vez, sentado en la banca, flanqueado por los seres más exquisitos de la tierra, experimenté quizás el pináculo de mis sentimientos humanos. En una ocasión le dije a don Juan, y en verdad lo creía, que en ese momento querría morir, para así poder conservar ese sentimiento de plenitud puro, intacto, libre de desorden.

Le conté a la Gorda lo que había recordado. Quedamos silenciosos unos momentos y después el impulso de nuestros recuerdos nos arrastró peligrosamente hacia la tristeza, hacia la desesperación incluso. Tuve que ejercer el control más extraordinario para sujetar mis emociones y no llorar. La Gorda sollozaba, cubriendo su rostro con el antebrazo.

Después nos calmamos. La Gorda me miró fijamente. Supe lo que pensaba. Era como si leyera las preguntas en sus ojos. Eran las mismas interrogantes que me habían obsesionado por días. ¿Quién era la mujer nagual? ¿Dónde la habíamos conocido? ¿En dónde encajaba? ¿La conocían los otros apren­dices también?

Me hallaba a punto de formular mis preguntas cuando la Gorda me lo impidió.

-Realmente no lo sé -dijo con rapidez, adelantándose a la pregunta-. Creía que tú me lo dirías. No sé por qué, pero creo que tú puedes decirme cuál es cuál.

Ella contaba conmigo y yo con ella. Reímos ante la ironía de la situación. Le pedí que me refiriera todo lo que sabía de la mujer nagual. La Gorda se esforzó por decir algo dos o tres veces pero no pudo organizar sus pensamientos.

-Realmente no sé por dónde empezar -dijo-. Lo único que sé es que yo la quería.

Le dije que yo tenía la misma sensación. Una tristeza sobre­natural me atrapaba cada vez que pensaba en la mujer nagual. Conforme hablaba, mi cuerpo se empezó a sacudir.

-Tú y yo la queríamos -dijo la Gorda-. No sé por qué estoy diciendo esto, pero sí sé que nosotros éramos de ella.

La presioné para que se explicara más, pero no me pudo aclarar por qué lo había dicho. Hablaba nerviosamente, tratan­do de ampliar la descripción de sus sentimientos. No pude prestarle más atención. Sentí un aleteo en mi plexo solar. Un vago recuerdo de la mujer nagual comenzó a adquirir forma. Urgí a la Gorda a que continuara hablando, le dije que se repitiera si ya no tenía nada más que decir, pero que no se detu­viera. El sonido de su voz era como un conducto hacia otra dimensión, hacia otro tipo de tiempo. Era como si la sangre se agolpara en mi cuerpo con una presión insólita. Sentí un cosquilleo, y luego tuve un recuerdo corporal. Supe en mi cuerpo que la mujer nagual era el ser que completaba al nagual.

Le proporcionaba paz, plenitud, una sensación de estar pro­tegido, de estar a salvo.

Le dije a la Gorda que había tenido la clara percepción de que la mujer nagual era la compañera de don Juan. La Gorda me miró, estupefacta. Lentamente negó con la cabeza.

-No tenía nada que ver con el nagual Juan Matus, idiota -dijo, con un tono de autoridad final-. Era de ti. Por eso tú y yo le pertenecíamos.

La Gorda y yo nos miramos el uno al otro. Yo estaba seguro de que involuntariamente ella expresaba pensamientos que racionalmente no le decían nada.

-¿Qué quieres decir con que era de mí, Gorda? -le pregunté después de una larga pausa.

-Era tu compañero -dijo-. Ustedes dos formaban un equi­po. Y yo estaba bajo su custodia. Y ella te encargó que algún día me llevaras a la libertad y me dejaras en sus manos.

Le supliqué a la Gorda que me dijera todo lo que sabía, pero no parecía saber nada más. Me sentí agotado.

-¿A dónde se fue? -preguntó la Gorda repentinamente-, eso es lo que no me puedo imaginar. Estaba contigo, no con el nagual. Debería estar aquí, con nosotros.

En ese momento la Gorda tuvo otro ataque de desconfianza y temor. Me acusó de esconder a la mujer nagual en Los Án­geles. Traté de desahogar sus aprensiones. Me sorprendí hablándole como si fuera una niña. Ella me escuchó al parecer con una atención completa; sin embargo, sus ojos se hallaban vacíos, desenfocados. Se me ocurrió entonces que estaba utilizando el sonido de mi voz así como yo había usado el de ella, como un conducto. Seguí hablando hasta que acabé con todo lo que tenía que decir dentro de los límites del tema. Algo extraño tuvo lugar entonces, y me descubrí escuchando a medias el sonido de mi propia voz. Le hablaba a la Gorda involuntariamente. Las palabras que parecían haber estado embotelladas dentro de mí, libres ahora, alcanzaron niveles indescriptibles de absurdidad. Hablé y hablé hasta que un recuerdo hizo que me detuviera. Una vez, en la banca de Oaxaca, don Juan nos habló, a la mujer nagual y a mí, de una persona cuya presencia había sintetizado para él todo lo que se podía esperar del compañerismo humano. Se trataba de una mujer que había sido para él lo que la mujer nagual era para mí: una compañera, una contraparte. Ella lo dejó, así como la mujer nagual me había dejado. Pero lo que él sentía por ella no había cambiado y se avivaba con la melancolía que ciertos poemas le evocaban. Con el mismo recuerdo aclaré que la mujer nagual era la que me surtía de libros de poemas. Tenía cantidades de ellos en la cajuela de su auto. A instancias suyas yo le leía poemas a don Juan. De repente fue tan claro el recuerdo de la mujer nagual sentada conmigo en la banca, que involuntariamente aspiré una bo­canada de aire y mi pecho se hinchó. Tomó posesión de mí una opresiva sensación de pérdida. Me doblé con un dolor desgarrador en el omóplato derecho. Había algo más que yo sabía era un recuerdo que una parte mía se rehusaba a liberar.

Me adherí a lo que me quedaba de mi salvaguarda de inte­lectualidad, como el único medio de recuperar la ecuanimidad. Me dije una y otra vez que la Gorda y yo habíamos estado operando todo el tiempo en dos planos distintos. Ella recor­daba mucho más que yo, pero no era inquisitiva. No había sido entrenada para formular preguntas a otros o a sí misma. Pero luego me asaltó la idea de que yo no me hallaba en mejores condiciones; seguía siendo tan torpe como don Juan dijo que lo era. Nunca había olvidado que le leía poesía a don Juan, y sin embargo jamás se me ocurrió considerar el hecho de que yo nunca he poseído un libro de poesía española, ni jamás he llevado uno en mi auto.

La Gorda me sacó de mis cavilaciones. Se hallaba casi histé­rica. Me gritó que la mujer nagual tenía que hallarse en alguna parte muy cercana a nosotros. Creía que así como a ella y a mí se nos había encargado que nos encontráramos el uno al otro, a la mujer nagual se le había encomendado hallarnos a nosotros.

La fuerza de su razonamiento casi me convenció. Sin embargo, algo en mí sabía que esto no era así. Ese era el recuerdo que yacía dentro de mí, y que no me atrevía a sacar a la superficie.

Quise iniciar un debate con la Gorda, pero no había ningún motivo para hacerlo; mi salvaguarda de intelecto y de palabras era insuficiente para absorber el impacto de haber recordado a la mujer nagual. El efecto era aplastante para mí, más devas­tador que, incluso, el temor de morir.

-La mujer nagual está hundida en alguna parte -dijo la Gorda, mansamente-. Probablemente está con la espalda contra la pared y nosotros no hacemos nada para ayudarla.

-¡No, no! -grité-. La mujer nagual ya no está aquí.

Exactamente no supe por qué dije eso, y sin embargo sabía que era verdad. Nos hundimos durante unos momentos en unas profundidades de melancolía que sería imposible de dilu­cidar racionalmente. Por primera vez, en lo que yo conozco de mí mismo sentí una verdadera e infinita tristeza, una temi­ble sensación de estar incompleto. En alguna parte de mí existía una herida que había sido abierta de nuevo. Esta vez no podía, como lo había hecho tantas otras veces, refugiarme detrás de un velo de misterio y de incertidumbre. No saber había sido una bendición para mí. Durante unos instantes me descubrí deslizándome peligrosamente hacia el desaliento. La Gorda me detuvo.

-Un guerrero es alguien que busca la libertad -me dijo en el oído-. La tristeza no es libertad. Tenemos que quitárnosla de encima.

Tener un sentido de desapego, como había dicho don Juan, implica tener una pausa momentánea para reconsiderar las situaciones. En lo más hondo de mi tristeza comprendí lo que él quería decir. Ya tenía el desapego, ahora me correspondía luchar por usar correctamente esa pausa.

No podría decir si mi volición entró en acción, pero de re­pente toda mi tristeza se desvaneció; era como si nunca hubiese existido. La velocidad de mi cambio y lo completo que fue, me alarmó.

— ¡Ahora ya estás donde yo estoy! -exclamó la Gorda cuando le describí lo que había ocurrido-. Después de tantos años aún no he podido aprender a manejar la ausencia de forma. Me deslizo irremediablemente de un sentimiento a otro en un instante. Como no tengo forma, podía ayudar a las hermanitas, pero por eso mismo ellas me tenían en sus manos. Cualquiera de ellas era lo suficientemente fuerte para mecerme de un lado al otro.

«El problema es que yo perdí mi forma humana antes que tú. Si tú y yo la hubiéramos perdido juntos, nos habríamos podido ayudar el uno al otro; pero como fueron las cosas, yo correteaba de arriba abajo como alma en pena.

Esa aseveración suya de no tener forma siempre me había parecido espuria. A mi entender, perder la forma humana tenía que incluir una consistencia de carácter, que se hallaba, a juzgar por los altibajos emocionales de la Gorda, más allá de su alcance. A causa de esto, la había juzgado áspera e in­justamente. Habiendo perdido ya la forma humana, me hallaba ahora en posición de comprender que dicha condi­ción es un perjuicio a la sobriedad y a la discreción. No aporta ninguna fortaleza emocional automática. Un aspecto del desapego, la capacidad de quedar inmerso en lo que uno se encuentre haciendo, naturalmente se extiende a todo lo que se hace, incluso ser inconsistente y totalmente mezquino. La ventaja de no tener forma es la capacidad de detenerse un momento, si es que se tiene autodisciplina y valor.

Por fin la conducta pasada de la Gorda se volvió compren­sible para mí. No había tenido forma durante años, pero care­cía de la autodisciplina requerida. Por ello había estado a merced de drásticos cambios y de discrepancias increíbles en­tre sus acciones y sus propósitos.

 

En los días subsiguientes, la Gorda y yo reunimos toda nuestra fuerza emocional y tratamos de conjurar otros recuerdos, pero ya no parecía haber ninguno más. Me hallaba de nuevo donde estuve antes de empezar a recordar. Intuía que, enterrado en mí, de alguna manera debería de haber mucho más, pero no encontraba manera de llegar a ello. En mi mente no existían ni los más vagos atisbos de cualquier otro recuerdo.

La Gorda y yo pasamos por un periodo de tremenda confu­sión y de dudas. En nuestro caso, no tener forma significaba ser asolados por la peor desconfianza imaginable. Sentimos que éramos como ratas de laboratorio en manos de don Juan, una persona que al parecer nos era muy familiar, pero de la cual en realidad ignorábamos todo. Nos retroalimentamos el uno al otro con dudas y temores. La cuestión más seria por supuesto era la mujer nagual. Cuando concentrábamos nuestra atención en ella, el recuerdo se volvía tan agudo que rebasaba nuestra comprensión el que la hubiéramos olvidado. Esto nos permitía una y otra vez especular qué era lo que nos había hecho don Juan en realidad. Muy fácilmente estas conjeturas nos conducían a la sensación de que habíamos sido usados. Nos enfurecía la inevitable conclusión de que don Juan nos había engañado, nos había dejado desamparados y desconoci­dos para nosotros mismos.

Cuando la rabia se agotó, el temor empezó a cernirse sobre nosotros; ahora nos enfrentaba la terrible posibilidad de que no habíamos aún descubierto todo el daño que don Juan nos había hecho.

 

VII. ENSOÑANDO JUNTOS

 

Un día, para aliviar momentáneamente nuestra zozobra, sugerí que deberíamos dedicar todo nuestro tiempo y energía a en­soñar. Tan pronto como hice esta sugerencia me di cuenta de que la lobreguez que me había acosado durante días se alteró radicalmente con sólo desear el cambio. Claramente comprendí entonces que el problema de la Gorda y el mío era que inconscientemente nos habíamos centrado en el temor y la desconfianza, como si fueran las únicas opciones a nues­tro alcance. En todo momento, sin embargo, habíamos teni­do, sin saberlo conscientemente, la alternativa de centrar nues­tra atención deliberadamente en lo opuesto: el misterio, la maravilla de lo que nos sucedía.

Comuniqué a la Gorda mi hallazgo. Ella estuvo de acuerdo en el acto. Al instante se animó, y el paño de su lobreguez se desvaneció en cuestión de segundos.

-¿Qué tipo de ensoñar propones que debemos hacer? -pre­guntó.

-¿Cuántos tipos hay? -dije.

-Podemos ensoñar juntos -replicó-. Mi cuerpo me dice que lo hemos hecho antes. Ya hemos entrado en el ensueño como par. Vas a ver que será facilísimo como lo fue ver juntos.

-Pero no sabemos cuál es el procedimiento para ensoñar juntos -dije.

-Pues tampoco sabíamos cómo ver juntos y sin embargo vimos -dijo-. Estoy segura de que si lo intentamos, podremos hacerlo, porque no hay pasos específicos para todo lo que hace un guerrero. Sólo hay poder personal. Y en este momento lo tenemos.

«Debemos, eso sí, ensoñar desde dos lugares distintos, lo más alejado posible el uno del otro. El que entra en el ensueño primero, espera al otro. Apenas nos encontramos entrecru­zamos los brazos y nos adentramos juntos a las profundidades del ensoñar.

Le dije que no tenía idea de cómo esperarla si yo empezaba a ensoñar antes que ella. Ella misma no podía explicar lo que eso implicaba, pero aclaró que esperar al otro ensoñador era lo que Josefina había descrito como «jalarlo». La Gorda ha­bía sido jalada dos veces por Josefina.

-La razón por la cual Josefina le llama así es porque uno de los dos tiene que prender al otro del brazo -explicó.

Me enseñó entonces cómo hacerlo. Con su mano izquierda sujetó fuertemente mi antebrazo derecho a la altura del codo. Nuestros antebrazos quedaron entrelazados cuando yo cerré mi mano derecha sobre su codo.

-¿Cómo se puede hacer eso en ensueño? -pregunté.

Yo, en lo personal, consideraba que ensoñar era uno de los estados más privados que se puedan imaginar.

-No sé cómo, pero te voy a agarrar -dijo la Gorda-. Yo creo que mi cuerpo sabe cómo. Pero mientras más sigamos hablando de esto, más difícil parece ser.

Comenzamos a ensoñar desde dos lugares. Sólo pudimos ponernos de acuerdo a qué hora empezar, puesto que la en­trada en el ensueño era imposible de predeterminar. La posibilidad de que yo tuviera que esperar a la Gorda fue algo que me causó una gran ansiedad, y no pude empezar a ensoñar con la facilidad usual. Después de diez o quince minutos de agitación finalmente logré entrar en un estado que yo llamo vigilia en reposo.

Años antes, cuando ya había adquirido cierto grado de ex­periencia en ensoñar, le pregunté a don Juan si había procedi­mientos específicos que fuesen comunes para todos. Me dijo que verdaderamente cada ensoñador es singular e indepen­diente. Pero al hablar con la Gorda descubrí tantas similitudes en nuestras experiencias de ensoñar, que aventuré un posible patrón clasificatorio de las diversas etapas.

Vigilia en reposo es el estado preliminar, en el cual los sen­tidos se aletargan y, sin embargo, uno se halla consciente. En mi caso, yo siempre había percibido en este estado un flujo de luz rojiza, una luz exactamente igual a la que aparece cuándo encara uno el sol con los párpados fuertemente cerrados.

Al segundo estado de ensoñar le llamé vigilia dinámica. En éste, la luz rojiza se disipa así como se desvanece la niebla, y uno se queda viendo una escena, una especie de cuadro, que es estático. Se ve una imagen tridimensional, un tanto conge­lada: un pasaje, una calle, una casa, una persona, un rostro, o cualquier otra cosa.

Al tercer estado lo denominé atestiguación pasiva. En él, el ensoñador ya no presencia más un aspecto congelado del mundo, sino que es un testigo ocular de un evento tal como ocu­rre. Es como si la preponderancia de los sentidos visual y auditivo hiciera a este estado del ensoñar una cuestión princi­palmente de los ojos y los oídos.

En el cuarto estado uno es llevado a actuar, forzado a lle­var a cabo acciones, a dar pasos, a aprovechar el máximo del tiempo. Yo llamé a este estado iniciativa dinámica.

Esperarme, como proponía la Gorda, tenía que ver con el segundo y el tercer estado de nuestro ensoñar juntos. Cuando entré en la segunda fase, vigilia dinámica, en una escena de ensoñar vi a don Juan y a varias otras personas, incluyendo a la Gorda cuando era obesa. Antes de que pudiese considerar qué era lo que veía, sentí un tremendo jalón en mi brazo y me di cuenta dé que la Gorda «verdadera» se hallaba a mi la­do. Estaba a mi izquierda y había tomado mi antebrazo dere­cho con su mano izquierda. Claramente sentí cómo alzaba mi mano para que pudiéramos entrecruzar los antebrazos. Después me descubrí en la atestiguación pasiva, el tercer es­tado del ensoñar. Don Juan me decía que yo tenía que aten­der a la Gorda y cuidarla de la manera más egoísta: esto es, como si ella fuera parte de mí mismo.

Su juego de palabras me pareció delicioso. Sentí una felici­dad sobrenatural por hallarme allí con él y con los otros. Don Juan prosiguió explicando que mi egoísmo podía ser utilizado de muy buen modo, y que ponerle riendas no era imposible.

Había una atmósfera general de camaradería entre toda la gente congregada allí. Todos reían de lo que don Juan me decía, pero sin burlarse. Don Juan añadió que la manera más segura de subyugar el egoísmo era por medio de las actividades cotidianas de nuestras vidas. Mantenía que yo era eficiente en todo lo que hacía porque no tenía a nadie que me hiciera la vida imposible y que no era nada del otro mundo andar derecho si uno anda solo. Si se me diera la tarea de cuidar a la Gorda, sin embargo, mi eficiencia estallaría en cachitos, y pa­ra sobrevivir tendría que extender la preocupación egoísta por mí mismo hasta incluir a la Gorda. Sólo ayudándola, don Juan decía con el tono más enfático, yo encontraría las claves para el desempeño de mi verdadera tarea.

La Gorda puso sus obesos brazos alrededor de mi cuello. Don Juan tuvo que dejar de hablar. Reía de tal manera que no podía proseguir. Todos ellos rugían de risa.

Me sentí avergonzado e irritado con la Gorda. Traté de des­prenderme de ella, pero sus brazos se hallaban fuertemente en­lazados en torno a mi cuello. Con un gesto de manos, don Juan me detuvo. Dijo que el mínimo embarazo que entonces expe­rimentaba no era nada en comparación a lo que me esperaba.

El sonido de las risas era ensordecedor. Me sentí muy feliz, aunque me preocupaba tener que ayudar a la Gorda, ya que ignoraba lo que esto implicaría.

En un momento de mi ensoñar cambié el punto de vista. . . , o más bien, algo me sacó de la escena y empecé a mirar to­do como espectador. Nos hallábamos en una casa del norte de México; podía darme cuenta de esto por el panorama que la rodeaba, el cual me era parcialmente visible. Podía ver monta­ñas a lo lejos. También recordé los atavíos de la casa. Nos hallábamos en un porche tejado, abierto. Parte de la gente estaba sentada en grandes sillones; sin embargo, la mayoría se hallaba de pie o sentada en el suelo. Había dieciséis personas. La Gorda se hallaba a mi lado, frente a don Juan.

Me di cuenta que podía tener dos diferentes percepciones al mismo tiempo. Igualmente podía entrar en la escena del ensoñar y recuperar un sentimiento perdido hacía mucho, o podía presenciar la escena con las emociones y sentimientos de mi vida actual. Gozando me hundía en la escena del ensoñar me sentía seguro y protegido, pero cuando la contemplaba del otro modo me sentía perdido, inseguro, angustiado. No me gustó esa reacción mía, por lo tanto me sumergí en la es­cena del ensoñar.

Una Gorda obesa preguntó a don Juan, con una voz que podía oírse por encima de la risa de todos, si yo iba a ser su esposo. Hubo un momento de silencio. Don Juan parecía calcular lo que iría a decir. Palmeó la cabeza de la Gorda y di­jo que de seguro yo estaría encantado de ser su esposo. La gente reía estrepitosamente. Yo reí con ellos. Mi cuerpo se convulsionó con un disfrute genuino, y sin embargo no creí estar riéndome de la Gorda. No la consideraba una aberrada o una estúpida. Era una niña. Don Juan se volvió hacia mí y dijo que yo tenía que honrar a la Gorda a pesar de cualquier cosa que ella me hiciera, y que debía entrenar mi cuerpo, a través de mi interacción con ella, a sentirse a gusto ante las situaciones más exigentes. Don Juan se dirigió a todo el grupo y dijo que era mucho más fácil comportarse bien bajo condi­ciones de máxima tensión que ser impecable en circunstancias normales, tales como la interrelación con alguien como la Gorda. Don Juan añadió que bajo ninguna circunstancia yo debía enojarme con la Gorda, porque en realidad ella era mi benefactora: sólo a través de ella podría ser yo capaz de con­trolar mi egoísmo.

Me hallaba tan completamente inmerso en la escena del en­soñar, que me había olvidado de que estaba ensoñando. Una repentina presión en el brazo me lo recordó. Sentí la presen­cia de la Gorda junto a mí, pero sin verla. Se hallaba allí sólo como un contacto, una sensación táctil en mi antebrazo. En esto concentré mi atención, alguien me tenía fuertemente aga­rrado; después la Gorda me materializó como una persona completa, como si estuviera hecha de cuadros sobreimpuestos de una película cinematográfica. La escena de ensoñar se di­solvió. En vez de eso, la Gorda y yo nos mirábamos el uno al otro con los antebrazos entrecruzados.

Al unísono, de nuevo concentramos nuestra atención en la escena que habíamos estado presenciando. En ese momento supe, sin duda alguna, que habíamos observado la misma es­cena. Ahora don Juan decía algo a la Gorda, pero yo no podía oírlo. Mi atención era llevada de un lado a otro entre el tercer estado de ensoñar, contemplación pasiva, y la segunda, vigilia dinámica. En un momento yo estaba con don Juan, con una Gorda obesa y las dieciséis personas, y el siguiente instante me hallaba con la Gorda de siempre contemplando una esce­na congelada.

Entonces una drástica sacudida en mi cuerpo me condujo a otro nivel más de atención: sentí algo como el chasquido de un trozo seco de madera al romperse, y me encontré en el primer estado de ensoñar, vigilia en reposo. Me hallaba dormido y, no obstante, enteramente consciente. Yo quería permanecer lo más posible en ese estado apacible, pero otra sacudida me hizo despertar al instante. Era el impacto intelectual de haberme dado cuenta de que la Gorda y yo habíamos ensoñado juntos.

Me hallaba más que ansioso por hablar con ella. La Gorda sentía lo mismo. Cuando nos calmamos, le pedí que me des­cribiera todo lo que le había ocurrido en nuestro ensoñar juntos.

-Te estuve esperando un largo rato -dijo-. Una parte de mi creía que te había perdido, pero otra parte pensaba que estabas nervioso y que tenías problemas, así es que esperé.

-¿Dónde me esperaste, Gorda? -pregunté.

-No sé -respondió-. Sé que ya había salido de la luz roji­za, pero no podía ver nada. Pensándolo bien, no tenía vista, sólo sentía. A lo mejor todavía estaba en la luz rojiza, aunque no era roja. El lugar donde me encontraba tenía un tinte color durazno. Entonces abrí los ojos y allí estabas. Parecía que ya estabas a punto de irte, así es que te agarré del brazo. Entonces miré y vi al nagual Juan Matus, a ti, a mí, y a la otra gente en la casa de Vicente. Tú eras más joven y yo estaba gorda.

La mención de la casa de Vicente me trajo una repentina comprensión. Le dije a la Gorda que una vez, manejando por Zacatecas, en el norte de México, tuve un extraño impulso y fui a visitar a Vicente, uno de los amigos de don Juan. No comprendí entonces que al hacerlo, involuntariamente había cruzado a un dominio excluido. Vicente, como la mujer nagual, pertenecía a otra área, a otro mundo. Entendí en ese momen­to la razón por la que la Gorda quedara tan atónita cuando le referí esa visita. Conocíamos muy bien a Vicente, quien era tan allegado a nosotros como don Genaro, o quizás más aún. Y sin embargo, los habíamos olvidado, tal como había olvida­do a la mujer nagual.

En ese momento la Gorda y yo hicimos una inmensa disgresión. Juntos recordamos que Vicente, Genaro y Silvio Manuel eran amigos de don Juan, sus cohortes. Todos ellos se hallaban unidos por una especie de juramento. La Gorda y yo no po­díamos recordar qué era lo que los había unido. Vicente no era indio. Había sido farmacéutico cuando joven. Era el erudi­to del grupo, el verdadero curandero que mantenía a todos en perfecto estado de salud. Le apasionaba la botánica. Yo no tenía duda alguna de que él sabía de plantas más que cualquier ser humano viviente. La Gorda y yo recordamos que fue Vicente el que daba instrucción a todos, incluyendo a don Juan, acerca, de las plantas medicinales. Tomó un interés espe­cial en Néstor, y todos nosotros pensábamos que Néstor lle­garía a ser como él.

-Recordar a Vicente me hace pensar en mí -dijo la Gorda-. Me hace pensar en lo insoportable que he sido. Lo peor que le puede pasar a una mujer es tener hijos, tener agujeros en su cuerpo, y a pesar de eso seguir actuando como una adolescen­te. Ese era mi problema. Yo quería ser un encanto y estaba vacía. Y ellos me dejaban hacer el ridículo y hasta me ayuda­ban a hacerlo.

-¿Quiénes son ellos, Gorda? -le pregunté.

-El nagual y Vicente y toda esa gente que estaba en casa de Vicente cuando me porté como una burra contigo.

La Gorda y yo comprendimos lo mismo al unísono. A la Gorda le era permitido ser insoportable sólo conmigo. Nadie más aguantaba sus necedades, aunque ella las intentaba con todos.

-Vicente sí me aguantaba -dijo la Gorda-. Me llevaba la cuerda. Figúrate que hasta tío le decía. Cuando quise decir tío a Silvio Manuel, casi me despelleja los sobacos con sus manos que parecían garras.

Los dos tratamos de concentrar nuestra atención en Silvio Manuel, pero no pudimos recordar cómo era. Sentíamos su presencia en nuestros recuerdos, pero él no era una persona, era sólo un sentimiento.

Hablamos de nuestra escena de ensoñar y llegamos al acuer­do de que ésta había sido una réplica fiel de lo que en rea­lidad tuvo lugar en nuestras vidas en cierto tiempo, pero nos resultaba imposible recordar cuándo. Sin embargo, yo tenía la extraña seguridad de que efectivamente estuve a cargo de la Gorda como entrenamiento para enfrentar la in­teracción con la gente. Era imperativo que yo interiorizara un estado de ecuanimidad ante situaciones sociales difíciles, y para esto nadie podía haber sido un mejor entrenador que la Gorda. Los relampagazos de vagos recuerdos que yo tenía de una obesa Gorda surgían de esas circunstancias, porque yo había cumplido las órdenes de don Juan al pie de la letra.

La Gorda dijo que no le había gustado en lo más mínimo la escena de ensoñar. Ella hubiera preferido mirar solamente, pero yo la empujé a que reviviera sus viejos sentimientos, que le eran detestables. Su descontento fue tan intenso que de­liberadamente apretó mi brazo para forzarme a concluir nues­tra participación en algo que le resultaba tan odioso.

Al día siguiente empezamos otra sesión de ensoñar juntos. Ella la inició en su recámara y yo en mi estudio, pero no ocurrió nada. Quedamos agotados meramente tratando de entrar en el ensueño. Luego, pasaron semanas enteras sin que pudiéramos avanzar lo mínimo. Cada fracaso nos volvía más desesperados y codiciosos.

En vista de nuestra derrota decidí que, por el momento, deberíamos posponer ensoñar juntos y examinar con mayor cuidado los procesos del ensoñar y analizar sus conceptos y procedimientos. En un principio la Gorda no estuvo de acuerdo conmigo. Para ella, la idea de revisar lo que sabíamos de ensoñar reconstituía otra manera de sucumbir a la codicia. Ella prefería nuestros fracasos. Yo persistí hasta que finalmen­te accedió, más que nada debido a la sensación de que estába­mos absolutamente perdidos.

Una noche, lo más casualmente que pudimos, empezamos a discutir lo que debíamos de ensoñar. De inmediato nos fue obvio que había unos temas centrales que en especial don Juan había enfatizado.

Lo primero era el acto mismo, el cual comienza como un estado único de conciencia al que se llega concentrando el residuo consciente que se conserva, aun cuando uno está dormido, en los elementos o los rasgos de los sueños comunes y corrientes.

El residuo consciente, al que don Juan llamaba la segunda atención, es adiestrado a través de ejercicios de no-hacer. La Gorda y yo estuvimos de acuerdo que un auxiliar esencial del ensoñar era un estado de quietud mental, que don Juan había llamado «detener el diálogo interno», o el «no-hacer de hablar­se a uno mismo». Para enseñarme cómo lograrlo, don Juan so­lía hacerme caminar durante kilómetros con los ojos fuera de foco, fijos en un plano unos cuantos grados por encima del horizonte, a fin de realzar la visión periférica. El método fue efectivo por dos razones. Me permitió detener mi diálogo inter­no después de años de práctica, y entrenó mi atención. Al forzarme a una concentración en la vista periférica, don Juan reforzó mi capacidad de concentrarme, por largos periodos de tiempo, en una sola actividad.

Después, cuando logré controlar mi atención y ya fui capaz de trabajar por horas en cualquier tarea -algo que antes nun­ca pude hacer-, don Juan me dijo que la mejor manera de entrar en ensueños era concentrándome en el área exacta en la punta del esternón. Dijo que de ese sitio emerge la atención que se requiere para comenzar el ensueño. La energía que necesita uno para moverse en el ensueño surge del área tres o cuatro centímetros bajo el ombligo. A esa energía le llamaba la volun­tad, o el poder de seleccionar, de armar. En una mujer, tanto la atención como la energía para ensoñar, se origina en el vientre.

-El ensoñar de una mujer tiene que venir de su vientre por­que ése es su centro -dijo la Gorda-. Para que yo pueda empezar a ensoñar o dejar de hacerlo, todo lo que tengo que hacer es fijar la atención en mi vientre. He aprendido a sen­tirlo por dentro. Veo un destello rojizo por un instante y luego ya estoy fuera.

-¿Cuánto tiempo te toma llegar a ver esa luz rojiza? -le pregunté.

-Unos cuantos segundos. En el momento en que mi aten­ción está en mi vientre, ya estoy en el ensoñar -continuó-. Nunca batallo, nunca jamás. Así son las mujeres. Para una mujer la parte más difícil es aprender cómo empezar; a mí me llevó un par de años detener mi diálogo interno concen­trando mi atención en el vientre. Quizás ésa es la razón por la que una mujer siempre necesita que otro la acicatee.

«El nagual Juan Matus me ponía en la barriga piedras del río, frías y mojadas; para hacerme sentir esa área. O me ponía un peso encima; yo tenía un trozo de plomo que él me con­siguió. El nagual me hacía cerrar los ojos y concentrar la aten­ción en el sitio donde yo sentía el peso. Por lo regular me que­daba dormida. Pero eso no lo molestaba. Realmente no importa lo que uno hace en tanto la atención esté en el vientre. Por último aprendí a concentrarme en ese sitio sin tener nada puesto encima. Un día empecé solita a ensoñar. Como siempre, comencé por sentir mi barriga, en el lugar donde el nagual había puesto el peso tantas veces, luego me quedé dormida como siempre, salvo que algo me jaló directo adentro de mi vientre. Vi un destello rojizo y después tuve un sueño de lo más hermoso. Pero tan pronto como quise contárselo al nagual, me di cuenta de que había sido un sueño común y corriente. No había modo de contarle cómo había sido. Del sueño yo sólo sabía que en él me sentí muy feliz y fuerte. El nagual me dijo que yo había ensoñado.

«A partir de ese momento ya nunca más me volvió a poner un peso encima. Me dejó hacer mi ensoñar sin interferir. De vez en cuando me pedía que le contara cómo iban las cosas, y me daba consejos. Así es como se debe de llevar a cabo la ins­trucción del ensoñar

La Gorda aseguró que don Juan le había explicado que cualquier cosa puede servir como no-hacer para propiciar el ensoñar, siempre que esto fuerce a la atención a permanecer fija. Por ejemplo, hizo que ella y los demás aprendices con­templaran fijamente hojas y piedras, y alentó a Pablito a que construyera su propio aparato de no-hacer. Pablito empezó con el no-hacer de caminar hacia atrás. El avanzaba echando veloces miradas a los lados para no perder la dirección y para eludir los obstáculos del camino. Yo le di la idea de utilizar un espejo y él expandió la idea construyendo un casco de ma­dera con una armazón exterior de alambre que sostenía dos pequeños espejos, a unos quince centímetros de su cara y a cinco centímetros por debajo del nivel de sus ojos. Los dos espejos no interferían con su visión frontal, y debido al ángu­lo lateral en el que se hallaban colocados éstos le permitían cubrir todo el campo visual a sus espaldas. Pablito alardeaba de que tenía una visión periférica de 360 grados. Auxiliado por este artefacto, Pablito podía caminar hacia atrás largas distancias, o por largos periodos de tiempo.

La posición que uno elige para hacer el ensoñar también era un tema muy importante.

-No sé por qué el nagual no me explicó desde el mero prin­cipio -dijo la Gorda- que para una mujer la mejor posición para empezar es sentarse con las piernas cruzadas y después dejar que el cuerpo caiga como pueda. El nagual me dijo esto un año después de que yo había empezado. Hoy en día, yo tomo asiento en esa posición durante un momento, siento mi vientre, y al instante ya estoy ensoñando.

Al principio, y al igual que la Gorda, yo lo había hecho acostado de espaldas, hasta que un día don Juan me dijo que para obtener mejores resultados debía de sentarme en una esterilla suave y delgada, con las plantas de mis pies pues­tas juntas y con los muslos tocando la esterilla. Me señaló que, como yo tenía las coyunturas de las caderas algo elásticas, de­bía de ejercitarlas al máximo, con el fin de llegar a tener los muslos completamente aplanados contra el suelo. Don Juan añadió que si yo llegaba a entrar en el ensoñar sentado en esa posición, mi cuerpo no se deslizaría ni caería a ninguno de los lados, sino que mi tronco se inclinaría hacia adelante y mi frente se apoyaría en mis pies.

Otro tema de enorme significado era la hora de ensoñar. Don Juan nos había dicho que las horas más avanzadas de la noche o las primeras horas de la madrugada eran las mejores.

El explicaba la razón por la cual prefería estas horas como una aplicación práctica del conocimiento de los brujos. Dijo que desde el momento en que uno tiene que hacer su ensoñar dentro de su medio social, uno debe de buscar las mejores condiciones posibles de aislamiento, libres de interferencias. Las interferencias a las que se refería tenían que ver con la «atención» de la gente, y no con su presencia física. Para don Juan era algo fuera de propósito el retirarse del mundo y ocul­tarse, pues incluso si uno se hallase solo en un lugar aislado y desierto, la interferencia de nuestros prójimos prevalece. La fijeza de su primera atención no puede ser desconectada. Só­lo localmente a las horas en las que la mayoría de la gente está dormida uno puede desviar parte de esa fijeza por un breve lapso. En esas horas está adormecida la primera atención de quienes nos rodean.

Esto condujo a don Juan al tema de la segunda atención. El nos explicó que la atención que uno requiere en los ini­cios del ensoñar tiene que forzarse a permanecer en un de­terminado detalle de un sueño. Sólo mediante la inmovili­zación de la atención puede uno convertir en ensueño un sue­ño ordinario.

Explicó también que al ensoñar uno debe de emplear los mismos compulsivos mecanismos de atención de la vida coti­diana. Nuestra primera atención ha sido entrenada para enfo­car los elementos del mundo, compulsivamente y con gran fuerza, a fin de transformar el dominio caótico y amorfo de la percepción en el mundo ordenado de la conciencia.

Don Juan también nos dijo que la segunda atención desem­peñaba el papel de un señuelo; la llamó un convocador de oportunidades. Mientras más se la ejercita, mayor es la posi­bilidad de obtener lo que se desea. Aseveró que también esta es la función de la atención en general, la cual damos de tal forma por sentada en nuestra vida diaria, que jamás la ad­vertimos; si nos pasa un suceso fortuito, hablamos de él en términos de un accidente o de una coincidencia, y no en tér­minos de que nuestra atención hizo que sucediera.

Nuestra discusión de la segunda atención preparó el terre­no para otra cuestión crucial, el cuerpo de ensueño. Para po­der guiar a la Gorda hacia éste, don Juan le dio la tarea dé inmovilizar su segunda atención lo más firmemente posible en los elementos de la sensación de volar en ensueños.

-¿Cómo aprendiste a volar en ensueños? -le pregunté-. ¿Te enseñó alguien?

-El nagual Juan Matus fue el que me enseñó en esta tierra -respondió-. Y en el ensueño me enseñó alguien al que nun­ca pude ver. Sólo era una voz que me iba diciendo lo que ha­bía que hacer. El nagual me impuso la tarea de aprender a volar en ensueños y la voz me enseñó cómo hacerlo. Después me llevó años aprender por mí misma a cambiar de mi cuer­po normal, ése que uno puede ver y tocar, a mi cuerpo de ensueño.

-Eso me lo tienes que explicar -le pedí.

-Tú estabas aprendiendo a entrar en tu cuerpo de ensueño cuando ensoñaste que te salías de tu cuerpo -continuó-. Pe­ro tal como yo veo las cosas, el nagual no te dio ninguna tarea específica, así que tú seguiste dándole ahí como te saliera. Por otra parte, a mí se me dio la tarea de utilizar mi cuerpo de ensueño. Las hermanitas tuvieron la misma tarea. En mi caso, una vez tuve un sueño en el que volaba como papalote. Se lo conté al nagual porque me había gustado la sensación de planear. El lo tomó en serio y lo hizo una tarea. Dijo que tan pronto como uno aprende a ensoñar, cualquier sueño que uno puede recordar ya no es un sueño, es ensueño.

«Entonces empecé a tratar de volar cuando ensoñaba. Pe­ro no podía organizarme. Mientras más trataba de influen­ciar mis ensueños, más difícil se me ponía. Finalmente el nagual me aconsejó que parara de forzarme y que dejara que todo ocurriera por sí mismo. Poco a poquito empecé a volar en los ensueños. Fue entonces cuando una voz me empezó a decir qué hacer. Siempre creí que era una voz de mujer.

«Cuando ya había aprendido a volar perfectamente, el nagual me dijo que tenía que repetir, despierta, todos los movimientos de vuelo que yo aprendí en ensueños. Tú tu­viste la misma oportunidad cuando el tigre dientes de sable te enseñaba cómo respirar. Pero nunca te volviste un tigre en ensueños, de modo que propiamente no podías tratar de hacerlo cuando estabas despierto. Pero yo sí aprendí a volar en ensueños. Cambiando mi atención a mi cuerpo de ensueño, podía volar como papalote cuando estaba despierta. Una vez te enseñé mi vuelo porque quería que vieras que yo había aprendido a usar mi cuerpo de ensueño. Pero a ti nunca se te ocurrió de qué se trataba la cosa.

La Gorda se refería a la vez en que me aterró con el in­comprensible acto real de elevarse y planear en el aire como un volador. El hecho fue tan extravagante para mí que no pude ni siquiera empezar a entenderlo de una manera lógica. Cómo de costumbre, cuando yo era confrontado por eventos de esa naturaleza, lo puse en la amorfa categoría de «percep­ciones bajo condiciones de tensión extrema». Yo argumen­taba que en casos de tensión severa la percepción podía ser enormemente distorsionada por los sentidos. Mi explicación no explicaba nada pero parecía apaciguar a mi razón.

Le dije a la Gorda que por fuerza debía haber más, en lo que ella llamaba el cambio a su cuerpo de ensueño, que repe­tir meramente la acción de volar.

Ella lo pensó un rato antes de contestar.

-Yo creo que el nagual te debe haber dicho a ti también -afirmó- que lo único que en verdad cuenta al hacer ese cambio es anclar la segunda atención. El nagual decía que es la atención la que hace al mundo. Tenía sus razones para de­cirlo. Era el amo de la atención. Supongo que lo dejó a mi cuenta el que yo averiguara que todo lo que necesitaba para cambiar a mi cuerpo de ensueño, era concentrar mi atención en volar. Lo importante era almacenar atención en ensueños, observar todo lo que yo hacia al volar. Esa era la única forma de cultivar mi segunda atención. Una vez que ésta era sólida, con sólo enfocarla levemente en los detalles y en la sensación de volar me producía más ensueños de volar, hasta que por fin para mí era una rutina ensoñar, que me remontaba por los aires.

«En la cuestión de volar, pues, mi segunda atención estaba muy afilada. Cuando el nagual me dio la tarea de cambiarme a mi cuerpo de ensueño; lo que quería hacer era que sintoni­zara mi segunda atención al estar despierta. Así es como yo lo entiendo. La primera atención, la atención que hace al mun­do, nunca puede ser subyugada del todo; sólo se le puede desconectar unos momentos para reemplazarla con la segunda atención, eso es, si el cuerpo la ha almacenado lo suficiente. Naturalmente, ensoñar es una manera de almacenar la segunda atención. De modo que yo diría que para poder cambiarte a tu cuerpo de ensueño, al estar despierto tienes que ensoñar hasta que los ensueños se te salgan por las orejas.

-¿Puedes entrar en tu cuerpo de ensueño cada vez que quieres? -le pregunté.

-No. No es así de fácil -replicó-. He aprendido a repe­tir los movimientos y las sensaciones de volar cuando estoy despierta, y sin embargo, no puedo volar cada vez que quiero. Mi cuerpo de ensueño siempre encuentra una barrera. Algunas veces la barrera cede; mi cuerpo es libre en esos momen­tos y yo puedo volar como si estuviera ensoñando.

Le dije a la Gorda que en mi caso don Juan me dio tres tareas para entrenar mi segunda atención. La primera era encontrar mis manos en mis ensueños. Después me reco­mendó que escogiera un sitio local, concentrara en él mi atención, y luego hiciera ensoñar en pleno día y averiguara si en verdad podía ir allí. Me sugirió que colocara en aquel sitio a una persona allegada a mi, de preferencia una mujer. Con esto obtendría dos cosas: primero, ella podría percibir cambios sutiles que pudiesen atestiguar que en verdad yo estaba allí en ensueños; y, segundo, ella podría observar detalles mi­núsculos y particulares del sitio, porque precisamente en ésos se centraría mi segunda atención.

El problema más serio que a este respecto tiene el ensoña­dor es la fijeza inquebrantable de la segunda atención de de­talles que pasarían completamente: desapercibidos en la vida cotidiana, creando, de esa manera, un obstáculo casi in­vencible para la verificación. Lo que uno busca en ensueños no es aquello a lo que se le prestaría atención en la vida or­dinaria.

Don Juan explicó que durante el periodo de aprendizaje uno batalla por inmovilizar la segunda atención. Subsecuentemente, uno tiene que batallar aún más para romper esa misma inmovilización. En ensueños uno tiene que satisfacerse con ojeadas muy breves, con vislumbres pasajeros. Tan pron­to como uno enfoca algo, uno pierde control.

La tarea menos generalizada que don Juan me dio, consis­tía en salir de mi cuerpo. Yo lo había logrado en parte, y por cierto lo consideré siempre como mi único verdadero logro en ensueños. Don Juan partió antes de que yo hubiera perfec­cionado la sensación de que podía manejar el mundo de los asuntos diarios mientras ensoñaba. Su partida interrumpió lo que yo pensé iba a ser un inevitable montaje de mi realidad de ensueños sobre el mundo de mi vida diaria.

Para elucidar el control de la segunda atención, don Juan presentó la idea de la voluntad. Dijo que la voluntad podía describirse como el máximo control de la luminosidad del cuerpo en cuanto a campo de energía, o podía describirse co­mo un nivel de pericia, o un estado de ser al que llega abrup­tamente un guerrero en un momento dado. Se le experimenta como un fuerza que irradia de la parte media del cuerpo des­pués de un momento del silencio más absoluto, o de un momento de terror puro, o de una profunda tristeza; pero no después de un momento de felicidad. La felicidad es demasiado trastornante para permitirle al guerrero la concentración requerida a fin de usar la luminosidad de su cuerpo y conver­tirla en silencio.

-El nagual me dijo que para un ser humano la tristeza es tan poderosa como el terror -dijo la Gorda-. La tristeza hace que un guerrero derrame lágrimas de sangre. Ambos pue­den producir el momento de silencio. O el silencio viene por sí mismo, porque el guerrero lo persigue a lo largo de su vida.

-¿Tú has llegado a sentir ese momento de silencio? -le pregunté.

-Claro que sí lo he hecho, pero no puedo recordar cómo es -dijo-. Tú y yo lo hemos sentido antes y ninguno de los dos podemos recordar nada de eso. El nagual dijo que es un mo­mento de negrura, un momento aún más silente que el momen­to de parar y cerrar el diálogo interno. Esa negrura, ese silencio, permite que surja el intento de dirigir la segunda atención, de dominarla, de obligarla a hacer cosas. Por eso se le llama vo­luntad. El intento y el efecto son la voluntad; el nagual dijo que las dos estaban unidas. Me dijo todo esto cuando yo tra­taba de aprender a volar en ensueños. El intento de volar pro­duce el efecto de volar.

Le dije que yo ya casi había descartado la posibilidad de llegar a experimentar la voluntad.

-La experimentarás -dijo la Gorda-. El problema es que tú y yo no estamos lo suficiente afilados para saber qué es lo que nos está ocurriendo. No sentimos nuestra voluntad porque pensamos que debería ser algo de lo cual estamos seguros, como el hecho de enojarse, por ejemplo. La voluntad es muy silen­ciosa, no se nota. La voluntad pertenece al otro yo.

-¿Cuál otro yo, Gorda? -pregunté.

-Tú sabes de qué estoy hablando -respondió enérgica­mente-. Cuando ensoñamos entramos en nuestro otro yo. Ya hemos entrado allí infinitas veces, pero todavía no esta­mos completos.

Un largo silencio tuvo lugar. Yo me dije que ella tenía razón al decir que aún no estábamos completos. Entendí que con eso ella quería decir que éramos meros aprendices de un arte ina­gotable. Pero entonces cruzó por mi mente la idea de que a lo mejor ella se refería a otra cosa. No se trataba de un pensa­miento racional. En un principio sentí algo como una sensa­ción punzante en mi plexo solar y después tuve la idea de que quizá ella se refería a otra cosa. Luego sentí la respuesta. Me llegó como un solo bloque, una especie de masa. Supe que todo un conjunto se hallaba allí, primero en la punta del esternón y después en mi mente. Mi problema era que no podía desenredar lo que sabía, con rapidez suficiente para verbalizarlo.

La Gorda no interrumpió mis procesos de pensamiento con comentarios o gestos. Estaba perfectamente callada, esperan­do. Parecía hallarse conectada internamente conmigo a tal punto que no teníamos que decir nada.

Sostuvimos este sentimiento de comunión del uno con el otro durante un momento y después éste nos avasalló a los dos. La Gorda y yo nos calmamos poco a poco. Finalmente, empecé a hablar. No era que yo necesitase reiterar lo que sentimos y supimos en común, lo que necesitaba era reestable­cer nuestras bases de discusión. Le dije que yo sabía de qué manera estábamos incompletos, pero que no podía poner en palabras mi conocimiento.

-Hay tantas y tantas cosas que sabemos -dijo-. Y sin embargo, no podemos usar todo eso porque en realidad ig­noramos cómo extraerlo de nosotros mismos. Tú ya empe­zaste a sentir esa presión. Yo la he tenido por años. Sé y al mismo tiempo no sé. La mayor parte del tiempo se me caen las babas y todo lo que digo es pura estupidez.

Yo entendí a qué se refería y lo entendí en un nivel físico. Yo sabía algo absolutamente práctico y evidente de la volun­tad y de lo que la Gorda había llamado el otro yo, y, sin embargo, no podía emitir la menor palabra de lo que sabía, no porque fuera reservado o vergonzoso, sino porque ignora­ba por dónde comenzar, cómo organizar mi conocimiento.

-La voluntad es un control de la segunda atención al que se le llama el otro yo -dijo la Gorda después de una larga pau­sa-. A pesar de todo lo que hemos hecho, sólo conocemos un pedacito muy pequeño del otro yo. El nagual dejó a nuestro cargo el que completáramos nuestro conocimiento. Esa es nuestra tarea de recordar.

Se dio un golpe en la frente con la palma de su mano, co­mo si algo hubiera llegado repentinamente a su mente.

-¡Dios santo! ¡Estamos recordando al otro yo! -exclamó, con su voz casi bordeando la histeria. Después se tranquilizó y habló en un tono más suave-: Evidentemente ya hemos es­tado allí y la única manera de recordarlo es como lo estamos haciendo, disparando nuestros cuerpos de ensueño mientras ensoñamos juntos.

-¿Qué quieres decir con eso de disparar nuestros cuerpos de ensueño? -le consulté.

-Tú mismo presenciaste cuando Genaro disparaba su cuerpo de ensueño -dijo-. Sale como si fuera una bala lenta; en realidad se pega y se despega del cuerpo físico con un chasquido fuerte. El nagual decía que el cuerpo de ensue­ño de Genaro podía hacer la mayor parte de las cosas que nosotros hacemos normalmente; él se dirigía a ti de esa ma­nera para sacudirte. Ahora ya sé qué era lo que buscaban el nagual y Genaro. Querían que recordaras, y para lograrlo Ge­naro llevaba a cabo hazañas increíbles ante tus mismí­simos ojos disparando su cuerpo de ensueño. Pero no sirvió de nada.

-Yo nunca supe que él se hallaba en su cuerpo de ensueño -dije.

-Nunca lo supiste porque no observabas nada -dijo-. Ge­naro trató de hacértelo saber intentando cosas que el cuerpo de ensueño no puede hacer, como comer, beber, y cosas por el estilo. El nagual me dijo que a Genaro le gustaba bromear contigo diciéndote que iba a cagar y hacer que temblaran las montañas.

-¿Por qué el cuerpo de ensueño no puede hacer esas cosas? -pregunté.

-Porque el cuerpo de ensueño no puede manejar el intento de comer o de beber -respondió.

-¿Qué quieres decir con eso, Gorda?

-La gran hazaña de Genaro consistía en que en sus ensue­ños aprendió el intento de formar su cuerpo físico -explicó-. El terminó lo que tú empezaste a hacer. El podía ensoñar to­do su cuerpo de la más perfecta manera. Pero el cuerpo de ensueño tiene un intento diferente del intento del cuerpo fí­sico. Por ejemplo, el cuerpo de ensueño puede atravesar una pared, porque conoce el intento de desaparecer en el aire. El cuerpo físico conoce el intento de comer, pero no el de desa­parecer en el aire. Para el cuerpo físico de Genaro, traspasar una pared sería tan imposible como sería comer para su cuerpo de ensueño.

La Gorda calló durante unos instantes como si sopesara lo que acababa de decir. Yo quise esperar antes de formular­le más preguntas.

-Genaro había dominado sólo el intento del cuerpo de ensueño -dijo con una voz suave-. Silvio Manuel, por otra parte, era el máximo amo del intento. Ahora ya sé que no podemos recordar su cara porque él no era como cualquier otro.

-¿Qué te hace decir eso, Gorda? -pregunté.

Ella comenzó a explicarme lo que quería decir, pero no pudo hablar coherentemente. De pronto, sonrió. Sus ojos se iluminaron.

-¡Ya sé! -exclamó-. El nagual me dijo que Silvio Manuel era el amo del intento porque estaba permanentemente en su otro yo. El era el verdadero jefe. Se hallaba detrás de todo lo que hacía el nagual. En realidad, él fue el que hizo que el na­gual se encargara de ti.

Experimenté una aguda incomodidad física al oír a la Gor­da decir eso. Casi acabé vomitando y tuve que hacer esfuerzos extraordinarios para ocultárselo. Tuve espasmos de vómito. Le di la espalda. Ella dejó de hablar durante un instante y después procedió como si hubiera decidido ignorar mi estado. Me gritó. Dijo que ése era el momento de aclarar nuestros agra­vios. Me echó en cara mi resentimiento por lo que ocurrió en la ciudad de México. Añadió que mi rencor no se debía a que ella se hubiese puesto del lado de los otros aprendices en contra mía, sino porque ella los había ayudado a desenmas­cararme. Le expliqué que todos esos sentimientos se habían desvanecido en mí. Ella continuó inexorable. Sostuvo que a no ser que yo enfrentara esos sentimientos, éstos de alguna manera volverían a mí. Insistió en que mi afiliación con Silvio Manuel era el meollo del asunto.

Yo no podía creer los cambios anímicos por los que pasé al oír sus argumentos. Me convertí en dos personas: una rabiaba, espumeando de la boca; la otra estaba calmada, observando. Tu­ve un último espasmo doloroso en mi estómago y vomité. No fue la sensación de náusea la que causó el espasmo. Más bien se trataba de una ira incontenible.

Cuando finalmente me calmé me sentí muy avergonzado de mi comportamiento y preocupado de que un incidente de esa naturaleza pudiera volver a ocurrirme en otra ocasión.

-Tan pronto como aceptes tu verdadera naturaleza, estarás libre del furor -dijo la Gorda en un tono impasible.

Quise discutir con ella, pero vi la futilidad que eso impli­caba. Además, el ataque de ira había consumido mi energía. Me reí porque de hecho ignoraba qué haría yo en caso de que la Gorda estuviera en lo cierto. Se me ocurrió entonces que desde el momento en que yo había olvidado a la mujer nagual, todo era posible. Sentía una extraña sensación de calor o irritación en la garganta, como si hubiese ingerido comida picante. Tuve una sacudida de alarma corporal justo como si hubiera visto a alguien agazapado a mis espaldas, y en ese momento supe a ciencia cierta algo que un instante antes no sabía. La Gorda tenía razón. Silvio Manuel había estado encargado de mí.

La Gorda rió estentóreamente cuando se lo dije. Añadió que ella también recordaba algo más de Silvio Manuel.

-No me acuerdo de él como persona, como recuerdo a la mujer nagual -continuó-, pero sí me acuerdo de lo que el nagual me dijo de él.

-¿Qué te dijo? -pregunté.

-Dijo que mientras Silvio Manuel estuvo en esta tierra era como Eligio. Desapareció una vez sin dejar huellas y se fue al otro mundo. Se fue por años, y un día regresó. El nagual decía que Silvio Manuel no recordaba dónde había estado o qué había hecho, pero su cuerpo había cambiado. Había regresado al mundo, pero volvió en su otro yo.

-¿Qué más te dijo, Gorda? pregunté.

-No me puedo acordar de mas -respondió-. Es como si es­tuviera viendo a través de la niebla.

Yo estaba seguro de que si nos esforzábamos duramente, averiguaríamos allí mismo quién era Silvio Manuel. Se lo dije.

-El nagual aseguraba que el intento está presente en todo -dijo la Gorda de repente.

-¿Y eso qué quiere decir? -pregunté.

-No sé -respondió-. Sólo estoy hablando lo que se me viene a la mente. El nagual también dijo que el intento es lo que hace el mundo.

Estaba seguro de haber oído antes eso mismo. Pensé que don Juan debió haberme dicho la misma cosa y que yo la había olvidado.

-¿Cuándo te habló de eso don Juan? -pregunté.

-No recuerdo cuándo -respondió-. Pero me dijo que la gente, y todas las demás criaturas vivientes, por cierto, es escla­va del intento. Estamos en sus garras. Nos hace hacer todo lo que quiere. Nos hace actuar en el mundo. Incluso nos hace morir.

«Me dijo que cuando nos convertimos en guerreros, sin em­bargo, el intento se vuelve nuestro amigo. Nos deja ser libres por un rato. A veces incluso viene a nosotros, como si por ahí hubiera estado esperándonos. Me dijo que él personal­mente sólo era un amigo del intento. . . , no como Silvio Ma­nuel, que era su amo.

En mí había inmensas presiones de memorias ocultas que pugnaban por salir. Experimenté una tremenda frustración durante unos momentos y después algo en mí cedió. Me tran­quilicé. Ya no me interesaba averiguar nada de Silvio Manuel.

La Gorda interpretó mi cambio como un signo de que no nos hallábamos listos para confrontar nuestros recuerdos de Silvio Manuel.

-El nagual nos mostró a todos nosotros lo que él podía ha­cer con su intento -dijo, abruptamente-. Podía hacer apa­recer cosas llamando al intento.

«Me dijo que si yo quería volar, tenía que convocar el in­tento de volar. Me enseñó entonces cómo él convocaba, y saltó en el aire y se remontó haciendo un círculo, como un papalote gigantesco. O podía hacer que en su mano apare­cieran cosas. Me dijo que conocía el intento de muchas cosas y que podía llamar a esas mismas cosas intentándolas. La dife­rencia entre él y Silvio Manuel era que Silvio Manuel, siendo el amo del intento, conocía el intento de todo.

Le dije que su explicación requería aclaraciones. Ella pa­reció luchar por arreglar las palabras en su mente.

-Yo aprendí el intento de volar -dijo-, repitiendo todas las sensaciones que había tenido volando en mis ensueños. Es­to fue solamente un ejemplo. El nagual había aprendido en vida el intento de cientos de cosas. Pero Silvio Manuel se fue a la fuente misma. La penetró. No tuvo que aprender el inten­to de nada. Era uno con el intento. El problema era que ya no tenía más deseos, porque el intento no tiene deseos por sí mismo, así es que tenía que depender del nagual para la voluntad. En otras palabras, Silvio Manuel podía hacer todo lo que el nagual quería. El nagual dirigía el intento de Sil­vio Manuel. Pero como el nagual tampoco tenía deseos, la mayor parte del tiempo no hacían nada.

 

VIII. LA CONCIENCIA DEL LADO DERECHO Y DEL LADO IZQUIERDO

 

Nuestra discusión sobre el ensoñar fue sumamente benéfica para nosotros, no sólo porque resolvió los obstáculos de nues­tro ensoñar juntos, sino porque llevó los conceptos del ensoñar al nivel intelectual. Hablar de ellos nos tuvo ocupados; nos per­mitió hacer una pausa con el fin de mitigar nuestra agitación.

Una noche que andaba de compras llamé a la Gorda desde una cabina telefónica. Me dijo que había estado en un almacén comercial y que había tenido la sensación de que yo estaba es­condido detrás de unos maniquíes de escaparate. Estaba tan segura de que yo le andaba jugando una broma que se puso fu­riosa conmigo. Se abalanzó por la tienda tratando de atraparme y hacerme saber su enojo. Luego se dio cuenta de que en rea­lidad estaba recordando algo que ella acostumbraba hacer con­migo: tener un berrinche.

Al unísono, llegamos entonces a la conclusión de que era hora de volver a intentar el ensoñar juntos. Al decirlo, senti­mos un optimismo renovado. Me fui a casa inmediatamente.

Entré muy fácilmente en el primer estado, vigilia en reposo. Tuve una sensación de placer corpóreo, un hormigueo que irra­diaba de mi plexo solar y que se transformó en la idea de que obtendríamos grandes resultados. Esa idea se convirtió en una nerviosa anticipación. Me di cuenta de que mis pensamientos emanaban del hormigueo en la mitad de mi pecho. Sin embargo, en el momento en que centré mi atención en él, el hormigueo cesó. Era como una corriente eléctrica que yo podía conectar y desconectar.

El hormigueo se inició de nuevo, esta vez más pronunciado que antes, y de súbito me descubrí cara a cara con la Gorda. Era como si hubiera dado vuelta a una esquina para toparme con ella. Quedé absorto mirándola. Era tan absolutamente real, tan ella misma, que sentí la necesidad de tocarla. El efecto más puro, más sobrenatural por ella, brotó de mí en ese momento. Empecé a sollozar incontrolablemente.

Rápidamente, la Gorda trató de entrecruzar nuestros brazos para detener mi estallido, pero no pudo moverse en lo más míni­mo. Miramos en torno nuestro. No había ningún cuadro fijo frente a nuestros ojos, ninguna imagen estática de ningún tipo. Tuve un discernimiento repentino y le dije a la Gorda que por estar mirándonos el uno al otro habíamos perdido la oportuni­dad de ver una escena de ensoñar. Sólo hasta después de que hube hablado me di cuenta de que nos hallábamos en una situa­ción nueva. El sonido de mi voz me asustó. Era una voz extraña, áspera, desagradable. Me dio una sensación de irritación física.

La Gorda respondió que no habíamos perdido nada, que nuestra segunda atención había sido atrapada por algo extraño. Sonrió e hizo un gesto frunciendo la boca, una mezcla de sor­presa e irritación ante el sonido de su propia voz.

Encontré la novedad de hablar en ensueños fascinante. No era que estuviéramos ensoñando una escena en la cual hablára­mos, sino que de hecho conversábamos. Y esto requería un es­fuerzo único, muy similar al esfuerzo que tuve que hacer en un principio al descender una escalera en ensueños.

Le pregunté si creía que el sonido de mi voz era chistoso. Ella asintió y no estentóreamente. El sonido de su risa me conmo­cionó. Recordé que don Genaro solía hacer los ruidos más extraños y aterrorizantes; la risa de la Gorda se hallaba en la misma categoría. Entonces experimenté el impacto de com­prender que la Gorda y yo, espontáneamente, habíamos entra­do en nuestros cuerpos de ensueño.

Quería tomarla de la mano. Lo intenté, pero no pude mover el brazo. Como ya tenía cierta experiencia de moverme en ese estado, me propuse ir al lado de la Gorda. Mi deseo era abrazar­la, pero en vez de eso me desplacé hasta un punto tan próximo de ella que nos fundimos. Yo estaba consciente de mi indivi­dualidad, pero al mismo tiempo sentía que era parte de la Gor­da. Esa sensación me gustó inmensamente.

Permanecimos fusionados hasta que algo rompió nuestro vín­culo. Sentí un impulso de examinar el medio ambiente. Miré, y claramente recordé haberlo visto antes. Nos hallábamos ro­deados de pequeños promontorios circulares que exactamente semejaban dunas de arena. Estas se hallaban en torno nuestro, en todas las direcciones, hasta donde se podía ver. Las dunas parecían estar hechas de algo que semejaba piedra arenisca de un tono amarillo pálido, o toscos gránulos de sulfuro. El cielo era del mismo color, muy bajo y opresivo. Había bancos de nie­bla amarillenta o algún tipo de vapor amarillo que pendía de ciertos sitios del cielo.

Entonces advertí que la Gorda y yo parecíamos respirar nor­malmente. Yo no podía sentir mi pecho con las manos, pero sí lograba sentirlo expandirse cuando inhalaba. Los vapores ama­rillos obviamente no eran dañinos para nosotros.

Empezamos a movernos al mismo tiempo, lenta, cuidado­samente, casi como si camináramos. Después de una breve distancia me sentí muy fatigado, y la Gorda también. Nos des­lizábamos sobre el suelo y, al parecer, desplazarse de esa ma­nera era muy fatigoso para nuestra segunda atención; requería un grado excesivo de concentración. No nos hallábamos imi­tando intencionalmente nuestra forma ordinaria de caminar, pero el efecto venía a ser casi el mismo. Movernos requería estallidos de energía, algo como explosiones minúsculas, con pausas intermedias. Puesto que carecíamos de objetivo al mo­vernos, finalmente nos tuvimos que detener.

La Gorda me habló con una voz tan desvanecida que apenas era audible. Dijo que nos hallábamos avanzando, como autó­matas, hacia las regiones más pesadas, y que de continuar ha­ciéndolo la presión resultaría tan grande que moriríamos.

Automáticamente dimos la vuelta y nos dirigimos por donde veníamos, pero la sensación de fatiga no cedió. Los dos está­bamos tan agotados que ya no podíamos conservar nuestra posición erecta. Nos desplomamos y, espontáneamente, adop­tamos la posición de ensoñar.

Desperté instantáneamente en mi estudio. La Gorda desper­tó en su recámara.

Lo primero que le dije al despertar fue que ya había estado en ese paisaje baldío varias veces antes. Ya había visto cuan­do menos dos aspectos de él: uno perfectamente plano, el otro cubierto por pequeños promontorios redondos, como de arena. Al momento de hablar, me di cuenta de que ni siquiera me había molestado en confirmar si la Gorda y yo tuvimos la mis­ma visión. Me contuve y le dije que me había dejado llevar por mi propia excitación; había procedido como si comparara no­tas de un viaje de vacaciones con ella.

-Ya es muy tarde para ese tipo de plática entre nosotros -dijo, con un suspiro-, pero si eso te hace feliz, te diré lo que vi.

Pacientemente me describió todo lo que había visto, dicho y hecho. Añadió que ella también había estado en ese lugar desierto con anterioridad, y que estaba completamente segura de que se trataba del espacio entre el mundo que conocemos y el otro mundo.

-Es la zona entre las líneas paralelas -continuó-. Podemos ir ahí en ensueños: Pero para poder abandonar este mundo y llegar al otro, el que está más allá de las líneas paralelas, tene­mos que recorrer esa zona con nuestros propios cuerpos.

Sentí un escalofrío al pensar que entraríamos en ese sitio yermo con nuestros propios cuerpos.

-Tú y yo hemos estado juntos ahí antes, con nuestros cuer­pos -continuó la Gorda-. ¿No te acuerdas?

Le dije que todo lo que podía recordar era haber visto ese paisaje dos veces bajo la guía de don Juan. Las dos veces, yo había descartado la experiencia porque ésta había sido pro­ducida mediante la ingestión de plantas alucinógenas. Siguien­do los dictados de mi intelecto, las había considerado como visiones privadas y no como experiencias consensuales. No re­cordaba haber visto ese paisaje en ninguna otra circunstancia.

-¿Cuándo fue que tú y yo fuimos allí con nuestros cuerpos? -pregunté.

-No sé -dijo-. Me llegó un vago recuerdo de eso justo cuando tú mencionaste haber estado ahí antes. Creo que ahora te toca a ti ayudarme a terminar lo que ya he comenzado a recordar. Aún no lo puedo enfocar, pero sí recuerdo que Silvio Manuel nos llevó, a la mujer nagual, a ti y a mí a ese lugar tan desolado. Pero no recuerdo por qué nos llevó ahí. No estába­mos ensoñando.

No la escuché más, aunque ella seguía hablando. Mi mente había comenzado a perfilarse hacia algo aún desarticulado. Luché por poner en orden mis pensamientos, pues éstos vaga­ban a la deriva. Durante unos instantes sentí que había retor­nado años atrás, a una época en que no podía detener mi diálogo interno. Entonces la niebla comenzó a despejarse. Mis pensamientos se ordenaron por sí mismos sin mi dirección consciente, y el resultado fue el recuerdo completo de un evento que ya había logrado recordar parcialmente en uno de esos re­lampagueos desarticulados de recuerdos que solía tener. La Gorda tenía razón, una vez habíamos sido llevados a una región que don Juan llamaba «el limbo», evidentemente basándose en los dogmas religiosos. Supe que la Gorda también tenía ra­zón al decir que no habíamos estado ensoñando.

En esa ocasión, a petición de Silvio Manuel, don Juan con­gregó a la mujer nagual, a la Gorda y a mí. Me dijo que nos ha­bía convocado porque sin saber cómo, yo había entrado en un receso especial de la conciencia, que era el centro de la más aguda atención. Yo había ya llegado previamente a ese estado, al que don Juan llamaba «el lado izquierdo izquierdo», pero muy brevemente, y siempre guiado por él. Uno de los rasgos principales, y el que tenía el valor más grande para todos los que nos hallábamos involucrados con don Juan, era que en ese esta­do podíamos percibir un colosal banco de vapor amarillento, algo que don Juan llamaba «la pared de niebla». Cada vez que yo podía percibirla, ésta se hallaba siempre a mi derecha, exten­diéndose hasta el horizonte y, por lo alto, hacia el infinito, di­vidiendo en dos al mundo. La pared de niebla solía desplazarse ya fuese a la izquierda o la derecha, según yo volviese mi cabeza; parecía no haber modo de enfrentarla.

En aquel día, tanto don Juan como Silvio Manuel me habían hablado de la pared de niebla. Recordé que cuando terminó de hablar Silvio Manuel tomó a la Gorda de la nuca, como si fuera una gatita, y desapareció con ella dentro del banco de niebla. Yo sólo tuve una fracción de segundo para presenciar su desaparición, porque don Juan de alguna manera había lo­grado hacer que yo enfrentase la pared. No me tomó de la nu­ca, sino que me empujó adentro de la niebla; y de inmediato me encontré mirando esa planicie desolada. Don Juan, Silvio Manuel, la mujer nagual y la Gorda también se hallaban allí. No tomé en cuenta qué era lo que estaban haciendo. Me preo­cupaba una sensación que experimentaba, una opresión de lo mas desagradable y amenazador. Percibí que me hallaba en el interior de una caverna sofocante, amarilla, de techos bajos. La sensación física de presión se volvió tan avasalladora que ya no pude seguir respirando. Era como si todas mis funciones físicas se hubiesen detenido. No podía sentir ninguna parte de mi cuerpo. Y sin embargo, me podía mover, caminar, extender los brazos, girar la cabeza. Puse mis manos en los muslos: no había sensación en mis muslos ni en las palmas de mis manos.

Mis piernas y brazos se hallaban allí visiblemente, pero no eran palpables.

Movido por el infinito terror que experimentaba, tomé a la mujer nagual de un brazo y la hice perder el equilibrio. Pero no fue mi fuerza muscular lo que la empujó. Era una energía que no estaba almacenada en mis músculos o en el armazón óseo, sino en el mismo centro de mí.

Se me antojó poner a funcionar otra vez esa energía y pren­dí a la Gorda. Ella se meció a causa de la fuerza de mi jalón. Entonces comprendí que la energía que me permitía moverla emanaba de una protuberancia que se hallaba equilibrada en el punto central de mi cuerpo. Eso la empujaba y jalaba como lo haría un tentáculo.

Ver y comprender todo eso me tomó sólo un instante. Al momento siguiente de nuevo me hallaba en el mismo estado de angustia y terror. Miré a Silvio Manuel con una muda sú­plica de ayuda. La manera como me devolvió la mirada me convenció de que yo estaba perdido. Sus ojos eran fríos e indi­ferentes. Don Juan me dio la espalda y yo me sacudía desde mi interior con un terror que rebasaba mi compresión. Pensé que la sangre de mi cuerpo se hallaba en ebullición, no porque sintiese calor, sino porque una presión interior crecía hasta el punto de estallar.

Don Juan me ordenó que me calmara y que me abandonara a mi muerte. Dijo que yo me iba a quedar allí hasta que muriese y que tenía la posibilidad de morir apaciblemente si hacía un esfuerzo supremo y dejaba que el terror me poseyese; o podía morir en agonía, si elegía combatirlo.

Silvio Manuel me habló, algo que muy raramente hacía. Di­jo que la energía que yo necesitaba para aceptar mi terror se hallaba en mi parte media, y que la única manera de triunfar era doblegándome, rindiéndome sin rendirme.

La mujer nagual y la Gorda estaban en perfecta calma. Yo era el único que agonizaba allí. Silvio Manuel dijo que me ha­llaba desperdiciando tanta energía que mi fin era cuestión de momentos, y que yo podía considerarme ya muerto. Don Juan le hizo una seña a la mujer nagual y a la Gorda para que lo si­guieran. Ellas me dieron la espalda. Ya no pude ver qué más hicieron. Sentí una vibración poderosa recorriéndome. Supuse que era el estertor de mi muerte; mi lucha había concluido. Ya no me preocupé más. Cedí al inconmensurable terror que me estaba matando. Mi cuerpo, o la configuración que yo consi­deraba mi cuerpo, se calmó, se abandonó a la muerte. Cuando dejé que el terror entrara en mi, o quizá que saliera de mí, sentí y vi un tenue vapor -una mancha blancuzca contra los alre­dedores amarillo-sulfurosos- que abandonaba lo que yo creía que era mi cuerpo.

Don Juan regresó a mi lado y me examinó con curiosidad. Silvio Manuel se alejó y volvió a tomar a la Gorda de la nuca. Claramente lo vi echándola, como si fuera una gigantesca mu­ñeca de trapo, dentro del banco de niebla. Después él mismo se introdujo allí y desapareció.

La mujer nagual hizo un gesto como invitándome a acercar­me. Me volví hacia ella, pero, antes de que pudiera alcanzarla, don Juan me dio un poderoso empellón que me lanzó a través de la espesa niebla amarilla. No trastabillé, sino que planeé a través del banco y terminé cayendo de cabeza en el suelo del mundo de todos los días.

La Gorda recordó todo esto conforme yo se lo narraba. Lue­go, agregó más detalles.

-La mujer nagual y yo no temíamos por tu vida -aseguró-. El nagual ya nos había dicho que tú tenías que ser forzado a abandonar tus defensas, eso no era nuevo. Todo guerrero hombre tiene que ser forzado mediante el miedo.

«Silvio Manuel ya me había llevado tres veces antes al otro lado de la pared, para que yo aprendiera a sosegarme. Dijo que si tú me veías tranquila, eso te afectaría, y así fue. Tú te aban­donaste y te apaciguaste.

-¿Te dio mucho trabajo a ti también aprender a calmarte? -pregunté.

-No. Eso es fácil para una mujer -respondió-. Esa es la ven­taja que tenemos. El único problema es que alguien nos tiene que transportar a través de la niebla. Nosotras no podemos ha­cerlo solas.

-¿Por qué no, Gorda? -pregunté.

-Se necesita ser pesado para atravesar la niebla, y una mu­jer es liviana -dijo-. Demasiado liviana, en realidad.

-¿Y la mujer nagual? Yo no vi que nadie la transportara -dije.

-La mujer nagual era especial -aseguró la Gorda-. Ella sí podía hacer todo por sí misma. Me podía llevar allá, o llevarte a ti. Incluso podía atravesar toda esa planicie desierta, algo que el nagual dijo que era obligatorio para todos los viajeros que se aventuraban en lo desconocido.

-¿Y por qué fue conmigo allá la mujer nagual? -le pregunté.

-Silvio Manuel nos llevó para apoyarte -dijo-. El creía que tú necesitabas la protección de dos mujeres y de dos hombres que te flanquearan. Silvio Manuel creía que necesitabas ser pro­tegido de las entidades que rodean y acechan en ese lugar. Los aliados vienen de esa planicie desierta. Y otras cosas aún más feroces.

-¿A ti también te protegieron? -pregunté.

-Yo no necesito protección -respondió-. Soy mujer. Es­toy libre de todo eso. Pero todos creíamos que tú te hallabas en un aprieto terrible. Tú eras el nagual, pero un nagual muy estúpido. Creíamos que cualquiera de esos feroces aliados, o demonios si prefieres llamarlos así, podía haberte despanzu­rrado, o desmembrado. Eso fue lo que dijo Silvio Manuel. Nos llevó para que flanqueáramos tus cuatro esquinas. Pero lo más chistoso era que ni el nagual ni Silvio Manuel sabían que en realidad no nos necesitabas. Lo que era dable era que tú tenías que caminar muchísimo hasta que perdieras tu energía. Enton­ces Silvio Manuel te iba a asustar señalándote los aliados y convocándolos para que se te vinieran encima. El y el nagual planeaban ayudarte poco a poquito. Esa es la regla. Pero algo salió mal. Al instante en que llegaste ahí, te volviste loco. No te habías movido ni un centímetro y ya te estabas muriendo. Estabas muerto de susto y ni siquiera habías visto a los aliados.

«Silvio Manuel me contó que no sabía qué hacer, así es que te dijo al oído lo último que se proponía decirte: que cedieras, que te rindieras sin rendirte. Tú solito te sosegaste y ellos no tuvieron que hacer nada de lo que habían planeado. Al nagual y a Silvio Manuel ya no les quedó otra cosa sino sacarme de ahí.

Le dije a la Gorda que cuando me encontré de nuevo en el mundo había alguien de pie junto a mí que me ayudó a levan­tarme. Eso era todo lo que podía recordar.

-Estábamos en casa de Silvio Manuel -aclaró ella-. Ahora ya puedo recordar muchas cosas de esa casa. Alguien me dijo, no sé quién, que Silvio Manuel encontró la casa y la compró porque había sido construida en un sitio de poder. Pero alguien más dijo que Silvio Manuel encontró la casa, le gustó, la com­pró, y después trajo el poder a ella. Yo en lo personal creo que Silvio Manuel trajo el poder. Creo que su impecabilidad sostu­vo el poder en esa casa todo el tiempo en que él y sus compa­ñeros vivieron allí.

«Cuando era hora de que ellos se fueran, el poder del lugar se desvaneció con ellos, y la casa se convirtió en lo que había sido antes de que Silvio Manuel la encontrara: una casa común y corriente.

En tanto la Gorda hablaba, mi mente parecía aclararse mu­cho más, pero no lo suficiente para revelarme lo que nos suce­dió en esa casa, eso que me había llenado de tanta tristeza. Sin saber por qué, estaba seguro de que tenía que ver con la mujer nagual. ¿Dónde estaba ella?

La Gorda no respondió cuando se lo pregunté. Un largo si­lencio tuvo lugar. Ella se excusó, diciendo que tenía que hacer el desayuno; ya era de mañana. Me dejó solo, con una lugubrez y una dolorosísima melancolía. La llamé. Ella se enojó y tiró sus cacerolas al suelo. Entendí muy bien por qué lo hacía.

 

En otra sección de ensoñar juntos penetramos aún más profun­damente en lo intrincado de la segunda atención. Esto tuvo lugar unos cuantos días después. La Gorda y yo, sin ninguna expectativa o esfuerzo al respecto, nos encontramos juntos de pie. Tres o cuatro veces ella intento, en vano, entrecruzar su antebrazo con el mío. Me habló, pero lo que decía me era in­comprensible. Sin embargo, supe que ella explicaba que nue­vamente nos hallábamos en nuestros cuerpos de ensueño. La Gorda me advertía que todo movimiento nuestro debería de surgir de nuestras partes medias.

Como en nuestro intento anterior, ninguna escena de enso­ñar se presentó a fin de que la examináramos, pero me pareció reconocer un local concreto que yo había visto en mis ensue­ños casi todos los días durante un año: se trataba del valle del tigre dientes de sable.

Caminamos unos cuantos metros. Esta vez nuestros movi­mientos no fueron violentos o explosivos. En realidad ca­minamos con nuestros vientres, sin ningún tipo de acción muscular. El aspecto más violento era mi falta de práctica; era como la primera vez que monté en bicicleta. Fácilmente me cansé y perdí el ritmo, me volví titubeante e inseguro de mí mismo. Nos detuvimos. La Gorda también se había desincronizado.

Empezamos a examinar lo que nos rodeaba. Todo tenía una realidad indisputable, al menos para el ojo. Nos encontrába­mos en una zona rugosa con una extraña vegetación. No pude identificar los raros arbustos que vi. Parecían árboles peque­ños, de un metro y medio de alto. Tenían muy pocas hojas que eran planas y gruesas, de un color verdoso, y flores enormes, cautivantes, de color marrón oscuro con franjas de oro. Los tallos no eran maderosos, sino que parecían ligeros y flexibles, como junquillos; se hallaban cubiertos de espinas largas, que se­mejaban formidables agujas. Algunas plantas viejas que se ha­bían secado y caído al suelo me hacían tener la impresión de que los tallos eran huecos.

El suelo era muy oscuro, como si estuviera húmedo. Traté de inclinarme para tocarlo, pero no pude moverme. La Gorda me indicó con una seña que utilizara la parte media de mi cuer­po. Cuando lo hice no tuve que inclinarme para tocar el suelo; había algo en mí que era como un tentáculo con capacidad de sentir. Pero yo no podía reconocer lo que me hallaba sin­tiendo. No había cualidades táctiles en particular sobre las cuales establecer distinciones. El suelo que tocaba parecía ser un núcleo visual en mí. Me sumergí entonces en un dilema in­telectual. ¿Por qué el ensoñar parecía ser el producto de mi facultad visual? ¿Se debía a la preponderancia de lo visual en la vida de todos los días? Mis preguntas no tenían significado. No había posibilidad de responderlas, y todas esas interrogan­tes sólo debilitaban mi segunda atención.

La Gorda rompió mis reflexiones dándome un empellón. Ex­perimenté una sensación que era como de un golpe. Un tem­blor me recorrió. La Gorda señaló adelante de nosotros. Como siempre, el tigre dientes de sable yacía en el arrecife donde siempre lo había visto. Nos aproximamos hasta que nos hallamos a unos metros del arrecife y tuvimos que alzar nuestras cabe­zas para ver al tigre. Nos detuvimos. El tigre se incorporó. Su tamaño era estupendo, especialmente su anchura.

Supe que la Gorda quería que nos escabulléramos en torno al tigre hasta llegar al otro lado de la colina. Yo quería decirle que eso podría ser peligroso, pero no pude hallar una manera de transmitirle el mensaje. El tigre parecía iracundo, excitado. Se apoyó en las patas traseras, como si se preparara asaltar so­bre nosotros. Yo estaba aterrorizado.

La Gorda se volvió hacia mí, sonriendo. Comprendí que me decía que no sucumbiera al pánico, porque el tigre solo era una imagen fantasmagórica. Con un movimiento de la cabeza, me instó a seguir adelante. Y sin embargo, en un nivel imprecisable, yo sabia que el tigre era una entidad, quizá no en el senti­do concreto de nuestro mundo cotidiano, pero no obstante real. Y como la Gorda y yo estábamos ensoñando, habíamos perdido nuestra propia concreción en el mundo. En ese momento estábamos al parejo que el tigre: nuestra existencia era fantasmagórica igualmente.

Avanzamos otro paso ante la regañona insistencia de la Gor­da. El tigre saltó del arrecife. Vi su enorme cuerpo surcando el aire, viniendo hacía mí directamente. Perdí la sensación de que me hallaba ensoñando: para mí, el tigre era real y yo iba a ser despedazado. Una barrera de luces, imágenes y los colo­res primarios más intensos que haya llegado a ver relampagueó en todo mi entorno. Desperté en mi estudio.

 

La Gorda y yo después llegamos a ser expertos en ensoñar juntos. Yo tenía la certeza de que logramos esto gracias a nues­tro desapego, al hecho de que ya no teníamos tanta premura. El resultado de nuestros esfuerzos no era lo que nos impelía a actuar. Más bien se trataba de una compulsión ulterior que nos daba el ímpetu para actuar impecablemente sin pensar en recompensas. Todas nuestras sesiones fueron tan fáciles co­mo la primera, aunque era mayor la velocidad y la naturalidad con la cual entrábamos en la segunda fase de ensoñar, la vigilia dinámica.

Nuestra habilidad era tal, que ensoñábamos juntos cada no­che. Sin ninguna intención de parte nuestra, los ensueños se concentraron al azar en tres áreas: en las dunas de arena, en el medio ambiente del tigre dientes de sable y, lo más importante, en acontecimientos de nuestro pasado que habíamos olvidado del todo.

Cuando las escenas que confrontábamos tenían que ver con eventos olvidados en los cuales la Gorda y yo desempeñamos un papel importante, ella no tenía dificultad en entrelazar su brazo con el mío. Ese acto me daba una irracional sensación de seguridad. La Gorda me explicó que ahuyentaba la soledad inquebrantable que produce la segunda atención. Dijo que en­trecruzar los brazos propicia un ánimo de objetividad, y, como resultado, ambos podíamos contemplar las actividades que tenían lugar en cada escena. A veces formábamos parte de las actividades. Otras veces contemplábamos la escena obje­tivamente como si estuviéramos en un cine.

Según la Gorda, la mayor parte de nuestro ensoñar juntos se agrupaba en tres categorías. La primera, y por cierto la más vasta, era una reactuación de acontecimientos que habíamos vivido juntos. La segunda era un escrutinio que nosotros dos hacíamos de sucesos que solamente yo había «vivido»: la tie­rra del tigre dientes de sable se hallaba en esta categoría. La tercera era una visita real en un dominio que existía tal como lo presenciábamos en el momento de nuestra visita. La Gorda sostenía que esos promontorios amarillos se hallaban presentes ­aquí y ahora, y que ésa es la manera como los ve el guerrero que viaja entre ellos.

Yo quería discutir una cuestión con ella. Ambos habíamos tenido misteriosas relaciones con gente a la que habíamos ol­vidado por razones inconcebibles para nosotros; pero era gente a la que, no obstante, habíamos en realidad conocido. El tigre dientes de sable, por otra parte, era una criatura propia de mi ensueño. Me era imposible concebir a uno y al otro en la misma categoría:

Antes de que pudiera expresar mis pensamientos, recibí su respuesta. Era como si ella en verdad se encontrara en el inte­rior de mi mente, leyéndola como si fuera un texto.

-Pertenecen a la misma clase -dijo, y rió nerviosamente-. No podemos explicar por qué hemos olvidado todo eso, o cómo es que ahora lo recordamos. No podemos explicar nada. El tigre dientes de sable está ahí, en alguna parte. Nunca sabremos dónde. Pero ¿por qué preocuparnos por una inconciencia in­ventada? Decir que una cosa es una realidad y que la otra es un ensueño no tiene ningún significado para el otro yo.

 

Para la Gorda y para mí ensoñar juntos llegó a ser un medio de alcanzar un mundo inimaginado de recuerdos ocultos. En­soñar juntos nos permitió acordarnos de acontecimientos que no podíamos recordar a través de nuestra memoria usual y co­rriente. Cuando los reexaminábamos en nuestras horas de vi­gilia, recuerdos aún más elaborados se desencadenaban. De esta manera desenterramos, por así decirlo, masas de recuerdos que habían estado escondidos en nosotros. Nos tomó casi dos años de esfuerzo prodigioso y de concentración llegar a una mínima comprensión de lo que nos había sucedido.

Don Juan nos dijo que un ser humano está dividido en dos. El lado derecho, que es llamado el tonal, abarca todo lo que el intelecto es capaz de concebir. El lado izquierdo, llamado el nagual es un dominio de rasgos indescriptibles; un dominio que es imposible de contener en palabras. El lado izquierdo quizás es comprendido, si compresión es lo que tiene lugar, con la totalidad del cuerpo, de allí su resistencia a la conceptua­lización.

Don Juan también nos había dicho que todas las facultades, posibilidades y logros de la brujería, desde lo más simple hasta lo más sorprendente; se halla en el cuerpo humano mismo.

Tomando como base los conceptos de que nos hallamos divididos en dos y de que todo se encuentra en el cuerpo mis­mo, la Gorda propuso una explicación de nuestros recuerdos. Ella creía que durante los años de nuestra asociación con el nagual Juan Matus, nuestro tiempo se hallaba dividido entre estados de conciencia normal, en el lado derecho, el tonal, donde prevalece la primera atención, y estados de conciencia acrecentada, en el lado izquierdo, el nagual, o el sitio de la se­gunda atención.

La Gorda creía que los esfuerzos del nagual Juan Matus tení­an como objetivo conducirnos al otro yo por medio del auto­control de la segunda atención a través del ensoñar. Sin embar­go, don Juan también nos puso en contacto directo con la segunda atención mediante una manipulación corporal. La Gor­da recordaba que él la forzaba a pasar de un lado al otro ya fuese oprimiendo o masajeándole la espalda. Decía que a veces inclu­so le daba un buen golpe en el omóplato derecho. El resultado era que ella entraba en un extraordinario estado de claridad. La Gorda creía que en ese estado todo se movía con mayor cele­ridad, y sin embargo nada en el mundo había sido cambiado.

Semanas después de que la Gorda me había dicho esto, re­cordé que a mí me había ocurrido lo mismo. En un momento dado, don Juan me daba un golpe en la espalda. Yo siempre sentí ese golpe en la espina, en medio y arriba de mis omópla­tos. Una claridad extraordinaria me poseía luego. El mundo era el mismo pero más nítido. Todo se realizaba por sí mismo. Quizás se trataba de que mis facultades de razonamiento eran nubladas mediante el golpe de don Juan, y eso me permitía percibir sin ellas.

Yo permanecía con esa claridad indefinidamente, o hasta que don Juan me daba otro golpe en el mismo sitio para hacer­me volver a mi estado normal de conciencia. Don Juan nunca me empujó o me masajeó. Siempre me dio un golpe directo y fuerte, no como el golpe de un puño, sino más bien un impac­to que me quitaba el aliento por instantes. Yo tenía que respi­rar entrecortadamente, inhalar largas y rápidas bocanadas de aire hasta que de nuevo podía respirar normalmente.

La Gorda reportó el mismo efecto: todo el aire era expulsado de sus pulmones mediante el golpe del nagual y ella tenía que aspirar más de la cuenta para poder llenarlos nuevamente. La Gorda creía que la respiración era el factor decisivo. En su opi­nión las inhalaciones de aire que ella se veía forzada a hacer después de ser golpeada eran las que acrecentaban la concien­cia. No podía, sin embargo, explicar de qué manera la respira­ción afectaba su percepción y su conciencia. La Gorda también explicó que a ella no se le tenía que golpear para hacerla volver a su estado normal. Ella volvía mediante sus propios medios, sin saber cómo.

Sus observaciones me parecieron pertinentes. Cuando niño, e incluso ya de adulto, ocasionalmente había quedado sin alien­to al caer de espaldas. Pero el efecto del golpe de don Juan, aunque me dejaba sin aliento, no era semejante de ninguna manera. No había dolor, y en cambio me aportaba una sensa­ción imposible de describir. Lo más cercano a lo que puedo llegar sería decir que creaba en mí un sentimiento como de se­quedad. Los golpes en la espalda parecían resecar mis pulmones y nublar todo lo demás. Después, como la Gorda había obser­vado, todo lo que después del golpe del nagual se había vuelto neblinoso, adquiría una nitidez cristalina en cuanto respiraba, como si la respiración fuese el catalizador, el factor determi­nante.

Lo mismo me ocurría cuando regresaba a la conciencia de todos los días. El aire era expelido de mí, el mundo que con­templaba se volvía borroso y después se aclaraba cuando llena­ba los pulmones.

Otro rasgo de esos estados de conciencia acrecentada era la riqueza incomparable de la interacción personal, una riqueza que nuestros cuerpos comprendían como una sensación de velocidad. Nuestro movimiento de ida y vuelta entre el lado derecho y el izquierdo nos facilitaba discernir que en el lado de­recho se consume demasiada energía y demasiado tiempo en las acciones e interacciones de la vida diaria. En el lado izquier­do, por otra parte, existe una necesidad inherente de economía y velocidad.

La Gorda no podía describir lo que en realidad era esta ve­locidad, ni yo tampoco. Lo mejor que podría hacer sería decir que en el lado izquierdo yo podía comprender el significado de las cosas con precisión, directamente. Cada faceta de acti­vidad se hallaba libre de preliminares o introducciones. Yo ac­tuaba y descansaba; avanzaba y retrocedía sin ninguno de los procesos de pensamiento que me son usuales. Esto era lo que la Gorda y yo entendíamos por velocidad.

La Gorda y yo discernimos en un momento dado que la ri­queza de nuestra percepción en el lado izquierdo era una com­prensión post-facto. Nuestra interacción parecía ser rica a la luz de nuestra capacidad de recordarla. Nos dimos cuenta enton­ces de que en esos estados de conciencia acrecentada habíamos percibido todo de un solo golpe, una masa bultosa de detalles inexplicables. A esta habilidad de percibir todo de un solo golpe le llamamos intensidad. Durante años había sido imposible para nosotros examinar las distintas partes que componían esas ex­periencias; no habíamos podido sintetizar esas partes en una secuencia que tuviera significado para el intelecto. Puesto que éramos incapaces de efectuar esas síntesis, no podíamos recor­dar. Nuestra incapacidad para recordar, en realidad era la inca­pacidad de poner sobre una base lineal la memoria de nuestra percepción. No podíamos extender, por así decirlo, nuestras experiencias a fin de arreglarlas en un orden de sucesión. Las ex­periencias estuvieron siempre a nuestro alcance, pero al mis­mo tiempo era imposible restaurarlas, pues se hallaban bloquea­das por una muralla de intensidad.

La tarea de recordar, entonces, propiamente, consistía en unir los lados izquierdo y derecho, de reconciliar esas dos for­ma distintas de percepción en un todo unificado. La tarea de consolidar la totalidad de uno mismo se efectuaba mediante el reacomodo de la intensidad en una secuencia lineal.

Se nos ocurrió que las actividades en las que recordábamos haber tomado parte, quizá no tomaron mucho tiempo en llevar­se a cabo en términos de tiempo medido por reloj. Por razón de poder, en esas circunstancias, al percibir en términos de intensidad, pudimos sólo haber tenido la sensación de extensos pasajes de tiempo. La Gorda creía que si pudiéramos rearreglar la intensidad en una secuencia lineal, creeríamos haber vivido miles de años.

El paso pragmático que don Juan tomó para auxiliarnos en nuestra tarea de recordar consistió en hacernos interactuar con cierta gente cuando nos hallábamos en un estado de conciencia acrecentada. El tenía mucho cuidado en impedirnos ver a esa gente cuando nos hallábamos en un estado normal de concien­cia, creando de esta manera las condiciones apropiadas para re­cordar.

Al completar nuestros recuerdos, la Gorda y yo entramos en un estado insólito. Teníamos detallado conocimiento de interacciones sociales que habíamos compartido con don Juan y sus compañeros. Estos no eran recuerdos del modo como yo recordaría un episodio de mi niñez; eran recuerdos más que ví­vidos de acontecimientos que podíamos revivir paso a paso. Re­produjimos conversaciones que parecían reverberar en nuestros oídos, como si las estuviéramos escuchando. Los dos pensamos que no era. superfluo especular sobre lo que nos estaba ocurrien­do. Lo que estábamos recordando, desde el punto de vista de nuestra experiencia inmediata, tenia lugar ahora. Tal era, el ca­rácter de nuestro recuerdo.

Por fin la Gorda y yo pudimos resolver las interrogantes que nos habían impulsado tan duramente. Recordamos quién era la mujer nagual, cómo encajaba entre nosotros, cuál había si­do su papel. Dedujimos, más que recordamos, que habíamos pasado iguales porciones de tiempo con don Juan y don Genaro en estados normales de conciencia, y con don Juan y sus demás compañeros en estados de conciencia acrecentada. Recaptura­mos cada matiz de esas interacciones, que habían sido veladas por la intensidad.

Después de una cuidadosa revisión de lo que habíamos des­cubierto, comprendimos que apenas habíamos establecido un minúsculo puente entre los dos lados de nosotros mismos. Nos volvimos entonces a otros temas, a nuevas interrogantes que habían tomado precedencia sobre las antiguas. Había tres te­mas, tres preguntas que resumían todas nuestras preocupacio­nes. ¿Quién era don Juan y quiénes eran sus compañeros? ¿Qué nos habían hecho? Y, ¿a dónde se habían ido todos ellos?

 

TERCERA PARTE: EL DON DEL ÁGUILA

 

IX. La regla del nagual

 

Don Juan había sido extraordinariamente parco en cuanto a la historia de su vida personal. Su reticencia era, en lo fundamen­tal, un recurso didáctico; hasta donde le concernía, su vida em­pezó cuando se convirtió en guerrero, y todo lo que le había ocurrido con anterioridad era de muy pocas consecuencias.

Todo lo que la Gorda y yo sabíamos de esa primera época de su vida, era que don Juan había nacido en Arizona, de ascendencia yaqui y yuma. Cuando aún era niño sus padres lo llevaron a vivir con los yaquis, en el norte de México. A los diez años de edad lo atrapó la marea de las guerras yaquis. Su madre fue asesinada, y después su padre fue aprehendido por el ejército mexicano. Tanto don Juan como su padre fueron enviados a un centro de reubicación en el estado de Yucatán, en el extremo sur del país. Allí creció.

Lo que le haya sucedido durante ese periodo nunca se nos fue revelado. Don Juan creía que no había necesidad de ha­blarnos de eso. Yo creía lo contrario. La importancia que di a esa parte de su vida, tenía que ver con mi convicción de que los rasgos distintivos y el énfasis de su mando emergieron de ese inventario personal de existencia.

Pero ese inventario, por muy importante que haya sido, no fue lo que le dio el inmenso significado que él tenía para noso­tros, o para sus demás compañeros. Su preeminencia total se basaba en el acto fortuito de haberse ligado con «la regla».

El hallarse ligado con la regla puede describirse como vivir un mito. Don Juan vivía un mito, un mito que lo atrapó y que lo hizo ser el nagual.

Don Juan decía que cuando la regla lo atrapó, él era un hombre agresivo y desenfrenado que vivía en el exilio, como miles de otros indios yaquis. Don Juan trabajaba en las plan­taciones tabacaleras del sur de México. Un día, después del trabajo, le dispararon un tiro en el pecho en un encuentro casi fatal con un compañero de trabajo sobre cuestiones de dinero. Cuando volvió en sí, un viejo indio estaba inclinado sobre él y hurgaba con los dedos una pequeña herida que don Juan tenía en el pecho. La bala no había penetrado en la ca­vidad pectoral, sino que se hallaba alojada en un músculo, junto a una costilla. Don Juan se desmayó dos o tres veces a causa de la conmoción, la pérdida de sangre y, según él mismo lo refirió, del temor a morir. El viejo indio extrajo la bala y, como don Juan no tenía dónde quedarse, se lo llevó a su pro­pia casa y lo cuidó durante más de un mes.

El viejo indio era bondadoso pero severo. Un día, cuando don Juan ya se sentía relativamente fuerte y casi se había recuperado, el viejo le dio un fuerte golpe en la espalda y lo forzó a entrar en un estado de conciencia acrecentada. Des­pués, sin mayores preliminares, le reveló a don Juan la porción de la regla que tenía que ver con el nagual y su función.

Don Juan llevó a cabo exactamente lo mismo conmigo y con la Gorda; nos hizo cambiar niveles de conciencia y nos dijo la regla del nagual de la siguiente manera:

 

Al poder que gobierna el destino de todos los seres vivientes se le llama el Águila, no porque sea un águila o porque tenga algo que ver con las águilas, sino porque a los videntes se les aparece como una inconmen­surable y negrísima águila, de altura infinita; empinada como se empinan las águilas.

A medida que el vidente contempla esa negrura; cuatro estallidos de luz le revelan lo que es el Águila. El primer estallido, que es como un rayo, guía al vidente a distinguir los contornos del cuerpo del Águila. Hay trozos de blancura que parecen ser las plumas y los talones de un águila. Un segundo estallido de luz revela una vibrante negrura, crea­dora de viento, que aletea como las alas de un águila. Con el tercer estallido de luz el vidente advierte un ojo taladrante, inhumano. Y el cuarto y último estallido le deja ver lo que el Águila hace.

El Águila se halla devorando la conciencia de todas las criaturas que, vivas en la tierra un momento antes y ahora muertas, van flotando como un incesante enjambre de luciérnagas hacia el pico del Águila para encontrar a su dueño, su razón de haber tenido vida. El Águila desenreda esas minúsculas llamas, las tiende como un curtidor extiende una piel, y después las consume, pues la conciencia es el sustento del Águila.

El Águila, ese poder que gobierna los destinos de los seres vivientes, refleja igualmente y al instante a todos esos seres. Por tanto, no tiene sentido que el hombre le rece al Águila, le pida favores, o tenga espe­ranzas de gracia. La parte humana del Águila es demasiado insigni­ficante como para conmover a la totalidad.

Sólo a través de las acciones del Águila el vidente puede decir qué es lo que ella quiere. El Águila, aunque no se conmueve ante las cir­cunstancias de ningún ser viviente, ha concedido un regalo, a cada uno de estos seres. A su propio modo y por su propio derecho, cualquiera de ellos, si así lo desea, tiene el poder de conservar la llama de la con­ciencia, el poder de desobedecer el comparendo para morir y ser con­sumido. A cada cosa viviente se le ha concedido el poder, si así lo desea, de buscar una apertura hacia la libertad y de pasar por ella. Es obvio para el vidente que ve esa apertura y para las criaturas que pasan a través de ella, que el Águila ha concedido ese regalo a fin de perpetuar la conciencia.

Con el propósito de guiar a los seres vivientes hacia esa apertura, el Águila creó al nagual. El nagual es un ser doble a quien se ha revelado la regla. Ya tenga forma de ser humano, de animal, de planta o de cual­quier cosa viviente, el nagual, por virtud de su doblez, está forzado a buscar ese pasaje oculto.

El nagual aparece en pares, masculino y femenino. Un hombre doble y una mujer doble se convierten en el nagual sólo después de que la regia les ha sido revelada a cada uno de ellos, y cada uno de ellos la ha comprendido y la ha aceptado en su totalidad.

Al ojo del vidente, un hombre nagual o una mujer nagual aparece como un huevo luminoso con cuatro compartimientos. A diferencia del ser humano ordinario, que sólo tiene dos lados, uno derecho y uno izquierdo, el nagual tiene el lado izquierdo dividido en dos secciones longitudinales, y un lado derecho igualmente dividido en dos.

El Águila creó el primer hombre nagual y la primera mujer nagual como videntes y de inmediato los puso en el mundo para que vieran. Les proporcionó cuatro guerreras acechadoras, tres guerreros y un pro­pio, a quienes ellos tendrían que mantener, engrandecer y conducir a la libertad.

Las guerreras son llamadas las cuatro direcciones, las cuatro esquinas de un cuadrado, los cuatro humores, los cuatro vientos, las cuatro dis­tintas personalidades femeninas que existen en la raza humana.

La primera es el Este. Se le llama orden. Es, optimista, de corazón liviano, suave, persistente como una brisa constante.

La segunda es el Norte. Es llamada fuerza. Tiene muchos recursos, es brusca, directa, tenaz como el viento duro.

La tercera es el Oeste. Se le llama sentimiento. Es introspectiva, llena de remordimientos, astuta, taimada, como una ráfaga de viento frío.

La cuarta es el Sur. Se le llama crecimiento. Nutre, es bullanguera, tímida, animada como el viento caliente.

Los tres guerreros y el propio representan los cuatro tipos de activi­dad y temperamento masculinos.

El primer tipo es el hombre que conoce, el erudito; un hombre con­fiable, noble, sereno, enteramente dedicado a llevar a cabo su tarea, cualquiera que ésta fuera.

El segundo tipo es el hombre de acción, sumamente volátil, un gran compañero, voluble y lleno de humor.

El tercer tipo es el organizador, el socio anónimo, el hombre miste­rioso, desconocido. Nada puede decirse de él porque no deja que nada de él se escape.

El propio es el cuarto tipo. Es el asistente, un hombre sombrío y taciturno que logra mucho si se le dirige adecuadamente pero que no puede actuar por sí mismo.

Con el fin de hacer las cosas más fáciles, el Águila mostró al hombre nagual y a la mujer nagual que cada uno de estos tipos entre los hombres y las mujeres de la tierra tienen rasgos específicos en su cuerpo luminoso.

El erudito tiene una especie de hendidura superficial, una brillante depresión en el plexo solar. En algunos hombres aparece como un es­tanque de intensa luminosidad, a veces tersa y reluciente como un espejo que no refleja.

El hombre de acción tiene unas fibras que emanan del área de la voluntad. El número de fibras varía de una a cinco, y su grosor fluctúa desde un cordel hasta un macizo tentáculo parecido a un látigo de más de dos metros. Algunos hombres tienen hasta tres de estas fibras desarro­lladas al punto de ser tentáculos.

Al socio anónimo no se le reconoce por ningún rasgo exclusivo sino por su habilidad de crear, muy involuntariamente, un estallido de poder que bloquea con efectividad la atención de los videntes. Cuando están en presencia de este tipo de hombre, los videntes se descubren inmer­sos en detalles externos en vez de ver.

El asistente no tiene configuración obvia. Ante el vidente aparece co­mo un brillo diáfano en un cascarón de luminosidad sin imperfecciones.

En el dominio femenino, se reconoce al Este por las casi impercep­tibles manchas de su luminosidad, que son como pequeñas zonas de descoloración.

El Norte tiene una radiación que abarca todo, exuda un destello rojizo, casi como calor.

El Oeste tiene una tenue membrana que la envuelve, que la hace verse más oscura que las otras.

El Sur tiene un destello intermitente; brilla durante un momento y después se opaca, para brillar de nuevo.

El hombre nagual y la mujer nagual tienen dos movimientos distintos en sus cuerpos luminosos; sus lados derechos ondean, mientras los izquierdos giran.

En términos de personalidad, el hombre nagual es un proveedor, estable, incambiable. La mujer nagual es un ser en guerra pero aún así es un ser calmado, por siempre consciente pero sin ningún esfuerzo. Cada uno de ellos refleja los cuatro tipos de su sexo en cuatro materas de comportamiento.

La primera orden que el Águila dio al hombre nagual y a la mujer nagual fue que encontraran, por sus propios medios, otro grupo de cua­tro guerreras, las cuatro direcciones, que siendo ensoñadoras fuesen las réplicas exactas de las acechadoras.

Las ensoñadoras aparecen ante el vidente como si tuviesen en sus partes medias un delantal de fibras que asemejan cabellos. Las acecha­doras tienen un rasgo semejante, qué parece delantal, pero en vez de fibras el delantal consiste en incontables, pequeñas y redondas protu­berancias.

Las ocho guerreras están divididas en dos bandas, que son llamadas planetas derecho e izquierdo. El planeta derecho está compuesto de cuatro acechadoras; el izquierdo, de cuatro ensoñadoras. Las guerreras de cada planeta fueron adiestradas por el Águila en la regla de sus tareas específicas: las acechadoras aprendieron a acechar; las soñadoras, a soñar.

Las dos guerreras de cada dirección viven juntas. Son tan semejantes que se reflejan la una a la otra, y sólo a través de la impecabilidad pueden encontrar solaz y estímulo en su reflejo comunal.

La única vez en que las cuatro soñadoras o las cuatro acechadoras se reúnen, es cuando tienen que llevar a cabo una tarea extrema. Pero sólo bajo circunstancias especiales deben juntar sus manos. Ese contacto las fusiona en un solo ser y solamente debe de ser usado en casos de necesidad extrema, o en el momento de abandonar este mundo.

Las dos guerreras de cada dirección están unidas a cualquiera de los guerreros, en la combinación que sea necesaria. De esa manera establecen un grupo de cuatro casas, en las que se pueden incorporar cuantos más guerreros sean necesarios.

Los guerreros y el propio también pueden formar un grupo indepen­diente de cuatro hombres, o cada uno de ellos puede funcionar como ser solitario, si eso dicta la necesidad.

Después, al nagual y a su grupo se les ordenó encontrar a otros tres propios. Estos podían ser todos hombres o todas mujeres o un grupo mixto; las mujeres tenían que ser del Sur.

Para asegurar que el primer hombre nagual condujera a su grupo a la libertad, sin desviarse del camino o sin corromperse, el Águila se llevó a la mujer nagual al otro mundo para que sirviera como faro que guía al grupo hacia la apertura.

El nagual y sus guerreros recibieron luego la orden de olvidar. Fue­ron hundidos en la oscuridad y se les dio nuevas tareas: la tarea de re­cordarse a sí mismos, y la tarea de recordar al Águila.

La orden de olvidar fue tan enorme que todos se separaron. No pudieron recordar quiénes eran. El Águila designó que si lograban re­cordarse a sí mismos nuevamente, podrían hallar la totalidad de sí mis­mos. Sólo entonces tendrían la fuerza y la tolerancia necesarias para bus­car y enfrentar su jornada definitiva.

Su última tarea, después de recobrar la totalidad de sí mismos, consistió en conseguir un nuevo par de seres dobles y de transformarlos en un nuevo hombre nagual y en una nueva mujer nagual por virtud de revelarles la regla.

Y así como el primer hombre nagual y la primera mujer nagual fueron provistos de una banda mínima, su deber era proporcionar al nuevo par de naguales cuatro guerreras acechadoras, tres guerreros y un propio.

Cuando el primer nagual y su banda estuvieron listos para entrar en el pasaje, la primera mujer nagual ya los esperaba para guiarlos. Se les ordenó entonces que se llevaran con ellos a la nueva mujer nagual a fin de que ella sirviera de faro a su gente; el nuevo hombre nagual se quedó en el mundo para repetir el ciclo.

Mientras se hallan en el mundo, el número mínimo que se hallaba la dirección del nagual es dieciséis: ocho guerreras, cuatro guerreros contando al nagual, y cuatro propios. En el momento de abandonar el mundo, cuando la nueva mujer nagual se encuentra con ellos, el número del nagual es diecisiete. Si el poder personal permite tener más guerreros, éstos deben añadirse en múltiplos de cuatro.

 

Yo había presentado a don Juan la cuestión de cómo fue que se hizo conocer la regla al hombre. Me explicó que la regla no tenía fin y que cubría cada faceta de la conducta de un guerrero. La interpretación y acumulación de la regla es obra de videntes cuya tarea, a través de los milenios, ha sido ver al Águila, observar su flujo incesante. Por medio de sus observa­ciones, los videntes han concluido que, si el cascarón luminoso que comprende la humanidad de uno ha sido roto, uno puede encontrar en el Águila el tenue reflejo del hombre. Los irre­vocables dictados del Águila pueden ser capturados por los videntes, interpretados adecuadamente por ellos, y acumu­lados en forma de un cuerpo de gobierno.

Don Juan me explicó que la regla no era un cuento, y que cruzar hacia la libertad no significa vida eterna tal como se entiende comúnmente a la eternidad: esto es, vivir por siem­pre. Lo que la regla asentaba era que uno podía conservar la conciencia, que por fuerza se abandona en el momento de morir. Don Juan no podía explicar lo que significaba conservar esa conciencia, o quizá ni siquiera podía concebirlo. Su bene­factor le había dicho que en el momento de cruzar, uno entra en la tercera atención, y que el cuerpo en su totalidad se inflama de conocimiento. Cada célula se torna, al instante, consciente de sí misma y también de la totalidad del cuerpo.

Su benefactor también le había dicho que este tipo de con­ciencia no tiene sentido para nuestras mentes compartamentalizadas. Por consiguiente, el meollo de la lucha del guerrero no consistía tanto en enterarse de que el cruce del que se habla en la regla significaba cruzar a la tercera atención, sino, más bien, en concebir que tal conciencia existe.

Don Juan decía que al principio la regla era, para él, algo estrictamente en el dominio de las palabras. No podía ima­ginar cómo podía deslizarse al dominio del mundo real y sus manifestaciones. Bajo la efectiva guía de su benefactor, sin embargo, y después de mucho trabajo, finalmente logró com­prender la verdadera naturaleza de la regla, y la aceptó total­mente como un conjunto de directivas pragmáticas y no como mito. A partir de ese momento, no tuvo problemas al tratar con la realidad de la tercera atención. El único obstácu­lo en su camino surgió a raíz de su creencia de que la regla era un mapa. Estaba tan convencido de ello, que creyó que tenía que buscar una apertura en el mundo, un pasaje. De alguna manera, se había quedado innecesariamente atascado en el primer nivel del desarrollo de un guerrero.

Como resultado de esto, la tarea de don Juan, en su capaci­dad de guía y maestro, fue dirigida a ayudar a los aprendices, y a mí en lo especial, a evitar que se repitiera ese error. Lo que logró hacer con nosotros fue conducirnos a través de las tres etapas del desarrollo del guerrero, sin enfatizar ninguna de ellas más de la cuenta. Primero nos guió para que tomáramos la regla como mapa, después nos guió a la comprensión de que uno puede obtener una conciencia suprema, porque tal cosa existe; y, por último, nos guió a un pasaje concreto para pasar a ese otro mundo oculto de la conciencia.

Para conducirnos a través de la primera etapa, la aceptación de la regla como un mapa, don Juan tomó la sección que pertenece al nagual y su función, y nos mostró que ésta co­rresponde a hechos inequívocos. El logró esto a fuerza de hacernos tener, mientras nos hallábamos en fases de con­ciencia acrecentada, un trato sin restricciones con los miem­bros del grupo, que eran las personificaciones vivientes de los ocho tipos descritos por la regla. Conforme tratamos con ellos, se nos revelaron aspectos más complejos e inducidos de la regla. Hasta que estuvimos en condiciones de com­prender que nos encontrábamos atrapados en la red de algo que en un principio habíamos conceptualizado como mito, pero que en esencia era un mapa.

Don Juan nos dijo que, en este respecto, su caso había sido idéntico al nuestro. Su benefactor le ayudó a pasar a través de esa primera fase permitiéndole el mismo tipo de interacción. Para ello lo hizo desplazarse una y otra vez de la conciencia del lado derecho a la del izquierdo, lo presentó con los miembros de su propio grupo, las ocho guerreras, los tres guerreros y los cuatro propios, que eran, como es obli­gatorio, los ejemplos más estrictos de los tipos que describe la regla. El impacto de conocerlos y de tratar con ellos fue aplastante para don Juan. No sólo lo obligó a cons