El Segundo Anillo de Poder

 ÍNDICE

 

Prefacio………………………………………………………………………………………………………. 2

 

  1. La transformación de doña Soledad…………………………………………………………………… 2
  2. Las hermanitas …………………………………………………………………………………………. 23
  3. La Gorda…………………………………………………………………………………………………. 37
  4. Los Genaros……………………………………………………………………………………………… 56
  5. El arte del soñar…………………………………………………………………………………………. 73
  6. La segunda atención…………………………………………………………………………………… 91

 

PREFACIO

 

Mi último encuentro con don Juan, don Genaro y sus otros dos aprendices, Pablito y Néstor, tuvo como escenario una plana y árida cima de la vertiente occidental de la Sierra Madre, en México Central. La solemnidad y la trascendencia de los hechos que allí tuvieron lugar no dejaron duda alguna en mi mente acerca de que nuestro aprendizaje había llegado a su fin y que en realidad veía a don Juan y a don Genaro por última vez. Hacia el desenlace, nos despedimos unos de otros y luego Pablito y yo saltamos de la cumbre de la montaña, lanzándonos a un abismo.

Antes del salto, don Juan había expuesto un principio de importancia fundamental en relación con todo lo que estaba a punto de sucederme. Según él, tras arrojarme al abismo me convertiría en percepción pura y comenzaría a moverme de uno a otro lado entre los dos reinos inherentes a toda creación, el tonal y el nagual.

En el curso de la caída mi percepción experimentó diecisiete rebotes entre el tonal y el nagual. Al moverme dentro del nagual viví mi desintegración física. No era capaz de pensar ni de sentir con la coherencia y la solidez con que suelo hacer ambas cosas; no obstante, como quiera que fuese, pensé y sentí. Por lo que a mis movimientos en el tonal respecta, me fundí en la unidad. Estaba entero. Mis percepciones eran coherentes. Consecuentemente, tenía visiones de orden. Su fuerza era a tal punto compulsiva, su intensidad tan real y su complejidad tan vasta, que no he logrado explicarlas a mi entera satisfacción. El denominarlas visiones, sue­ños vívidos o, incluso, alucinaciones, poco ayuda a clarificar su naturaleza.

Tras haber considerado y analizado del modo más cabal y cuidadoso mis sensaciones, percepciones e inter­pretaciones de ese salto al abismo, concluí que no era racionalmente aceptable el hecho de que hubiese tenido lugar. No obstante, otra parte de mi ser se aferraba con firmeza a la convicción de que había sucedido, de que había saltado.

Ya no me es posible acudir a don Juan ni a don Ge­naro, y su ausencia ha suscitado en mí una necesidad apremiante: la de avanzar por entre contradicciones aparentemente insolubles.

Regresé a México con la intención de ver a Pablito y a Néstor y pedirles ayuda para resolver mis conflictos. Pero aquello con lo que me encontré en el viaje no puede ser descrito sino como un asalto final a mi razón, un ata­que concentrado, planificado por el propio don Juan. Sus discípulos, bajo su dirección ‑aun cuando él se hallase ausente‑, demolieron de modo preciso y metódico, en el curso de unos pocos días, el último baluarte de mi capa­cidad de raciocinio. En ese lapso me revelaron uno de los aspectos prácticos de su condición de brujos, el arte de soñar, que constituye el núcleo de la presente obra.

El arte del acecho, la otra faz práctica de su brujería, así como también el punto culminante de las enseñanzas de don Juan y don Genaro, me fue expuesto en el curso de visitas subsiguientes: se trataba, con mucho, del cariz más complejo de su ser en el mundo como brujos.

 

1

 

LA TRANSFORMACIÓN DE DOÑA SOLEDAD

 

Intuí de pronto que ni Pablito ni Néstor estarían en casa. Mi certidumbre era tal que detuve mi coche. Me encontraba en el punto en que el asfalto acaba abruptamente, y deseaba reconsiderar la conveniencia de continuar ese día el recorrido del escarpado y áspero camino de grava que conduce al pueblo en que viven, en las montañas de México Central.

Bajé la ventanilla del automóvil. El clima era bastante ventoso y frío. Salí a estirar las piernas. La tensión debida a las largas horas al volante me había entumecido la espalda y el cuello. Fui andando hasta el borde del pavimento. El campo estaba húmedo por obra de un aguacero temprano. La lluvia seguía cayendo pesadamente sobre las laderas de las montañas del sur, a poca distancia del lugar en que me hallaba. No obstante, exactamente delante de mí, ya fuese que mirara hacia el Este o hacia el Norte, el cielo se veía despejado. En determinados puntos de la sinuosa ruta había logrado divisar los azulinos picos de las sierras, resplandeciendo al sol a una gran distancia.

Tras pensarlo un momento, decidí dar la vuelta y regresar a la ciudad, porque había tenido la peculiar impresión de que iba a encontrar a don Juan en la plaza del mercado. Después de todo, eso era lo que había hecho siempre, hallarle en el mercado, desde el comienzo de mi relación con él. Por norma, si no daba con él en Sonora, me dirigía a México Central e iba al mercado de la ciu­dad del caso: tarde o temprano, don Juan se dejaría ver. Nunca le esperé más de dos días. Estaba tan habituado a reunirme con él de ese modo que tuve la más absoluta certeza de que volvería a hallarle, como siempre.

Aguardé en el mercado toda la tarde. Recorrí las na­ves una y otra vez, fingiendo buscar algo que adquirir. Luego esperé paseando por la plaza. Al anochecer com­prendí que no vendría. Tuve entonces la clara impre­sión de que él había estado allí. Me senté en uno de los bancos de la plaza, en que solía reunirme con él, y traté de analizar mis sentimientos. Desde el momento de mi llegada a la ciudad, la firme convicción de que don Juan se encontraba en sus calles me había llenado de alegría. Mi seguridad se fundaba en mucho más que el recuerdo de las incontables veces en que le había hallado allí; sa­bía físicamente que él me estaba buscando. Pero enton­ces, en el momento en que me senté en el banco, experi­menté otra clase de extraña certidumbre. Supe que él ya no estaba allí. Se había ido y yo le había perdido.

Pasado un rato, dejé de lado mis especulaciones. Lle­gué a la conclusión de que el lugar estaba comenzando a afectarme. Iba a caer en lo irracional, como siempre me había sucedido al cabo de unos pocos días en la zona.

Fui a mi hotel a descansar unas horas y luego salí nuevamente a vagar por las calles. Ya no tenía las mis­mas esperanzas de hallar a don Juan. Me di por vencido y regresé al hotel con el propósito de dormir bien duran­te la noche.

Por la mañana, antes de partir hacia las montañas, recorrí las calles en el coche; no obstante, de alguna ma­nera, sabía que estaba perdiendo el tiempo. Don Juan no estaba allí.

Me tomó toda la mañana llegar al pueblo en que vi­vían Pablito y Néstor. Arribé a él cerca del mediodía. Don Juan me había acostumbrado a no entrar nunca al pueblo con el automóvil, para no excitar la curiosidad de los mirones. Todas las veces que había estado allí, me había apartado del camino, poco antes de la entrada al pueblo, y pasado por un terreno llano en que los mu­chachos solían jugar al fútbol. La tierra estaba allí bien apisonada y permitía alcanzar una huella de caminantes lo bastante ancha para dar paso a un automóvil y que llevaba a las casas de Pablito y de Néstor, situadas al pie de las colinas, al sur del poblado. Tan pronto como alcancé el borde del campo descubrí que la huella se había convertido en un camino de grava.

Dudé acerca de qué era lo más conveniente: si ir a la casa de Néstor o a la de Pablito. La sensación de que no estarían allí persistía. Opté por dirigirme a la de Pablito; tuve en cuenta el hecho de que Néstor vivía solo, en tanto Pablito compartía la casa con su madre y sus cuatro hermanas. Si él no se encontraba allí, las mujeres me ayudarían a dar con él. Al acercarme, advertí que el sendero que unía el camino con la casa había sido ensanchado. El suelo daba la impresión de ser firme y, puesto que había espacio suficiente para el coche, fui en él casi hasta la puerta de entrada. A la casa de adobe se había agregado un nuevo portal con techo de tejas. No hubo perros que ladrasen, pero vi uno enorme, que me observaba alerta, sentado con calma tras una cerca. Una bandada de polluelos, que hasta ese momento habían estado comiendo frente a la casa, se dispersó cacareando. Apagué el motor y estiré los brazos por sobre la cabeza. Tenía el cuerpo rígido.

La casa parecía desierta. Pensé por un instante en la posibilidad de que Pablito y su familia se hubiesen mudado y alguna otra gente viviese allí. De pronto, la puerta delantera se abrió con estrépito y la madre de Pablito salió como si alguien la hubiese empujado. Me miró distraídamente un momento. Cuando bajé del coche pareció reconocerme. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo y se apresuró a acercarse a mí. Lo primero que se me ocurrió fue que habría estado dormitando y que el ruido del motor la habría traído a la vigilia; y al salir a ver qué sucedía, le hubiese costado comprender en un primer momento de quién se trataba. Lo incongruente de la visión de la anciana corriendo hacia mí me hizo sonreír. Al acercarse, experimenté cierta duda fugaz. El modo en que se movía revelaba una agilidad que en modo alguno se correspondía con la imagen de la madre de Pablito.

‑¡Dios mío! ¡Qué sorpresa! ‑exclamó.

‑¿Doña Soledad? ‑pregunté, incrédulo.

‑¿No me reconoces? ‑replicó, riendo.

Hice algunos comentarios estúpidos acerca de su sorprendente agilidad.

‑¿Por qué siempre me tomas por una anciana indefensa? ‑preguntó, mirándome con cierto aire de desafío burlón.

Me reprochó abiertamente el hecho de haberla apodado «Señora Pirámide». Recordé que en cierta oportunidad había comentado a Néstor que sus formas me recordaban las de una pirámide. Tenía un ancho y macizo trasero y una cabeza pequeña y en punta. Los largos vestidos que solía usar contribuían al efecto.

‑Mírame ‑dijo. ¿Sigo teniendo el aspecto de una pirámide?

Sonreía, pero sus ojos me hacían sentir incómodo. Intenté defenderme mediante una broma, pero me interrumpió y me interrogó hasta obligarme a admitir que yo era el responsable del mote. Le aseguré que lo había hecho sin ninguna mala intención y que, de todos modos, en ese momento se la veía tan delgada que sus formas podían recordarlo todo menos una pirámide.

‑¿Qué le ocurrió, doña Soledad? ‑pregunté‑. Está transformada.

‑Tú lo dijiste ‑se apresuró a responder‑. ¡He sido transformada!

Yo lo había dicho en sentido figurado. No obstante, tras un examen más detallado, me vi en la necesidad de admitir que no había lugar para la metáfora. Francamente, era otra persona. De pronto, me vino a la boca un sabor metálico, seco. Tenía miedo.

Puso los brazos en jarras y se quedó allí parada, con las piernas ligeramente separadas, enfrentándome. Lle­vaba una falda fruncida verdosa y una blusa blanqueci­na. La falda era más corta que aquellas qué solía usar. No veía su cabello; lo llevaba ceñido por una cinta an­cha, una tela dispuesta a modo de turbante. Estaba des­calza y golpeaba rítmicamente el suelo con sus grandes pies, mientras sonreía con el candor de una jovencita. Nunca había visto a nadie que irradiase tanta energía. Advertí un extraño destello en sus ojos, un destello tur­bador pero no aterrador. Pensé que era posible que nun­ca hubiese observado su aspecto cuidadosamente. Entre otras cosas, me sentía culpable por haber dejado de lado a mucha gente durante los años pasados junto a don Juan. La fuerza de su personalidad había logrado que todo el mundo me pareciese pálido y sin importancia.

Le dije que nunca había supuesto que pudiese ser dueña de tan estupenda vitalidad, que mi indiferencia no me había permitido conocerla en profundidad y que era indudable que debía replantearme el conjunto de mis relaciones con la gente.

Se me acercó. Sonrió y puso su mano derecha en la parte posterior de mi brazo izquierdo, dándome un lige­ro apretón.

‑De eso no hay duda ‑susurró a mi oído.

Su sonrisa se heló y sus ojos se pusieron vidriosos. Estábamos tan cerca que sentía sus pechos rozar mi hombro izquierdo. Mi incomodidad aumentaba a medi­da que hacía esfuerzos por convencerme de que no ha­bía razón alguna para alarmarme. Me repetía una y otra vez que realmente nunca había conocido a la ma­dre de Pablito, y que, a pesar de lo extraño de su con­ducta, lo más probable era que estuviese actuando se­gún los dictados de su personalidad normal. Pero una parte de mi ser, atemorizada, sabía que ninguno de esos pensamientos servía para otra cosa que no fuese darme fuerzas, que carecían de fundamento, porque, más allá de la poca o mucha atención que hubiese prestado a su persona, no sólo la recordaba muy bien, sino que la ha­bía conocido muy bien. Representaba para mí el arque­tipo de una madre; la suponía cerca de los sesenta años, o algo más. Sus débiles músculos arrastraban con extre­ma dificultad su voluminoso físico. Su cabello estaba lleno de hebras grises. Era, en mi recuerdo, una triste, sombría mujer, con rasgos delicados y nobles, una ma­dre abnegada y sufriente, siempre en la cocina, siempre cansada. También recordaba su amabilidad y su gene­rosidad, y su timidez, una timidez, que la llevaba inclu­so a adoptar una actitud servil con todo aquel que ha­llase a su alrededor. Tal era la imagen que tenía de ella, reforzada por años de encuentros casuales. Ese día, había algo terriblemente diferente. La mujer que tenía frente a mí no se correspondía en lo más mínimo con mi concepción de la madre de Pablito, y, no obstan­te, se trataba de la misma persona, más delgada y más fuerte, veinte años menor, a juzgar por su aspecto, que la última vez que la había visto. Sentí un escalofrío.

Dio un par de pasos delante de mí y me miró de frente.

‑Déjame verte ‑dije. El Nagual nos dijo que eras un demonio.

Recordé entonces que ninguno de ellos ‑Pablito, su madre, sus hermanas y Néstor‑ gustaba de pronunciar el nombre de don Juan, y le llamaban «el Nagual», tér­mino que yo también había adoptado para las conversa­ciones que sosteníamos.

Osadamente, puso las manos sobre mis hombros, cosa que jamás había hecho. Mi cuerpo se puso tenso. En realidad, no sabía qué decir. Sobrevino una larga pausa, que me permitió considerar mis posibilidades. Tanto su aspecto como su conducta me habían aterrado a tal pun­to que había olvidado preguntarle por Pablito y Néstor.

‑Dígame, ¿dónde está Pablito? ‑le pregunté, expe­rimentando un súbito recelo.

‑Oh, se ha ido a las montañas ‑me replicó con tono evasivo, a la vez que se apartaba de mí.

‑¿Y Néstor?

Desvió la mirada, tratando de aparentar indife­rencia.

‑Están juntos en las montañas ‑dijo en el mismo tono.

Me sentí aliviado y le dije que había sabido, sin la menor sombra de duda, que se encontraban bien.

Me miró y sonrió. Hizo presa en mí una oleada de fe­licidad y entusiasmo y la abracé. Audazmente, respondió a mi gesto y me retuvo junto a sí; la actitud me resultó tan sorprendente que quedé sin respiración. Su cuerpo estaba rígido. Percibí una fuerza extraordinaria en ella. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad. Traté de apartarla con gentileza y le pregunté si Néstor seguía viendo a don Genaro y a don Juan. En el curso de nues­tra reunión de despedida, don Juan había manifestado ciertas dudas acerca de la posibilidad de que Néstor es­tuviese en condiciones de finalizar su aprendizaje.

‑Genaro se ha ido para siempre ‑dijo, separándo­se de mí.

Jugueteaba, nerviosa, con el dobladillo de la blusa.

‑¿Y don Juan?

‑El Nagual también se ha ido ‑respondió, frun­ciendo los labios.

‑¿A dónde fueron?

‑¿Quieres decir que no lo sabes?

Le dije que ambos me habían despedido hacía dos años, y que todo lo que sabía era que por entonces esta­ban vivos. A decir verdad, no me había atrevido a espe­cular acerca del lugar al que habían ido. Nunca me ha­bían hablado de su paradero, y yo había llegado a aceptar el hecho de que, si deseaban desaparecer de mi vida, todo lo que tenían que hacer era negarse a verme.

‑No están por aquí, eso es seguro ‑dijo, frunciendo el ceño‑. Y no están en camino de regreso, eso también es seguro.

Su voz transmitía una extrema indiferencia. Empe­zaba a fastidiarme. Quería irme.

‑Pero tú estás aquí ‑dijo, trocando el ceño en una sonrisa‑. Debes esperar a Pablito y a Néstor. Han de estar muriéndose por verte.

Aferró mi brazo firmemente y me apartó del coche. Considerando su talante de otrora, su osadía resultaba asombrosa.

‑Pero primero, permíteme presentarte a mi amigo ‑mientras lo decía me arrastraba hacia uno de los la­dos de la casa.

Se trataba de una zona cercada, semejante a un pe­queño corral. Había en él un enorme perro. Lo primero en llamar mi atención fue su piel, saludable, lustrosa, de un marrón amarillento. No parecía ser un perro peli­groso. No estaba encadenado y la valla no era lo bastan­te alta para impedirle salir. Permaneció impasible cuando nos acercamos a él, sin siquiera menear la cola.

Doña Soledad señaló una jaula de considerable ta­maño, situada al fondo. En su interior, hecho un ovillo, se veía un coyote.

‑Ése es mi amigo ‑dijo‑. El perro no. Pertenece a mis niñas.

El perro me miró y bostezó. Yo le caía bien. Y tenía una absurda sensación de afinidad con él.

‑Ven, vamos a la casa ‑dijo, cogiéndome por el brazo para guiarme.

Vacilé. Cierta parte de mí se hallaba en estado de total alarma y quería irse de allí inmediatamente y, sin embargo, otra porción de mi ser no estaba dispuesta a partir por nada del mundo.

‑No me tendrás miedo, ¿no? ‑me preguntó, en tono acusador.

‑¡Claro que sí! ¡Y mucho! ‑exclamé.

Sofocó una risita y, con tono tranquilizador, se refi­rió a sí misma, sosteniendo que era una mujer tosca, primitiva, que tenía muchas dificultades con las pala­bras y que apenas si sabía cómo tratar a la gente. Me miró francamente a los ojos y dijo que don Juan le ha­bía encomendado ayudarme, porque yo le preocupaba.

‑Nos dijo que eras poco formal y andabas por allí causando problemas a los inocentes ‑afirmó.

Hasta ese momento, sus aseveraciones me habían resultado coherentes, pero no me parecía concebible que don Juan dijese cosas tales sobre mí.

Entramos a la casa. Quería sentarme en el banco en que solía hacerlo en compañía de Pablito. Ella me detuvo.

‑Ése no es el lugar para ti y para mí ‑dijo‑. Va­mos a mi habitación.

‑Preferiría sentarme aquí ‑dije con firmeza‑. Co­nozco este lugar y me siento cómodo en él.

Chascó la lengua, manifestando su desaprobación. Actuaba como un niño desilusionado. Contrajo el labio superior hasta que adquirió el aspecto del pico de un pato.

-Aquí hay algún terrible error -dije‑. Creo que me voy a ir si no me explica lo que está sucediendo.

Se puso muy nerviosa y arguyó que su problema re­sidía en el hecho de no saber cómo hablarme. Le plan­teé la cuestión de su indudable transformación y le exi­gí que me dijera qué había ocurrido. Necesitaba saber cómo había tenido lugar tal cambio.

‑Si te lo digo, ¿te quedarás? ‑preguntó, con una vocecilla infantil.

‑Tendré que hacerlo.

‑En ese caso, te lo diré todo. Pero tiene que ser en mi habitación.

Durante un instante, sentí pánico. Hice un esfuerzo supremo para serenarme y fuimos a su habitación. Vi­vía en el fondo, donde Pablito había construido un dor­mitorio para ella. Yo había estado allí una vez, cuando se hallaba en construcción, y también después de termi­nado, precisamente antes de que ella lo habitase. El lu­gar estaba tan vacío como yo lo había visto, con la ex­cepción de una cama, situada exactamente en el centro, y dos modestas cómodas, junto a la puerta. El jalbegue de los muros había dado paso a un tranquilizador blan­co amarillento. También la madera del techo había ad­quirido su pátina. Al mirar las tersas, limpias paredes, tuve la impresión de que cada día las fregaban con una esponja. La habitación guardaba gran semejanza con una celda monástica, debido, a su sobriedad y ascetismo. No había en ella ornamento de especia alguna. En las ventanas había postigos de madera, sólidos y abatibles, reforzados por una barra de hierro. No había sillas ni nada en que sentarse.

Doña Soledad me quitó la libreta de notas, la apretó contra su seno y luego se sentó en la cama, que consta­ba tan sólo de dos colchones; no había somier. Me orde­nó sentarme cerca de ella.

‑Tú y yo somos lo mismo ‑dijo, a la vez que me tendía la libreta.

‑¿Cómo?

‑Tú y yo somos lo mismo ‑repitió sin mirarme.

No llegaba a comprender el significado de sus pala­bras. Ella me observaba, como si esperase una res­puesta.

‑¿Qué es lo que se supone que yo deba entender, doña Soledad? ‑pregunté.

Mi interrogación pareció desconcertarla. Era eviden­te que esperaba que la hubiese comprendido. Primero rió, pero luego, cuando volví a decirle que no había en­tendido, se enfadó. Se puso tiesa y me acusó de ser des­honesto con ella. Sus ojos ardían de ira; la cólera la lle­vaba a contraer los labios en un gesto muy feo, que la hacía parecer extraordinariamente vieja.

Yo estaba francamente perplejo e intuía que, dijese lo que dijese, iba a cometer un error. Lo mismo parecía ocurrirle a ella. Movió la boca para decir algo, pero el gesto no pasó de un estremecimiento de los labios. Fi­nalmente murmuró que no era impecable actuar como yo lo hacía en un momento tan trascendente. Me volvió la espalda.

‑¡Míreme, doña Soledad ‑dije con energía‑. No estoy tratando de desconcertarla en absoluto. Usted debe saber algo que yo ignoro por completo.

‑Hablas demasiado ‑me espetó con enojo‑. El Nagual me dijo que no debía dejarte hablar nunca. Lo tergiversas todo.

Se puso en pie de un salto y golpeó el suelo con fuerza, como un niño malcriado. En ese momento tomé conciencia de que el piso de la habitación era diferente. Lo recordaba de tierra apisonada, del mismo tono oscuro que tenía el conjunto de los terrenos de la zona. El nuevo era de un rosa subido. Dejé de lado mi enfrentamiento con ella y anduve por la estancia. No lograba explicarme el hecho de que el piso me hubiese pasado desapercibido al entrar. Era magnífico. Primero pensé que se trataría de arcilla roja, colocada como cemento mientras estaba suave y húmeda, pero luego vi que no presentaba una sola grieta. La arcilla se habría secado, apelotonado, agrietado, y alguna gramilla habría crecido allí. Me agaché y pasé los dedos con delicadeza por sobre la superficie. Tenía la consistencia del ladrillo. La arcilla había sido cocida. Comprendí entonces que el piso estaba hecho con grandes losas de arcilla cocida, asentadas sobre un lecho de arcilla fresca que hacía las veces de matriz. Las losas estaban distribuidas según un diseño intrincado y fascinante, aunque muy difícilmente visible a menos que se le prestase especial atención. La precisión con que cada losa había sido colocada en su lugar me reveló un plan perfectamente concebido. Me interesaba averiguar cómo se había hecho para cocer piezas tan grandes sin que se combasen. Me volví, con la intención de preguntárselo a doña Soledad. Desistí inmediatamente. No habría comprendido aquello a lo que yo me iba a referir. Di un nuevo paseo. La arcilla era un tanto áspera, casi como la piedra arenisca. Constituía una perfecta superficie antideslizante.

‑¿Fue Pablito quien instaló este piso? ‑pregunté.

No me respondió.

‑Es un trabajo magnífico ‑dije‑. Debe usted de sentirse orgullosa de él.

No me cabía la menor duda de que el autor había sido Pablito. Nadie más habría tenido la imaginación ni la capacidad necesarias para concebirlo. Supuse que lo habría hecho durante mi ausencia. Pero no tardé en recordar que yo no había entrado en la habitación de doña Soledad desde la época en que había sido construida, seis o siete años atrás.

‑¡Pablito! ¡Pablito! ¡Bah! ‑exclamó con voz áspera y llena de enfado‑. ¿Qué te hace pensar que sea el único capaz de hacer cosas?

Cambiamos una larga mirada, y súbitamente comprendí que era ella quien había hecho el piso, y que don Juan la había inducido a ello.

Estuvimos de pie en silencio, contemplándonos durante largo rato. Yo sabía que habría sido completamente superfluo preguntarle si mi suposición era correcta.

‑Yo me lo hice ‑dijo al cabo, en un tono seco‑. El Nagual me dijo cómo.

Sus palabras me pusieron eufórico. La cogí y la alcé en un abrazo. Sosteniéndola así, dimos unas vueltas por la habitación. Lo único que se me ocurría era bombardearla con preguntas. Quería saber cómo había hecho las losas, qué significaban los dibujos, de dónde había sacado la arcilla. Pero ella no compartía mi exaltación. Permanecía serena e imperturbable, y de tanto en tanto me miraba desdeñosamente.

Volví a recorrer el piso. La cama había sido situada en el punto exacto de convergencia de varias líneas. Las losase de arcilla estaban cortadas en ángulos agudos, de modo de dar lugar a un motivo de diseño fundado en líneas convergentes que, en apariencia, irradiaban desde debajo de la cama.

‑No encuentro palabras para expresarle lo impresionado que me hallo -dije.

‑¡Palabras! ¿Quién necesita palabras? ‑dijo, cortante.

Tuve un destello de lucidez. Mi razón me había estado traicionando. Había una sola explicación probable para su magnífica metamorfosis; don Juan debía haberla tomado como aprendiz. ¿De qué otro modo podía una vieja como doña Soledad convertirse en ese ser fantástico, poderoso? Tendría que haberme resultado obvio desde el momento en que la vi, pero esa posibilidad no formaba parte del conjunto de mis expectativas respecto de ella.

Deduje que el trabajo de don Juan con ella debía haberse realizado en los dos años durante los cuales yo no la había visto, si bien dos años parecían constituir un lapso demasiado breve para tan espléndido cambio.

-Ahora creo comprender lo que le ha sucedido ‑dije, en tono alegre y despreocupado‑. Acaba de hacerse cierta luz en mi mente.

‑Ah, ¿si? ‑dijo, sin el menor interés.

‑El Nagual le está enseñando a ser una bruja, ¿no es cierto?

Me miró desafiante. Percibí que lo que había dicho era precisamente lo menos adecuado. Había en su rostro una expresión de verdadero desprecio. No iba a decirme nada.

‑¡Qué cabrón eres! -exclamó de pronto, temblando de ira.

Pensé que su cólera era injustificada. Me senté en un extremo de la cama, mientras ella, nerviosa, daba golpecitos en el suelo con el talón. Luego fue a sentarse al otro extremo, sin mirarme.

‑¿Qué es exactamente lo que usted quiere que haga? ‑pregunté con tono firme, intimidatorio.

‑¡Ya te lo he dicho! ‑aulló‑. Tú y yo somos lo mismo.

Le pedí que me explicase lo que quería decir y que no pensase, ni por un instante, que yo sabía algo. Tales palabras la irritaron aún más. Se puso en pie bruscamente y dejó caer su falda al suelo.

‑¡Esto es lo que quiero decir! ‑chilló, acariciándose el pubis.

Mi boca se abrió sin que mediase mi voluntad. Era consciente de que la estaba contemplando como un idiota.

‑¡Tú y yo somos uno aquí! ‑dijo.

Yo estaba mudo de asombro. Doña Soledad, la anciana india, madre de mi amigo Pablito, estaba realmente semidesnuda, a pocos pasos de mí, mostrándome sus genitales. La miré, incapaz de expresar idea alguna. Lo único que sabía era que su cuerpo no correspondía a una vieja. Tenía hermosos muslos, oscuros y sin vello. Sus caderas eran anchas debido a su estructura ósea, pero no tenían gordura alguna.

Debió de haber advertido mi examen y se echó sobre la cama.

‑Ya sabes qué hacer ‑dijo, señalándose el pubis‑. Somos uno aquí.

Descubrió sus robustos pechos.

‑¡Doña Soledad, se lo ruego! ‑exclamé‑. ¿Qué le sucede? Usted es la madre de Pablito.

‑No, ¡no lo soy! ‑barbotó‑. No soy madre de nadie.

Se incorporó y me miró fieramente.

‑Soy lo mismo que tú, una parte del nagual ‑dijo‑. Estamos hechos para mezclarnos.

Abrió las piernas y yo me aparté de un salto.

‑¡Espere un momento, doña Soledad! ‑dije‑. Déjeme decirle algo.

Por un instante me dominó un miedo salvaje y por mi mente cruzó una idea loca. ¿Sería posible, me preguntaba, que don Juan estuviese oculto por allí, desternillándose de risa?

‑¡Don Juan! ‑aullé.

Mi chillido fue tan fuerte y profundo que doña Soledad saltó de su cama y se cubrió a toda prisa con su falda. Vi cómo se la ponía mientras yo volvía a bramar:

‑¡Don Juan!

Anduve por toda la casa, profiriendo el nombre de don Juan, hasta que tuve la garganta seca. Doña Soledad, en el ínterin, había salido corriendo y aguardaba junto a mi automóvil, contemplándome, perpleja.

Me acerqué a ella y le pregunté si don Juan le había ordenado hacer todo aquello. Asintió con un gesto. Le pregunté si él se encontraba en los alrededores. Respon­dió que no.

‑Dígamelo todo ‑dije.

Me explicó que se limitaba a seguir instrucciones de don Juan. El le había ordenado cambiar su ser por el de un guerrero con la finalidad de ayudarme. Aseveró que había pasado años esperando para cumplir esa promesa.

‑Ahora soy muy fuerte -dijo con suavidad‑. Sólo para ti. Pero en la habitación no te gusté, ¿no?

Me encontré explicándole que no se trataba de que no me gustase, que contaban en mucho mis sentimien­tos hacia Pablito; entonces comprendí que no tenía la más vaga idea de lo que estaba diciendo.

Doña Soledad parecía entender lo embarazoso de mi posición y afirmó que era mejor olvidar nuestro in­cidente.

‑Debes estar hambriento ‑dijo con vivacidad‑. Te prepararé algo de comer.

‑Aún hay muchas cosas que no me ha explicado ‑se­ñalé‑. Le seré franco: no me quedaría aquí por nada del mundo. Usted me asusta.

‑Estás obligado a aceptar mi hospitalidad; aunque sea una taza de café ‑dijo, sin inmutarse‑. Vamos, ol­videmos lo sucedido.

Me indicó con un gesto que fuese hacia la casa. En ese momento oí un gruñido sordo. El perro se había le­vantado y nos miraba como si comprendiese lo que con­versábamos.

Doña Soledad clavó en mí una mirada aterradora. Luego se serenó y sonrió.

‑No hagas caso de mis ojos dijo‑. Lo cierto es que soy vieja. Últimamente me mareo. Creo que necesi­to gafas.

Se echó a reír y comenzó a hacer payasadas, mirando entre sus dedos, colocados de modo de fingir gafas.

‑¡Una vieja india con gafas! Será el hazmerreír ‑comentó, sofocando una carcajada.

Me preparé mentalmente para comportarme con brusquedad y salir de allí sin dar explicación alguna. Pero antes de partir quería dejar algunas cosas para Pablito y sus hermanas. Abrí el portaequipajes para sacar los regalos que les había llevado. Me incliné hacia el interior con el objeto de alcanzar los dos paquetes colocados junto al respaldo del asiento posterior, al lado de la rueda de recambio. Había cogido uno y estaba a punto de asir el otro cuando sentí en la nuca una mano suave y peluda. Emití un chillido involuntario y me golpeé la cabeza contra la tapa levantada del coche. Me volví para mirar. La presión de la mano peluda me impidió completar el movimiento, pero alcancé a vislumbrar fugazmente un brazo, o una garra, de tonalidad plateada, suspendido sobre mi cuello. El pánico hizo presa en mí, me aparté con esfuerzo del portaequipajes, y caí sentado, con el paquete aún en la mano. Todo mi cuerpo temblaba, tenía contraídos los músculos de las piernas y me vi levantándome de un brinco y corriendo.

‑No pretendía asustarte ‑dijo doña Soledad, en tono de disculpa, mientras yo la miraba desde una distancia de más de dos metros.

Me mostró las palmas en un gesto de entrega, como si tratase de asegurarme que lo que yo había sentido no era una de sus manos.

‑¿Qué me hizo? ‑pregunté, tratando de aparentar calma y soltura.

No se podría decir si estaba muy avergonzada o totalmente desconcertada. Murmuró algo y sacudió la cabeza como si no pudiese expresarlo, o no supiera a qué me refería.

-Vamos, doña Soledad -dije, acercándome a ella‑, no me juegue sucio.

Parecía hallarse al borde del llanto. Yo deseaba con­solarla, pero una parte de mí se resistía. Tras una pau­sa brevísima le dije lo que había sentido y visto.

‑¡Eso es terrible! ‑su voz era un grito.

Con un movimiento sumamente infantil, se cubrió el rostro con el antebrazo derecho. Pensé que estaba llo­rando. Me acerqué a ella e intenté rodear sus hombros con el brazo. Pero no conseguí hacer el gesto.

-Ahora, doña Soledad ‑dije‑, olvidemos todo esto y reciba estos paquetes antes de que yo parta.

Di un paso para situarme frente a ella. Alcancé a ver sus ojos, negros y brillantes, y parte de su rostro tras el brazo que me lo ocultaba. No lloraba. Sonreía.

Salté hacia atrás. Su sonrisa me aterraba. Ambos permanecimos inmóviles largo tiempo. Mantenía cu­bierta la cara, pero yo le veía los ojos y sabía que me ob­servaba.

Allí parado, casi paralizado por el miedo, me sentía completamente abatido. Había caído en un pozo sin fon­do. Doña Soledad era una bruja. Mi cuerpo lo sabía, y, sin embargo, no terminaba de aceptarlo. Prefería creer que había enloquecido y la tenían encerrada en la casa para no enviarla a un manicomio.

No me atrevía a moverme ni a quitarle los ojos de encima. Debimos haber permanecido en la misma posi­ción durante cinco o seis minutos. Ella mantuvo el bra­zo alzado inmóvil. Se encontraba junto a la parte trase­ra del coche, casi apoyada en el parachoques izquierdo. La tapa del portaequipaje seguía levantada. Pensé en precipitarme hacia la puerta derecha. Las llaves esta­ban en el contacto.

Me relajé un tanto con el objeto de decidir el momen­to más adecuado para echar a correr. Pareció advertir mi cambio de actitud inmediatamente. Bajó el brazo, dejando al descubierto todo su rostro. Tenía los dientes apretados y los ojos fijos en mí. Se la veía cruel y vil. De pronto, avanzó hacia donde yo me encontraba, tamba­leándose. Se afirmó sobre el pie derecho, al modo de un esgrimista, y alargó las manos, cual si se tratase de garras, para aferrarme por la cintura mientras profería el más escalofriante de los alaridos.

Mi cuerpo dio un salto hacia atrás, para no quedar a su alcance. Corrí hacia el coche, pero con inconcebible agilidad se echó ante mí, haciéndome dar un traspié. Caí boca abajo y me asió por el pie izquierdo. Encogí la pierna derecha, y le habría propinado un puntapié en la cara si no se hubiese separado de mí, dejándose caer de espaldas. Me puse en pie de un salto y traté de abrir la portezuela del auto. Me arrojé sobre el capó para pasar al otro lado pero, de algún modo, doña Soledad llegó a él antes que yo. Intenté retroceder, siempre rodando sobre el capó, pero en medio de la maniobra sentí un agudo dolor en la pantorrilla derecha. Me había sujetado por la pierna. No pude pegarle con el pie izquierdo; me tenía sujeto por ambas piernas contra el capó. Me atrajo hacia ella y le caí encima. Luchamos en el suelo. Su fuerza era magnífica y sus alaridos aterradores. Apenas si podía moverme bajo la inmensa presión de su cuerpo. No era una cuestión de peso, sino más bien de potencia, y ella la tenía. De pronto oí un gruñido y el enorme perro saltó sobre su espalda y la apartó de mí. Me puse de pie. Quería entrar al coche pero mujer y perro luchaban junto a la puerta. El único refugio era la casa. Llegué a ella en uno o dos segundos. No me volví a mirarlos: me precipité dentro y cerré la puerta de inmediato, asegurándola con la barra de hierro que había tras ella. Corrí hacia el fondo y repetí la operación con la otra puerta.

Desde el interior alcanzaba a oír los furiosos gruñidos del perro y los chillidos inhumanos de la mujer. Entonces, súbitamente, el gruñir y el ladrar del animal se trocaron en gañidos y aullidos, como si experimentase dolor, o algo que lo atemorizase. Sentí una sacudida en la boca del estómago. Mis oídos comenzaron a zumbar. Comprendí que estaba atrapado en la casa. Tuve un acceso de terror. Me sublevaba mi propia estupidez al correr hacia la casa. El ataque de la mujer me había desconcertado a tal punto que había perdido todo sentido de la estrategia y me había comportado como si escapase de un contrincante corriente del que fuera posible deshacerse por medio del simple expediente de cerrar una puerta. Oí que alguien llegaba hasta la puerta y se apoyaba en ella, tratando de abrirla por la fuerza. Luego hubo violentos golpes y estrépito.

‑Abre la puerta ‑dijo doña Soledad con voz seca‑. Ese condenado perro me ha herido.

Consideré la posibilidad de dejarla entrar. Me vino a la memoria el recuerdo de un enfrentamiento con una bruja, que había tenido lugar años atrás, la cual, según don Juan, cambiaba de forma con el fin de enloquecerme y darme un golpe mortal. Evidentemente, doña Soledad no era tal como yo la había conocido, pero yo tenía razones para dudar que fuese una bruja. El elemento tiempo desempeñaba un papel preponderante en relación con mi convicción. Pablito, Néstor y yo llevábamos años de relación con don Juan y don Genaro y no éramos brujos; ¿cómo podía serlo doña Soledad? Por grande que fuese su transformación, era imposible que hubiera improvisado algo que cuesta toda una vida lograr.

‑¿Por qué me atacó? ‑pregunté, hablando con voz lo bastante fuerte como para ser oído desde el otro lado de la maciza puerta.

Respondió que el Nagual le había dicho que no me dejase partir. Le pregunté por qué.

No contestó; en cambio, golpeó la puerta furiosamente, a lo que yo respondí golpeando a mi vez con más fuerza. Seguimos aporreando la puerta durante varios minutos. Se detuvo y comenzó a rogarme que le abriera. Sentí una oleada de energía nerviosa. Comprendí que si abría, tendría una oportunidad de huir. Quité la tranca. Entró tambaleándose. Llevaba la blusa desgarrada. La banda que sujetaba su cabello se había caído y las largas greñas le cubrían el rostro.

‑¡Mira lo que me ha hecho ese perro bastardo! ‑au­lló‑. ¡Mira! ¡Mira!

Respiré hondo. Se la veía un tanto aturdida. Se sen­tó en un banco y comenzó a quitarse la blusa hecha jiro­nes. Aproveché ese momento para salir corriendo de la casa y precipitarme hacia el coche. Con una velocidad que sólo podía ser hija del miedo, entré en él, cerré la por­tezuela, conecté el motor automáticamente y puse la marcha atrás. Aceleré y volví la cabeza para mirar por la ventanilla posterior. Al hacerlo sentí un aliento cáli­do en el rostro; oí un horrendo gruñido y vi en un ins­tante los ojos demoníacos del perro. Estaba en el asien­to trasero. Vi sus terribles dientes junto a mis ojos. Bajé la cabeza. Sus dientes alcanzaron a cogerme el cabello. Debo de haberme hecho un ovillo en el asiento, y, al ha­cerlo, retirado el pie del embrague. La sacudida que dio el coche hizo perder el equilibrio al animal. Abrí la por­tezuela y salí a toda prisa. La cabeza del perro asomó también por la portezuela. Faltaron pocos centímetros para que me mordiera los tobillos y alcancé a oír el rui­do que hacían sus dientes al cerrar firmemente las mandíbulas. El coche comenzó a deslizarse hacia atrás y yo eché a correr nuevamente, esta vez hacia la casa. Me detuve antes de llegar a la puerta.

Doña Soledad estaba allí parada. Se había vuelto a recoger el pelo. Se había echado un chal sobre los hom­bros. Me miró fijamente por un instante y luego se echó a reír, muy suavemente al principio, como si hacerlo le provocase dolor en las heridas, y luego estrepitosamente, Me señalaba con un dedo y se sostenía el estómago mientras se retorcía de risa. Se movía hacia delante y hacia atrás, encorvándose e irguiéndose, como para no perder el aliento. Estaba desnuda por encima de la cin­tura. Veía sus pechos, agitados por las convulsiones de la risa.

Me sentí perdido. Miré el coche. Se había detenido tras retroceder un metro o metro y medio; la portezuela se había vuelto a cerrar, atrapando al perro en el interior. Veía y oía a la enorme bestia mordiendo el respaldo del asiento delantero y dando zarpazos contra las ventanillas.

La situación me obligaba a tomar una muy singular decisión. No sabía a quién temer más, si a doña Soledad o al perro. Concluí, tras un instante de reflexión, que el perro no era más que una bestia estúpida.

Volví corriendo al coche y me subí al techo. El ruido encolerizó al perro. Le oí desgarrar el tapizado. Tendido sobre el techo, conseguí abrir la portezuela del lado del conductor. Tenía la intención de abrir las dos, y deslizarme del techo al interior del automóvil a través de una de ellas, tan pronto como el perro hubiese salido por la otra. Me estiré nuevamente, para abrir la puerta derecha. Había olvidado que estaba asegurada. En ese momento, la cabeza del perro asomó por la portezuela abierta. Sentí pánico ciego ante la idea de que pudiese salir del auto y ganar el techo de un salto.

Tardé menos de un segundo en saltar al suelo y llegar a la puerta de la casa.

Doña Soledad aguardaba en la entrada. El reír le exigía ya esfuerzos supremos, en apariencia casi dolorosos.

El perro se había quedado dentro del coche, aún espumajeando de rabia. Al parecer, era demasiado grande y no lograba hacer pasar su voluminoso cuerpo por sobre el respaldo del asiento delantero. Fui hasta el coche y volví a cerrar la portezuela con delicadeza. Me puse a buscar una vara cuya longitud me permitiese maniobrar para quitar el seguro de la puerta derecha.

Busqué en la zona de delante de la casa. No había por allí siquiera un trozo de madera. Doña Soledad, entretanto, se había ido adentro. Consideré mi situación. No tenía otra alternativa que recurrir a su ayuda. Presa de gran agitación, crucé el umbral, mirando en todas direcciones y sin descartar la posibilidad de que estuviese escondida tras la puerta, esperándome.

‑¡Doña Soledad! ‑grité.

‑¿Qué diablos quieres? ‑gritó a su vez, desde su habitación.

‑¿Me haría el favor de salir y sacar a su perro de mi coche? ‑dije.

‑¿Estás bromeando? ‑replicó‑. Ese perro no es mío. Ya te lo he dicho; pertenece a mis niñas.

‑¿Dónde están sus niñas? ‑pregunté.

‑Están en las montañas ‑respondió.

Salió de su habitación y se encaró conmigo.

‑¿Quieres ver lo que me ha hecho ese condenado perro? ‑preguntó en tono seco‑. ¡Mira!

Se quitó el chal y me mostró la espalda desnuda.

No encontré en ella marcas visibles de dientes; había tan sólo unos pocos, largos rasguños que bien podía haberse hecho frotándose contra el áspero suelo. Por otra parte, podía haberse arañado al atacarme.

‑No tiene nada ‑dije.

‑Ven a mirarlo a la luz dijo, y cruzó la puerta.

Insistió en que buscase cuidadosamente marcas de los dientes del perro. Me sentía estúpido. Tenía una sensación de pesadez en torno de los ojos, especialmente sobre las cejas. No le hice caso y salí. El perro no se había movido y comenzó a ladrar en cuanto traspuse la puerta.

Me maldije. Yo era el único culpable. Había caído en esa trampa como un idiota. En ese preciso momento se me ocurrió la posibilidad de ir andando al pueblo. Pero mi cartera, mis documentos, todas mis pertenencias, se hallaban en el piso del coche, exactamente bajo las patas del perro. Tuve un acceso de desesperación. Era inútil caminar hasta el pueblo: El dinero que tenía en los bolsillos no alcanzaba siquiera para una taza de café. Además no conocía un alma allí. No tenía más alternativa que hacer salir al perro del auto.

‑¿Qué clase de alimentos come este perro? ‑grité desde la puerta.

‑¿Por qué no pruebas dándole una pierna? ‑respondió doña Soledad, también gritando, desde su habitación, a la vez que soltaba una risa aguda.

Busqué algo de comer en la casa. Las ollas estaban vacías. No podía hacer otra cosa que volver a encararla. Mi desesperación se había trocado en cólera. Irrumpí en su habitación, dispuesto a una lucha a muerte. Estaba echada en la cama, cubierta con el chal.

‑Por favor, perdóname por haberte hecho todas esas cosas ‑dijo con sencillez, mirando al techo.

Su audacia dio por tierra con mi cólera.

‑Debes comprender mi posición ‑prosiguió‑. No podía dejarte ir.

Rió suavemente y, con voz clara, serena y muy agra­dable, dijo que la llenaba de remordimiento el ser ávida y torpe, que había estado a punto de ahuyentarme con sus bufonadas, pero que la situación, de pronto, había variado. Hizo una pausa y se sentó en la cama, cubrién­dose los pechos con el chal; agregó luego que una extra­ña confianza había ganado su cuerpo. Levantó la vista al techo e hizo con los brazos un movimiento misterioso, rítmico, semejante al de los molinos de viento.

‑Ya no hay modo de que te vayas ‑dijo.

Me examinó atentamente, sin reír. Mi sentimiento de ira era menos violento, pero mi desesperación era más intensa que nunca. Comprendía que, en términos de fuerza bruta, me era imposible competir, tanto con ella como con el perro.

Dijo que nuestro encuentro estaba acordado desde hacía muchos años, y que ninguno de los dos contaba con el poder necesario para abreviar el lapso que debía­mos pasar juntos, ni para separarse del otro.

-No derroches energías en tentativas de irte ‑dijo‑. Es tan inútil que trates de hacerlo como que yo trate de retenerte. Algo que se encuentra más allá de tu voluntad te liberará, y algo que se encuentra más allá de mi vo­luntad te retendrá aquí.

De algún modo, su confianza no sólo la había dulcifi­cado, sino que la había dotado de un gran dominio sobre las palabras. Sus aseveraciones eran convincentes y muy claras. Don Juan siempre había dicho que yo era un alma crédula cuando se entraba en el terreno de las palabras. Me sorprendí pensando, mientras ella habla­ba, que en realidad no era tan temible como yo creía. Daba la impresión de no estar ni siquiera resentida. Mi razón se sentía casi a gusto, pero otra parte de mi ser se rebelaba. Todos mis músculos estaban tensos como alambres, y, sin embargo, me veía forzado a admitir que, a pesar de que me había asustado hasta el punto de sacarme de mis cabales, la encontraba muy atracti­va. Me miró fijamente.

‑Te demostraré la inutilidad de tratar de escapar ‑dijo, saltando de la cama‑. Voy a ayudarte. ¿Qué ne­cesitas?

Me contemplaba con ojos extrañamente brillantes. La pequeñez y blancura de sus dientes daban a su sonri­sa un toque diabólico. La cara, mofletuda, se veía extraordinariamente tersa, sin la menor arruga. Dos lí­neas bien definidas iban de los lados de su nariz a las comisuras de sus labios, dando al rostro una apariencia de madurez, sin envejecerlo. Al levantarse de la cama dejó caer descuidadamente el chal, poniendo en descu­bierto la plenitud de sus senos. No se cuidó de cubrirse. Por el contrario, aspiró profundamente y alzó los pechos.

‑Ah, lo has advertido, ¿no? ‑dijo, y meció su cuer­po como si estuviese satisfecha de sí misma‑. Siempre llevo el cabello recogido. El Nagual me lo recomendó. Al llevarlo tirante, mi rostro es más joven.

Yo estaba seguro de que se iba a referir a sus pe­chos. Su salida me sorprendió.

‑No quiero decir que la tirantez del cabello me haga parecer más joven ‑prosiguió, con una sonrisa encantadora‑. Sino que me hace realmente más joven.

‑¿Cómo es posible? ‑pregunté.

Me respondió con otra pregunta. Quiso saber si yo había entendido correctamente a don Juan cuando él decía que todo era posible si uno tenía un firme propósi­to. Yo pretendía una explicación más precisa. Me inte­resaba saber qué hacía, además de estirarse el pelo, para parecer tan joven. Dijo que se tendía sobre la cama y se vaciaba de toda clase de pensamientos y sentimien­tos y permitía que las líneas del piso de su alcoba se lle­varan las arrugas. Le exigí más detalles: impresiones, sensaciones, percepciones que hubiese experimentado en esos momentos. Insistió en que no sentía nada, en que ignoraba el modo de acción de las líneas del piso, y en que lo único que sabía era cómo impedir que los pensamientos interfiriesen.

Me puso las manos sobre el pecho y me apartó con suma delicadeza. Al parecer, quería indicarme con ese gesto que ya le había preguntado lo suficiente. Salió por la puerta trasera. Le dije que necesitaba una vara lar­ga. Se dirigió a una pila de leña, pero allí no había va­ras largas. Le sugerí que me consiguiese un par de cla­vos, con la finalidad de unir dos trozos de esa madera. Buscamos clavos infructuosamente por toda la casa. Como último recurso, hube de quitar la vara más larga que encontré, una de las que Pablito había empleado en la construcción del gallinero del fondo. El madero, si bien algo endeble, parecía hecho para mi propósito.

Doña Soledad no había sonreído ni bromeado en el curso de la búsqueda. Aparentemente, estaba dedicada por entero a ayudarme. Tal era su concentración que llegué a pensar que me deseaba éxito.

Fui hasta el coche, munido del palo largo y de otro, de menores dimensiones, cogido del montón de leña. Doña Soledad permaneció junto a la puerta de la casa.

Comencé por distraer al perro con el más corto de los palos, sostenido con la mano derecha, a la vez que, con la otra, intentaba hacer saltar el seguro del lado opuesto, valiéndome del más largo. El perro estuvo a punto de morderme la mano derecha; hube de dejar caer el madero corto. La irritación y la fuerza de la enorme bestia eran tan inmensas que me vi al bor­de de soltar también el largo. El animal estaba a punto de partirlo en dos cuando doña Soledad acudió en mi ayuda; dando golpes en la ventanilla posterior, atrajo la atención del perro, haciéndolo desistir de su intento.

Alentado por su maniobra de distracción, me lancé de cabeza sobre el asiento de delante, deslizándome hacia el lado opuesto; de algún modo, me las arreglé para quitar la traba de seguridad. Intenté una retirada inmediata, pero el perro cargó sobre mí con todas sus fuerzas y logró introducir su macizo lomo y sus zarpas delanteras en la parte anterior del coche, descargándolas sobre mí antes de que me fuese posible retroceder, Sentí sus patas en la espalda. Me arrastré. Sabía que me iba a destrozar. Bajó la cabeza con intenciones asesinas, pero, en vez de atacarme, mordió el volante. Conseguí escurrirme y, en un solo movimiento, trepé, al capó primero y al techo luego. Estaba lleno de magulladuras.

Abrí la portezuela derecha. Pedí a doña Soledad que me alcanzara la vara larga y, valiéndome de ella, moví la palanca que aseguraba el respaldo. Supuse que quizá molestando al perro, lo obligaría a empujarlo hacia de­lante y tendría así más espacio para salir del coche. No obstante no se movió. En cambio, mordió furiosamente la vara.

En ese momento, doña Soledad ganó el techo de un salto y se tendió cerca de mí. Quería ayudarme a moles­tar al perro. Le dije que no podía quedarse allí porque en cuanto el animal saliera yo iba a meterme en el co­che y largarme. Le agradecí su apoyo y le expresé que lo más conveniente era que volviese a la casa. Se encogió de hombros, puso pie en tierra y regresó a la puerta. Nuevamente, oprimí la manecilla y provoqué al perro con mi vara, agitándosela ante los ojos y el hocico. La furia de la bestia superaba todo lo que yo había visto, pero no se la veía dispuestas a abandonar el lugar. Sus sólidas mandíbulas terminaron por arrebatarme el palo de las manos. Me bajé para recogerlo de debajo del au­tomóvil. De pronto oí el grito de doña Soledad.

‑¡Cuidado! ¡Sale!

Levanté la vista hacia el coche. El perro pasaba por sobre el asiento. Sus patas posteriores estaban atrapa­das por el volante; de no ser por ello, habría salido.

Me lancé hacia la casa y logré entrar en ella exacta­mente a tiempo para evitar que el animal me derribase. Su ímpetu era tal que dio contra la puerta.

A la vez que trancaba la puerta con la barra de hie­rro, doña Soledad hablaba, con voz chillona.

‑Te dije que era inútil.

Se aclaró la garganta y se volvió a mirarme.

‑¿No puede atar al perro? ‑pregunté.

Estaba seguro de que me daría una respuesta caren­te de sentido, pero, para mi asombro, dijo que debía in­tentarlo todo, incluso atraer al perro a la casa y ence­rrarlo allí.

Su idea me sedujo. Abrí con sumo cuidado la puerta. El animal no se hallaba lejos. Me arriesgué a salir, aun­que sin alejarme demasiado. No se lo veía. Tenía la es­peranza de que hubiese regresado a su corral. Estaba dispuesto a lanzarme hacia el coche cuando oí un sordo gruñido, y divisé la sólida cabeza del animal en el inte­rior del mismo. Había trepado al asiento delantero.

Doña Soledad tenía razón: era inútil intentarlo. Me invadió una oleada de tristeza. De algún modo, presen­tía que mi final estaba cerca. En un súbito acceso de ab­soluta desesperación, dije a doña Soledad que iba a bus­car un cuchillo a la cocina y que estaba dispuesto a matar al perro, o a que él me matara. No lo hice porque no había un solo objeto metálico en toda la casa.

‑¿Acaso no te enseñó el Nagual a aceptar tu desti­no? ‑preguntaba doña Soledad mientras me seguía los pasos‑. Ese, el de allí fuera, no es un perro corriente. Ese perro tiene poder. Es un guerrero. Hará lo que ten­ga que hacer. Incluso matarte.

Por un momento experimenté un sentimiento de frustración incontrolable, la cogí por los hombros y gru­ñí. No se mostró sorprendida ni molesta por mi súbito arranque. Se volvió y dejó caer el chal. Su espalda era fuerte y hermosa. Sentí un irreprimible deseo de gol­pearla, pero, en cambio, deslicé la mano por sus hom­bros. Tenía una piel suave y tersa. Tanto sus brazos como sus hombros eran fornidos, sin llegar a ser grue­sos. Aparentemente, una mínima capa de gordura con­tribuía a redondear sus músculos y dar tersura a la parte superior de su cuerpo; cuando, con las yemas de los dedos, llegué a hacer presión sobre esas partes, al­cancé a sentir la solidez de invisibles carnes bajo la lím­pida superficie. No quise mirar sus pechos.

Se dirigió a un lugar techado, en la parte trasera de la casa, que hacía las veces de cocina. La seguí. Se sentó en un banco y, con tranquilidad, se lavó los pies en un barreño. Mientras se ponía las sandalias corrí hasta un nuevo cobertizo que había sido construido en los fondos. Cuando regresé, la hallé de pie junto a la puerta.

‑A ti te gusta hablar ‑dijo despreocupadamente, mientras me llevaba hacia la habitación‑. No hay pri­sa. Podemos conversar hasta siempre.

Sacó mi libreta de notas del cajón superior de la có­moda y me la tendió con exagerada delicadeza. Ella misma debía de haberla puesto allí. Luego retiró la col­cha, la dobló cuidadosamente y la colocó encima de la misma cómoda. Advertí entonces que las dos cómodas eran del mismo color que las paredes, blanco amarillen­to, y que la cama, sin colcha, era de un rosa subido, muy semejante al del piso. La colcha, por su parte, era de tono castaño oscuro, al igual que la madera del techo y la de los postigos de las ventanas.

‑Conversemos ‑dijo, sentándose cómodamente en la cama tras quitarse las sandalias.

Recogió las piernas hasta ponerlas en contacto con sus pechos desnudos. Parecía una niña. Sus maneras agresivas y dominantes se habían mitigado, trocándose en una actitud encantadora. En aquel momento era la antítesis de lo que había sido antes. Dado el modo en que me instaba a tomar notas, no pude menos de reír­me. Me recordaba a don Juan.

‑Ahora tenemos tiempo ‑dijo‑. El viento ha cambiado. ¿Te has dado cuenta?

Me había dado cuenta. Dijo que la nueva dirección del viento era para ella la más benéfica, de modo que el viento se había convertido en su auxiliar.

-¿Qué sabe usted del viento, doña Soledad? ‑pregunté, y me senté con la mayor serenidad a los pies de la cama.

‑Únicamente lo que me enseñó el Nagual ‑dijo‑. Cada una de nosotras, las mujeres, posee su dirección singular, un viento personal. Los hombres, no. Yo soy el viento del Norte; cuando sopla, soy diferente. El Nagual decía que un guerrero puede usar su viento particular para lo que mejor le plazca. Yo lo he empleado para embellecer mi cuerpo y renovarlo. ¡Mírame! Soy el viento del Norte. Siénteme entrar por la ventana.

Un fuerte viento se abrió paso por la ventana, estratégicamente situada cara al Norte.

‑¿Por qué cree usted que los hombres no poseen un viento? ‑pregunté.

Tras pensarlo un momento, respondió que el Nagual nunca había mencionado la causa.

‑Querías saber quién hizo este piso ‑dijo, cubriéndose los hombros con la manta‑. Yo misma. Me llevó cuatro años colocarlo. Ahora, este piso es como yo.

Mientras ella hablaba, advertí que las líneas convergentes del piso estaban orientadas de tal modo que hallaban su origen en el Norte. Los muros, no obstante, no se correspondían con precisión con los puntos cardinales; por ello la cama formaba extraños ángulos con los mismos, e igual cosa sucedía con las líneas de las losas de arcilla.

‑¿Por qué hizo el piso de color rojo, doña Soledad?

‑Es mi color. Yo soy roja, como tierra roja. Traje la arcilla roja de las montañas de por aquí. El Nagual me indicó dónde buscarla, y también me ayudó a acarrearla, y lo mismo hicieron los demás. Todos me ayudaron.

‑¿Cómo coció la arcilla?

‑El Nagual me hizo cavar un hoyo. Lo llenamos de leña y luego apilamos las losas de arcilla encima, con trozos chatos de roca entre una y otra. Cubrimos el hoyo con una capa de barro y prendimos fuego a la madera. Ardió durante días.

‑¿Cómo hicieron para que las losas no se torcieran?

‑Eso no lo conseguí yo. Lo hizo el viento; el viento del Norte, que sopló mientras el fuego estuvo encendido. El Nagual me enseñó cómo hacer para cavar el hoyo de modo que mirase al Norte y al viento del Norte. También me hizo hacer cuatro agujeros para que el viento del Norte se introdujese en el pozo. Luego me hizo hacer un agujero en el centro de la capa de lodo, para dar salida al humo. El viento hizo arder la madera durante días; una vez todo se hubo enfriado, abrí el hoyo y empecé a pulir y nivelar las losas. Tardé un año en hacer todas las losas que necesitaba para mi piso.

‑¿Cómo se le ocurrió el dibujo?

‑El viento me enseñó eso. Cuando hice mi piso, el Nagual ya me había enseñado a no oponerme al viento. Me había mostrado el modo de entregarme a mi viento y dejar que me guiase. Tardó muchísimo en hacerlo, años y años. Yo era una vieja muy difícil, muy necia al principio; él mismo me lo decía, y tenía razón. Pero aprendí pronto. Tal vez porque era vieja y ya no tenía nada que perder. Al comenzar, lo que hacía todo más problemático era el miedo que sentía. La sola presencia del Nagual me hacía tartamudear y desvanecerme. El Nagual surtía el mismo efecto sobre los demás. Era su destino ser tan temible.

Se detuvo y me miró.

‑El Nagual no es humano ‑dijo.

‑¿Qué la lleva a decir eso?

‑El Nagual es un demonio desde quién sabe cuándo.

Sus palabras me hicieron estremecer. Sentía batir mi corazón. Era indudable que la mujer no podía tener mejor interlocutor. Estaba infinitamente intrigado. Le ro­gué que me explicase lo que había querido decir con eso.

‑Su contacto cambia a la gente -dijo‑. Tú lo sabes. Cambió tu cuerpo. En tu caso, ni siquiera eras consciente de que lo estaba haciendo. Pero se metió en tu viejo cuerpo. Puso algo en él. Lo mismo hizo conmigo. Dejó algo en mi interior, y ese algo me ha ocupado por entero. Sólo un demonio puede hacer eso. Ahora soy el viento del Norte y no temo a nada, ni a nadie. Pero antes de que él me cambiara yo era una vieja débil y fea, capaz de desmayarse con sólo oír su nombre. Pablito, desde luego, no estaba en condiciones de ayudarme, porque temía al Nagual más que a la muerte.

»Un día, el Nagual y Genaro vinieron a la casa, cuando yo estaba sola. Les oí, rondando como jaguares, cerca de la puerta. Me santigüé; para mí, eran dos demonios, pero salí a ver qué podía hacer por ellos. Tenían hambre y con mucho gusto les serví de comer. Tenía unos tazones bastos, hechos de calabaza, y puse uno lleno de sopa a cada uno. Al Nagual, al parecer, no le gustó la comida; no quería comer nada preparado por una mujer tan decrépita y, con fingida torpeza, hizo caer el tazón de la mesa con un movimiento del brazo. Pero el tazón, en vez de darse vuelta y derramar todo su contenido por el suelo, resbaló con la fuerza del golpe del Nagual y fue a caer exactamente a mis pies, sin que de él saliese una sola gota. En realidad, aterrizó sobre mis pies, y allí quedó hasta que me agaché y lo alcé. Lo puse sobre la mesa, ante él, y le dije que a pesar de ser una mujer débil y haberle temido siempre, le había preparado la comida con cariño.

»A partir de ese preciso momento, la actitud del Nagual hacia mí cambió. El hecho de que el tazón de sopa cayese sobre mis pies y no se derramara le demostró que un poder me señalaba. No lo supe en aquel momento y pensé que su cambio en relación conmigo se debía a un sentimiento de vergüenza por haber rechazado mi comida. No percibí de inmediato su transformación. Seguía petrificada y ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos. Pero comenzó a prestarme cada vez más atención.

Inclusive, me trajo regalos: un chal, un vestido, un pei­ne y otras cosas. Eso me hacía sentir terriblemente mal. Tenía vergüenza porque creía que era un hombre en busca de mujer. El Nagual disponía de muchachas jóve­nes, ¿qué iba a querer con una vieja como yo? Al princi­pio no quise usar, y ni siquiera mirar, sus regalos, pero Pablito me persuadió y terminé por ponérmelos. Tam­bién comencé a temerle más y a no querer estar con él a solas. Sabía que era un hombre diabólico. Sabía lo que había hecho a su mujer.

No pude dejar de interrumpirla. Le dije que jamás había oído hablar de mujer alguna en la vida de don Juan.

‑Sabes a qué me refiero ‑dijo.

‑Créame, doña Soledad, no lo sé.

‑No me engañes. Sabes que hablo de la Gorda.

La única «Gorda» que yo conocía era la hermana de Pablito; la muchacha debía el mote a su enorme volu­men. Yo había intuido, si bien nadie me había dicho ja­más nada sobre el tema, que no era en realidad hija de doña Soledad. No quise forzarla a que me diese más in­formación. Recordé de pronto que la joven había desapa­recido de la casa y nadie había podido darme razón -o no se había atrevido a ello‑ de qué le había sucedido.

‑Un día me encontraba sola en la entrada de la casa ‑prosiguió doña Soledad‑. Me estaba peinando al sol con el peine que me había dado el Nagual; no ha­bía advertido su llegada ni reparado en que estaba de pie detrás de mí. De pronto, sentí sus manos, cogiéndo­me por la barbilla. Le oí cuando me dijo en voz muy queda que no debía moverme porque se me podía que­brar el cuello. Me hizo torcer la cabeza hacia la izquier­da. No completamente, sino un poco. Me asusté muchí­simo y chillé y traté de zafarme de sus garras, pero tuvo mi cabeza sujeta por un tiempo muy largo.

»Cuando me soltó la barbilla, me desmayé. No re­cuerdo lo que sucedió luego. Cuando recobré el conoci­miento estaba tendida en el suelo, en el mismo lugar en que estoy sentada en este momento. El Nagual se había ido. Yo me sentía tan avergonzada que no quería ver a nadie, y menos aún a la Gorda. Durante una larga tem­porada di en pensar que el Nagual jamás me había tor­cido el cuello y que todo había sido una pesadilla.

Se detuvo. Aguardé una explicación de lo que había ocurrido. Se la veía distraída; quizá preocupada.

‑¿Qué fue exactamente lo que sucedió, doña Sole­dad? ‑pregunté, incapaz de contenerme‑. ¿Le hizo algo?

‑Sí. Me torció el cuello con la finalidad de cambiar la dirección de mis ojos ‑dijo, y se echó a reír de buena gana ante mi mirada de sorpresa.

‑Entonces, ¿él…?

‑Sí. Cambió mi dirección ‑prosiguió, haciendo caso omiso de mis inquisiciones‑. Lo mismo hizo conti­go y con todos los demás.

‑Es cierto. Lo hizo conmigo. Pero, ¿por qué cree que lo hizo?

‑Tenía que hacerlo. Esa es, de todas las cosas que hay que hacer, la más importante.

Se refería a un acto singular que don Juan estimaba absolutamente imprescindible. Yo nunca había hablado de ello con nadie. En realidad, se trataba de algo casi ol­vidado para mí. En los primeros tiempos de mi aprendi­zaje hubo una oportunidad en que encendió dos peque­ñas hogueras en las montañas de México Septentrional. Estaban alejadas entre sí unos seis metros. Me hizo si­tuar a una distancia similar de ellas, manteniendo el cuerpo, especialmente la cabeza, en una postura muy natural y cómoda. Entonces me hizo mirar hacia uno de los fuegos y, acercándose a mí desde detrás, me torció el cuello hacia la izquierda, alineando mis ojos, pero no mis hombros, con el otro fuego. Me sostuvo la cabeza en esa posición durante horas, hasta que la hoguera se ex­tinguió. La nueva dirección era la Sudeste; tal vez sea mejor decir que había alineado el segundo fuego según la dirección Sudeste. Yo había tomado todo el proceso como una más de las inescrutables peculiaridades de don Juan, uno de sus ritos sin sentido.

‑El Nagual decía que todos desarrollamos en el curso de la vida una dirección según la cual miramos ‑prosiguió ella‑. Esa dirección termina por ser la de los ojos del espíritu. Según pasan los años esa dirección se desgasta, se debilita y se hace desagradable y, puesto que estamos ligados a esa dirección particular, nos hacemos débiles y desagradables. El día en que el Nagual me torció el cuello y no me soltó hasta que me desmayé de miedo, me dio una nueva dirección.

‑¿Qué dirección le dio?

‑¿Por qué lo preguntas? ‑dijo, con una energía innecesaria‑. ¿Acaso piensas que el Nagual me dio una dirección diferente?

-Yo puedo decirle qué dirección me dio a mí ‑dije.

‑¡No me importa! ‑espetó‑. Eso ya me lo ha dicho él.

Parecía estar agitada. Cambió de posición, tendiéndose sobre el estómago. Me dolía la espalda a causa de la postura a que me obligaba el escribir. Le pregunté si me podía sentar en el suelo y emplear la cama a modo de mesa. Se incorporó y me tendió el cobertor doblado para que lo usase como cojín.

‑¿Qué más le hizo el Nagual? ‑pregunté.

‑Tras cambiar mi dirección, el Nagual comenzó, a decir verdad, a hablarme del poder ‑dijo, volviendo a tenderse‑. Al principio mencionaba cosas sin propósito fijo, porque no sabía exactamente qué hacer conmigo. Un día me llevó a una corta excursión a pie por las sierras. Luego, otro día, me llevó en autobús a su tierra natal, en el desierto. Poco a poco, me fui acostumbrando a ir con él.

‑¿Alguna vez le dio plantas de poder?

‑Una vez me dio a Mescalito, cuando estábamos en el desierto. Pero, como yo era una mujer vacía, Mescalito me rechazó. Tuve un horrible encuentro con él. Fue entonces que el Nagual supo que debía ponerme al corriente del cambio de viento. Eso sucedió, desde luego, una vez hubo tenido un presagio. Pasó todo ese día repitiendo, una y otra vez, que, si bien él era un brujo que había aprendido a ver, si no tenía un presagio, no tenía modo de saber qué camino tomar. Ya había esperado durante días cierta indicación acerca de mí. Pero el poder no quería darla. Desesperado, supongo, me presentó a su guaje, y vi a Mescalito.

La interrumpí. Su uso de la palabra «guaje», calabaza, me resultaba confuso. Examinada en el contexto de lo que me estaba diciendo, el término carecía de sentido. Pensé que tal vez estuviese hablando en sentido metafórico, o que «calabaza» fuese un eufemismo.

‑¿Qué es un guaje, doña Soledad?

Hubo sorpresa en su mirada. Hizo una pausa antes de responder.

‑Mescalito es el guaje del Nagual ‑dijo al fin.

Su respuesta era aún más confusa. Me sentí mortificado porque se la veía realmente interesada en que yo comprendiera. Cuando le pedí que me explicase más, insistió en que yo mismo sabía todo. Era la estratagema favorita de don Juan para dar por tierra con mis investigaciones. Le expliqué que don Juan me había dicho que Mescalito era una deidad o fuerza contenida en los brotes del peyote. Decir que Mescalito era su calabaza carecía completamente de sentido.

‑Don Juan puede informar acerca de todo valiéndose de su calabaza dijo tras una pausa ‑. Ésa es la clave de su poder. Cualquiera puede darte peyote, pero sólo un brujo, con su calabaza, puede presentarte a Mescalito.

Calló y me clavó la vista. Su mirada era feroz.

‑¿Por qué tienes que hacerme repetir lo que ya sabes? ‑preguntó con enfado.

Su súbito cambio me desconcertó completamente. Tan sólo un momento antes se había comportado de un modo casi dulce.

‑No hagas caso de mis cambios de humor ‑dijo, volviendo a sonreír ‑. Soy el viento del Norte. Soy muy impaciente. Nunca en mí vida me atreví a hablar con franqueza. Ahora no temo a nadie. Digo lo que siento. Para conocerme debes ser fuerte.

Se arrastró sobre su estómago, acercándose a mí.

‑Bien; el Nagual me habló acerca del Mescalito que salía de su calabaza ‑prosiguió‑. Pero ni siquie­ra sospechaba lo que me iba a suceder. Él esperaba que las cosas se desarrollasen de un modo semejante a aquel en que tú o Eligio conocieron a Mescalito. En ambos ca­sos ignoraba qué hacer, y permitía que su calabaza de­cidiese el siguiente paso. En ambos casos su calabaza lo ayudó. Conmigo fue diferente; Mescalito le dijo que no me llevara nunca. El Nagual y yo dejamos el lugar a toda prisa. Fuimos hacia el Norte, en vez de venir a casa. Cogimos un autobús rumbo a Mexicali, pero baja­mos de él en medio del desierto. Era muy tarde. El sol se escondía tras las montañas. El Nagual quería atra­vesar la carretera y dirigirse hacia el Sur a pie. Está­bamos esperando que pasasen algunos automóviles lanzados a toda velocidad, cuando de pronto me dio unos golpecitos en el hombro y me señaló el camino, delante nuestro. Vi un remolino de polvo. Una ráfaga levantaba tierra a un costado de la carretera. Lo vimos acercarse a nosotros. El Nagual cruzó al otro lado de la ruta corriendo y el viento me envolvió. En realidad, me hizo dar unas vueltas, con mucha delicadeza, y luego se desvaneció. Era el presagio que el Nagual esperaba en relación conmigo. Desde entonces, fuimos a las mon­tañas o al desierto en busca del viento. Al principio, el viento me rechazaba, porque yo era mi antiguo ser. Así que el Nagual se esforzó por cambiarme. Primero me hizo hacer esta habitación y este piso. Luego me hizo usar ropas nuevas y dormir sobre un colchón, en vez de un jergón de paja. Me hizo usar zapatos, y tengo cajo­nes llenos de vestidos. Me obligó a caminar cientos de kilómetros y me enseñó a estarme quieta. Aprendí muy rápido. También me hizo hacer cosas raras sin motivo alguno.

»Un día, cuando nos encontrábamos en las montañas de su tierra natal, escuché el viento por primera vez. Penetró directamente en mi matriz. Yo yacía sobre una roca plana y el viento giraba a mi alrededor. Ya lo había visto ese día, arremolinándose en torno de los arbustos; pero esa vez llegó a mí y se detuvo. Lo sentí como a un pájaro que se hubiese posado sobre mi estómago. El Nagual me había hecho quitar toda la ropa; estaba completamente desnuda, pero no tenía frío porque el viento me abrigaba.

‑¿Tenía miedo, doña Soledad?

‑¿Miedo? Estaba petrificada. El viento tenía vida; me lamía desde la cabeza hasta la punta de los pies y se metía en todo mi cuerpo. Yo era como un balón, y el viento salía de mis oídos y mi boca y otras partes que prefiero no mencionar. Pensé que iba a morir, y habría echado a correr si el Nagual no me hubiera mantenido sujeta a la roca. Me habló al oído y me tranquilizó. Quedé allí tendida, serena, y dejé que el viento hiciese de mí lo que quisiera. Fue entonces que el viento me dijo qué hacer.

‑¿Qué hacer con qué?

‑Con mi vida, mis cosas, mi habitación, mis sentimientos. En un principio no me resultó claro. Creí que se trataba de mis propios pensamientos. El Nagual me dijo que eso nos sucede a todos. No obstante, cuando nos tranquilizamos, comprendemos que hay algo que nos dice cosas.

‑¿Oyó una voz?

‑No. El viento se mueve dentro del cuerpo de una mujer. El Nagual dice que se debe a que tenemos útero. Una vez dentro del útero, el viento no hace sino atraparte y decirte que hagas cosas. Cuanto más serena y relajada se encuentra la mujer, mejores son los resultados. Puede decirse que, de pronto, la mujer se encuentra haciendo cosas de cuya realización no tiene la menor idea.

»Desde ese día el viento me llegó siempre. Habló en mi útero y me dijo todo lo que deseaba saber. El Nagual comprendió desde el comienzo que yo era el viento del Norte. Los otros vientos nunca me hablaron así, a pesar de que he aprendido a distinguirlos.

-¿Cuántos vientos hay?

‑Hay cuatro vientos, como hay cuatro direcciones. Esto, desde luego, en cuanto a los brujos y aquellos que los brujos hacen. El cuatro es un número de poder para ellos. El primer viento es la brisa, el amanecer. Trae esperanza y luminosidad; es el heraldo del día. Viene y se va y entra en todo. A veces es dulce y apacible; otras es importuno y molesto.

»Otro viento es el viento violento, cálido o frío, o ambas cosas. Un viento de mediodía. Sus ráfagas están llenas de energía, pero también llenas de ceguera. Se abre camino destrozando puertas y derribando paredes. Un brujo debe ser terriblemente fuerte para detener al viento violento.

»Luego está el viento frío del atardecer. Triste y mo­lesto. Un viento que nunca le deja a uno en paz. Hiela y hace llorar. Sin embargo, el Nagual decía que hay en él una profundidad tal que bien vale la pena buscarlo.

»Y por último está el viento cálido. Abriga y protege y lo envuelve todo. Es un viento nocturno para brujos. Su fuerza está unida a la oscuridad.

»Ésos son los cuatro vientos. Están igualmente asociados con las cuatro direcciones. La brisa es el Este. El viento frío es el Oeste. El cálido es el Sur. El viento violento es el Norte.

»Los cuatro vientos poseen también personalidad. La brisa es alegre y pulcra y furtiva. El viento frío es variable y melancólico y siempre meditabundo. El viento cálido es feliz y confiado y bullicioso. El viento violento es enérgico e imperativo e impaciente.

»El Nagual me dijo que los cuatro vientos eran mujeres. Es por ello que los guerreros femeninos los buscan. Vientos y mujeres son semejantes. Ésa es asimismo la razón por la cual las mujeres son mejores que los hombres. Diría que las mujeres aprenden con mayor rapidez si se mantienen fieles a su viento.

‑¿Cómo llega una mujer a saber cuál es su viento personal?

-Si la mujer se queda quieta y no se habla a sí misma, su viento la penetra así ‑hizo con la mano el gesto de asir algo.

‑¿Debe yacer desnuda?

‑Eso ayuda. Especialmente si es tímida. Yo era una vieja gorda. No me había desnudado en mi vida. Dormía con la ropa puesta y cuando tomaba un baño lo hacía sin quitarme las bragas. Mostrar mi grueso cuerpo al viento era para mí como morir. El Nagual lo sabía e hizo las cosas así porque valía la pena. Conocía la amistad de las mujeres con el viento, pero me presentó a Mescalito porque yo le tenía desconcertado.

»Tras torcer mi cabeza aquel terrible primer día, el Nagual se encontró con que me tenía en sus manos. Me dijo que no tenía idea de qué hacer conmigo. Pero una cosa era segura: no quería que una vieja gorda anduviera fisgoneando en su mundo. El Nagual decía que se había sentido frente a mí del mismo modo que frente a ti. Desconcertado. Ninguno de los dos debía estar allí. Tú no eres indio y yo soy una vaca vieja. Bien mirado, ambos somos inútiles. Y míranos. Algo ha de haber sucedido.

»Una mujer, por supuesto, es mucho más flexible que un hombre. Una mujer cambia muy fácilmente con el poder de un brujo. Especialmente con el poder de un brujo con el Nagual. Un aprendiz varón, según el Nagual, es mucho más problemático. Por ejemplo, tú mismo has cambiado tanto como la Gorda, y ella inició su aprendizaje mucho más tarde. La mujer es más dúctil y más dócil; y, sobre todo, una mujer es como una calabaza: recibe. Pero, de todos modos, un hombre dispone de más poder. No obstante, el Nagual nunca estuvo de acuerdo con eso. Él creía que las mujeres eran inigualablemente superiores. También creía que mi impresión de que los hombres eran mejores se debía a mi condición de mujer vacía. Debía tener razón. Llevo tanto tiempo vacía que ni siquiera recuerdo qué se siente cuando se está llena. El Nagual decía que si alguna, llegaba a estar llena, mis sentimientos al respecto variarían. Pero si hubiese tenido razón, su Gorda habría tenido tan buenos resultados como Eligio, y, como sabes, no fue así.

No podía seguir el curso de su narración debido a su convicción de que yo sabía a qué se estaba refiriendo. En cuanto a lo que terminaba de decir, yo no tenía la menor idea de lo que habían hecho Eligio ni la Gorda.

‑¿En qué sentido se diferenció la Gorda de Eligio? ‑pregunté.

Me contempló durante un instante, como midiéndome. Luego se sentó con las rodillas recogidas contra el pecho.

‑El Nagual me lo dijo todo ‑respondió con firmeza‑. El Nagual no tuvo secretos para mí. Eligio era el mejor; es por eso que ahora no está en el mundo. No re­gresó. A decir verdad, era tan bueno que ni siquiera tuvo qué arrojarse a un precipicio al terminar su aprendizaje. Fue como Genaro; un día, cuando trabajaba en el campo, algo llegó hasta él y se lo llevó. Sabía cómo dejarse ir.

Tenía ganas de preguntarle si realmente yo mismo había saltado al abismo. Dudé antes de formular mi pregunta. Después de todo, había ido a ver a Pablito y a Néstor para aclarar ese punto. Cualquier información sobre el tema que pudiese obtener de una persona vinculada con el mundo de don Juan era un complemento valioso.

Tal como había previsto, se rió de mi pregunta.

‑¿Quieres decir que no sabes lo que tú mismo has hecho? ‑preguntó.

‑Es demasiado inverosímil para ser real ‑dije.

‑Ese es el mundo del Nagual, sin duda. Nada en él es real. Él mismo me dijo que no creyera nada. Pero, a pesar de todo, los aprendices varones tienen que saltar. A menos que sean verdaderamente magníficos, como Eligio.

»El Nagual nos llevó, a mí y a la Gorda, a esa Montaña y nos hizo mirar al fondo del precipicio. Allí nos demostró la clase voladora de Nagual que era. Pero sólo la Gorda podía seguirlo. Ella también deseaba saltar al abismo. El Nagual le dijo que era inútil. Dijo que los guerreros femeninos deben hacer cosas más penosas y más difíciles que esa. También nos dijo que el salto es­taba reservado a vosotros cuatro. Y eso fue lo que suce­dió, los cuatro saltaron.

Había dicho que los cuatro habíamos saltado, pero yo sólo tenía noticia de que lo hubiésemos hecho Pablito y yo. Guiándome por sus palabras, concluí que don Juan y don Genaro nos habían seguido. No me resultaba sorprendente; era más bien halagüeño y conmovedor.

‑¿De qué estás hablando? ‑preguntó, una vez yo hube expresado mis pensamientos‑. Me refiero a ti y a los tres aprendices de Genaro. Tú, Pablito y Néstor, saltaron el mismo día.

‑¿Quién es el otro aprendiz de don Genaro? Yo sólo conozco a Pablito y a Néstor.

‑¿Quieres decir que no sabías que Benigno era aprendiz de Genaro?

‑No, no lo sabía.

‑Era el aprendiz más antiguo de Genaro. Saltó antes que tú, y lo hizo solo.

Benigno era uno de los cinco jóvenes indios que había conocido en el curso de una de las excursiones hechas al desierto de Sonora con don Juan. Andaban en busca de objetos de poder. Don Juan me dijo que todos ellos eran aprendices de brujo. Trabé una peculiar amistad con Benigno en las pocas oportunidades en que le vi posteriormente. Era del sur de México. Me agradaba mucho. Por alguna razón desconocida, parecía complacerse en crear un atormentador misterio en torno de su vida personal. Jamás logré averiguar quién era ni qué hacía. Cada vez que hablaba con él terminaba desconcertado por el apabullante desenfado con que eludía mis preguntas. En cierta ocasión don Juan me proporcionó algunas informaciones acerca de Benigno; me dijo que tenía la gran fortuna de haber hallado un maestro y un benefactor. Atribuí a las palabras de don Juan el valor de una observación casual e intrascendente. Doña Soledad acababa de aclararme un enigma que se había conservado como tal durante diez años.

‑¿A qué cree usted que se puede deber el que don Juan nunca me haya dicho nada acerca de Benigno?

‑¿Quién sabe? Alguna razón habrá tenido. El Nagual jamás hizo nada sin pensarlo cuidadosamente.

Tuve que apoyar mi espalda dolorida contra su cama antes de seguir escribiendo.

‑¿Qué sucedió con Benigno?

‑Lo está haciendo muy bien. Tal vez sea el mejor de todos. Le verás. Está con Pablito y con Néstor. Ahora son inseparables. Llevan la marca de Genaro. Lo mismo ocurre con las niñas; son inseparables porque llevan la marca del Nagual.

Me vi obligado a interrumpirla nuevamente para pedirle que me explicase a qué niñas se refería.

‑Mis niñas ‑dijo.

‑¿Sus hijas? Quiero decir, ¿las hermanas de Pablito?

‑No son hermanas de Pablito. Son las aprendices del Nagual.

Su revelación me sobresaltó. Desde el momento en que había conocido a Pablito, años atrás, se me había inducido a creer que las cuatro muchachas que vivían en su casa eran sus hermanas. El propio don Juan me lo había dicho. Recaí súbitamente en la sensación de desesperación que había experimentado de modo latente durante toda la tarde. Doña Soledad no era de fiar; tramaba algo. Estaba seguro de que don Juan no podía haberme engañado de tal manera, fuesen cuales fuesen las circunstancias.

Doña Soledad me examinó con cierta curiosidad.

‑El viento acaba de hacerme saber que no crees lo que te estoy contado ‑dijo, y rompió a reír.

‑El viento tiene razón ‑respondí, en tono cortante.

‑Las niñas que has estado viendo a lo largo de los años son las del Nagual. Eran sus aprendices. Ahora que el Nagual se ha ido, son el Nagual mismo. Pero también son mis niñas. ¡Mías!

‑¿Quiere eso decir que usted no es la madre de Pa­blito y ellas son en realidad sus hijas?

-Lo que yo quiero decir es que son mías. El Nagual las dejó a mi cuidado. Siempre te equivocas porque espe­ras que las palabras te lo expliquen todo. Puesto que soy la madre de Pablito y supiste que ellas eran mis niñas, supusiste que debían ser hermano y hermanas. Las ni­ñas son mis verdaderas criaturas. Pablito, a pesar de ser el hijo salido de mi útero, es mi enemigo mortal.

En mi reacción ante sus palabras se mezclaron el asco y la ira. Pensé que no sólo era una mujer anormal, sino también peligrosa. De todos modos, una parte de mi ser lo había percibido desde el momento de la llegada.

Pasó largo rato contemplándome. Para evitar mirar­la, volví a sentarme sobre el cobertor.

‑El Nagual me puso sobre aviso por lo que hace a tus rarezas ‑dijo de pronto‑, pero no había logrado en­tender el significado de sus palabras. Ahora sí. Me dijo que tuviese cuidado y no te provocara porque eras vio­lento. Lamento no haber sido todo lo cuidadosa que de­bía. También me dijo que, mientras te dejasen escribir, podías llegar al propio infierno sin siquiera darte cuenta. En cuanto a eso, no te he molestado. Luego me dijo que eras suspicaz porque te enredabas en las palabras. Tam­poco en cuanto a eso te he molestado. He hablado hasta por los codos, tratando de que no te enredaras.

Había una tácita acusación en su tono. En cierta for­ma, el estar irritado con ella me hizo sentir incómodo.

‑Lo que me está diciendo es muy difícil de creer ‑dije‑. O usted o don Juan, alguno de los dos me ha mentido terriblemente.

‑Ninguno de los dos ha mentido. Tú sólo entiendes lo que quieres. El Nagual decía que esa era una de las características de tu vaciedad.

»Las niñas son las hijas del Nagual, del mismo modo en que tú y Eligio lo son. Hizo seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Genaro hizo tres varones. Son nueve en total. Uno de ellos, Eligio, ya lo ha hecho, así que ahora le corresponde a los ocho restantes intentarlo.

‑¿A dónde fue Eligio?

‑Fue a reunirse con el Nagual y con Genaro.

‑¿Y a dónde fueron el Nagual y Genaro?

‑Tú sabes dónde fueron. Me estás tomando el pelo, ¿no?

‑Esa es la cuestión, doña Soledad. No le estoy to­mando el pelo.

‑Entonces te lo diré. No puedo negarte nada. El Na­gual y Genaro regresaron al lugar del que vinieron, el otro mundo. Cuando se les agotó el tiempo se limitaron a dar un paso hacia la oscuridad exterior y, puesto que no deseaban volver, la oscuridad de la noche se los tragó.

Me parecía inútil hacerle más preguntas. Iba a cam­biar de tema, cuando se me adelantó a hablar.

‑Tuviste una vislumbre del otro mundo en el mo­mento de saltar ‑prosiguió‑. Pero es posible que el salto te haya confundido. Una lástima. Eso nadie lo puede remediar. Es tu destino ser un hombre. Las mu­jeres están mejor que los hombres en ese sentido. No es­tán obligadas a arrojarse a un abismo. Las mujeres cuentan con otros medios. Tienen sus propios abismos. Las mujeres menstrúan. El Nagual me dijo que esa era su puerta. Durante la regla se convierten en otra cosas. Sé que era en esos períodos cuando él enseñaba a mis niñas. Era demasiado tarde para mí; soy demasiado vieja para llegar a conocer el verdadero aspecto de esas puertas. Pero el Nagual insistía en que las niñas estu­viesen atentas a todo lo que les sucediese en ese mo­mento. Las llevaría a las montañas durante esos días y se quedaría junto a ellas hasta que viesen la fractura entre los mundos.

»El Nagual, que no tenía escrúpulos ni sentía miedo ante nada, las acuciaba sin piedad para que llegasen a descubrir por sí mismas que hay una fractura en las mujeres, una fractura que ellas disfrazan muy bien. Durante la regla, no importa cuán bueno sea, su disfraz se desmorona y quedan desnudas. El Nagual impelió a mis niñas a abrir esa fractura hasta que estuvieron al borde de la muerte. Lo hicieron. Él las llevó á hacerlo, pero tardaron años.

‑¿Cómo llegaron a ser aprendices?

‑Lidia fue su primera aprendiz. La descubrió una mañana; él se había detenido ante una cabaña ruinosa en las montañas. El Nagual me dijo que no había nadie a la vista, pero desde muy temprano había visto presagios que le guiaban hacia esa casa. La brisa se había ensañado con él terriblemente. Decía que ni siquiera podía abrir los ojos cada vez que intentaba alejarse del lugar. De modo que cuando dio con la casa supo que algo había. Miró debajo de una pila de paja y leña menuda y halló una niña. Estaba muy enferma. A duras penas alcanzaba a hablar, pero, sin embargo, se las compuso para decirle que no necesitaba ayuda de nadie. Iba a seguir durmiendo allí, y, si no despertaba más, nadie perdería nada. Al Nagual le gustó su talante y le habló en su lengua. Le dijo que iba a curarla y cuidar de ella hasta que volviera a sentirse fuerte. Ella se negó. Era india y sólo había conocido infortunios y dolor. Contó al Nagual que ya había tomado todas las medicinas que sus padres le habían dado y ninguna la aliviaba.

»Cuanto más hablaba, más claro resultaba al Nagual que los presagios se la habían señalado de modo muy singular. Más que presagios, eran órdenes.

»El Nagual alzó a la niña, la cargó a hombros, como si se tratase de un bebé, y la llevó donde Genaro. Genaro preparó medicinas para ella. Ya no podía abrir los ojos. Sus párpados no se separaban. Los tenía hinchados y recubiertos por una costra amarillenta. Se estaban ulcerando. El Nagual la atendió hasta que estuvo bien. Me contrató para que la vigilase y le preparase de comer. Mis comidas la ayudaron a recuperarse. Es mi primer bebé. Ya curada, cosa que llevó cerca de un año el Nagual quiso devolverla a sus padres, pero la niña se negó y, en cambio, se fue con él.

»Al poco tiempo de hallar a Lidia, en tanto ella seguía enferma y a mi cuidado, el Nagual te encontró a ti. Fuiste llevado hasta él por un hombre al que no había visto en su vida. El Nagual vio que la muerte se cernía sobre la cabeza del hombre y le extrañó que te señalase en tal momento. Hiciste reír al Nagual e inmediatamente te planteó una prueba. No te llevó consigo. Te dijo que vinieras y lo encontraras. Te probó como nunca lo había hecho con nadie. Dijo que ese era tu camino.

»Por tres años tuvo sólo dos aprendices, Lidia y tú. Entonces, un día en que estaba de visita en casa de su amigo Vicente, un curandero del Norte, una gente llevó a una muchacha trastornada, una muchacha que no hacía sino llorar. Tomaron al Nagual por Vicente y pusieron a la niña en sus manos. El Nagual me contó que la niña corrió y se aferró a él como si lo conociese. El Nagual dijo a sus padres que debían dejarla con él. Estaban preocupados por el precio, pero el Nagual les aseguró que les saldría gratis. Imagino que la niña representaría tal dolor de cabeza para ellos que poco debía importarles abandonarla.

»El Nagual me la trajo. ¡Qué infierno! Estaba francamente loca. Ésa era Josefina. El Nagual dedicó años a curarla. Pero aún hoy sigue más loca que una cabra. Andaba, desde luego, perdida por el Nagual, y hubo una tremenda batalla entre Lidia y Josefina. Se odiaban. Pero a mí me caían bien las dos. El Nagual, al ver que así no podían seguir, se puso muy firme con ellas. Como sabes, el Nagual es incapaz de enfadarse con nadie. De modo que las aterrorizó mortalmente. Un día, Lidia, furiosa, se marchó. Había decidido buscarse un marido joven. Al llegar al camino encontró un pollito. Acababa de salir del cascarón y andaba perdido por en medio de la carretera. Lidia lo alzó, imaginando, puesto que se hallaba en una zona desierta, lejos de toda vivienda, que no pertenecía a nadie. Lo metió en su blusa, entre los pechos, para mantenerlo al abrigo. Lidia me contó que echó a correr y, al hacerlo, el pollito comenzó a moverse hacia su costado. Intentó hacerlo volver a su seno, pero no logró atraparlo. El pollito corría a toda velocidad por sus costados y su espalda, por dentro de su blusa. Al principio, las patitas del animal le hicieron cosquillas, y luego la volvieron loca. Cuando comprendió que le iba a ser imposible sacarlo de allí, volvió a mí, aullando, fuera de sí, y me pidió que sacase la maldita cosa de su blusa. La desvestí, pero fue inútil. No había allí pollo alguno, a pesar de que ella no dejaba de sentir sus patas, en uno y otro lugar de su piel.

»Entonces llegó el Nagual y le dijo que sólo cuando abandonara su viejo ser el pollito se detendría. Lidia estuvo loca durante tres días y tres noches. El Nagual me aconsejó atarla. La alimenté y la limpié y le di agua. Al cuarto día se la vio muy pacífica y serena. La desaté y se vistió, y cuando estuvo vestida, tal como lo había estado el día de su fuga, el pollito salió. Lo cogió en su mano, y lo acarició, y le agradeció, y lo devolvió al lugar en que lo había hallado. Recorrí con ella parte del camino.

»Desde entonces, Lidia no molestó a nadie. Aceptó su destino. El Nagual es su destino; sin él, habría estado muerta. ¿Por qué tratar de negar o modificar cosas que no se puede sino aceptar?

»Josefina fue la siguiente. Se había asustado por lo sucedido a Lidia, pero no había tardado en olvidarlo. Un domingo al atardecer, mientras regresaba a la casa, una hoja seca se posó en el tejido de su chal. La trama de la prenda era muy débil. Trató de quitar la hoja, pero temía arruinar el chal. De modo que esperó a entrar a la casa y, una vez en ella, intentó inmediatamente deshacerse de ella; pero no había modo, estaba pegada. Josefina, en un arranque de ira, apretó el chal y la hoja, con la finalidad de desmenuzarla en su mano. Suponía que iba a resultar más fácil retirar pequeños trozos. Oí un chillido exasperante y Josefina cayó al suelo.

Corrí hacia ella y descubrí que no podía abrir el puño. La hoja le había destrozado la mano, como si sus pedazos fuesen los de una hoja de afeitar. Lidia y yo la socorrimos y la cuidamos durante siete días. Josefina era la más testaruda de todas. Estuvo al borde de la muerte. Y terminó por arreglárselas para abrir la mano. Pero sólo después de haber resuelto dejar de lado su viejo talante. De vez en cuando aún siente dolores, en todo el cuerpo, especialmente en la mano, debido a los malos ratos que su temperamento sigue haciéndole pasar. El Nagual advirtió a ambas que no debían confiar en su victoria, puesto que la lucha que cada uno libra contra su antiguo ser dura toda la vida.

»Lidia y Josefina no volvieron a reñir. No creo que se agraden mutuamente, pero es indudable que marchas de acuerdo. Es a ellas a quienes más quiero. Han estado conmigo todos estos años. Sé que ellas también me quieren.

‑¿Y las otras dos niñas? ¿Dónde encajan?

‑Elena, la Gorda, llegó un año después. Estaba en la peor de las condiciones que puedas imaginar. Pesaba ciento diez kilos. Era una mujer desesperada. Pablito le había dado cobijo en su tienda. Lavaba y planchaba para mantenerse. El Nagual fue una noche a buscar a Pablito y se encontró con la gruesa muchacha trabajando; las polillas volaban en círculo sobre su cabeza. Dijo que el círculo era perfecto, y los insectos lo hacían con la finalidad de que él lo observase. Él vio que el fin de la mujer estaba cerca, aunque las polillas debían saberse muy seguras para comunicar tal presagio. El Nagual, sin perder tiempo, la llevó con él.

»Estuvo bien un tiempo, pero los malos hábitos adquiridos estaban demasiado arraigados en ella como para que le fuese posible quitárselos de encima. Por lo tanto, el Nagual, cierto día, envió el viento en su ayuda. O se la auxiliaba o era el fin. El viento comenzó a soplar sobre ella hasta sacarla de la casa; ese día estaba sola y nadie vio lo que estaba sucediendo. El viento la llevó por sobre los montes y por entre los barrancos, hasta hacerla caer en una zanja, un agujero semejante a una tumba. El viento la mantuvo allí durante días. Cuando al fin el Nagual dio con ella, había logrado detener el viento, pero se encontraba demasiado débil para andar.

‑¿Cómo se las arreglaban las niñas para detener las fuerzas que actuaban sobre ellas?

‑Lo que en primer lugar actuaba sobre ellas era la calabaza que el Nagual llevaba atada a su cinturón.

‑¿Y qué hay en la calabaza?

‑Los aliados que el Nagual lleva consigo. Decía que el aliado es aventado por medio de su calabaza. No me preguntes más, porque nada sé acerca del aliado. Todo lo que puedo decirte es que el Nagual tiene a sus órdenes dos aliados y les hace ayudarle. En el caso de mis niñas, el aliado retrocedió cuando estuvieron dispuestas a cam­biar. Para ellas, por supuesto, la cuestión era cambiar o morir. Pero ese es el caso de todos nosotros, una cosa o la otra. Y la Gorda cambió más que nadie. Estaba vacía, a decir verdad, más vacía que yo, pero laboró sobre su es­píritu hasta convertirse en poder. No me gusta. La temo. Me conoce. Se me mete dentro, invade mis sentimientos, y eso me molesta. Pero nadie puede hacerle nada porque jamás se encuentra con la guardia baja. No me odia, pero piensa que soy una mala mujer. Debe tener razón. Creo que me conoce demasiado bien, y no soy tan impe­cable como quisiera ser; pero el Nagual me dijo que no debía preocuparme por mis sentimientos hacia ella. Es como Eligio: el mundo ya no la afecta.

‑¿Qué había de especial en lo que le hizo el Nagual?

‑Le enseñó cosas que no había enseñado a nadie. Nunca la mimó, ni nada que se le parezca. Confió en ella. Ella lo sabe todo acerca de todos. El Nagual tam­bién me lo dijo todo, salvo lo de ella. Tal vez sea por eso que no la quiero. El Nagual le ordenó ser mi carcelera. Vaya donde vaya, la encuentro. Sabe todo lo que hago. No me sorprendería, por ejemplo, que apareciese en este mismo momento.

‑¿Lo cree posible?

‑Lo dudo. Esta noche, el viento está a mi favor.

-¿A qué se supone que se dedica? ¿Tiene asignada alguna tarea en especial?

‑Ya te he dicho lo suficiente sobre ella. Temo que, si sigo hablando de ella, esté donde esté, lo advierta; no quiero que ello ocurra.

‑Hábleme, entonces, de los demás.

‑Unos años después de encontrar a la Gorda, el Nagual dio con Eligio. Me contó que había ido contigo a su tierra natal. Eligio fue a verte porque despertabas su curiosidad. El Nagual no dio importancia a su presencia. Lo conocía desde niño. Pero una mañana, cuando el Nagual se dirigía a la casa en que tú lo aguardabas, se tropezó con Eligio en el camino. Recorrieron juntos una corta distancia y un trozo de chola seca se adhirió a la puntera del zapato izquierdo de Eligio. Trató de quitársela, pero las espinas eran como uñas; se habían clavado profundamente en la suela. El Nagual contaba que Eligio había alzado el dedo al cielo y sacudido su zapato; la chola salió disparada hacia arriba como una bala. Eligio lo tomó a broma y rió; pero el Nagual supo que tenía poder, aunque el propio Eligio no lo sospechara. Es por eso que, sin dificultad alguna, llegó a ser el guerrero perfecto, impecable.

»Tuve mucha suerte al llegar a conocerle. El Nagual creía que éramos semejantes en una cosa. Una vez alcanzado algo, no lo dejábamos escapar. No compartí con nadie, ni siquiera con la Gorda, la felicidad de conocer a Eligio. Ella le vio, pero en realidad no llegó a conocerle, al igual que tú. El Nagual supo desde un principio que Eligio era excepcional y lo aisló. Supo que tú y las niñas estaban en una cara de la moneda y Eligio estaba, por sí, en la otra. El Nagual y Genaro también tuvieron mucha suerte al encontrarlo.

»Lo conocí cuando el Nagual lo trajo a mi casa. Eligio no caía bien a mis niñas. Ellas lo odiaban y lo temían a un tiempo. Pero él permanecía por completo indiferente. El mundo no lo tocaba. El Nagual no quería que tú, especialmente, tuvieras mucho que ver con Eli­gio. Él decía que tú eras la clase de brujo de la cual uno debe mantenerse apartado. Decía que el contacto conti­go no renueva; por el contrario, echa a perder. Me dijo que tu espíritu tomaba prisioneros. En cierto modo, le causabas repugnancia; a la vez, te tenía afecto. Decía que estabas más loco que Josefina cuando te encontró, y que seguías estándolo.

Escuchar a alguien decir lo que don Juan pensaba de mí me perturbaba. En un primer momento, intenté no hacer caso de lo que decía doña Soledad, pero luego com­prendí que era algo absolutamente estúpido y fuera de lugar el tratar de preservar mi ego.

-Se molestaba contigo ‑prosiguió‑ porque el po­der le ordenaba, hacerlo. Y él, siendo el impecable gue­rrero que era, se sometía a los dictados de su amo y re­alizaba con alegría lo que el poder le mandaba hacer con tu persona.

Hubo una pausa. Deseaba con toda el alma pregun­tarle más detalles acerca de los sentimientos de don Juan hacia mí. En cambio, le pedí que me hablase de su otra niña.

‑Un mes después de hallar a Eligio, el Nagual en­contró a Rosa ‑comenzó‑. Rosa fue la última. Una vez hubo dado con ella, supo que su número estaba completo.

‑¿Cómo la encontró?

‑Había ido a ver a Benigno a su tierra natal. Se acercaba a la casa cuando Rosa salió de entre los espesos matorrales que había a un lado del camino, tratando de dar caza a un cerdo que se había escapado y huía. El cer­do corría a demasiada velocidad para que Rosa lograse darle alcance. Ésta tropezó con el Nagual y lo perdió. Entonces se volvió contra el Nagual y comenzó a chillar­le. Él hizo el ademán de aferrarla y la halló dispuesta a darle batalla. Lo insultó y lo desafió a que le pusiera una mano encima. Al Nagual le gustó su talante de inmediato, pero no había presagios. Me contó que había aguardado un momento antes de marcharse; fue entonces cuando el cerdo regresó corriendo y se detuvo junto a él. Ese fue el presagio. Rosa rodeó al cerdo con una cuerda. El Nagual le preguntó a quemarropa si era feliz en su trabajo. Ella dijo que no. Era criada. El Nagual quiso saber si estaba dispuesta a irse con él y ella le respondió que si era para lo que ella pensaba que era, la conclusión era que no. El Nagual le dijo que era para trabajar y ella se interesó por la suma que le pagaría. Él propuso una cifra y ella preguntó de qué clase de trabajo se trataba. El Nagual le dijo que se trataba de trabajar con él en los campos de tabaco de Veracruz. Ella le dijo entonces que lo había estado probando; si él le hubiese propuesto trabajar como criada, hubiese sabido que no era más que un mentiroso, porque su aspecto correspondía a alguien que nunca en su vida había tenido casa.

»El Nagual estaba encantado con ella; le dijo que si quería salir de la trampa en que estaba debía ir a la casa de Benigno antes del mediodía. También le dijo que sólo la esperaría hasta las doce; si iba, debía ser dispuesta a una vida difícil y llena de trabajo. Ella le preguntó a qué distancia se hallaban los campos de ta­baco. El Nagual le respondió que a tres días de viaje en autobús. Rosa dijo que, si era tan lejos, estaría pronta a partir en cuanto hubiese devuelto el cerdo a su chique­ro. Y eso fue lo que hizo. Llegó aquí y gustó a todos. Nunca fue mezquina ni molesta; el Nagual no necesitó jamás forzarla a nada ni inducirla con engaños. No me quiere, en absoluto, y, sin embargo, es la que mejor me cuida. Confío en ella, y, sin embargo, no la quiero en ab­soluto. Pero cuando parta, será a ella a quien más ex­trañaré. ¿Has visto cosa más rara?

Noté cierta tristeza en sus ojos. No podía seguir re­celando. Con un movimiento casi fortuito, se enjugó las lágrimas.

Llegados a este punto, hubo una natural interrup­ción en la conversación. Oscurecía y yo escribía con gran dificultad; además, tenía que ir al lavabo. Insistió en que fuese al de fuera de la casa antes que ella, como el propio Nagual hubiese hecho.

Después trajo dos recipientes redondos, del tamaño de una bañera para bebé, llenos hasta la mitad de agua caliente y echó en ellos unas hojas verdes, tras desha­cerlas por completo entre los dedos. Me indicó en tono autoritario que me lavara en uno de los cubos, en tanto ella hacía lo propio en el otro. El agua estaba casi perfu­mada. Producía cierto cosquilleo. Experimenté una sen­sación ligeramente semejante a la que produce el men­tol en la cara y los brazos.

Regresamos a la habitación. Puso mis bártulos de escritura, que yo había dejado sobre su cama, encima de una de las cómodas. Las ventanas estaban abiertas y aún había luz. Debían ser cerca de las siete.

Doña Soledad se echó boca arriba. Me sonreía. Pen­sé que era la imagen de la calidez. Pero al mismo tiem­po, y a pesar de su sonrisa, sus ojos comunicaban una fuerza inexorable e inflexible.

Le pregunté cuánto tiempo había pasado junto a don Juan como mujer o como aprendiz. Se burló de mi caute­la al calificarla. Me respondió que siete años. Me recordó luego que hacía cinco que yo no la veía. Hasta entonces, estaba seguro de haberla visto dos años atrás. Traté de recordar nuestro último encuentro, pero no lo logré.

Me dijo que me echara cerca de ella. Me arrodillé so­bre la cama, a su lado. En voz suave me preguntó si te­nía miedo. Le dije que no, lo cual era cierto. Allí en su habi­tación, en ese momento, me enfrentaba con una de mis viejas reacciones, que se había manifestado incontables veces: una mezcla de curiosidad e indiferencia suicida.

Casi en un susurro, declaró que debía ser impecable conmigo y añadió que nuestro encuentro era crucial para ambos. Afirmó que el Nagual le había dado órde­nes precisas y detalladas respecto de lo que tenía que hacer. Al oírla hablar, no pude evitar reír ante los tre­mendos esfuerzos que hacía por imitar a don Juan.

Escuchaba cada una de sus frases y estaba en condiciones de predecir cuál iba a ser la siguiente.

De pronto, se sentó. Su rostro estaba a pocos centímetros del mío. Podía ver sus blancos dientes, brillantes en la penumbra de la habitación. Me rodeó con los brazos y me atrajo hacia sí hasta tenerme encima suyo.

Tenía la mente muy clara, y sin embargo algo me arrastraba, más y más profundamente, al fondo de una suerte de ciénaga. Me experimentaba a mí mismo de una manera que no lograba concebir. Súbitamente comprendí que, de algún modo, hasta ese momento había es­tado sintiendo sus sentimientos. Ella era lo sorprenden­te. Me había hipnotizado con palabras. Era una mujer vieja y fría. Y sus intenciones nada tenían que ver con la juventud ni con el vigor, a pesar de su fuerza y su vitalidad. Supe entonces que don Juan no le había vuelto la cabeza en la misma dirección que la mía. No obstante, ello hubiese sonado ridículo en cualquier otro contexto; de todos modos, en ese momento lo consideré una intuición válida. Una sensación de alarma recorrió mi cuerpo. Quise salir de su cama. Pero parecía haber allí una fuer­za extraordinaria que me retenía, privándome de toda posibilidad de movimiento. Estaba paralizado.

Debió de haber percibido mi impresión. De modo ab­solutamente imprevisto, se quitó el lazo que le sujetaba el pelo y, con un rápido movimiento, lo puso en torno de mi cuello. Sentí la presión del lazo en la piel, pero, por alguna razón, no creí que fuese real.

Don Juan siempre había insistido en que nuestro peor enemigo era la incapacidad para aceptar la reali­dad de aquello que nos ocurre. En ese momento, doña Soledad me rodeaba la garganta con una suerte de nudo corredizo; entendí su intención. Pero a pesar de haberlo comprendido intelectualmente, mi cuerpo no reaccionó. Permanecía laxo, casi indiferente, ante lo que, según to­dos los indicios, era mi muerte.

Tuve conciencia del exceso de presión que ejercían sus brazos y hombros sobre el lazo al intentar ajustarlo alrededor de mi cuello. Me estaba estrangulando con gran fuerza y habilidad. Empecé a boquear. En sus ojos había un destello de locura. Fue en ese instante que me di cuenta de que pretendía matarme.

Don Juan había dicho que, cuando por fin uno en­tiende qué ocurre, suele ser demasiado tarde para re­troceder. Afirmaba que siempre es el intelecto lo que nos embauca; recibe el mensaje en primer término, pero en vez de darle crédito y obrar en consecuencia, pierde el tiempo en discutirlo.

Entonces oí, o tal vez intuí, un chasquido en la base del cuello, exactamente detrás de la tráquea. Comprendí que me había quebrado el pescuezo. Sentí un zumbido en los ojos y luego un hormigueo. Mi audición era ex­traordinariamente clara. Tenía la seguridad de estar muriendo. Me repugnaba mi propia incapacidad para hacer nada en mi defensa. No podía siquiera mover un músculo para darle un puntapié. Ya no me era posible respirar. Todo mi cuerpo vibró, y en un instante estuve en pie y me vi libre, libre del apretón mortal. Miré la cama. Todo contribuía a hacerme pensar que estaba con­templando la escena desde el techo. Vi mi propio cuerpo, inmóvil y lánguido, encima del suyo. Vi el horror en sus ojos. Deseé permitirle que soltase el lazo. Tuve un acceso de ira por haber sido tan estúpido y le propiné un sonoro puñetazo en la frente. Chilló y se cogió la cabeza y perdió el conocimiento, pero antes de que ello sucediese tuve una fugaz vislumbre de un cuadro fantasmagórico. Vi a doña Soledad despedida de la cama por la fuerza de mi golpe. La vi correr hasta la pared y acurrucarse junto a ella como un chiquillo asustado.

Luego tuve conciencia de una terrible dificultad para respirar. Me dolía el cuello. Tenía la garganta seca hasta el punto de que no podía tragar. Tardé bastante en reunir la fuerza necesaria para ponerme de pie. En­tonces contemplé a doña Soledad. Yacía inconsciente en el lecho. En su frente lucía una enorme hinchazón roja. Busqué un poco de agua y se la eché en el rostro, tal como don Juan había hecho conmigo. Cuando recobró el sentido la hice caminar, sosteniéndola por las axilas. Estaba empapa en transpiración. Le puse toallas mojadas con agua fría en la frente. Vomitó, y tuve la seguridad casi absoluta de que padecía una conmoción cerebral. Temblaba. Traté de cubrirla con la mayor cantidad posible de sábanas y mantas, con el propósito de hacerla entrar en calor, pero se despojó de todas ellas y se volvió de modo de enfrentar el viento. Me pidió que la dejase sola y dijo que un cambio en la dirección del viento sería un signo de que se iba a recuperar. Cogió mi mano en una suerte de apretón y aseveró que el destino nos había enfrentado.

‑Creo que era de esperar que uno de los dos muriese esta noche ‑dijo.

‑No sea necia. Aún no está acabada ‑respondí; realmente, eso era lo que pensaba.

Algo me hizo sentirme seguro de que se encontraba bien. Salí, cogí una vara y me dirigí a mi coche. El perro gruñó. Seguía acurrucado en el asiento. Le dije que saliera. Dócilmente, saltó fuera. Había algo distinto en él. Vi su enorme sombra trotar en la semioscuridad. Regresó a su corral.

Era libre. Me senté en el coche un momento para considerar la situación. No, no era libre. Algo me impelía a retornar a la casa. Tenía que terminar cosas allí. Ya no temía a doña Soledad. A decir verdad, una extraordinaria indiferencia me había invadido. Sentía que ella me había dado, consciente o inconscientemente, una lección de suprema importancia. Bajo la horrenda presión de su tentativa de matarme, yo había actuado en su contra desde un nivel realmente inconcebible en circunstancias normales. Había estado a punto de ser estrangulado. Algún elemento de aquella su condenada habitación me había dejado absolutamente indefenso y, sin embargo, había logrado salir con bien. No alcanzaba a imaginar lo sucedido. Tal vez fuese cierto lo que don Juan siempre había sostenido: que todos poseemos un potencial adicional, algo que está allí, pero que rara vez alcanzamos a usar. Realmente, había golpeado a doña Soledad desde una posición fantasma.

Cogí mi linterna del coche, regresé a la casa, encendí todas las lámparas de petróleo que pude encontrar y me senté a escribir ante la mesa de la habitación delantera.

El trabajo me relajó.

Hacia el amanecer, doña Soledad salió de su habita­ción, tambaleante. A duras penas mantenía el equili­brio. Estaba completamente desnuda. Se sintió mal y se desplomó junto a la puerta. Le di un poco de agua y tra­té de cubrirla con una manta. Se negó. A mí me preocu­paba una posible pérdida de calor corporal. Murmuró que tenía que estar desnuda si quería que el viento la curase. Preparó un emplasto con hojas maceradas, se lo aplicó a la frente y lo fijó allí por medio de su turbante. Se envolvió en una manta y se acercó a la mesa en que yo escribía; se sentó frente a mí. Tenía los ojos rojos. Se la veía francamente mal.

‑Hay algo que debo decirte ‑musitó con voz tré­mula‑. El Nagual me preparó para esperarte, tenía que esperarte, así tardases veinte años. Me dio instruc­ciones sobre cómo seducirte y quitarte el poder. Él sabía que, tarde o temprano, ibas a venir a ver a Pablito y a Néstor, así que me indicó que aguardase ese momento para hechizarte y coger todo lo tuyo. El Nagual dijo que si yo vivía una vida impecable, mi poder te traería cuando no hubiese nadie más en la casa. Mi poder lo hizo. Hoy llegaste cuando todos se habían ido. Mi vida impecable me había ayudado. Todo lo que me quedaba por hacer era tomar tu poder y luego matarte.

‑¿Pero para qué quería hacer una cosa tan horrible?

‑Porque necesito tu poder para seguir mi propio ca­mino. El Nagual hubo de disponerlo así. Tú eras el ele­gido; después de todo, no te conozco. No significas nada para mí. Así que, ¿por qué no iba yo a quitarle algo que necesito tan desesperadamente a alguien que para mí no cuenta? Esas fueron las palabras del Nagual.

‑¿Por qué iba el Nagual a querer hacerme daño? Usted misma dijo que se preocupaba por mí.

‑Lo que yo te he hecho esta noche no tiene nada que ver con sus sentimientos hacia ti ni hacia mí. Esta es una cuestión que sólo nos afecta a nosotros. No ha habido testigos de nada de lo que hoy sucedió entre ambos, porque ambos formamos parte del propio Nagual, Pero tú, en especial, has recibido algo de él que yo no poseo, algo que necesito desesperadamente, el poder singular que te ha dado. El Nagual dijo que había dado algo a cada uno de sus seis hijos. No puedo llegar hasta Eligio. No puedo tomarlo de mis hijas; así, tú eres mi presa. Yo hice crecer el poder que el Nagual me dio, y al crecer produjo un cambio en mi cuerpo. Tú también hiciste crecer tu poder. Yo quería ese poder tuyo, y por eso tenía que matarte. El Nagual dijo que, aun cuando no murieras, caerías bajo mi hechizo y serías mi prisionero durante toda la vida si yo lo desease. De todos modos, tu poder iba a ser mío.

‑¿Pero en qué podría beneficiarla mi muerte?

‑No tu muerte, sino tu poder. Lo hice porque nece­sito ayuda; sin ella, lo pasaré muy mal durante mi viaje. No tengo bastantes agallas. Es por eso que no quiero a la Gorda. Es joven y le sobra valor. Yo soy vieja y lo pienso todo dos veces y vacilo. Si quieres saber la ver­dad, te diré que la verdadera lucha es la que se libra en­tre Pablito y yo. Él es mi enemigo mortal, no tú. El Na­gual dijo que tu poder haría más llevadero mi viaje y me ayudaría a conseguir lo que necesito.

‑¿Cómo diablos puede ser Pablito su enemigo?

‑Cuando el Nagual me transformó, sabía lo que a la larga iba a suceder. Ante todo, me preparó para que mis ojos mirasen al Norte, y, si bien tú y mis niñas tie­nen la misma orientación, estoy opuesta a vosotros. Pablito, Néstor y Benigno están contigo; la dirección de sus ojos es la misma. Irán juntos hacia Yucatán.

»Pablito no es mi enemigo porque sus ojos miren en dirección opuesta, sino porque es mi hijo. Esto es lo que tenía que decirte, aunque no sepas de qué estoy hablan­do. Debo entrar al otro mundo. Donde está el Nagual. Donde están Genaro y Eligio. Aunque tenga que destrozar a Pablito para ello.

‑¿Qué dice, doña Soledad? ¡Usted está loca!

‑No, no lo estoy. No hay nada más importante para nosotros, los seres vivientes, que entrar en ese mundo. Te diré que para mí esa es la verdad. Para acceder a ese mundo vivo del modo en que el Nagual me enseñó. Sin la esperanza de ese mundo no soy nada, nada. Yo era una vaca gorda y vieja. Ahora esa esperanza me guía, me orienta, y, aunque no pueda hacerme con tu poder, no abandono el propósito.

Dejó descansar la cabeza sobre la mesa, utilizando los brazos a modo de almohada. La fuerza de sus aseve­raciones me había obnubilado. No había entendido ca­balmente sus palabras, pero en cierto nivel comprendía su alegato, a pesar de que era la más sorprendente de cuantas cosas le había oído esa noche. Sus propósitos eran los propósitos de un guerrero, en el estilo y la ter­minología de don Juan. Nunca había creído, sin embar­go, que hubiese que destruir a alguien para cumplirlos.

Alzó la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados.

‑Al principio, hoy todo me iba bien ‑dijo‑. Estaba un poco asustada cuando llegaste. Había esperado años ese momento. El Nagual me dijo que te gustaban las mujeres. Dijo que eres presa fácil para ellas, de modo que busqué un final rápido. Imaginé que cederías a ello. El Nagual me enseñó cómo aferrarte en el momento en que fueses el más débil. Te induje a ello con mi cuerpo. Pero sospechaste. Fui demasiado torpe. Te había lleva­do a mi habitación, como el Nagual me dijo que hiciera, para que las líneas de mi piso te atrapasen y te dejases indefenso. Pero no dio resultado porque te gustó y mi­raste las líneas atentamente. No tenía poder en tanto tus ojos estuviesen fijos en ellas. Tu cuerpo sabía qué hacer. Luego, asustaste a mi piso al gritar como lo hicis­te. Ruidos súbitos como esos son mortales, especialmente la voz de un brujo. El poder de mi piso se extinguió como una llama. Yo lo comprendí, pero tú no.

»Estabas a punto de irte, de manera que me vi obli­gada a detenerte. El Nagual me había enseñado a tirar las manos para cogerte. Traté de hacerlo, pero me faltó poder. Mi piso estaba atemorizado. Tus ojos habían paralizado sus líneas. Nadie había puesto jamás sus ojos sobre él. Así, mi tentativa de cogerte por el cuello falló. Te libraste de mis garras antes de que me fuera posible hacer presión. Entonces me di cuenta de que te me esta­bas escapando e intenté un ataque final. Me valí de aquello que el Nagual dijo que era clave si se te quería afectar: el terror. Te alarmé con mis chillidos, y ello me dio el poder necesario para dominarte. Creí tenerte, pero mi estúpido perro se puso nervioso. Es idiota, y me hizo caer cuando ya estaba a punto de someterte a mi hechizo. Ahora que lo pienso, tal vez mi perro no sea tan estúpido. Quizás haya percibido a tu doble y carga­do contra él, pero en cambio me derribó a mí.

‑Usted dijo que el perro no era suyo.

‑Mentí. Era mi carta de triunfo. El Nagual me en­señó a tener siempre una carta de triunfo, una baza in­sospechada. De algún modo, sabía que podía llegar a necesitar de mi perro. Cuando te llevé a ver a mi amigo, se trataba en realidad de él; el coyote es el amigo de mis niñas. Quería que mi perro te oliera. Cuando corriste hacia la casa tuve que ser brutal con él. Le empujé al interior de tu coche haciéndolo aullar de dolor. Es de­masiado grande y costó mucho hacerlo pasar por sobre el asiento. Entonces le ordené hacerte trizas. Sabía que si mi perro te mordía gravemente quedarías indefenso y podría terminar contigo sin dificultad. Volviste a esca­par, pero no estabas en situación de salir de la casa. En­tendí que debía ser paciente y aguardar la oscuridad. Luego el viento cambió de dirección y me convencí de que tendría éxito.

»El Nagual me había dicho que estaba seguro de que yo te gustaría como mujer. Era cuestión de esperar el momento oportuno. Agregó que te matarías tan pronto como comprendieses que yo te había estado ro­bando el poder. Pero en el caso de que no lograse robár­telo, o en el caso de que no te mataras, o si yo no qui­siese conservarte vivo como prisionero, debía emplear mi lazo para estrangularte. Incluso me indicó dónde arrojar tu cadáver: un abismo sin fondo, una fractura en las montañas, no lejos de aquí, en que siempre desa­parecen las cabras. Pero el Nagual nunca mencionó tu aspecto aterrador. Ya te he dicho que se suponía que uno de los dos iba a morir esta noche. No sabía que iba a ser yo. El Nagual me dejó con la impresión de que saldría triunfante. Fue muy cruel por su parte no de­círmelo todo acerca de ti.

‑Imagine mi situación, doña Soledad. Yo sabía aún menos que usted.

‑No es lo mismo. El Nagual pasó años preparándo­me para esto. Yo conocía todos los detalles. Te tenía en el saco. El Nagual me señaló incluso las hojas que siem­pre debía tener, frescas y a mano, para paralizarte. Las puse en el agua de la tina aparentando que tenía por fi­nalidad perfumarla. No advertiste que yo echaba otras en la tina en que me iba a lavar. Caíste en todas las trampas que te tendí. Y, sin embargo, tu lado aterrador terminó por salir vencedor.

‑¿A qué se refiere al hablar de mi lado aterrador?

‑A aquel que me golpeó y que me matará esta no­che. Tu horrendo doble, que apareció para terminar conmigo. Jamás lo olvidaré y si vivo, cosa que dudo, nunca volveré a ser la misma.

‑¿Se me parece?

‑Eras tú, desde luego, pero no tenías el mismo as­pecto que ahora. En realidad, no puedo decir a qué se parecía. Cuando trato de recordarlo, siento vértigo.

Le dije que ante el impacto de mi golpe la había vis­to fugazmente abandonar su cuerpo. Mi intención era la de sondearla con el relato. Me parecía que todo lo suce­dido obedecía a una razón oculta: obligarnos a hurgar en fuentes habitualmente vedadas. En efecto, le había dado un tremendo golpe; le había causado un grave daño físico; sin embargo, era imposible que fuese yo quien lo hubiese hecho. Estaba seguro de haberle pegado con el puño izquierdo ‑la enorme hinchazón roja en su frente daba testimonio de ello‑. Pero, sin embargo, no tenía en los nudillos marca alguna, ni experimentaba el menor dolor ni incomodidad. Un golpe de tal magnitud podía incluso haberme causado una fractura

Cuando escuchó mi descripción de cómo la había visto acurrucarse contra la pared, cayó en la más absoluta desesperación. La pregunté si había tenido algún atisbo de lo que yo había visto, la impresión de abandonar su cuerpo, o alguna fugaz visión de la habitación.

‑Ahora sé que estoy condenada ‑dijo‑. Muy pocos sobreviven al contacto con el doble. Si mi alma ha partido, no me será posible seguir con vida. Me iré debilitando cada vez más, hasta morir.

Había en sus ojos un brillo salvaje. Se puso de pie; parecía estar a punto de pegarme, pero, en cambio, se dejó caer en el asiento.

‑Me has quitado el alma ‑dijo‑. Has de tenerla en tu morral. ¿Pero por qué tuviste que decírmelo?

Le juré que no había tenido la menor intención de lastimarla, que había actuado como lo había hecho únicamente en defensa propia y que, por consiguiente, no abrigaba la menor malevolencia hacia ella.

‑Si no tienes mi alma en el morral, la situación es aún peor -dijo-. Andará vagando sin rumbo. Entonces nunca la recuperaré.

Doña Soledad daba la impresión de haber perdido por entero las energías. Su voz se hizo más débil. Yo quería que se fuese a acostar. Se negó a abandonar la mesa,

‑El Nagual me advirtió que si mi fracaso era completo, debía transmitir su mensaje ‑continuó‑. Me pidió que te dijera que había sustituido tu cuerpo hacía mucho. Ahora tú eres él.

‑¿Qué quiso decir con eso?

‑Es un brujo. Entró en tu viejo cuerpo y le devolvió su luminosidad. Ahora brillas como el propio Nagual. Ya no eres el hijo de tu padre. Eres el propio Nagual.

Doña Soledad se puso de pie. Estaba aturdida. Pare­cía querer decir algo, pero vocalizaba con dificultad. An­duvo hacia su habitación. La ayudé a llegar a la puerta; no quiso que entrara. Dejó caer la manta que la cubría y se tendió en la cama. Me pidió, con una voz muy suave, que fuese hasta una colina, a corta distancia de allí, y mirase si venía el viento. Agregó, como sin darle impor­tancia, que debía llevar a su perro conmigo. Por alguna razón, su pedido me pareció sospechoso. Le informé que subiría al techo y miraría desde allí. Me volvió la espal­da y dijo que lo menos que podía hacer por ella era llevar a su perro a la colina para que el animal atrajese al viento. Me enfadé mucho con ella. En la oscuridad, su habitación producía una misteriosa impresión. Fui a la cocina a buscar dos lámparas y las llevé allí. Al ver la luz chillé histéricamente. Yo también dejé escapar un grito, pero por una razón diferente. Cuando la habitación que­dó iluminada vi el piso levantado y abarquillado, como un capullo, en torno a su cama. Mi percepción fue tan fu­gaz que en el instante que siguió hubiese jurado que la horrible escena había sido producto de las sombras pro­yectadas por las viseras protectoras de las lámparas. Lo fantasmagórico de la imagen me puso furioso. La sacudí, cogiéndola por los hombros. Lloró como un niño y prome­tió no tenderme más trampas. Coloqué las lámparas so­bre una cómoda y se quedó dormida instantáneamente.

A media mañana, el viento había cambiado. Sentí entrar una violenta racha por la ventana Norte. Cerca del mediodía, doña Soledad volvió a salir. Se la veía un tanto insegura. Lo rojo de sus ojos había desaparecido y la hinchazón de la frente había disminuido; apenas si se veía una ligera marca.

Pensé que era hora de partir. Le dije que, si bien ha­bía tomado nota del mensaje de don Juan que me había transmitido, no me aclaraba nada.

‑Ya no eres el hijo de tu padre. Ahora eres el propio Nagual ‑dijo.

Había algo francamente incongruente en mi modo de actuar. Pocas horas antes, me había encontrado indefenso y doña Soledad había intentado matarme; pero en ese momento, mientras ella me hablaba, había olvidado el horror de ese suceso. Y sin embargo, había otra parte de mí capaz de pasar días enteros reflexionando acerca de enfrentamientos sin importancia con gentes vinculadas con mi persona o mi trabajo. Esa parte parecía ser mi verdadero yo, el yo que había conocido durante toda mi vida. El yo que había librado un combate con la muerte esa noche y luego lo había echado al olvido, no era real. Era yo, y, sin embargo, no lo era.

Consideradas a la luz de tal absurdo, las afirmacio­nes de don Juan resultaban un poco menos traída de los pelos, pero seguían siendo inaceptables.

Doña Soledad estaba distraída. Sonreía pacífica­mente.

‑¡Oh! ¡Están aquí! ‑dijo de pronto‑. Qué afortunada soy. Mis niñas están aquí. Ahora ellas cuidarán de mí.

Daba la impresión de estar peor. Se la veía más fuerte que nunca, pero su conducta era menos coheren­te. Mis temores aumentaron. No sabía si dejarla allí o llevarla a un hospital en la ciudad, a varios cientos de kilómetros de allí.

De pronto, saltó como un niño y atravesó corriendo la puerta delantera, ganando la avenida que conducía a la carretera. El perro corrió tras ella. Subí al coche a toda prisa, con la intención de alcanzarla. Tuve que desandar el sendero en marcha atrás, puesto que no había espacio para girar. Al acercarme al camino, vi por la venta­na trasera a doña Soledad rodeada por cuatro mujeres jóvenes.

 

2

 

LAS HERMANITAS

 

Doña Soledad parecía estar explicando algo a las cuatro mujeres que la rodeaban. Movía los brazos con gestos teatrales y se cogía la cabeza con las manos. Era evi­dente que les hablaba de mí. Regresé al lugar en que había aparcado. Tenía intenciones de esperarles allí. Consideré qué sería más conveniente: si permanecer en el interior del coche o sentarme displicentemente sobre el parachoques izquierdo. Al final, opté por quedarme de pie junto a la puerta, pronto a entrar en el automóvil y partir si veía probable que tuviesen lugar sucesos seme­jantes a los del día anterior.

Me sentía muy cansado. No había pegado un ojo por más de veinticuatro horas. Mi plan consistía en revelar a las jóvenes todo lo que me fuera posible acerca del in­cidente con doña Soledad, de modo que pudiesen dar los pasos más convenientes en su auxilio, y luego irme. Su presencia había hecho dar un giro definitivo a la situa­ción. Todo parecía cargado de un nuevo vigor y energía. Tuve conciencia del cambio cuando vi a doña Soledad en su compañía.

Al revelarme que eran aprendices de don Juan, doña Soledad las había dotado de un atractivo tal que me sentía impaciente por conocerlas. Me preguntaba si se­rían como doña Soledad. Ella había afirmado que eran como yo y que íbamos en una misma dirección. Era fácil atribuir un sentido positivo a sus palabras. Deseaba por sobre todas las cosas creerlo.

Don Juan solía llamarlas «las hermanitas», nombre sumamente adecuado, al menos para las dos que yo había tratado, Lidia y Rosa, dos jovencitas delgadas, encantadoras, con cierto aire de duendes. Al conocerlas, supuse que debían tener poco más de veinte años, si bien Pablito y Néstor siempre se habían negado a hablar de sus edades. Las otras dos, Josefina y Elena, constituían un misterio total para mí. De tanto en tanto, había oído mencionar sus nombres, cada vez en un contexto desfavorable. Había concluido, a partir de observaciones hechas al pasar por don Juan, que eran en cierto modo anormales: una, loca, y la otra, obesa; por eso se las mantenía aisladas. En una oportunidad me había tropezado con Josefina, al entrar a la casa junto a don Juan. Él la había presentado, pero ella se había cubierto el rostro y huido antes de que me hubiese sido posible saludarla. Otra vez había encontrado a Elena lavando ropa. Era enorme. Pensé que debía ser víctima de un trastorno glandular. La había saludado pero no se había vuelto. Nunca había visto su cara.

Tras las revelaciones de doña Soledad acerca de sus personas, habían adquirido a mis ojos un prestigio tal que me sentía compelido a hablar con las misteriosas hermanitas, a la vez que experimentaba hacia ellas una suerte de temor.

Miré hacia el camino con aparente despreocupación, tratando de fortalecer mi ánimo para el encuentro que iba a tener lugar en seguida. El camino estaba desierto. Nadie se acercaba a él, aunque tan sólo un minuto an­tes no se encontraban a más de treinta metros de la casa. Subí al techo del coche para mirar. No venía na­die, ni siquiera el perro. Fui presa de un terror pánico, Me deslicé al suelo, y estaba a punto de entrar de un salto en el coche y marchar de allí cuando oí que al­guien decía: «¡Eh! ¡Miren quién está aquí!»

Me volví bruscamente para enfrentarme con dos muchachas que acababan de salir de la casa. Deduje que habían pasado corriendo por delante de mí y entra­do en la casa por la puerta trasera. Suspiré aliviado.

Las dos jovencitas se dirigían hacia donde yo estaba. Tuve que reconocer que nunca había reparado en ellas. Eran hermosas, morenas y sumamente delgadas, sin llegar a ser descarnadas. Llevaban el largo cabello ne­gro trenzado. Vestían faldas sencillas, camisas de algo­dón azul y zapatos marrones de tacón bajo y suela flexi­ble. Sus piernas, fuertes y bien formadas, estaban desnudas. Debían medir un metro cincuenta o un metro sesenta. Parecían hallarse en buena forma y se movían con gran soltura. Eran Lidia y Rosa.

Las saludé y me tendieron la mano simultáneamen­te. Se pusieron a mi lado. Se las veía saludables y fuer­tes. Les pedí que me ayudasen a quitar los paquetes del portaequipaje. Cuando los llevábamos hacia la casa, oí un profundo gruñido, tan profundo y cercano que se asemejaba al rugido de un león.

‑¿Qué fue eso? ‑pregunté a Lidia.

‑¿No lo sabes? ‑interrogó con tono incrédulo.

‑Debe ser el perro ‑dijo Rosa mientras entraban corriendo a la casa, arrastrándome prácticamente con ellas.

Pusimos los paquetes sobre la mesa y nos sentamos en dos bancos. Tenía a ambas frente a mí. Les dije que doña Soledad estaba muy enferma y que estaba a punto de llevarla al hospital de la ciudad, dado que no sabía qué hacer para ayudarla.

A medida que hablaba iba tomando conciencia de que pisaba terreno peligroso. No tenía modo de estimar cuánta información debía transmitirles acerca de la verdadera naturaleza de mi encuentro con doña Sole­dad. Empecé a buscar pistas. Pensé que, si las observa­ba atentamente, sus voces o la expresión de sus rostros terminarían por traicionar lo que sabían. Pero perma­necieron en silencio, dejándome llevar la conversación.

Comencé a dudar que fuese conveniente proporcionar información alguna. En el esfuerzo por averiguar qué cabía hacer sin cometer errores, terminé por charlar sin sentido. Lidia me interrumpió. En tono seco, dijo que no debía preocuparme por la salud de doña Soledad, puesto que ellas ya habían hecho todo lo necesario para ayudarla. Su afirmación me obligó a preguntarle si sabía qué clase de problema tenía doña Soledad.

‑Le has quitado el alma ‑dijo, acusadora.

Mi primera reacción fue defensiva. Empecé a hablar con vehemencia, pero acabé por contradecirme. Me observaban. Lo que hacía carecía por completo de sentido. Intenté repetir lo mismo con otros términos. Mi fatiga era tan grande que a duras penas conseguía organizar mis pensamientos. Finalmente, me di por vencido.

‑¿Dónde están Pablito y Néstor? ‑pregunté, tras una larga pausa.

‑Pronto estarán aquí -dijo Lidia con energía.

‑¿Estuvieron ustedes con ellos? ‑quise saber.

‑¡No! ‑exclamó, y se me quedó mirando.

‑Nunca vamos juntos ‑explicó Rosa‑. Esos vagabundos son diferentes de nosotras.

Lidia hizo un gesto imperativo con el pie para hacerla callar. Aparentemente, ella era quien daba las órdenes. El movimiento de su pie trajo a mi memoria una faceta muy peculiar de mi relación con don Juan. En las incontables oportunidades en que salimos a vagar, había logrado enseñarme, sin proponérselo realmente, un sistema para comunicarse disimuladamente mediante ciertos movimientos clave del pie. Vi cómo Lidia hacía a Rosa la seña correspondiente a «horrible», que se hace cuando aquello que se halla a la vista de quienes se comunican es desagradable o peligroso. En ese caso, yo. Reí. Acababa de recordar que don Juan me había hecho esa misma seña cuando conocí a Genaro.

Fingí no darme cuenta de lo que estaba sucediendo, en la esperanza de alcanzar a descifrar todos sus men­sajes.

Rosa expresó mediante una seña su deseo de piso­tearme. Lidia respondió con la seña correspondiente a «no», imperativamente.

Según don Juan, Lidia era muy talentosa. Por lo que a él se refería, la consideraba más sensible y lista que Pa­blito, que Néstor y que yo mismo. A mí siempre me ha­bía resultado imposible trabar amistad con ella. Era re­servada, y muy seca. Tenía unos ojos enormes, negros, astutos, con los que jamás miraba de frente a nadie, pó­mulos altos y una nariz proporcionada, ligeramente chata y ancha a la altura del caballete. La recordaba con los párpados enrojecidos, inflamados; recordaba tam­bién que todos se mofaban de ella por ese rasgo. Lo rojo de los párpados había desaparecido, pero ella seguía frotándose los ojos y pestañeando con frecuencia. Du­rante mis años de relación con don Juan y don Genaro, Lidia había sido la hermanita con la cual más me había encontrado; no obstante, nunca cambiamos probable­mente más de una docena de palabras. Pablito la consi­deraba un ser harto peligroso. Yo siempre la había to­mado por una persona muy tímida.

Rosa, por su parte, era bulliciosa. Yo creía que era la más joven. Sus ojos eran francos y brillantes. No era taimada, aunque tuviese muy mal genio. Era con ella con quien más había conversado. Era cordial, descarada y muy graciosa.

‑¿Dónde están las otras? ‑pregunté a Rosa. ¿No van a salir?

‑Pronto saldrán ‑respondió Lidia.

Era fácil deducir de sus expresiones que estaban le­jos de experimentar simpatía por mí. A juzgar por sus mensajes en clave, eran tan peligrosas como doña Sole­dad, y, sin embargo, sentado allí contemplándolas, me parecían increíblemente hermosas. Abrigaba hacia ellas los más cálidos sentimientos. A decir verdad, cuanto más me miraban a los ojos, más intensidad cobraban esos sentimientos. En cierto momento, experimenté franca pasión. Eran tan fascinantes que hubiese sido capaz de pasar horas allí, limitándome a mirarlas, sin embargo un resto de sensatez me impelió a ponerme de pie. No estaba dispuesto a proceder con la misma torpeza de la noche anterior. Decidí que la mejor defensa consistía en poner las cartas sobre la mesa. En tono firme, les dije que don Juan me había sometido a una suerte de prueba, valiéndose para ello de doña Soledad, o viceversa. Lo más probable era que las hubiese puesto a ellas en situación similar, y estuviésemos a punto de lanzarnos a algún enfrentamiento, de cualquier clase que éste fuese, del que alguno de nosotros podía salir perjudicado. Apelé a su sentido guerrero. Si eran las verdaderas herederas de don Juan, debían ser impecables conmigo, revelando sus designios, y no comportarse como seres humanos ordinarios, codiciosos.

Volviéndome hacia Rosa, le pregunté por qué deseaba pisotearme. Quedó desconcertada un instante, y luego se enfadó. Sus ojos fulguraban de ira; tenía la pequeña boca contraída.

Lidia, de modo muy coherente, me dijo que no tenía nada que temer de ellas, y que Rosa estaba molesta conmigo porque había lastimado a doña Soledad. Sus sentimientos obedecían únicamente a una reacción per­sonal.

Dije entonces que era hora de irme. Me puse de pie. Lidia hizo un gesto para detenerme. Se la veía asusta­da, o muy inquieta. Comenzaba a protestar, cuando un ruido proveniente de fuera de la puerta me distrajo. Las dos muchachas se pusieron a mi lado de un salto. Algo pesado se apoyaba o hacía presión contra la puerta. Ad­vertí entonces que las niñas la habían asegurado con una barra de hierro. Experimenté cierto disgusto. Todo iba a repetirse y me sentía harto del asunto.

Las muchachas se miraron, luego me miraron y por último volvieron a mirarse.

Oí el quejido y la respiración pesada de un animal de gran tamaño fuera de la casa. Debía ser el perro. Llegado a ese punto, el agotamiento me cegó. Me precipité hacia la puerta, y, tras quitar la pesada barra de hierro, la entreabrí. Lidia se arrojó contra ella, volviendo a cerrarla.

-El Nagual tenía razón ‑dijo, sin aliento‑. Pien­sas y piensas. Eres más estúpido de lo que yo creía.

A tirones, me hizo regresar a la mesa. Ensayé men­talmente el mejor modo de decirles de una vez por todas que ya había tenido suficiente. Rosa se sentó a mi lado, en contacto conmigo; sentía su pierna mientras la frota­ba nerviosamente contra la mía. Lidia estaba de pie frente a mí, mirándome con fijeza. Sus ardientes ojos negros parecían decir algo que yo no alcanzaba a comprender.

Empecé a hablar, pero no terminé. Súbitamente, tuve conciencia de algo más profundo. Mi cuerpo perci­bía una luz verdosa, una fluorescencia en el exterior de la casa. No oía ni veía nada. Simplemente, era conscien­te de la luz, como si de pronto me hubiese quedado dor­mido y mis pensamientos se convirtieran en imágenes y éstas, a su vez, se superpusieran al mundo de mi vida diaria. La luz se movía a gran velocidad. Lo percibía con el estómago. La seguí, o, mejor dicho, concentré mi atención en ella durante un instante, mientras se desplazaba. De mi esfuerzo de atención sobre la luz resultó una gran claridad mental. Supe entonces que en esa casa, en presencia de esa gente, era tan errado como pe­ligroso comportarse como un espectador inocente.

‑¿No tienes miedo? ‑preguntó Rosa, señalando la puerta.

Su voz quebró mi concentración.

Admití que, fuese lo que fuese aquello, me aterrori­zaba en extremo, incluso me parecía posible morir de miedo. Quería decir más, pero, en ese preciso momento, una oleada de ira me indujo a ir a ver y hablar con doña Soledad. No confiaba en ella. Me dirigí sin vacilar a su habitación. No estaba allí. Empecé a llamarla, rugiendo su nombre. La casa contaba con una habitación más. Empujé la puerta entreabierta y me precipité dentro.

No había nadie. Mi cólera aumentaba en la misma me­dida en que lo hacía mi terror.

Traspuse la puerta trasera y rodeé la casa hacia el frente. No se veía siquiera al perro. Golpeé la puerta con furia. Fue Lidia quien la abrió. Entré. Le aullé, reclamándole que me informase dónde estaban los demás. Bajó los ojos, sin responder. Quiso cerrar la puerta, pero se lo impedí. Marchó apresuradamente hacia la otra ha­bitación.

Me senté a la mesa nuevamente. Rosa no se había movido. Daba la impresión de hallarse paralizada en su sitio.

‑Somos lo mismo ‑dijo inesperadamente‑. El Na­gual nos lo dijo.

‑Dime, pues, qué era lo que rondaba la casa ‑exigí.

‑El aliado ‑respondió.

‑¿Dónde está ahora?

‑Sigue aquí. No se irá. Cuando te encuentre debili­tado, te hará pedazos. Pero no somos nosotras quienes podemos decirte nada.

‑Entonces, ¿quién puede decírmelo?

‑¡La Gorda! ‑exclamó Rosa, abriendo los ojos des­mesuradamente‑. Ella es la indicada. Ella lo sabe todo.

Rosa me pidió que cerrara la puerta, para sentirse en lugar seguro. Sin esperar respuesta, fue hasta ella recorriendo la distancia necesaria paso a paso, y dio un portazo.

‑No podemos hacer nada, salvo esperar que todos estén aquí ‑dijo.

Lidia volvió de la habitación con un paquete, un ob­jeto envuelto en un trozo de tela de un amarillo subido. Se la veía muy serena. Noté que su talante era más au­toritario. De algún modo, nos lo hizo compartir, a Rosa y a mí.

‑¿Sabes qué tengo aquí? ‑me preguntó.

Yo no tenía la más vaga idea. Comenzó a desenvol­verlo con deliberación, tomándose su tiempo. En un mo­mento dado se detuvo y me miró. Dio la impresión de vacilar y sonrió como si la timidez le impidiera mostrar lo que había en el envoltorio.

‑El Nagual dejó este paquete para ti ‑murmuró‑, pero creo que sería mejor esperar a la Gorda.

Insistí en que lo deshiciera. Me dedicó una mirada fe­roz y se retiró de la habitación sin una sola palabra más.

Me divertía el juego de Lidia. Había actuado total­mente de acuerdo con las enseñanzas de don Juan. Me había demostrado el mejor modo de sacar partido de una situación de equilibrio. Al traerme el paquete y fin­gir que lo iba a abrir, tras revelar que don Juan lo ha­bía dejado para mí, había creado un verdadero misterio, casi insoportable. Sabía que me tenía que quedar si quería averiguar cuál era el contenido del paquete. Pen­sé en buen número de cosas que me parecía probable que albergase. Tal vez fuese la pipa empleada por don Juan al manipular hongos psicotrópicos. Había dado a entender en una oportunidad que la pipa debía serme entregada para que estuviese a buen recaudo. O tal vez fuera su cuchillo, o su morral de piel, o incluso sus obje­tos de poder de brujo. Por otra parte, bien podía tratar­se simplemente de una estratagema de Lidia. Don Juan era demasiado sofisticado, demasiado inclinado a lo abstracto, para dejar reliquias.

Dije a Rosa que me encontraba mortalmente cansa­do y debilitado por la falta de comida. Mi idea era ir a la ciudad, descansar un par de días y regresar a ver a Pa­blito y a Néstor. Le informé que entonces me sería posi­ble conocer a las otras dos niñas.

Volvió Lidia y Rosa le comunicó mi intención de partir.

‑El Nagual nos ordenó atenderte como si tú fueses él mismo ‑dijo Lidia‑. Todos nosotros somos el propio Nagual, pero tú eres algo más, por alguna razón que nadie entiende.

Ambas me hablaban simultáneamente, dándome ga­rantías de que nadie iba a intentar en mi contra nada semejante a lo que había ensayado doña Soledad. En los ojos de ambas había una mirada tan intensamente honesta que mi cuerpo se vio abrumado. Les creí.

‑Debes quedarte hasta que venga la Gorda ‑dijo Lidia.

‑El Nagual dijo que debías dormir en su propia cama ‑agregó Rosa.

Comencé a pasearme por el lugar, angustiado por un gran dilema. Por una parte, quería quedarme y descan­sar; me sentía físicamente cómodo y satisfecho en su presencia, cosa que no me había ocurrido el día anterior con doña Soledad. Por otra parte, el aspecto razonante de mi ser, seguía sin relajarse. En ese nivel, continuaba tan atemorizado como siempre. Había habido momen­tos de ciega desesperación y había actuado con audacia. Pero, una vez que mis acciones perdieron su ímpetu, me había sentido tan vulnerable como de costumbre.

Me hundí en un intenso análisis de mi alma durante mi marcha casi frenética del lugar. Las dos muchachas se mantenían quietas, contemplándome con ansiedad. Entonces, súbitamente, se hizo la luz sobre el enigma; supe que había algo en mi interior que no hacía más que fingir miedo. Me había acostumbrado a reaccionar así en presencia de don Juan. A lo largo de los años que duró nuestra relación, había descargado sobre él todo el peso de mi necesidad de alivios convenientes para mi temor. El depender de él me había proporcionado con­suelo y seguridad. Pero ya no era posible sostenerse por ese medio. Don Juan se había ido. Sus aprendices care­cían de su paciencia, o de su refinamiento, o de capaci­dad para dar órdenes precisas. Frente a ellas, mi nece­sidad de consuelo era absolutamente absurda.

Las niñas me llevaron a la otra habitación. La ven­tana estaba orientada al Sudeste, al igual que el lecho, una estera espesa, casi tanto como un colchón. Un volu­minoso tallo de maguey, de unos sesenta centímetros, labrado hasta dejar al descubierto la porción porosa de su tejido, hacía las veces de almohada o cojín. En su parte central había un leve declive. La superficie era sumamente suave. Daba la impresión de haber sido tra­bajada a mano. Probé el lecho y la almohada. La como­didad y la satisfacción física que experimenté fueron de­sacostumbrados. Al yacer en la cama de don Juan me sentí seguro y pleno. Una calma incomparable se exten­dió por mi cuerpo. Sólo una vez antes, había vivido algo semejante: al improvisar don Juan un lecho para mí, en la cumbre de una montaña en el desierto septentrional de México. Me dormí.

Desperté al atardecer. Lidia y Rosa estaban casi en­cima de mí, profundamente dormidas. Permanecí inmó­vil durante uno o dos segundos, y en ese momento am­bas despertaron a un tiempo.

Lidia bostezó y dijo que había tenido que dormir cer­ca de mí para protegerme y hacerme descansar. Estaba famélico. Lidia envió a Rosa a la cocina a prepararnos algo de comer. En el ínterin, encendió todas las lámpa­ras de la casa. Cuando la comida estuvo hecha, nos sen­tamos a la mesa. Me sentía como si las hubiese conocido o hubiese pasado junto a ellas toda mi vida. Comimos en silencio.

Cuando Rosa quitaba la mesa, pregunté a Lidia si todos dormían en el lecho del Nagual; era la única cama de la casa, aparte de la de doña Soledad. Lidia declaró, en tono flemático, que ellas se habían ido de la casa ha­cía años, a un lugar propio, cerca de allí, y que Pablito se había mudado en la misma época y vivía con Néstor y Benigno.

‑Pero, ¿qué sucedió con ustedes? Creía que se ha­llaban juntos ‑dije.

-Ya no ‑replicó Lidia‑. Desde que el Nagual se fue hemos tenido tareas separadas. El Nagual nos unió y el Nagual nos apartó.

‑¿Y dónde está el Nagual ahora? ‑pregunté con el tono de mayor indiferencia que me fue posible fingir.

Ambas me miraron; luego se miraron entre sí.

‑Oh, no lo sabemos ‑dijo Lidia‑. Él y Genaro se han ido.

Aparentemente, decían la verdad, pero insistí una vez más en que me contasen lo que sabían.

‑En realidad no sabemos nada ‑me espetó Lidia evidentemente nerviosa por mis inquisiciones‑. Se fue­ron a otra parte. Eso se lo debes preguntar a la Gorda. Ella tiene algo que decirte. Supo ayer que habías venido y corrimos durante toda la noche para llegar. Temíamos que hubieses muerto. El Nagual nos dijo que tú eras la única persona a la que debíamos ayudar y creer. Dijo que eras él mismo.

Se cubrió el rostro y sofocó una risilla; luego, como si se le acabase de ocurrir, agregó:

‑Pero es difícil de creer.

‑No te conocemos -dijo Rosa‑. Ese es el problema. Las cuatro sentimos lo mismo. Temimos que estu­vieses muerto, pero luego, cuando te vimos, nos enfada­mos contigo hasta la locura porque no lo estabas. Soledad es como nuestra madre; tal vez algo más.

Cambiaron miradas de inteligencia. Lo interpreté de inmediato como señal de dificultades. No se traían nada bueno. Lidia advirtió mi súbito recelo, que se de­bía leer fácilmente en mi rostro. Reaccionó haciendo una serie de aseveraciones acerca de su deseo de ayu­darme. A decir verdad, no tenía razón alguna para du­dar de su sinceridad. Si hubiesen pretendido hacerme daño, lo habrían hecho mientras dormía. Sus palabras sonaban tan veraces que me sentí mezquino. Decidí en­tregarles los regalos que les había traído. Les dije que se trataba de chucherías sin importancia, que estaban en los paquetes y podían escoger las que les gustasen. Lidia dijo que le parecía preferible que yo mismo dis­tribuyese los obsequios. En un tono muy amable agre­gó que se sentirían muy agradecidas si curase a doña Soledad.

‑¿Qué crees que debo hacer para curarla? ‑le pre­gunté, tras un largo silencio.

‑Usa a tu doble ‑dijo, en un tono desprovisto de emoción.

Repasé minuciosamente los hechos: doña Soledad había estado a punto de asesinarme, y yo había sobrevi­vido merced a un algo en mí, que no se correspondía con mis capacidades ni con mi conocimiento. Por lo que yo sabía, esa cosa indefinida que le había dado un golpe era real, aunque inalcanzable. Por decirlo en breves pa­labras, me resultaba tan probable ayudar a doña Sole­dad como ir andando hasta la Luna.

Me observaba atentamente, y permanecían inmóvi­les, pero agitadas.

‑¿Dónde se encuentra ahora doña Soledad? ‑pre­gunté a Lidia.

‑Está con la Gorda ‑dijo, con aire sombrío‑. La Gorda se la llevó y está tratando de curarla, pero en re­alidad no sabemos dónde se hallan. Esa es la verdad.

‑¿Y dónde se encuentra Josefina?

‑Fue a buscar al Testigo. Es el único capaz de curar a Soledad. Rosa piensa que tú sabes más que el Testigo, pero, puesto que estás enfadado con Soledad, deseas su muerte. No te culpamos por ello.

Les aseguré que no estaba enfadado con ella, y, por sobre todo, que no deseaba su muerte.

‑¡Cúrala, entonces! ‑dijo Rosa, con una voz aguda en la cual se traslucía la cólera‑. El Testigo nos ha di­cho que tú siempre sabes qué hacer, y él no puede estar equivocado.

‑¿Y quién demonios es el Testigo?

‑Néstor es el Testigo ‑dijo Lidia, mostrando cierta renuencia a mencionar su nombre‑. Tú lo sabes. Tie­nes que saberlo.

Recordé que en nuestro último encuentro don Gena­ro había llamado a Néstor «el Testigo». Pensé entonces que el nombre era una broma, o un truco del que se va­lía don Genaro para aliviar la sofocante tensión y la an­gustia de aquellos últimos momentos que pasábamos juntos.

‑No era ninguna broma -dijo Lidia, en tono fir­me‑. Genaro y el Nagual siguieron un camino diferente respecto del Testigo. Lo llevaron con ellos a todas partes. ¡Y quiero decir a todas! El Testigo presencia todo lo que hay que presenciar.

Era evidente que había un enorme malentendido en­tre nosotros. Me esforcé por hacerles entender que yo era prácticamente un desconocido para ellos. Don Juan me había mantenido apartado de todos, incluidos Pabli­to y Néstor. Con excepción de los saludos casuales que todos ellos habían cambiado conmigo en el curso de los años, nunca nos habíamos hablado. Yo les conocía, prin­cipalmente, a través de las descripciones que me había hecho don Juan. Si bien en una oportunidad había co­nocido a Josefina, me era imposible recordar su aspecto físico, y todo lo que había visto de la Gorda era su gi­gantesco trasero. Les dije que ni siquiera sabía, hasta el día anterior, que las cuatro eran aprendices de don Juan, y que Benigno también formaba parte del grupo.

Cambiaron una mirada tímida. Rosa movió los la­bios para decir algo, pero Lidia le ordenó callar con el pie. Creía que, tras mi larga y conmovedora explicación, ya no les sería necesario enviarse mensajes furtivos. Te­nía los nervios tan alterados que sus movimientos encu­biertos de pies resultaron el elemento preciso para ha­cerme montar en cólera. Les grité con toda la fuerza de mis pulmones y golpeé la mesa con la mano derecha. Rosa se puso de pie a increíble velocidad, y, supongo que a modo de respuesta a su súbito movimiento, mi cuerpo, por sí mismo, sin indicación alguna de mi razón, dio un paso atrás, exactamente a tiempo para eludir por pocos centímetros el golpe de un sólido leño u otro obje­to contundente que Rosa blandía en la mano izquierda. Cayó sobre la mesa con ruido atronador.

Volví a oír, tal como la noche anterior, mientras doña Soledad trataba de estrangularme, un sonido sin­gular y misterioso, un sonido seco, semejante al que produce un conducto tubular al quebrarse, exactamente por detrás de la tráquea, en la base del cuello. Mis oídos estallaron y, con la velocidad del relámpago, mi brazo izquierdo descendió con fuerza sobre el palo de Rosa. Yo mismo presencié la escena, como si se tratara de una película.

Rosa chilló y comprendí entonces que le había gol­peado el dorso de la mano con el puño izquierdo, descar­gando en ello todo mi peso. Estaba aterrado. Sucediese lo que sucediese, para mí no era real. Era una pesadilla. Rosa seguía chillando. Lidia la llevó a la habitación de don Juan. Oí sus gritos de dolor durante unos momentos; luego cesaron. Me senté a la mesa. Mis pensamientos surgían disociados e incoherentes.

Tenía aguda conciencia del peculiar sonido de la base de mi cuello. Don Juan lo había descrito como el sonido que se hace al cambiar de velocidad. Recordaba vagamente haberlo experimentado en su compañía. Si bien la noche previa el dato había pasado por mi mente, no había sido enteramente consciente de él hasta que tuvieron lugar los sucesos con Rosa. Percibí en ese mo­mento que el sonido había dado paso a una sensación especialmente cálida en la bóveda de mi paladar y en mis oídos. La intensidad y la sequedad del sonido me hicieron pensar en el toque de una gran campana que­brada.

Lidia no tardó en volver. Se la veía más serena y contenida. Hasta sonreía. Le pedí por favor que me ayu­dase a desenmarañar ese lío y me contase lo sucedido. Tras vacilar largamente me dijo que, al aullar y apo­rrear la mesa, había puesto nerviosa a Rosa; ésta, cre­yendo que la iba a lastimar, había intentado golpearme con su «mano de sueño». Yo había esquivado el golpe y la había herido en el dorso de la mano, del mismo modo en que lo había hecho con doña Soledad. Lidia agregó que la mano de Rosa quedaría inutilizada a menos que yo conociera un modo de prestarle auxilio.

En ese momento, Rosa entró a la habitación. Tenía el brazo envuelto en un trozo de tela. Me miró. Su mira­da recordaba la de un niño. Mis sentimientos eran to­talmente confusos. Una parte de mí se sentía cruel y culpable. Pero otra permanecía imperturbable. De no ser por la segunda, no hubiese sobrevivido ni al ataque de doña Soledad ni al devastador golpe de Rosa.

Tras un largo silencio, les dije que era signo de gran ­intolerancia por mi parte el haberme molestado por los mensajes que se transmitían con los pies, pero que el gritar y golpear la mesa no guardaba relación alguna con lo que Rosa había hecho. En vista de que yo no me hallaba familiarizado con sus prácticas, bien podía haberme quebrado el brazo.

En tono intimidatorio, exigí ver su mano. La desvendó de mala gana. Estaba hinchada y roja. A mi criterio, no cabía duda alguna de que esa gente estaba dando los pasos correspondientes a una suerte de prueba preparada por don Juan para mí. Por afrontarla me veía arroja­do a un mundo al cual era imposible acceder ni aceptar en términos racionales. Me había dicho una y otra vez que mi racionalidad comprendía tan sólo una pequeña porción de lo que denominaba la totalidad de uno mismo. Ante el impacto de lo desconocido y el riesgo enteramente real de mi aniquilación física, mi cuerpo había tenido que hacer uso de sus recursos ocultos, o morir. La trampa consistía, aparentemente, en la verdadera aceptación de la existencia de tales recursos y de la po­sibilidad de emplearlos. Los años de preparación no habían sido sino los pasos necesarios para llegar a esa aceptación. Fiel a su propósito de no comprometerse, don Juan había aspirado a una victoria total o a una completa derrota para mí. Si sus enseñanzas no habían servido para ponerme en contacto con mis recursos ocultos, la prueba lo pondría en evidencia, en cuyo caso habría sido muy poco lo que yo pudiese hacer. Don J­uan había dicho a doña Soledad que me suicidaría. Siendo un conocedor tan profundo de la naturaleza humana, es probable que no se hallase en error alguno.

Era hora de variar la táctica. Lidia había sostenido que yo era capaz de ayudar a Rosa y a doña Soledad va­liéndome de la misma fuerza con que las había lastimado; el problema, por consiguiente, consistía en dar con la secuencia correcta de sentimientos, o pensamientos, o lo que quiera que ello fuese, susceptible de lograr que mi cuerpo liberase tal fuerza. Cogí la mano de Rosa y la acaricié. Deseaba que se curara. No abrigaba sino bue­nos sentimientos hacia ella. Le acaricié la mano y la tuve abrazada largo rato. Le acaricié la cabeza y quedó dormida, apoyada sobre mi hombro, pero no hubo dis­minución alguna de la hinchazón ni del rubor.

Lidia me miraba sin decir palabra. Me sonrió. Que­ría decirle que era un fracaso como sanador. Sus ojos parecieron captar mi intención, sostuvo mi mirada has­ta hacerme abandonar el propósito.

Rosa quería dormir. Estaba mortalmente cansada, o se encontraba enferma. Prefería no saberlo. La alcé en brazos; era más ligera de lo que había imaginado. La llevé al lecho de don Juan y la deposité en él con delica­deza, Lidia la cubrió. La habitación estaba muy oscura. Miré por la ventana y vi un cielo estrellado sin nubes. No había sido consciente hasta ese momento de que nos hallábamos a una gran altitud.

Al mirar al cielo, sentí renacer mi optimismo. En cierto modo, las estrellas me regocijaban. El Sudeste me resultaba realmente una dirección digna de ser en­frentada.

De pronto, me vi obligado a satisfacer un impulso. Quise comprobar cuán diferente se vería el cielo desde la ventana de doña Soledad, orientada al Norte. Cogí a Lidia por la mano, con la intención de llevarla allí, pero un cosquilleo en la coronilla me detuvo. Algo así como si una onda recorriese mi cuerpo, desde la espalda a la cintura, y, desde allí, hasta la boca del estómago. Me senté sobre la estera. Hice un esfuerzo por racionalizar mis sensaciones. Aparentemente, en el mismo instante en que percibí el cosquilleo en la coronilla, mis pensa­mientos se habían reducido en intensidad y cantidad. Lo intenté; pero me fue imposible retornar al proceso habitual, que llamo «pensamiento».

Mis consideraciones me llevaron a olvidar a Lidia. Se había arrodillado en el suelo, cara a mí. Tomé con­ciencia de que sus enormes ojos me escrutaban desde una distancia de pocos centímetros. Automáticamente, volví a cogerle la mano y fuimos a la habitación de doña Soledad. Al llegar a la puerta, percibí que su cuerpo se ponía rígido. Tuve que empujarla. Estaba a punto de trasponer el umbral, cuando distinguí la masa volumi­nosa, oscura, de un cuerpo humano agazapado contra el muro opuesto al de la entrada. La visión era tan inespe­rada que sofoqué un grito y solté la mano de Lidia. Era doña Soledad. Tenía la cabeza apoyada en la pared. Me volví hacia Lidia. Había retrocedido un par de pasos. Quise susurrar que doña Soledad había regresado, pero de mí no brotó sonido alguno, a pesar de estar seguro de haber pronunciado correctamente las palabras. Hubiese intentado hablar de nuevo, de no haberse impuesto la necesidad que sentía de actuar. Era como si las pala­bras reclamasen mucho tiempo y yo tuviera muy poco. Entré a la habitación y me aproximé a doña Soledad. Daba la impresión de estar padeciendo un gran dolor. Me puse en cuclillas a su lado y, antes de preguntarle nada, alcé su rostro para mirarla. Vi algo en su frente; parecía ser el emplasto de hojas que ella misma se ha­bía preparado. Era oscuro, viscoso al tacto. Precisaba compulsivamente arrancarlo. Con gesto enérgico sujeté su cabeza, la incliné hacia atrás y se lo quité de un ti­rón. Fue como despegar un trozo de goma. No se movió ni se quejó de dolor alguno. Bajo el emplasto había una mancha de color verde amarillento. Se movía, como si estuviese viva o empapada de energía. La contemplé un rato, incapaz de hacer nada. La apreté con el dedo y se pegó a él como si fuese cola. No fui presa del pánico, como hubiese ocurrido de ordinario; es más: me agrada­ba esa sustancia. Hurgué en ella con las puntas de los dedos y terminó por desprenderse completamente de su frente. Me puse de pie. La materia pegajosa estaba ti­bia. Mantuvo sus características de pasta glutinosa por un instante y luego se secó entre mis dedos y sobre la palma de mi mano. Me conmovió una nueva y súbita oleada de comprensión y corrí hacia la habitación de don Juan. Aferré el brazo de Rosa y saqué de su mano la misma sustancia fluorescente, verde amarillenta, que había sacado de la frente de doña Soledad.

El corazón me latía con tal violencia que a duras pe­nas podía mantenerme en pie. Quería echarme, pero algo en mi interior me empujó hacia la ventana y me impulsó a ponerme a saltar en el lugar.

No alcanzo a recordar cuánto tiempo pasé allí sal­tando. En un momento dado, sentí que alguien me seca­ba el cuello y los hombros. Tomé conciencia de que me encontraba prácticamente desnudo, transpirando con profusión. Lidia me había echado un paño sobre los hombros, y en ese momento enjugaba el sudor de mi rostro. Mis procesos mentales normales se restablecie­ron de inmediato. Recorrí la habitación con la vista. Rosa se hallaba profundamente dormida. Fui corriendo a la habitación de doña Soledad. Esperaba verla tam­bién dormida, pero allí no había nadie. Lidia me había seguido. Le pregunté qué había sucedido. Fue a toda prisa a despertar a Rosa, mientras yo me vestía. Rosa no quería despertar. Lidia le cogió la mano lastimada y se la estrujó. En un solo movimiento, casi se diría que de un salto, Rosa se puso de pie, totalmente despierta.

Empezaron a recorrer la casa, apresurándose a apa­gar todas las lámparas. Daban la impresión de estar aprontándose para partir. Iba a preguntarles a qué obe­decía tanta prisa, cuando tomé conciencia de que yo mismo me había vestido con suma rapidez. Todos nos precipitábamos. Es más: ellas parecían estar esperando órdenes mías.

Salimos corriendo de la casa, llevando con nosotros todos los paquetes de los regalos. Lidia me había reco­mendado que no dejase ninguno; aún no los había dis­tribuido y por lo tanto seguían perteneciéndome. Los arrojé en el asiento trasero del automóvil, mientras las dos muchachas se instalaban en el delantero. Puse el motor en marcha y fui retrocediendo lentamente, bus­cando el camino en la oscuridad.

Una vez en la carretera, me vi enfrentado a una cuestión espinosa. Ambas declararon al unísono que yo era el guía; sus actos dependían de mis decisiones. Yo era el Nagual. No podíamos huir de la casa y marchar sin rumbo. Debía guiarles. Pero lo cierto era que yo no te­nía idea de a dónde ir ni qué hacer. Me volví hacia ellas. Los faros arrojaban cierta luz dentro del coche, y sus ojos la reflejaban como espejos. Recordé que con los ojos de don Juan sucedía lo mismo; parecían reflejar más luz que los de una persona corriente.

Comprendí que las dos muchachas eran conscientes de lo extremo de mi situación. Más que una broma des­tinada a disimular mi incapacidad, lo que hice fue po­ner francamente en sus manos la responsabilidad de una solución. Les dije que me faltaba práctica como Na­gual y que les quedaría muy agradecido si me hacían el favor de hacerme una sugerencia o una insinuación respecto al lugar al que debíamos dirigirnos. Ello pareció disgustarlas conmigo. Hicieron chasquear la lengua y negaron con la cabeza. Repasé mentalmente varios pro­bables cursos de acción, ninguno de los cuales era factible, como llevarlas al pueblo, o a la casa de Néstor, o in­cluso a Ciudad de México.

Detuve el coche. Iba en dirección al pueblo. Deseaba más que nada en el mundo tener una conversación sincera con las muchachas. Abrí la boca para comenzar, pero se apartaron de mí, se pusieron cara a cara y se echaron mutuamente los brazos al cuello. Eso parecía ser una indicación de que se habían encerrado en sí mismas y no iban a escucharme.

Mi frustración fue enorme. Lo que anhelaba en ese momento era la maestría de don Juan frente a cualquier situación que se presentara, su camaradería intelectual, su humor. En cambio, me hallaba en compañía de dos idiotas.

Percibí cierto abatimiento en el rostro de Lidia y puse fin a mi ataque de autoconmiseración. Por prime­ra vez fui abiertamente consciente de que no había modo de superar nuestra mutua desilusión. Era eviden­te que ellas también estaban acostumbradas, aunque de una forma diferente, a la maestría de don Juan. Para ellas, el cambio del propio Nagual por mí debía de haber sido desastroso.

Permanecí inmóvil un buen rato, con el motor en marcha. De pronto, un estremecimiento, comenzado como un cosquilleo en mi coronilla, volvió a recorrer mi cuerpo; supe entonces lo que había sucedido poco antes, al entrar en la habitación de doña Soledad. Yo no la ha­bía visto en un sentido ordinario. Aquello que había to­mado por doña Soledad acurrucada junto a la pared, era en realidad el recuerdo del instante, inmediata­mente posterior a aquel en que la había golpeado, en el cual había abandonado su cuerpo. Comprendí tam­bién que al retirar aquella sustancia glutinosa, fosfores­cente, la había curado, y que se trataba de una forma de energía dejada en su cabeza y en la mano de Rosa por mis golpes.

Pasó por mi mente la imagen de un barranco singu­lar. Me convencí de que doña Soledad y la Gorda estaban en él. Mi convicción no obedecía a una mera conjetura: se trataba de una verdad que no requería corroboración. La Gorda había llevado a doña Soledad al fondo de ese barranco, y en ese preciso instante estaba tratando de curarla. Deseaba decirle que era un error cuidarse de la hinchazón de la frente de doña Soledad, y que ya no te­nían necesidad de permanecer allí.

Describí mi visión a las muchachas. Ambas me dije­ron, tal como solía hacerlo don Juan, que no debía de­jarme llevar por tales representaciones. En él, sin em­bargo, la reacción resultaba más congruente. Yo nunca había hecho realmente caso de sus críticas ni de su des­dén; pero con ellas era diferente: no estaban al mismo nivel. Me sentí insultado.

‑Las llevaré a su casa ‑dije‑. ¿Dónde viven?

Lidia se volvió hacia mí y me dijo furiosa que ellas eran mis protegidas y que debía llevarlas a lugar seguro, puesto que habían renunciado a su libertad, a pedi­do del Nagual, con la finalidad de ayudarme.

Llegados a este punto, monté en cólera. Quise abofetearlas, pero entonces sentí el extraño estremecimiento recorrer mi cuerpo una vez más. Volvió a comenzar como un cosquilleo en la coronilla, y bajó por mi espalda hasta llegar a la región umbilical: en ese instante supe dónde vivían. El cosquilleo era como una capa protectora, una suave, cálida, hoja de celuloide. La percibía físicamente, cubriendo la zona que va desde el pubis hasta el reborde costal. Mi cólera desapareció, dando paso a una extraña serenidad, una frialdad, y, a la vez, un deseo de reír. Comprendí en aquel momento algo trascendental. Ante el impacto de los actos de doña Soledad y de las herma­nitas, mi cuerpo se había desprendido de la racionali­dad; yo había, dicho en los términos de don Juan, parado el mundo. Había amalgamado dos sensaciones disocia­das. El cosquilleo en la parte alta de la cabeza y el ruido seco de quebradura en la base del cuello: entre ambas cosas yacía la clave de aquella suspensión del juicio.

Sentado en el coche con las dos muchachas, al costa­do de un camino de montaña desierto, supe a ciencia cierta que, por primera vez, había tenido completa conciencia de parar el mundo. Esa sensación trajo a mi memoria otra similar: mi primera experiencia de concien­cia corporal, ocurrida hacía años. Tenía que ver con el cosquilleo en la coronilla. Don Juan me había dicho que los brujos debían cultivar esa sensación, y se había ex­tendido en su descripción. Según él, era una suerte de comezón, algo ni placentero ni doloroso, que se iniciaba en el punto más alto de la cabeza. Para hacérmelo com­prender, en un nivel intelectual, definió y analizó sus características, y luego, atento al aspecto práctico, in­tentó orientarme en el desarrollo de la conciencia corpo­ral y la memoria de la sensación, haciéndome correr bajo ramas o rocas salientes según un plano horizontal situado a pocos centímetros por encima de mí.

Pasé años tratando de comprender lo que me había indicado, pero, por una parte, me resultaba imposible captar todo el sentido de su descripción, y, por otra par­te, era incapaz de dotar a mi cuerpo de la memoria ade­cuada para seguir sus consejos prácticos. Nunca sentía nada sobre la cabeza al correr bajo las ramas o las rocas que él había escogido para sus demostraciones. Pero un día mi cuerpo descubrió la sensación por sí mismo, al intentar entrar conduciendo un camión de caja alta en un edificio para aparcamiento de tres plantas. Traspuse el umbral a la misma velocidad con que solía hacerlo en mi pequeño sedán de dos puertas; de resultas de lo cual vi, desde el alto asiento del camión, cómo la viga de ce­mento transversal del techo se acercaba a mi cabeza. No pude detenerme a tiempo y la sensación que tuve fue la de que la viga me escalpaba. Nunca había condu­cido un vehículo tan alto como ese, de modo que no me era posible haber hecho los ajustes perceptuales necesa­rios. El espacio que separaba el camión del techo del aparcamiento, me parecía inexistente. Sentí la viga con el cuero cabelludo.

Ese día pasé horas conduciendo en el aparcamiento para dar a mi cuerpo la oportunidad de hacerse con el recuerdo del cosquilleo.

Me volví hacia las muchachas con el propósito de in­formales que acababa de recordar dónde vivían. Desistí. No había modo de explicarles que la experiencia del cos­quilleo había traído a mi memoria una observación he­cha al azar por don Juan en cierta oportunidad en que, camino de la vivienda de Pablito, pasamos por otra casa. Había señalado una característica poco corriente de esos alrededores, y dicho que esa casa era un lugar ideal para quien buscase quietud, pero no un lugar para descansar. Las llevé allí.

Su casa era una construcción de adobe bastante grande con techo de tejas, como aquél en que vivía doña Soledad. Tenía una habitación larga delante, una coci­na techada al aire libre en la parte trasera, un enorme patio contiguo a ella y, al otro lado del patio, un gallinero. La parte más importante de la casa, no obstante, era una habitación cerrada con dos puertas, una que se abría a la sala delantera, y otra que daba a los fondos. Lidia dijo que ellas mismas la habían construido. Quise verla, pero ambas argumentaron que no era el momento apropiado, puesto que ni Josefina ni la Gorda se ha­llaban presente para mostrarme las partes de la habita­ción que les pertenecían.

En un rincón de la primera habitación había una plataforma de ladrillos de tamaño considerable. Su al­tura sería de unos cuarenta y cinco centímetros y esta­ba destinada a hacer las veces de cama, con uno de sus extremos pegado a la pared. Lidia puso sobre ella unas espesas esteras de paja y me instó a que me echara a dormir mientras ellas velaban.

Rosa había encendido una lámpara y la colgó de un clavo sobre la cama. La luz alcanzaba para escribir. Les expliqué que al escribir me serenaba y les pregunté si les molestaba.

‑¿Por qué lo tienes que preguntar? ‑replicó Lidia‑. ¡Hazlo!

Con la pretensión de darle una explicación superfi­cial, le dije que yo siempre había hecho cosas raras, como tomar notas, lo cual resultaba extraño inclusive a don Juan y a don Genaro y que, en consecuencia, debía resultarles extraño a ellas.

‑Nosotras siempre hacemos cosas raras ‑dijo Li­dia secamente.

Me senté en la cama, bajo la lámpara, con la espalda apoyada en el muro. Ellas se echaron cerca de mí, una a cada lado. Rosa se cubrió con una manta y se quedó dor­mida, como si todo lo que necesitase para ello fuera ten­derse. Lidia declaró entonces que esos eran el momento y el lugar apropiados para conversar, si bien a ella le pa­recía preferible apagar la luz, porque ésta le daba sueño.

Nuestra conversación, en la oscuridad, giró en torno del paradero de las otras dos muchachas. Sostuvo que no tenía ni una remota idea del lugar en que pudiese hallarse la Gorda, pero que indudablemente Josefina seguía en las montañas buscando a Néstor, a pesar de la oscuridad. Explicó que Josefina era la más capaz de valerse por sí misma en circunstancias tales como encontrarse en un lugar desierto y oscuro. Esa era la razón por la cual la Gorda la había escogido para esa misión.

Le comenté que, escuchándolas referirse a la Gorda, me había hecho la idea de que era la jefe. Lidia me res­pondió que efectivamente la Gorda mandaba, y que el propio Nagual había ordenado que así fuera. Agregó que, más allá de esa circunstancia, tarde o temprano, la Gorda habría terminado por ponerse a la cabeza porque era la mejor.

En ese punto, me vi obligado a encender la lámpara, para poder escribir. Lidia se quejó de que la luz le impe­día permanecer despierta, pero me salí con la mía.

‑¿Qué es lo que determina que la Gorda sea la me­jor? ‑pregunté.

‑Tiene más poder personal ‑dijo‑. Lo sabe todo. Además, el Nagual le enseñó a controlar a la gente.

‑¿Envidias a la Gorda por ser la mejor?

‑Antes, pero ya no.

‑¿A qué se debe este cambio?

‑Terminé por aceptar mi destino, como me había dicho el Nagual.

‑¿Y cuál es tu destino?

‑Mi destino… mi destino es ser la brisa. Ser una so­ñadora. Mi destino es ser un guerrero.

‑¿Envidian Rosa o Josefina a la Gorda?

‑No, no la envidian. Todas nosotras hemos acepta­do nuestros destinos. El Nagual dijo que el poder sólo llega tras haber aceptado nuestros destinos sin discu­sión. Yo solía quejarme mucho y sentirme terriblemente mal porque me gustaba el Nagual. Creía ser una mujer.

Pero él me demostró que no lo era. Este cuerpo que ves es nuevo. Lo mismo nos ocurrió a todas. Tal vez a ti no te haya sucedido lo mismo, pero para nosotras el Nagual significó una nueva vida.

»Cuando nos dijo que iba a partir, porque tenía que hacer otras cosas, creímos morir. Pero ya nos ves. Estamos vivas; ¿sabes por qué? Porque el Nagual nos demostró que éramos él mismo. Está aquí, con nosotras. Siempre estará aquí. Somos su cuerpo y su espíritu.

‑¿Las cuatro se sienten de la misma manera?

‑No somos cuatro. Somos una. Ese es nuestro destino. Debemos sostenernos unas a otras. Y tú eres lo mismo. Todos nosotros somos lo mismo. Incluso Soledad es lo mismo, aunque vaya en una dirección distinta.

‑¿Y Pablito, y Néstor, y Benigno, dónde encajan?

‑No lo sabemos. No nos gustan. Especialmente Pablito. Es cobarde. No ha aceptado su destino y pretende huir de él. Es más: quiere renunciar a su condición de brujo y vivir una vida ordinaria. Eso sería estupendo para Soledad. Pero el Nagual nos ordenó ayudarle. No obstante, nos estamos cansando de hacerlo. Tal vez uno de estos días la Gorda lo quite de en medio para siempre.

‑¿Puede hacerlo?

‑¡Si puede hacerlo! Claro que puede. Ella tiene más del Nagual que ninguno de nosotros. Quizás incluso más que tú.

‑¿A qué se debe que el Nagual nunca me haya di­cho que ustedes eran sus aprendices?

‑A que estás vacío.

‑Todo el mundo sabe que estás vacío. Está escrito en tu cuerpo.

‑¿En qué te basas para decir eso?

‑Tienes un agujero en el medio.

‑¿En el medio de mi cuerpo? ¿Dónde?

Con suma delicadeza, tocó un lugar en el lado dere­cho de mi estómago. Trazó un círculo con el dedo, como si recorriese con él los bordes de un agujero invisible de diez o doce centímetros de ancho.

‑¿Tú también estás vacía, Lidia?

‑¿Bromeas? Estoy entera. ¿No lo ves?

Sus respuestas a mis preguntas estaban tomando un giro inesperado. No quería que mi ignorancia me pu­siera a malas con ella. Asentí con la cabeza.

‑¿Qué es lo que te lleva a pensar que tengo allí un agujero que me hace estar vacío? ‑pregunté, tras con­siderar cuál sería el más inocente de los interrogantes que le podía plantear.

No respondió. Me volvió la espalda y se lamentó de que la luz de la lámpara le hiciese escocer los ojos. In­sistí. Me enfrentó, desafiante.

‑No quiero decirte nada más ‑dijo‑. Eres estúpi­do. Ni siquiera Pablito es tan estúpido, y es el peor.

No quería meterme en otro callejón sin salida fin­giendo saber de qué estaba hablando, así que volví a in­quirir acerca de la causa de mi vacuidad. Traté de son­sacárselo, dándole amplias garantías de que don Juan nunca me había explicado la cuestión. Me había dicho una y otra vez que estaba vacío, y yo siempre lo había interpretado en el sentido en que un occidental puede interpretar una afirmación semejante. Pensaba que se refería a una carencia de poder de decisión, voluntad, fi­nalidades y hasta inteligencia. Nunca había menciona­do la existencia de un agujero en mi cuerpo.

‑Tienes un agujero en el costado derecho ‑dijo con frialdad‑. Un agujero hecho por una mujer al vaciarte.

‑¿Podrías decirme qué mujer ha sido?

‑Sólo tú lo sabes. El Nagual decía que los hombres, en la mayoría de los casos, ignoran quién los ha vaciado. Las mujeres son más afortunadas; lo saben con certeza.

‑Tus hermanas, ¿están vacías, como yo?

‑No seas idiota. ¿Cómo podrían estar vacías?

‑Doña Soledad me dijo que ella estaba vacía. ¿Pre­senta el mismo aspecto que yo?

‑No. El agujero de su estómago era enorme. Abar­caba ambos costados, lo cual revela que la han vaciado un hombre y una mujer.

‑¿Qué hizo doña Soledad con un hombre y una mujer?

‑Les entregó su integridad.

Vacilé un instante antes de formularle la siguiente pregunta. Quería valorar en su justa medida todas las consecuencias de su afirmación.

‑La Gorda estaba aún peor que Soledad ‑prosi­guió Lidia‑. Dos mujeres la vaciaron. El agujero de su estómago era como una caverna. Pero ella lo ha cerrado. Ha vuelto a estar completa.

‑Háblame de esas dos mujeres.

‑No te puedo decir nada más -declaró en un tono sumamente imperativo‑. Sólo la Gorda puede hablar de ello. Espera a que venga.

‑¿Por qué solamente la Gorda?

‑Porque lo sabe todo.

‑¿Es la única que lo sabe todo?

‑El Testigo sabe tanto como ella, o quizá más, pero él es el propio Genaro y eso hace que sea muy difícil atraparle. No lo queremos.

‑¿Por qué no lo quieren?

‑Esos tres vagabundos son horrorosos. Están locos, como Genaro. Es que son Genaro. Pasan la vida comba­tiéndonos, porque temían al Nagual y ahora quieren desquitarse con nosotras. En todo caso eso es lo que dice la Gorda.

‑¿Y qué es lo que lleva a la Gorda a decir eso?

‑El Nagual le dijo cosas que ella no comunicó a las demás. Ella ve. El Nagual dijo que tú también veías. Ni Josefina, ni Rosa, ni yo vemos. Y, sin embargo, los cinco somos lo mismo. Somos lo mismo.

La frase «somos lo mismo», que doña Soledad había empleado la noche anterior, originó un torrente de pen­samientos y de temores. Dejé a un lado mi libreta. Miré a mi alrededor. Estaba en un mundo extraño, echado en un lecho extraño, en medio de dos mujeres a las que no conocía. No obstante, me sentía cómodo. Mi cuerpo expe­rimentaba abandono e indiferencia. Confiaba en ellas.

‑¿Van a dormir aquí? ‑pregunté.

‑¿Dónde, si no?

-¿Y la habitación de ustedes?

-No podemos dejarte solo. Sentimos lo mismo que tú; eres un extraño, pero estamos obligadas a ayudarte. La Gorda dijo que no importaba lo estúpido que fueras, que debíamos cuidar de ti. Dijo que debíamos dormir en la misma cama que tú, como si fueses el propio Nagual.

Lidia apagó la lámpara. Permanecí sentado con la espalda apoyada en la pared. Cerré los ojos para pensar y me quedé dormido instantáneamente.

A las ocho de la mañana, Lidia, Rosa y yo nos habíamos sentado en un sitio plano exactamente frente a la puer­ta de entrada, y ya llevábamos casi cuatro horas allí desde las ocho de la mañana. Yo había intentado trabar conversación con ellas, pero se negaban a hablar. Da­ban la impresión de encontrarse muy serenas, casi dor­midas. No obstante, esa tendencia al abandono no era contagiosa. El estar allí sentado, en silencio forzoso, me había llevado a un estado de ánimo particular. La casa se alzaba en la cima de una pequeña colina; la puerta daba al Este. Desde el lugar en que me hallaba, alcan­zaba a ver casi en su totalidad el estrecho valle que co­rría de Este a Oeste. No divisaba el pueblo, pero sí las zonas verdes de los campos cultivados en el fondo del valle. Al otro lado, en todas direcciones, se extendían gi­gantescas colinas, redondas y erosionadas. No había montañas altas en las proximidades del valle, sólo esas enormes colinas, cuya visión suscitaba en mí la más violenta sensación de opresión. Tuve la impresión de que las elevaciones que tenía delante estaban a punto de transportarme a otra época.

Lidia se dirigió a mí de pronto, y su voz interrumpió mi ensueño. Tironeó mi manga.

-Allí viene Josefina ‑dijo.

Miré al sinuoso sendero que llevaba del valle a la casa. Vi a una mujer que subía andando lentamente; se encontraba a una distancia aproximada de cincuenta metros. Advertí de inmediato la notable diferencia de edad entre Lidia y Rosa, y ella. Volví a mirarla. Nunca me hubiese imaginado que Josefina fuese tan vieja. A juzgar por su paso tardo y la postura de su cuerpo, se trataba de una cincuentona. Era delgada, vestía una falda larga y oscura y traía un fardo de leña cargado en sus espaldas. Llevaba algo atado a la cintura; tenía to­das las trazas de ser un niño, sujeto a su cadera izquier­da. Daba la impresión de estar dándole el pecho a la vez que caminaba. Su andar era casi tenue. A duras penas logró remontar la última cuesta antes de arribar a la casa. Cuando por fin la tuvimos frente a nosotros, a po­cos metros, advertí que respiraba tan pesadamente que intenté ayudarla a sentarse. Hizo un gesto con el cual pareció indicar que estaba bien.

Oí a Rosa y a Lidia sofocar sendas risillas. No las miré, porque toda mi capacidad de atención había sido tomada por asalto. La mujer que tenía ante mí era la criatura más absolutamente repugnante y horrible que había visto en mi vida. Desató el fardo de leña y lo dejó caer al suelo con gran estrépito. Di un salto involuntaria­mente debido en parte al hecho de que estuvo a punto de caer sobre mi regazo, llevada por el peso de la madera.

Me miró por un instante y luego bajó los ojos, apa­rentemente turbada por su propia torpeza. Irguió la Es­palda y suspiró con evidente alivio. Se veía que la cara había resultado excesiva para su viejo cuerpo.

Mientras estiraba los brazos, el pelo se le soltó en parte. Llevaba una sucia cinta amarrada a la frente. El cabello largo y grisáceo se veía mugriento y enmarañado. Alcancé a ver hebras blancas destacando contra el castaño oscuro del lazo. Me sonrió y esbozó un gesto de saludo con la cabeza. Aparentemente, le faltaban todos los dientes; su boca era un agujero negro. Se cubrió el rostro con la mano y rió. Se quitó las sandalias y entró a la casa, sin darme tiempo de articular palabra. Rosa la siguió.

Estaba pasmado. Doña Soledad había dado a entender que Josefina tenía la misma edad que Lidia y Rosa. Me volví hacia Lidia. Me estaba observando con mirada de miope.

‑No tenía idea de que fuese tan vieja.

‑Sí, es bastante mayor ‑dijo, sin darle importancia.

‑¿Tiene un niño? ‑pregunté.

‑Sí, y lo lleva consigo a todas partes. Nunca lo deja con nosotras. Teme que vayamos a comérnoslo.

‑¿Es un varón?

‑Sí.

‑¿Qué edad tiene?

‑Lo tuvo hace un tiempo. Pero no sé su edad. Nosotras pensábamos que no debía tener un niño a sus años. Pero no nos hizo el menor caso.

‑¿De quién es el niño?

‑De Josefina, desde luego.

‑Quiero decir, ¿quién es el padre?

‑El Nagual. ¿Quién si no?

Esta revelación me pareció muy extraña y anonadante.

‑Supongo que todo es posible en el mundo del Nagual ‑dije.

Era más un pensamiento en voz alta que una frase para Lidia.

‑¡Desde luego! ‑dijo, y echó a reír.

Lo opresivo de aquellas colinas erosionadas se hacía insoportable. Había algo francamente aborrecible en aquella zona, y Josefina había sido el golpe de gracia. Además de tener un cuerpo feo, viejo y maloliente, y carecer de dientes, daba la impresión de padecer una suerte de parálisis facial. Los músculos del lado izquierdo de su cara estaban evidentemente afectados, condición que daba lugar a una distorsión del ojo y el lado izquierdo de la boca extraordinariamente desagradable. Mi depresión anímica se trocó en absoluta angustia. Durante un instante consideré la posibilidad, ya tan familiar, de correr hacia mi coche y marcharme.

Me lamenté ante Lidia, diciéndole que no me encontraba bien. Rió y aseguró que Josefina me había asustado.

‑Surte ese efecto sobre la gente ‑dijo-. Todo el mundo la odia. Es más fea que una cucaracha.

‑Recuerdo haberla visto una vez ‑dije‑, pero era joven.

‑Las cosas cambian ‑comentó Lidia, filosófica‑, en un sentido o en otro. Mira a Soledad. Qué cambio, ¿eh? Y tú también has cambiado. Se te ve más sólido que en mis recuerdos. Te pareces cada vez más al Nagual.

Quise señalar que el cambio de Josefina era abomi­nable, pero temí que mis palabras pudiesen llegar a sus oídos.

Miré las chatas colinas del otro lado del valle y sentí deseos de huir de ellas.

‑El Nagual nos dio esta casa -dijo-, pero no es una casa para el descanso. Antes teníamos otra que era francamente hermosa. Este lugar embota. Esas montañas de allí arriba acaban por volverle a uno loco.

El descaro con que leía mis pensamientos me des­concertó. No supe qué decir.

‑Somos indolentes por naturaleza ‑prosiguió‑. No nos gusta esforzarnos. El Nagual lo sabía, así que debe haber supuesto que este sitio nos llevaría a subir­nos por las paredes.

Se interrumpió bruscamente y dijo que quería algo de comer. Fuimos a la cocina, un área semicerrada, con sólo dos muros. Del lado abierto, a la derecha de la entrada, había un horno de barro; del opuesto, en el punto en que las dos paredes se unían, había un sitio amplio para comer, con una mesa y tres bancos. El piso estaba pavimentado con piedras del río pulidas. Un techo plano, situado a unos tres metros de altura descansaba so­bre las paredes y sobre vigas en los lados abiertos.

Lidia me sirvió un tazón de frijoles con carne de una olla expuesta a fuego muy lento, y calentó unas tortillas directamente sobre las brasas. Rosa entró, se sentó junto a mí y pidió a Lidia que le diese algo de comer.

Me concentré en observar cómo Lidia servía frijoles y carne con un cucharón. Daba la impresión de tener noción precisa de la cantidad exacta. Debe de haber to­mado conciencia de que yo admiraba sus maniobras. Quitó dos o tres frijoles del tazón de Rosa y los devolvió a la olla.

Por el rabillo del ojo, vi a Josefina entrar a la cocina. No obstante, no la miré. Se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa. Experimenté una sensación de rechazo en el estómago. Me di cuenta de que no podría comer mientras esa mujer me estuviese contemplando. Para aliviar mi tensión bromeé con Lidia a propósito de dos frijoles de más, en el tazón de Rosa, que había pasado por alto. Los retiró con el cucharón con una precisión que me sobresaltó. Reí nerviosamente, sabiendo que, una vez que Lidia se hubiese sentado, me vería obligado a apartar mis ojos del fogón y hacerme cargo de la pre­sencia de Josefina.

Finalmente, de mala gana, tuve que mirar al otro lado de la mesa. Hubo un silencio mortal. La contem­plé, incrédulo. Abrí la boca, asombrado. Oí las carcaja­das de Lidia y de Rosa. Me llevó una eternidad poner en cierto orden mis pensamientos y sensaciones. Fuese quien fuese la persona que tenía delante, no era la Jo­sefina que había visto un rato antes, sino una mucha­cha muy bonita. No tenía los rasgos indios de Lidia y de Rosa. Su tipo era más bien latino. Tenía una tez li­geramente olivácea, una boca muy pequeña y una na­riz finamente proporcionada, dientes cortos y blancos y cabello negro, breve y ensortijado. Un hoyuelo en el lado izquierdo del rostro completaba el encanto de su sonrisa.

Era la misma muchacha que había conocido superfi­cialmente hacía años. Sostuvo mi mirada mientras la estudiaba. Sus ojos evidenciaban cordialidad. Me fui sintiendo poco a poco presa de un nerviosismo incontro­lable. Terminé por decir chistes desesperados acerca de mi auténtica perplejidad.

Ellas reían como niños. Una vez que sus risas se hubieron acallado, quise saber cuál era la finalidad del despliegue histriónico de Josefina.

‑Practica el arte del acecho ‑dijo Lidia‑. El Na­gual nos enseñó a confundir a la gente para pasar, desapercibidas. Josefina es muy bonita; si anda sola de noche, nadie la molestará en tanto se la vea fea y maloliente, pero si sale tal como es… bueno… ya te imaginas lo que podría suceder.

Josefina asintió con un gesto y luego deformó el rostro, en la más desagradable de las muecas posibles.

‑Puede mantener la cara así todo el día.

Sostuve que, si viviera en esos parajes, seguramente Josefina llamaría más fácilmente mi atención con su disfraz que sin él.

‑Ese disfraz era sólo para ti ‑dijo Lidia, y las tres rieron‑. Y mira hasta qué punto te desconcertó. Te lla­mó más la atención el niño que ella.

Lidia fue a la habitación y regresó con un atado de trapos que tenía toda la apariencia de un niño envuelto en sus ropas; lo arrojó sobre la mesa, delante de mí. Sumé mis carcajadas a las suyas.

‑¿Todas tienen disfraces? ‑pregunté.

‑No. Solamente Josefina. Nadie en los alrededores la conoce tal cómo es ‑replicó Lidia.

Josefina asintió y sonrió, pero permaneció en silen­cio. Me gustaba muchísimo. Había algo inmensamente inocente y dulce en ella.

‑Di algo, Josefina -dije, aferrándola por los ante­brazos.

Me miró desconcertada y retrocedió. Supuse que, de­jándome llevar por mi alegría, le había hecho daño al co­gerla con demasiada fuerza. La dejé ir. Se sentó muy er­guida. Contrajo su pequeña boca y sus labios finos y produjo una grotesca avalancha de gruñidos y chillidos.

Todo su rostro se alteró de pronto. Una serie de espasmos feos e involuntarios echaron a perder su serena expresión de un momento antes.

La miré horrorizado. Lidia me tiró de la manga.

‑¿Por qué tuviste que asustarla, estúpido? ‑susu­rró-. ¿No sabes que quedó muda y no puede decir nada?

Era evidente que Josefina la había entendido y pare­cía resuelta a protestar. Mostró a Lidia su puño apreta­do y dejó escapar otra riada de chillidos, extremada­mente altos y horripilantes; entonces se sofocó y tosió. Rosa comenzó a frotarle la espalda. Lidia pretendió ha­cer lo mismo, pero estuvo a punto de recibir en el rostro un puñetazo de Josefina.

Lidia se sentó a mi lado e hizo un gesto de impoten­cia. Se encogió de hombros.

-Ella es así ‑me susurró Lidia.

Josefina se volvió hacia ella. Su rostro se veía tras­tornado por una espantosa mueca de ira. Abrió la boca y vociferó, con todas sus fuerzas, dando rienda suelta a sonidos guturales, escalofriantes.

Lidia se deslizó del banco y con suma discreción dejó la cocina.

Rosa sostenía a Josefina por el brazo. Josefina pare­cía ser la representación de la furia. Movía la boca y de­formaba el rostro. En cuestión de minutos había perdido toda la belleza y toda la inocencia que me habían encan­tado. No sabía qué hacer. Traté de disculparme, pero los sonidos infrahumanos de Josefina ahogaban mis pala­bras. Finalmente, Rosa la llevó al interior de la casa.

Lidia regresó y se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa.

‑Algo se descompuso aquí arriba ‑dijo, tocándose la cabeza.

‑¿Cuándo sucedió? ‑pregunté.

‑Hace mucho. El Nagual debe de haberle hecho algo, porque de pronto perdió el habla.

Lidia se veía triste. Tuve la impresión de que la tris­teza se evidenciaba en contra de sus deseos. Hasta me sentí tentado de decirle que no se esforzase tanto por ocultar sus sentimientos.

‑¿Cómo se comunica Josefina con ustedes? ‑pregunté‑. ¿Escribe?

‑Vamos, no seas necio. No escribe. No es tú. Se vale de las manos y de los pies para decirnos lo que quiere.

Josefina y Rosa volvieron a la cocina. Se detuvieron a mi lado. Josefina volvía a ser, a mis ojos, la imagen de la inocencia y el candor. Su beatífica expresión no reve­laba en lo más mínimo su capacidad para transformar­se en un ser tan feo, en tan poco tiempo. Al verla, com­prendí que su fabulosa ductilidad gestual estaba, sin duda, íntimamente ligada a su afasia. Razoné que solo una persona que ha perdido la posibilidad de verbalizar puede ser tan versátil para la mímica.

Rosa me dijo que Josefina le había confesado que deseaba poder hablar, porque yo le gustaba mucho.

‑Hasta que llegaste, se sentía feliz como era ‑dijo Lidia con voz áspera.

Josefina sacudió la cabeza afirmativamente, corroborando la declaración de Lidia, y emitió una serie de suaves sonidos.

‑Desearía que la Gorda estuviese aquí ‑dijo Rosa-. Lidia siempre hace enfadar a Josefina.

‑¡No es esa mi intención! ‑protestó Lidia.

Josefina le sonrió y extendió el brazo para tocarla. Según todas las apariencias, su intención era disculpar­se. Lidia rechazó su mano.

‑¡Muda imbécil! ‑murmuró.

Josefina no se irritó. Desvió la vista. Había una enor­me tristeza en sus ojos. Me vi obligado a interceder.

‑Cree que es la única mujer en el mundo que tiene problemas ‑me espetó Lidia‑. El Nagual nos dijo que la tratásemos con rigor y sin piedad hasta que dejase de sentir lástima por sí misma.

Rosa me miró confirmando la aseveración de Lidia con un movimiento de cabeza.

Lidia se volvió hacia Rosa y le ordenó apartarse de Josefina. Rosa la obedeció, yendo a sentarse en el ban­co, a mi lado.

‑El Nagual dijo que cualquiera de estos días volve­ría a hablar ‑me confió Lidia.

‑¡Hey! ‑dijo Rosa, tirándome de la manga‑. Tal vez tú seas quien la haga hablar.

‑¡Sí! ‑exclamó Lidia, como si hubiese estado pen­sando lo mismo‑. Quizá sea por eso que hayamos debi­do esperarte.

‑¡Es clarísimo! ‑agregó Rosa, con la expresión de quien ha tenido una verdadera revelación. Ambas se pusieron de pie de un salto y abrazaron a Josefina.

‑¡Volverás a hablar! ‑gritaba Rosa mientras sacu­día a Josefina, aferrándola por los hombros.

Josefina abrió los ojos y los hizo girar en sus órbitas. Empezó a suspirar, débil y entrecortadamente, como si sollozara, y terminó por echar a correr de un lado a otro, gritando como un animal. Su excitación era tal, que se la veía incapaz de cerrar la boca. Francamente, la creía al borde de un colapso nervioso. Lidia y Rosa co­rrieron a su lado y la ayudaron a cerrar la boca. Pero no intentaron serenarla.

‑¡Volverás a hablar! ¡Volverás a hablar! ‑gritaban.

Josefina sollozaba y aullaba de tal manera que yo sentía un escalofrío que me recorría la columna verte­bral.

Estaba absolutamente desconcertado. Traté de decir algo razonable. Apelé a su sentido común, pero no tardé en comprender que, según mis cánones, tenían muy poco. Comencé a andar de un lado para otro, delante de ellas, intentando tomar una decisión.

‑Vas a ayudarla, ¿no? ‑me apremiaba Lidia.

-Por favor, señor, por favor ‑me suplicaba Rosa.

Les dije que estaban locas, que no tenía la menor idea de qué se podía hacer. Y, sin embargo, según ha­blaba, una feliz sensación de optimismo y seguridad se iba adueñando de mi mente. En un principio, traté de ignorarla, pero finalmente hube de ceder a ella. En una oportunidad anterior había experimentado lo mismo, en relación con una amiga muy querida que se hallaba mortalmente enferma. Pensé que podía sanarla y hacerla abandonar el hospital en que se hallaba ingresada. Fui a consultar con don Juan.

‑Claro. Puedes curarla y hacerla salir de esa tram­pa mortal ‑me dijo.

‑¿Cómo? ‑le pregunté.

‑El procedimiento es muy simple ‑dijo‑. Todo lo que debes hacer es recordarle que se trata de una paciente incurable. Puesto que es un caso terminal, tiene poder. No tiene nada más que perder. Ya lo ha perdido todo. Cuando no se tiene nada que perder, se adquiere coraje. Somos temerosos únicamente en la medida que tengamos algo a que aferrarnos.

-¿Pero acaso basta con recordárselo?

‑No. Eso le dará el estímulo que necesita. Entonces tiene que deshacerse de la enfermedad, empujándola con la mano izquierda. Debe empujar hacia afuera con el brazo, el puño cerrado como si estuviese asiendo el tirador de una puerta. Debe empujar más y más, y, a la vez repetir: «fuera, fuera, fuera». Dile que, puesto que ya no le queda nada por hacer, debe dedicar cada se­gundo del tiempo que le quede de vida a realizar esa actividad. Te aseguro que podrá levantarse e irse por su propio pie, si es que lo desea.

‑Parece tan sencillo… -dije.

Don Juan rió entre dientes.

‑Parece sencillo ‑dijo‑, pero no lo es. Para hacer­lo, tu amiga necesita un espíritu impecable.

Se quedó mirándome por un largo rato. En aparien­cia, estaba midiendo el grado de preocupación y de tris­teza que experimentaba por mi amiga.

‑Desde luego ‑agregó‑, si tu amiga poseyese un espíritu impecable, no estaría allí.

Conté a mi amiga lo que don Juan me había dicho. Pero ya se encontraba demasiado débil para intentar si­quiera mover el brazo.

En el caso de Josefina, la razón fundamental de mi secreta confianza radicaba en el hecho de que ella era un guerrero con un espíritu impecable. ¿Sería posible, me pregunté en silencio, llevarla a valerse del mismo movimiento de mano?

Dije a Josefina que su incapacidad para hablar era debida a una especie de bloqueo.

-Sí, sí, es un bloqueo ‑repitieron Lidia y Rosa en cuanto lo oyeron.

Enseñé a Josefina el modo de mover el brazo y le dije que tenía que deshacerse del bloqueo empujando así.

Los ojos de Josefina estaban completamente fijos. Parecía hallarse en trance. Movía la boca, emitiendo so­nidos escasamente audibles. Trató de mover el brazo, pero se sentía tan excitada que lo hizo sin coordinación alguna. Intenté ordenar sus actos, pero daba la impre­sión de estar aturdida al punto de no oír lo que yo le de­cía. Su mirada estaba desenfocada y comprendí que se iba a desmayar. En apariencia, Rosa se dio cuenta de lo que estaba sucediendo; saltó de su asiento, cogió una taza de agua y se la echó sobre el rostro. Los ojos de Jo­sefina quedaron en blanco. Parpadeó repetidas veces, hasta recuperar la visión normal. Movía la boca, pero sin producir sonido alguno.

‑¡Tócale la garganta! ‑me gritó Rosa.

‑¡No! ¡No! ‑le respondió Lidia, también en un gri­to‑. Tócale la cabeza. ¡Lo tiene en la cabeza, hombre hueco!

Me cogió la mano, y yo, a regañadientes, le permití ponerla sobre la cabeza de Josefina.

Josefina se estremeció, y poco a poco fue dejando es­capar una serie de sonidos débiles. En cierto sentido, re­sultaban más melodiosos que aquellos ruidos infrahu­manos que había emitido poco antes.

También Rosa había reparado en la diferencia.

‑¿Has oído eso? ¿Has oído eso? ‑me preguntó en un susurro.

No obstante, fuese cual fuere la diferencia, los soni­dos que Josefina hizo a continuación fueron más grotescos que nunca. Cuando se tranquilizó, sollozó un mo­mento, y de inmediato entró en otro nivel de euforia. Li­dia y Rosa lograron por último serenarla. Se dejó caer pesadamente en el banco, parecía exhausta. Con enor­me dificultad, consiguió abrir los ojos y mirarme. Me sonrió en forma sumisa.

‑Lo siento, lo siento mucho ‑dije, y le cogí la mano.

Todo su cuerpo vibró. Bajó la cabeza y volvió a pro­rrumpir en sollozos. Me sobrevino una oleada de esen­cial simpatía hacia ella. En ese momento hubiese dado mi vida por auxiliarla.

Lloraba de manera incontrolable, a la vez que trata­ba de hablarme. Lidia y Rosa parecían tan profunda­mente inmersas en su drama, que remedaban sus ges­tos con la boca.

‑¡Por el amor de Dios, haz algo! ‑exclamó Rosa con voz plañidera.

Experimenté una intolerable ansiedad. Josefina se puso de pie y se me abrazó; mejor dicho, se colgó de mí frenéticamente y me apartó de la mesa a rastras. En ese instante, Lidia y Rosa, con asombrosa agilidad, rapidez y dominio, me cogieron por los hombros con ambas ma­nos, a la vez que con los pies me inmovilizaban los talones. El peso del cuerpo de Josefina, sumado a la velocidad de maniobra de Lidia y Rosa, me dejó indefenso. Todas ellas actuaban simultáneamente, y, antes de que pudiese darme cuenta de lo que ocurría, me encontré tendido en el piso, con Josefina encima de mí. Sentía la­tir su corazón. Se aferraba a mí con gran fuerza; el ruido de su corazón resonaba en mis oídos, latía en mi pecho. Traté de apartarla, pero se apresuró a asegurarse. Rosa y Lidia me sujetaban contra el suelo, descargando todo su físico sobre mis brazos y piernas. Rosa reía como una loca; comenzó a mordisquearme el costado. Sus peque­ños y agudos dientes castañeteaban según sus mandíbu­las se abrían y se cerraban en nerviosos espasmos.

Fui presa de un monstruoso dolor, seguido de repug­nancia y terror. Perdí el aliento. No podía fijar la vista. Comprendí que estaba perdiendo el conocimiento. Oí el ruido seco, de quebradura de tubo, en la base del cuello y sentí el cosquilleo de la coronilla. Inmediatamente después tuve conciencia de que las estaba observando desde el otro lado de la cocina. Las tres muchachas me miraban, echadas en el suelo.

‑¿Qué están haciendo? ‑oí que decía alguien en una voz áspera, fuerte, autoritaria.

Entonces tuve una impresión inconcebible: Josefina se dejaba ir de mí y se ponía de pie. Yo yacía en el suelo; no obstante, también me encontraba de pie, a cierta dis­tancia de la escena, mirando a una mujer a la que nun­ca antes había visto. Estaba junto a la puerta. Anduvo hacia mí y se detuvo a uno o dos metros. Me observó du­rante un instante. Comprendí de inmediato que era la Gorda. Exigió saber lo que estaba ocurriendo.

‑Le estamos gastando una pequeña broma ‑dijo Josefina, aclarándose la garganta‑. Yo fingía ser muda.

Las tres muchachas se reunieron, muy cerca las unas de las otras, y echaron a reír. La Gorda permane­ció impasible, contemplándome.

¡Me habían engañado! Encontré tan ultrajantes mi propia estupidez y mi necedad que estallé en una carca­jada histérica, casi fuera de control. Mi cuerpo se estre­mecía.

Entendí que Josefina no había estado jugando, como acababa de afirmar. Las tres habían actuado en serio. A decir verdad, había sentido el cuerpo de Josefina como una fuerza que en realidad se estaba introduciendo en mi propio cuerpo. El roer de Rosa en mi costado, indu­dablemente una estratagema para distraer mi atención, coincidió con la impresión de que el corazón de Josefina latía dentro de mi pecho.

Oí a la Gorda pedirme que me calmara.

Una conmoción nerviosa tuvo lugar dentro de mí, y luego una cólera lenta, sorda, me invadió. Las aborrecí. Había tenido bastante de ellas. Habría cogido mi cha­queta y mi libreta de notas y abandonado la casa, de no ser porque todavía no me había recuperado por comple­to. Estaba un tanto aturdido y mis sentimientos decididamente se hallaban embotados. Había tenido la sensa­ción, al mirar por primera vez a las muchachas desde el otro lado de la cocina, de estar haciéndolo en realidad desde un lugar situado por encima de mi plano visual, cercano al techo. Pero sucedía algo aún más desconcer­tante: había percibido a ciencia cierta que el cosquilleo de la coronilla me liberaba del abrazo de Josefina. No era una sensación vaga; verdaderamente algo había surgido de la cima de mi cabeza.

Pocos años antes, don Juan y don Genaro habían manipulado mi capacidad perceptiva y yo había experimentado una imposible doble impresión: sentí a don Juan caer encima mío, apretándome contra el piso, en tanto, a la vez, seguía encontrándome de pie. Lo cierto es que me hallaba en ambas situaciones simultáneamente. En términos de brujería, podría decir que mi cuerpo había conservado el recuerdo de aquella doble percepción y, a juzgar por las apariencias, la había re­petido. En esa oportunidad, sin embargo, había dos nuevos elementos para sumar a mi memoria corporal. Uno era el cosquilleo del que tan consciente venía sien­do en el curso de mis enfrentamientos con aquellas mu­jeres: ese era el vehículo mediante el cual arribaba a la doble percepción; el otro era aquel sonido en la base del cuello, que me permitía liberar algo de mí, capaz de surgir de la coronilla.

Al cabo de uno o dos minutos me sentí bajar del techo hasta encontrarme parado en el suelo. Me costó cierto tiempo readaptar los ojos al nivel de visión normal.

Al mirar a las cuatro mujeres me sentí desnudo y vulnerable. Viví un instante de disociación, o una solu­ción en la continuidad perceptual. Fue como si hubiese cerrado los ojos y una fuerza desconocida me hubiese he­cho girar sobre mí mismo un par de veces. Cuando abrí los ojos, las muchachas me observaban con la boca abierta. Pero, de un modo u otro, volvía a ser yo mismo.

 

3

 

LA GORDA

 

Lo primero que me llamó la atención en la Gorda fueron sus ojos: muy oscuros y serenos. Era evidente que me es­taba examinando de pies a cabeza. Escudriñó mi cuerpo con la mirada, tal como solía hacerlo don Juan. A decir verdad, sus ojos revelaban una calma y una energía se­mejantes a las de él. Comprendí por qué era la mejor. Se me ocurrió que don Juan le había legado los ojos.

Era ligeramente más alta que las otras tres mucha­chas. Tenía un cuerpo magro y oscuro y un soberbio tra­sero. Reparé en la gracia de la línea de sus anchos hom­bros en el momento en que volvió a medias el torso para encararse con las muchachas.

Les dio una orden ininteligible y las tres se sentaron en un banco, exactamente tras ella. En realidad, las protegía de mí con su cuerpo.

Me enfrentó de nuevo. Su expresión era de suprema seriedad, pero sin la menor traza de tenebrosidad ni de gravedad. No sonreía, pero se la veía amistosa. Sus ras­gos eran muy agradables: un rostro finamente formado, ni redondo ni anguloso, boca pequeña, de labios finos, nariz ancha, pómulos altos, y cabello largo, negro como el azabache.

Era imposible pasar por alto sus fuertes y hermosas manos, que mantenía apretadas ante sí, sobre la región umbilical. Los dorsos de las mismas se hallaban vueltos hacia mí. Distinguía sus músculos según los contraía.

Llevaba un vestido de algodón de color naranja des­teñido, de mangas largas, y un chal marrón. Había en ella algo de terriblemente sosegado y terminante. Sentí la presencia de don Juan. Mi cuerpo se relajó.

‑Siéntate, siéntate ‑me dijo en tono mimoso.

Volví a la mesa. Me señaló un lugar para que me sentase, pero permanecí de pie.

Sonrió por primera vez, y sus ojos me resultaron más suaves y más brillantes. No era tan bonita como Josefina, y, sin embargo, era la más bonita de todas.

Pasamos un momento en silencio. A modo de expli­cación, dijo que en los años transcurridos desde la parti­da del Nagual habían hecho todo lo posible por cumplir con la tarea que les había encomendado, y que, dada su dedicación, habían terminado por acostumbrarse a ella.

No comprendí con toda claridad a qué se refería, pero, según hablaba, yo percibía más que nunca la pre­sencia de don Juan. No se trataba de que copiase sus maneras, ni la inflexión de su voz. Poseía un control in­terno que la llevaba a actuar como don Juan. Su seme­janza era profunda.

Le conté que había ido en busca de la ayuda de Pa­blito y Néstor. Le dije que era lento, quizás estúpido, para comprender los caminos de los brujos, pero que era sincero; y que sin embargo todas ellas me habían trata­do con malevolencia y falsedad.

Intentó disculparse, pero no la dejé terminar. Recogí mis cosas y gané la puerta delantera. Corrió detrás de mí. No era su propósito impedirme partir, pero hablaba muy rápido, como si necesitase decir todo lo que fuese posible antes de que yo me marchara.

Decía que debía escucharla hasta el final, y que se proponía acompañarme hasta haberme hecho saber todo lo que el Nagual le había encargado que me comunicara.

‑Voy a Ciudad de México ‑dije.

‑Iré contigo hasta Los Angeles, de ser necesario.

Comprendí que hablaba en serio.

‑De acuerdo ‑dije, con la intención de probarla‑. Sube al coche.

Vaciló un instante, luego se quedó en silencio y miró la casa. Llevó las manos cerradas al nivel del ombligo. Se volvió y miró al valle y repitió el gesto.

Yo sabía qué era lo que hacía. Se despedía de su casa y de aquellas imponentes colinas que la rodeaban.

Don Juan me había enseñado, años atrás, el signifi­cado de esos gestos, destacando el hecho de que implica­ban un extremo poder: un guerrero rara vez hacía uso de ellos. Yo mismo había tenido muy pocas ocasiones de efec­tuarlos.

El movimiento de despedida que la Gorda efectuaba era una variante del que me había enseñado don Juan. Éste me había dicho que las manos debían cerrarse como para pronunciar una plegaria, fuese ello hecho con delica­deza o violentamente, llegando incluso a producir un soni­do como de palmoteo. Cualquiera que fuese la forma, el pro­pósito del guerrero al cerrar las manos era atrapar el sentimiento que no quería dejar tras sí. Tan pronto como se apretaban los puños, una vez capturado el sentimien­to, se los llevaba con gran fuerza al medio del pecho, a la altura del corazón. Allí, se convertía en una daga y el guerrero se la clavaba, sosteniéndola con ambas manos.

Don Juan me había dicho que un guerrero sólo dice adiós de ese modo cuando tiene buenas razones para creer que no regresará.

La despedida de la Gorda me cautivó.

‑¿Te despides? ‑pregunté con curiosidad.

‑Sí -dijo secamente.

‑¿No te llevas las manos al pecho? ‑quise saber.

‑Eso lo hacen los hombres. Las mujeres tienen útero. Guardan sus sentimientos allí.

‑¿No se supone que esa clase de despedidas están reservadas a los casos en que no se regresa?

‑Lo más probable es que no regrese ‑replicó‑. Me voy contigo.

Tuve un súbito e injustificado acceso de tristeza; in­justificado en el sentido de que no conocía a aquella mu­jer en lo más mínimo. Sólo abrigaba dudas y sospechas hacia ella. Pero al mirar de cerca sus claros ojos me sentí definitivamente vinculado con ella. Me serené. Mi cólera había dado paso a una melancolía desconocida. Miré a mi alrededor y comprendí que aquellas colinas romas, misteriosas, enormes, me estaban desgarrando.

‑Esas colinas están vivas ‑dijo, leyendo mis pen­samientos.

Me volví hacia ella y le dije que tanto el lugar como las mujeres me habían afectado muy profundamente; tanto, que no me parecía concebible desde el punta de vista de mi sentido común. No sabía qué había resulta­do más devastador, si el lugar o las mujeres. Las furio­sas embestidas de estas últimas habían sido directas y aterradoras pero la presencia de las colinas constituía un factor constante, de continua aprensión; suscitaba un deseo de huir de allí. Ante ello; la Gorda me dijo que mi juicio acerca de los efectos del lugar era correcto, que era debido a ello que el Nagual las había dejado allí, y que no debía culpar a nadie por lo sucedido, pues­to que el propio Nagual había dado a aquellas muchachas la orden de terminar conmigo.

‑¿También a ti te ha dado órdenes semejantes? ‑pregunté.

‑No; a mí no. No soy como ellas ‑replicó‑. Ellas son hermanas. Son lo mismo; exactamente lo mismo. Tanto como son lo mismo Pablito y Néstor y Benigno. Sólo tú y yo podemos llegar a ser exactamente lo mis­mo. Aún no lo somos porque estás incompleto. Pero al­gún día seremos lo mismo, exactamente lo mismo.

‑Me han dicho que eres la única que sabe dónde se encuentran el Nagual y Genaro ‑dije.

Me miró con atención durante un momento y sacu­dió la cabeza afirmativamente.

‑Es cierto ‑dijo‑. Sé dónde están. El Nagual me dijo que te llevara si podía.

Le exigí que dejase de andarse por las ramas y me revelara su paradero de inmediato. Mi pedido pareció sumirla en el caos. Se disculpó y me prometió que más tarde, cuando nos hallásemos en camino, me lo expon­dría todo. Me rogó que no le hiciese más preguntas por­que tenía instrucciones precisas en el sentido de no co­mentar nada hasta el momento indicado.

Lidia y Josefina salieron a la puerta y se quedaron mirándome. Me apresuré a subir al coche. La Gorda me siguió; no pude evitar el observar que entraba en el au­tomóvil como si lo hiciese a un túnel: casi a gatas. Don Juan solía hacerlo. En cierta ocasión le había dicho, bromeando, tras haberlo visto entrar así un buen nú­mero de veces, que resultaba más práctico como yo lo hacía. Su extraño modo de actuar me parecía atribuible a su falta de familiaridad con los coches. Me explicó en­tonces que el vehículo era una cueva, y que ese era el modo correcto de entrar en las cuevas, si pretendíamos valernos de ellas. Había un espíritu inherente a las cue­vas, fuesen éstas naturales o construidas por el hombre, y era necesario acercarse a él con respeto. El gateo era la única forma adecuada de demostrar ese respeto.

Estaba considerando la conveniencia de preguntar o no a la Gorda si don Juan la había instruido acerca de tales detalles, cuando habló por propia iniciativa. Dijo que el Nagual le había dado directivas específicas para el caso de que yo sobreviviera a los ataques de doña So­ledad y las tres muchachas. Agregó, en tono despreocu­pado, que antes de dirigirnos a Ciudad de México, de­bíamos ir a determinado lugar en las montañas, al que acostumbrábamos acudir don Juan y yo, y que allí me descubriría toda la información que el Nagual nunca me había proporcionado.

Tuve un momento de indecisión, pero luego un algo interior, distinto de la razón, me impulsó hacia las mon­tañas. Viajamos en absoluto silencio. Intenté en varias ocasiones iniciar una conversación, pero en todos los ca­sos me rechazó, sacudiendo con energía la cabeza. Finalmente pareció cansarse de mi insistencia y se vio obligada a comentar que aquello que me debía decir re­quería, para ser confiado, un lugar de poder, y que te­níamos que abstenernos de desperdiciar fuerzas en charlas sin sentido, hasta hallarnos en él.

Tras un largo recorrido en coche y una agotadora ca­minata desde la carretera, llegamos finalmente a desti­no. Caía la noche. Estábamos en lo hondo de un cañón. Allí ya estaba oscuro, en tanto el sol seguía brillando por sobre las montañas de encima. Anduvimos hasta llegar a una pequeña cueva, a uno o dos metros del nivel del sue­lo, en el extremo norte del cañón, que iba de Este a Oes­te. Solía pasar mucho tiempo allí con don Juan.

Antes de entrar, la Gorda barrió cuidadosamente el suelo con ramas, tal como lo hacía don Juan, con el ob­jeto de eliminar las garrapatas y otras parásitos adheridos a las rocas. Luego cortó tallos, cubiertos de hojuelas ligeras; reunió un montón de los arbustos de los alre­dedores y los distribuyó sobre el piso de piedra a modo de colchón.

Me indicó con un gesto que entrara. Yo siempre había permitido que don Juan me antecediese en señal de respeto. Quería hacer lo mismo con ella, pero se negó. Dijo que yo era el Nagual. Penetré en la cueva tal como ella lo había hecho en el coche. Reí ante mi inconsecuencia. No había llegado jamás a considerar mi automóvil como una cueva.

La Gorda procuró que me relajara y me pusiera cómodo.

‑El Nagual no podía revelarte todos sus designios en razón de que estabas incompleto ‑dijo de repente-. ­Aún lo estás, pero ahora, tras tus encuentros con Soledad y las muchachas, eres más fuerte que antes.

‑¿Qué significa estar incompleto? Todos me han dicho que eras la única persona capaz de explicármelo ‑dije.

‑Es muy sencillo ‑replicó‑. Una persona comple­ta es aquella que nunca ha tenido niños.

Hizo una pausa, como si aguardase a que terminara de apuntar lo que había dicho. Alcé la vista de mi libre­ta. Me observaba, midiendo el efecto de sus palabras.

‑Sé que el Nagual te dijo exactamente lo mismo que acaba de decirte ‑prosiguió‑. No le prestaste atención, y lo más probable es que no me hayas presta­do atención tampoco a mí.

Leí mis notas en voz alta, de modo de repetir sus pa­labras. Sofocó una risilla.

‑El Nagual decía que una persona incompleta es aquella que ha tenido niños ‑dijo, como si me lo estu­viese dictando.

Me examinó atentamente, esperando, a juzgar por las apariencias, una pregunta o un comentario. No tuve que hacer ninguna de las dos cosas.

‑Ya te he dicho todo lo que hay que saber acerca del hecho de hallarse completo o incompleto -declaró‑. Te he dicho exactamente lo mismo que el Nagual me dijo a mí. Entonces, no significó nada para mí; tal como no sig­nifica nada ahora para ti.

Me vi obligado a reír ante el modo en que se amolda­ba a las enseñanzas de don Juan.

‑Una persona incompleta tiene un agujero en el es­tómago ‑prosiguió‑. Un brujo lo ve con la misma cla­ridad con que tú ves mi cabeza. Cuando el agujero se encuentra a la izquierda del estómago, el niño que lo ha creado es del mismo sexo. Si se encuentra a la derecha, es del sexo opuesto. El agujero de la izquierda es negro; el de la derecha es castaño oscuro.

‑¿Eres capaz de ver el agujero en todo aquel que haya tenido un niño?

‑Claro. Hay dos modos de verlo. Un brujo puede verlo tanto en sueños como mirando directamente a una persona. Un brujo que ve no tiene reparos en observar el ser luminoso con la finalidad de comprobar si hay un agujero en la luminiscencia del cuerpo. No obstante, aun cuanto el brujo no sepa ver, es capaz de distinguir lo oscuro del boquete a través de la ropa.

Calló. La insté a continuar.

‑El Nagual me dijo que escribías, y que luego no re­cordabas lo escrito ‑me dijo, en tono acusatorio.

Me vi enredado en mis propias palabras, tratando de defenderme. No obstante, ella había dicho la verdad. Las palabras de don Juan siempre habían surtido un doble efecto sobre mí: el uno, al oír sus aseveraciones por primera vez; el otro, al leer a solas lo escrito y olvidado.

La conversación con la Gorda, sin embargo, era esencialmente diferente. Los aprendices de don Juan no se hallaban en ningún sentido tan inmersos en lo suyo como él. Sus revelaciones, si bien extraordinarias, no eran sino piezas sueltas de un rompecabezas. El carácter insólito de aquellas piezas consistía en que no servían para clarificar la imagen, sino para hacerla cada vez más compleja.

‑Tenías un agujero marrón en el lado derecho del estómago ‑continuó‑. Ello significa que quien te había vaciado era una hembra. Has hecho una niña.

»El Nagual decía que yo tenía un enorme agujero negro, que revelaba el haber hecho dos mujeres. Nunca lo vi, pero vi a otra gente con agujeros semejantes al mío.

‑Dijiste que yo tenía un agujero. ¿Significa eso que ya no lo tengo?

‑No. Ha sido remendado. El Nagual te ayudó a remendarlo. Sin su apoyo estarías aun más vacío de lo que estás.

‑¿Qué clase de remiendo se le ha aplicado?

‑Un remiendo en tu luminosidad. No hay otra for­ma de decirlo. El Nagual explicaba que un brujo como él era capaz de rellenar el agujero en cualquier momento. Pero ese relleno no dejaba de ser una mancha sin luminosidad. Cualquiera que vea o sueñe puede afirmar que luce como un parche de plomo sobre la luminosidad amarilla del resto del cuerpo. El Nagual te remendó a ti y a mí y a Soledad. Pero dejó a nuestro cargo el recobrar la luminosidad, el brillo.

‑¿Cómo nos remendó?

‑Es un brujo; puso cosas en nuestros cuerpos. Hizo sustituciones. Ya no somos enteramente los mismos. El remiendo es lo que puso de sí mismo.

‑Pero, ¿por qué puso esas cosas y qué eran?

‑Puso en nuestros cuerpos su propia luminosidad; se valió de las manos para ello. Se limitó a entrar en no­sotros y dejar allí sus fibras. Hizo lo mismo con sus seis niños y con Soledad. Todos ellos son lo mismo, salvo So­ledad; ella es otra cosa.

La Gorda parecía poco dispuesta a continuar. Titu­beó y la vi al borde del tartamudeo.

‑¿Qué es doña Soledad?

‑Es muy difícil decirlo ‑dijo, tras unos momentos de resistencia‑. Es lo mismo que tú y que yo, y, sin em­bargo, es diferente. Posee idéntica luminosidad, pero no está junto a nosotros. Marcha en dirección opuesta. En este momento se te asemeja más. Ambos llevan remiendos que parecen de plomo. El mío ha desaparecido y he vuelto a ser un huevo completo, luminoso. Esa es la ra­zón por la que te dije que tú y yo llegaríamos a ser lo mismo algún día, cuando estuvieses de nuevo completo. Actualmente, lo que nos hace ser casi lo mismo es la luminosidad del Nagual, y la realidad de que ambos mar­chamos en igual dirección y ambos estamos vacíos.

‑¿Cómo ve un brujo a una persona completa? ‑pre­gunté.

‑Como un huevo luminoso hecho de fibras ‑repli­có‑. Todas las fibras están enteras; lucen como cuer­das, como cuerdas tensas. La impresión que da el con­junto de las cuerdas es la de haber sido estirado como el parche de un tambor. Por otra parte, te diré que en una persona vacía las cuerdas se ven arrugadas en los bordes del agujero. Cuando se han tenido muchos ni­ños, las fibras ya no se ven como tales. En esos casos, se observa algo así como dos trozos de luminosidad, se­parados por negrura. Es una visión horrenda. El Na­gual me lo hizo ver en cierta ocasión, en un parque de la ciudad.

‑¿A qué atribuyes el que el Nagual nunca me haya hablado de ello?

‑El Nagual te lo ha dicho todo, pero nunca le entendiste cabalmente. Tan pronto como se daba cuenta de que ­tú no le comprendías, se veía obligado a cambiar de tema. Tu vaciedad te impedía entender. El Nagual decía que era perfectamente natural que no entendieras. Una vez que una persona queda incompleta, se vacía realmente, como una calabaza ahuecada. No te importó el nú­mero de veces en que él te dijo que estabas vacío; ni siquiera te importó el que te lo explicase. Nunca supiste lo que quería decir o, lo que es peor, nunca quisiste saberlo.

La Gorda pisaba terreno peligroso. Intenté hacerla variar de rumbo, pero me rechazó.

‑Tú quieres a un pequeño y no te interesa conocer el sentido de las palabras del Nagual ‑dijo, acusadora‑. El Nagual me dijo que tenías una hija a la que nunca habías visto, y que querías a ese niño. La una te quitó fuerza, el otro te obligó a concretar. Les has unido.

No tuve otro remedio que dejar de escribir. Salí a gatas de la cueva y me puse de pie. Comencé a descender la empinada cuesta que llevaba al fondo del barranco. La Gorda me siguió. Me preguntó si me encontraba mo­lesto por su franqueza. No quise mentir.

‑¿Qué crees? ‑pregunté.

‑¡Estás furioso! ‑exclamó, y soltó una risilla tonta con un desenfado que sólo había visto en don Juan y en don Genaro.

A juzgar por las apariencias, estuvo a punto de per­der el equilibrio y se aferró a mi brazo izquierdo. Para ayudarla a bajar al fondo del barranco, la alcé por el talle. Creí que no podía pesar más de cincuenta kilos. Frunció los labios al modo de don Genaro y dijo que pesaba cincuenta y seis. Los dos nos echamos a reír a la vez. Ello supuso un instante de comunicación directa, espontánea.

‑¿Por qué te molesta tanto hablar de esas cosas? ‑preguntó.

Le dije que una vez había tenido un pequeño al que había amado inmensamente. Experimenté la necesidad compulsiva de hablarle de él. Una exigencia extrava­gante, más allá de mi razón, me llevaba a abrirme a aquella mujer, una completa desconocida para mí.

Cuando comencé a hablar del niño, una oleada de nostalgia me envolvió; quizás se debiera al lugar, o a la situación, o a la hora. Por algún motiva, mis recuerdos del pequeño se mezclaban en mí con los de don Juan: por primera vez en todo el tiempo que había pasado sin verle, lo extrañé. Lidia había dicho que ella nunca lo ex­trañaba porque siempre estaba con él; él era sus cuer­pos y sus espíritus. Había comprendido de inmediato el sentido de sus palabras. Yo mismo me sentía así. En aquel barranco, sin embargo, un sentimiento desconoci­do había hecho presa en mí. Hice saber a la Gorda que hasta aquel momento no había extrañado a don Juan. No respondió. Desvió la mirada.

Es probable que mi nostalgia por aquellas dos personas tuviese que ver con el hecho de que ambas habían dado lugar a situaciones catárticas en mi vida. Y ambas se habían ido. Hasta ese momento, no había tenido cla­ro el carácter definitivo de esa separación. Comenté a la Gorda que el pequeño había sido, por sobre todo, mi ami­go, y que un día fuerzas que se hallaban fuera de mi control le había apartado bruscamente de mí. Tal vez fuese uno de los golpes más fuertes recibidos en mi vida. Había incluso ido a ver a don Juan para pedir su auxilio. Fue la única oportunidad en que le solicité apo­yo. Escuchó mi petición y rompió a reír estrepitosamen­te. Su reacción me resultó tan insólita que ni siquiera me enfadé. Lo único que pude hacer fue un comentario acerca de lo que yo consideraba falta de sensibilidad.

‑¿Qué quieres que haga? ‑me había preguntado don Juan.

Le respondí que, puesto que era un brujo, podría ayudarme a recuperar a mi amiguito, cosa que me consolaría.

‑Estás equivocado; un guerrero no busca nada que le consuele ‑había afirmado, en un tono que no admitía réplica.

Luego se dedicó a aniquilar mis argumentos. Dijo que un guerrero no debía dejar nada librado al azar, que un guerrero era realmente capaz de alterar el curso de los sucesos, valiéndose del poder de su conciencia y de la inflexibilidad de su propósito. Dijo que si mi intención de conservar y auxiliar a ese niño hubiese sido inflexi­ble, me las habría arreglado para tomar las medidas necesarias para que no se fuese de mi lado. Pero, tal como estaban las cosas, mi cariño no pasaba de ser una palabra, un arranque inútil de un hombre vacío. Llega­do a ese punto, me informó acerca de la vaciedad y la plenitud, pero opté por no oírle. Me limité a experimen­tar un sentimiento de pérdida, la carencia que él había mencionado, según me parecía evidente, al referirse a la sensación de extravío de algo irreemplazable.

‑Lo amaste, reverenciaste su espíritu, deseaste su bien; ahora debes olvidarlo ‑dijo.

Pero yo no había sido capaz de hacerlo. Se trataba de algo terriblemente vigente en mis emociones, a pe­sar de que el tiempo se había encargado de suavizar­las. En cierto momento, creí haber logrado olvidar; pero una noche, un incidente desencadenó un profundo cataclismo en mi interior. Me dirigía a mi despacho cuando una joven mexicana me abordó. Estaba senta­da en un banco, aguardando un autobús. Quería saber si ese autobús la llevaría a un hospital de niños. Yo no lo sabía. Explicó que su pequeño tenía una temperatu­ra muy elevada desde hacía tiempo, y ella estaba preo­cupada porque no tenía dinero. Me acerqué y vi a un crío, de pie sobre el banco, con la cabeza apoyada en el respaldo. Vestía una chaqueta, pantalones cortos y go­rra. No tenía más de dos años. Debió de haberme visto, porque se arrimó al extremo del asiento y puso la fren­te contra mi pierna.

‑Me duele la cabecita ‑me dijo.

Su voz era tan débil y sus ojos oscuros tan tristes, que una oleada de angustia irreprimible hizo presa en mí. Lo alcé y los llevé, a él y a su madre, al hospital más cercano. Allí los dejé, tras dar a la madre el dinero nece­sario para pagar lo requerido. Pero no quise quedarme, ni saber más de él. Deseaba creer haberle ayudado, sal­dando con ello mi deuda con el espíritu del hombre.

Había aprendido de don Juan la fórmula «saldar la deuda con el espíritu del hombre». En una ocasión, preo­cupado por el hecho de no haberle pagado por todo lo hecho por mí, le pregunté si había algo en el mundo que pudie­se hacer para reparar su esfuerzo. Salíamos de un ban­co, tras cambiar algunos dólares por moneda mexicana.

‑No necesito que me pagues ‑dijo‑, pero si quie­res saldar una deuda, haz tu depósito a nombre del espí­ritu del hombre. La suma es siempre muy pequeña, y, sea cual sea la cantidad que se aporte, es más que sufi­ciente.

Al auxiliar a aquel niño enfermo, no había hecho sino pagar al espíritu del hombre cualquier ayuda que mi pe­queño pudiese recibir de desconocidos en su camino.

Dije a la Gorda que mi cariño hacia él seguiría vivo durante el resto de mis días, aunque no volviera a verle nunca. Quise agregar que su recuerdo se hallaba tan profundamente enterrado que nada podía alcanzarlo, pero desistí de hacerlo. Entendí que hubiese sido super­flua la referencia. Además, oscurecía y yo quería salir de ese agujero.

‑Es mejor que nos vayamos ‑dije‑. Te llevaré a tu casa. Tal vez más tarde tengamos ocasión de hablar sobre estas cosas.

Se rió de mí, tal como don Juan solía hacerlo. Evi­dentemente, mis palabras debían de haberle parecido harto cómicas.

‑¿Por qué ríes, Gorda? ‑pregunté.

‑Porque sabes perfectamente que no podemos irnos de aquí con tanta facilidad ‑replicó‑. Tienes una cita con el poder aquí. Y yo también.

Regresó a la cueva y entró en ella a gatas.

‑Ven ‑chilló desde dentro‑. No hay modo de irse.

Reaccioné de la manera más incongruente. Entré gateando y volví a sentarme cerca de ella. Resultaba ob­vio que me había tendido una trampa. Yo no había ido allí para tener enfrentamiento alguno. Debí haberme puesto furioso. En cambio, permanecí impasible. No po­día mentirme diciéndome que aquello era tan sólo un alto en mi camino hacia Ciudad de México. Me encon­traba en ese lugar porque una fuerza que sobrepasaba mi capacidad racional me había impelido a ir.

Me tendió la libreta y me instó a escribir. Me dijo que, si lo hacía, no sólo me relajaría, sino que además la relajaría a ella.

‑¿En qué consiste esa cita con el poder? ‑pregunté.

‑El Nagual me dijo que tú y yo teníamos una cita con algo allí fuera. Antes tuviste una cita con doña Soledad y otra con las hermanitas. Era de suponerse que acabaran contigo. El Nagual dijo que, si sobrevivías a esos asaltos, debía traerte aquí, para concurrir juntos a la tercera cita.

‑¿De qué clase de cita se trata?

‑A decir verdad, no lo sé. Como todo, depende de no­sotros. En este mismo instante hay allí fuera algunas co­sas que te han estado aguardando. Lo dijo porque he ve­nido aquí sola muchas veces y no ocurrió nada. Pero esta noche la situación es distinta. Tú estás aquí y vendrán.

‑¿A qué se debe que el Nagual trate de destruirme? ‑pregunté.

‑¡Pero sin no trata de destruir a nadie! ‑protestó la Gorda‑. Tú eres su hijo. Ahora quiere que seas él mismo. Más él mismo que el resto de nosotros. Pero para ser un verdadero Nagual debes exigir tu poder. De otro modo no hubiese puesto tanto cuidado en que Sole­dad y las hermanitas te acechasen. Él enseñó a Soledad la forma de cambiar su aspecto y rejuvenecer. La indujo a instalar un piso diabólico en su habitación. Un piso al que nadie puede oponerse. Como sabes, Soledad está vacía, así que el Nagual le prestó ayuda para realizar algo gigantesco. Le destinó una misión, una misión su­mamente difícil y peligrosa, pero que era la única ade­cuada para ella: acabar contigo. Le expuso que no había nada más difícil para un brujo que eliminar a otro. Es más fácil que un individuo corriente mate a un brujo, o que un brujo mate a un hombre corriente. El Nagual explicó a Soledad que lo más conveniente para ella era sorprenderte y asustarte. Y eso fue lo que ella hizo. El Nagual la convirtió en una mujer apetecible, con la fi­nalidad de que pudiese arrastrarte a su habitación; una vez allí, el suelo te hechizaría. Por lo que yo sé, nadie, lo que se dice nadie, se le puede resistir. Ese suelo fue la obra maestra del Nagual, por lo que hace a Soledad. Pero algo hiciste con el suelo que obligó a Soledad a va­riar sus tácticas, según las instrucciones del Nagual. Él le dijo que si el suelo fallaba y no conseguía tomarte por sorpresa y atemorizarte, debía hablarte y contarte todo lo que desearas saber. El Nagual la adiestró para que se expresara correctamente, como último recurso. Pero Soledad no logró superarte siquiera por ese medio.

‑¿A qué se debía el que fuese tan importante supe­rarme?

Se detuvo y me estudió detenidamente. Se aclaró la garganta y se puso rígida. Alzó la vista hacia el bajo techo de la cueva y exhaló el aire ruidosamente por la nariz.

‑Soledad es mujer, como yo ‑dijo‑. Te diré algo referente a mi propia vida y tal vez llegues a comprend­erla.

»Una vez tuve a un hombre. Me dejó embarazada cuando yo era muy joven y tuve dos hijas de él. Una tras otra. Mi vida era un infierno. Se emborrachaba y me pegaba día y noche. Y lo odiaba y me odiaba. Y me puse gorda como un cerdo. Un día llegó otro hombre y me dijo que yo le gustaba y que deseaba que me fuese con él a trabajar como criada en la ciudad. Era cons­ciente de mi capacidad de trabajo y lo único que preten­día era explotarme. Pero mi vida era tan miserable que me dejé engañar y me marché con él. Era peor que el primero, mezquino y temible. Al cabo de una semana, más o menos, no podía soportarme. Y solía darme las peores palizas que puedas imaginar. Pensé que me iba a matar, sin estar siquiera borracho; todo ello porque yo no había encontrado trabajo. Entonces me envió a pedir a las calles con un niño enfermo. Él pagaba a la madre con una parte del dinero que yo recaudaba. Y luego me pegaba por no haber reunido lo suficiente. El niño se ponía cada vez más enfermo; yo sabía que si moría mientras yo estuviese pidiendo, él me asesinaría. De modo que un día, sabiendo que él no estaría, fue a la casa de la madre del niño y se lo entregué, junto con algo del dinero hecho ese día. Había sido una jornada afortunada para mí; una amable extranjera me había dado cincuenta pesos para medicinas para el crío.

»Había pasado con ese hombre horrible tres meses, y tenía la impresión de que habían sido veinte años. Em­pleé el dinero que había conservado para regresar a casa. Estaba nuevamente embarazada. El pretendía que tuviese el hijo como soltera; de modo de no responsabili­zarse de él. Al volver a mi pueblo, intenté ver a mis hi­jas, pero se las había llevado la familia de su padre. Ésta se reunió conmigo, alegando que deseaban hablarme; en cambio, me llevaron a un lugar desierto y me pegaron con palos y piedras y me dejaron por muerta.

La Gorda me mostró las numerosas cicatrices que llevaba en el cuero cabelludo.

‑Hasta este día ignoro cómo regresé al poblado. In­cluso, perdí el hijo que llevaba en el vientre. Fui a casa de una tía que aún vivía; mis padres ya habían muerto. Me dio un lugar en el cual descansar y me atendió. La pobre me alimentó durante dos meses, hasta que estuve en condiciones de levantarme.

»Llegó el día en que mi tía me dijo que aquel hombre estaba en el pueblo, buscándome. Había dicho a la poli­cía que me había dado dinero por adelantado y yo había huido llevándomelo, tras asesinar a un niño. Comprendí que ese era el fin para mí. Empero, el destino me favore­ció una vez más y conseguí marcharme en el camión de un norteamericano. Lo vi venir por el camino y alcé la mano desesperadamente; el hombre se detuvo y me dejó subir. Me trajo hasta esta región de México. Me dejó en la ciudad. Yo no conocía a nadie. Vagué durante días, como un perro loco, comiendo desperdicios en las calles. Fue entonces que mi suerte cambió por última vez.

»Conocí a Pablito, con quien tengo una deuda que jamás podré pagar. Me llevó a su carpintería y me permi­tió dormir en un rincón. Lo hizo porque le di pena. Me encontró en el mercado: tropezó y cayó encima de mí. Yo estaba sentada, pidiendo. Una polilla, o una abeja, no sé bien qué, le entró en un ojo. Giró sobre sus talones y perdió el equilibrio y cayó exactamente sobre mí. Ima­giné que estaría fuera de sí, que me golpearía; en cam­bio, me dio dinero. Le pregunté si me podría proporcio­nar trabajo. Fue entonces cuando me llevó a su tienda y me proveyó de una plancha y una mesa para planchar, de manera que me fuera posible ganarme la vida como lavandera.

»Me fue muy bien. Aparte de que engordé, ya que toda la gente a la que servía me daba sus sobras. A ve­ces llegaba a comer dieciséis veces por día. No hacía sino comer. Los chicos de la calle se burlaban de mí, y se me acercaban a hurtadillas y me pisaban los talones y algunos llegaban a hacerme caer. Me hacían llorar con sus bromas crueles, especialmente cuando me echaban a perder el trabajo adrede, ensuciando la ropa que tenía preparada.

»Un día, muy entrada la noche, llegó un viejo miste­rioso a ver a Pablito. Nunca lo había visto. No sabía que Pablito tuviese relación con hombre alguno tan intimi­dante, tan imponente. Le di la espalda y seguí trabajan­do. Estaba sola. De pronto, sentí sus manos en el cuello. Mi corazón de detuvo. No podía gritar; no podía siquie­ra respirar. Caí de rodillas y ese hombre horrible me sujetó la cabeza, tal vez durante una hora. Luego se marchó. Estaba tan aterrorizada que no me moví del lugar en que me había dejado caer hasta la mañana si­guiente. Pablito me encontró allí; rió y dijo que debía sentirme muy orgullosa y feliz porque el viejo era un poderoso brujo y uno de sus maestros. Estaba descon­certada; no podía creer que Pablito fuese un brujo. Me dijo que su maestro había visto volar polillas en un círculo perfecto en torno de mi cabeza. También había visto a la muerte rondándome. Esa era la razón por la cual ha­bía actuado con la velocidad del relámpago, cambiando la dirección de mis ojos. También me explicó que el Na­gual me había impuesto las manos y había entrado en mi cuerpo, y que yo no tardaría en ser diferente. Yo no tenía idea de aquello a lo que se refería. Tampoco tenía idea de lo que había hecho el viejo loco. Pero no me im­portaba. Yo era como un perro al que todos apartan a puntapiés. Pablito había sido la única persona amable conmigo. Al principio creí que me quería por mujer. Pero era demasiado fea y gorda y maloliente. Lo único que pretendía era ser amable conmigo.

»El viejo loco volvió una noche y, nuevamente, me co­gió por el cuello desde atrás. Me lastimó en forma terri­ble. Grité y aullé. No sabía qué era lo que estaba hacien­do. Nunca me decía una palabra. Le temía mortalmente. Más tarde comenzó a hablarme y a decirme qué hacer de mi vida. Me gustaba lo que decía. Me llevaba a todas partes con él. Pero mi vaciedad era mi peor enemigo. No podía aceptar sus costumbres, de modo que un día se hartó de mimarme y envió al viento en mi busca. Estaba sola en los fondos de la casa de Soledad ese día, y sentí que el viento cobraba una gran fuerza. Soplaba a través de la cerca. Penetraba en mis ojos. Quise entrar en la casa, pero mi cuerpo estaba asustado y, en vez de traspo­ner la puerta de la casa, me dirigí hacia la cerca. El viento me empujaba y me hacía girar sobre mí misma. Intenté regresar, pero fue inútil. No podía superar la vio­lencia del viento. Me arrastró por sobre las colinas y me apartó de los caminos y terminé dando con mis huesos en un profundo agujero, semejante a una tumba. El viento me retuvo allí días y días, hasta que hube decidido cam­biar y aceptar mi destino sin resistencia alguna. Enton­ces el viento cesó, y el Nagual me encontró y me llevó de vuelta a la casa. Me dijo que mi misión consistía en dar aquello de lo que carecía, amor y afecto, y en cuidar de las hermanas, Lidia y Josefina, más que de mí misma. Com­prendí entonces que el Nagual había pasado años dicién­domelo. Mi vida había concluido largo tiempo atrás.

Él me ofrecía una nueva, y ésta debía serlo por com­pleto. No podía llevar a ella mis viejos modos. Aquella primera noche, la noche en que dio conmigo, las polillas le revelaron mi existencia; yo no tenía motivos para re­belarme contra mi destino.

»Mi cambio se produjo al empezar a preocuparme más por Lidia y Josefina que por mí misma. Hice todo lo que el Nagual me dijo y una noche, en este mismo ba­rranco y en esta misma cueva, hallé mi plenitud. Dor­mía en el mismo lugar en que me encuentro ahora, cuando un ruido me despertó. Alcé los ojos y me vi como había sido otrora: joven, fresca, delgada. Era mi espíri­tu, que iniciaba su camino de regreso a mí. En un prin­cipio no quería acercarse, porque aún se me veía bas­tante espantosa. Pero acabó por no poder resistirse y se aproximó. Entonces comprendí de golpe aquello que el Nagual había intentado durante años comunicarme. Él decía que, cuando se tiene un niño, nuestro espíritu pierde fuerza. Para una mujer, el tener una niña signi­fica una pérdida de capacidad. El haber tenido dos, como en mi caso, era el fin. Lo mejor de mi fortaleza y de mis ilusiones había ido a parar a esas niñas. Me ro­baron cierta pujanza, como yo, al decir del Nagual, la había robado a mis padres. Ese es nuestro destino. Un chico roba la mayor parte de su potencia a su padre; una niña, a su madre. El Nagual afirmaba que quien ha tenido niños puede decir, a menos que sea tan terco como tú, que echa de menos algo suyo. Cierta locura, cierta nerviosidad, cierto poder que antes poseía. Solía tenerlo, pero, ¿dónde se halla ahora? El Nagual sostenía que se encontraba en el pequeño que daba vueltas en torno de la casa, lleno de energías, lleno de ilusiones. En otras palabras, completo. Decía que, si observára­mos a los niños, estaríamos en condiciones de aseverar que son valerosos, que se mueven a saltos. Si observamos a sus padres, les vemos cautelosos y tímidos. Ya no saltan. Según el Nagual, explicábamos el fenómeno fun­dándonos en la idea de que los padres son adultos y tie­nen responsabilidades. Pero eso no es cierto. Lo cierto es que han perdido cierta pujanza.

Pregunté a la Gorda qué hubiese dicho el Nagual si yo le hubiera comunicado que conocía padres con mucho más espíritu y más capacidad que sus hijos.

Rió, cubriéndose el rostro con fingido azoramiento

‑Puedes interrogarme ‑dijo, sofocando una risi­lla‑. ¿Quieres saber qué pienso?

‑Claro que quiero saberlo.

‑Esa gente no tiene más espíritu; simplemente han sido más fuertes y han preparado a sus hijos para ser obedientes y sumisos. Los han atemorizado para toda la vida; nada más.

Le narré el caso de un hombre que conocía, padre de cuatro hijos, que a los cincuenta y tres años había cam­biado su vida por completo. Ello supuso el que dejara a su esposa y su puesto ejecutivo en una gran corpora­ción, al cabo de más de veinticinco años de esfuerzo en pro de su carrera y su familia. Arrojó todo por la borda osadamente y se fue a vivir en una isla de Pacífico.

‑¿Quieres decir que se fue solo? ‑preguntó la Gor­da con sorpresa.

Había dado por tierra con mi argumento. Hube de admitir que se había marchado con su prometida, de vein­titrés años.

‑La cual sin duda está completa ‑agregó la Gorda.

Tuve que reconocer que era cierto.

‑Un hombre vacío se vale permanentemente de la plenitud de una mujer ‑prosiguió-. La plenitud de una mujer es más peligrosa que la de un hombre. Ella se muestra informal, de ánimo inestable, nerviosa, aun­que también capaz de grandes transformaciones. Muje­res así están en condiciones de sostenerse por sí mis­mas e ir a cualquier parte. No harán nada una vez allí, pero ello es debido a que de partida no habrá nada en ellas. La gente vacía, por otra parte, no puede dar saltos semejantes, pero es más digna de crédito. El Nagual de­cía que la gente vacía es como las lombrices, que miran a su alrededor antes de avanzar, retroceden y luego re­corren otro brevísimo trecho. La gente completa siem­pre anda a saltos, da saltos mortales, y, las más de las veces, aterriza de cabeza, pero a ellos no les importa.

»El Nagual decía que, para entrar al otro mundo, uno debe estar completo. Para ser brujo es imprescindi­ble disponer de la totalidad de la propia luminosidad, es decir, de toda la capacidad del espíritu, sin agujeros ni remiendos. De modo que un brujo vacío debe recobrar la plenitud. Hombre o mujer, ha de estar completo para entrar en ese mundo de allí fuera, esa eternidad en la cual, ahora, el Nagual y Genaro nos esperan.

Calló y se me quedó mirando durante un momento muy largo. La luz era escasísima para escribir.

‑¿Cómo recobraste tu plenitud? ‑pregunté.

Se sobresaltó al oír mi voz. Repetí la pregunta. Cla­vó la vista en el techo de la cueva antes de responder.

-Tuve que negar a aquellas dos niñas ‑dijo‑. En una ocasión el Nagual te explicó cómo hacerlo, pero no quisiste escucharle. Todo consiste en volver a hacerse con la fuerza, robándola. Él decía que era así como se perdía, por el camino más arduo, y que se debía recupe­rar del mismo modo, por el camino más arduo.

»Él me guió, y lo primero que me obligó a hacer fue negar mi cariño por aquellas dos niñas. Tuve que hacer­lo soñando. Poco a poco aprendí a no quererlas. El Na­gual me dijo que eso era inútil: se debe aprender a no preocuparse y no a no querer. Cuando las niñas ya no significasen nada para mí, debía volver a verlas, imponerles mis ojos y mis manos. Debía golpearlas con suavi­dad en la cabeza y permitir que mi costado izquierdo les arrebatase la fuerza.

‑¿Y qué les sucedió?

‑Nada. Jamás sintieron nada. Se fueron a su casa y ahora parecen dos personas adultas. Vacías, como la mayoría de quienes las rodean. No les gusta la compa­ñía de muchachos porque no les sirven de nada. Yo di­ría que su situación es cómoda. Las libré de toda locura. No la necesitaban; yo sí. No había sabido lo que hacía al entregársela. Además, aún conservan la pujanza roba­da a su padre. El Nagual tenía razón: ninguna advirtió su pérdida, en tanto yo tuve conciencia de mi ganancia. Al mirar hacia el exterior de esta cueva, vi todas mis ilusiones, alineadas como una fila de soldados. El mun­do era luminoso y nuevo. Tanto el peso de mi cuerpo como el de mi espíritu habían desaparecido y yo era re­almente un nuevo ser.

‑¿No sabes cómo fue que le arrebataste la fuerza a tus hijas?

‑¡No son mis hijas! Nunca tuve hijas. Mírame.

Salió de la cueva, se alzó la falda y me mostró su cuerpo desnudo. Lo primero en llamar mi atención fue lo delgada y musculosa que era.

Me instó a acercarme y examinarla. Su cuerpo se veía tan magro y firme que tuve que concluir que no era posible que hubiese tenido hijos. Apoyó la pierna iz­quierda sobre una roca más alta y me mostró la vagina. Su insistencia en demostrar su transformación era tal, que me vi impelido a reír para dar rienda suelta a mi nerviosismo. Dije que no era médico y, por tanto, no me hallaba en situación de aseverar nada, pero que estaba seguro de que decía la verdad.

‑Claro que digo la verdad ‑afirmó, y volvió a en­trar a la cueva‑. Jamás salió nada de mi útero.

Tras una breve pausa respondió a mi pregunta, que yo ya había olvidado bajo el impacto de su exhibición.

‑Mi costado izquierdo me devolvió la fuerza ‑dijo‑. Todo lo que tuve que hacer fue ir a visitar a las niñas. Estuve con ellas cuatro o cinco veces, para acostumbrar­las a mi presencia. Habían crecido e iban a la escuela. Pensaba que me costaría cierto esfuerzo el no quererlas, pero el Nagual me dijo que ello no tenía importancia, que debía quererlas si lo necesitaba. Así, que las quise. Pero las quise como se puede querer a un extraño. Mi mente estaba completa, mis propósitos eran firmísimos. Deseo entrar en el otro mundo estando aún viva, de acuerdo con las propuestas del Nagual. Para hacerlo, ne­cesito únicamente la fuerza de mi espíritu. Necesito mi plenitud. ¡Nada puede apartarme de ese mundo! ¡Nada!

Me miró de modo desafiante.

‑Deberías negar a los dos: a la mujer que te vació y al pequeño que contaba con tu cariño; eso, si aspiras a la plenitud. Te resultará fácil negar a la mujer. El niño es otra cosa. ¿Crees que aquel inútil afecto justifica tu imposibilidad para entrar en ese reino?

No tenía una respuesta para ella. No se trataba de que no quisiera pensar en ello, sino que me sentía total­mente confundido.

‑Soledad debe quitar su fuerza a Pablito, si quiere entrar en el nagual ‑prosiguió‑. ¿Cómo diablos va a hacerlo? Pablito, por muy débil que sea, es un brujo. Pero el Nagual concedió a Soledad una única oportuni­dad. Le dijo que ese momento único podía ser aquél en que tú entrases en la casa; a partir de entonces, no sólo nos indujo a cambiar de casa, sino que nos impuso ayu­darle a ensanchar el sendero de entrada a su vivienda, para que pudieses llegar con el coche hasta la puerta. Le dijo que, si vivía una vida impecable, lograría atra­parte y sorber toda tu luminosidad: todo el poder que el Nagual dejó en el interior de tu cuerpo. No le resultaría difícil hacerlo. Puesto que ella marchaba en la dirección opuesta, le era posible reducirte a la nada. Su gran proeza iba a consistir en llevarte a un instante de inde­fensión.

»Una vez te hubiese dado muerte, tu luminosidad habría incrementado su poder y ella se habría lanzado sobre nosotras. Yo era la única que lo sabía. Lidia, Josefina y Rosa le tienen cariño. Yo no; yo conocía sus desig­nios. Nos habría destruido una a una, cuando se le ocu­rriese, puesto que nada tenía que perder y sí en cambio, qué ganar. El Nagual me dijo que no le quedaba otro ca­mino. Me confió las niñas y me explicó lo que debía ha­cer en el caso de que Soledad te asesinara e intentase apoderarse de nuestra luminosidad. Suponía que aún me quedaba una oportunidad de salvarme y, quizás, salvar también a alguna de las otras tres. Verás: Sole­dad no es una mala mujer, en absoluto; simplemente está haciendo lo que le corresponde hacer a un guerrero impecable. Las hermanitas la quieren más que a sus propias madres. Es una verdadera madre para ellas. Eso era, decía el Nagual, lo que la ponía en ventaja. A pesar de mis esfuerzos no he conseguido separar de ella a las hermanitas. De modo que, si te hubiese matado, se habría apoderado de al menos dos de esas tres almas confiadas. Luego, al desaparecer tú del panorama, Pa­blito quedaba indefenso. Soledad lo habría aplastado como a un insecto. Entonces, completa y con poder, ha­bría entrado en ese mundo de allí fuera. Si yo me hubie­se encontrado en su situación, habría tratado de hacer exactamente lo mismo.

»Como ves, para ella la cuestión era todo o nada. Cuando llegaste, todos se habían marchado. Aparente­mente, era el fin para ti y para algunos de nosotros. Pero todo terminó siendo la nada para ella y una opor­tunidad para las hermanitas. En cuanto supe que la ha­bías derrotado, recordé a las muchachas, que era su tur­no. El Nagual había dicho que debían esperar hasta la mañana para cogerte desprevenido. Que la mañana no era un buen momento para ti. Me ordenó mantenerme aparte y no interferir a las hermanitas; debía intervenir únicamente en el caso de que intentases perjudicar su luminosidad.

‑¿Se suponía que ellas también iban a matarme?

‑Bueno… sí. Tú eres el lado masculino de su lumi­nosidad. Su integridad es a veces su desventaja. El Na­gual las trataba con mano de hierro y las mantenía en equilibrio, pero ahora que él se ha ido no hay manera de nivelarlas. Tu luminosidad podía lograrlo.

‑¿Y tú, Gorda? ¿Debo esperar que tú también tra­tes de acabar conmigo?

‑Ya te he dicho que soy diferente. He alcanzado un equilibrio. Mi vaciedad, que era mi desventaja, es ahora mi ventaja. Un brujo que ha recuperado su integridad está nivelado, en tanto que un brujo que siempre estuvo completo está un poco desequilibrado. Como lo estaba Genaro. Pero el Nagual estaba nivelado porque había estado incompleto, como tú y como yo; tal vez más que tú y que yo. Tenía tres hijos y una hija. Las hermanitas son como Genaro; están ligeramente desequilibradas. Y las más veces tan tensas que no tienen límites.

‑¿Y yo, Gorda? ¿Debo yo también perseguirlas?

‑No. Solamente ellas podían haber sacado provecho al absorber tu luminosidad. Tú no puedes sacar prove­cho de la muerte de nadie. El Nagual te legó un poder especial, una suerte de equilibrio que ninguno de noso­tros posee.

‑¿No les es posible aprender a tener ese equilibrio?

‑Claro que sí. Pero eso no tiene nada que ver con la misión que las hermanitas debían cumplir. Esta consis­tía en robarte el poder. Por ello se fueron uniendo hasta llegar a constituir un solo ser. Se prepararon para beber­te de un trago como un vaso de soda. El Nagual hizo de ellas seductoras de primer orden, especialmente de Jose­fina. Montó para ti un espectáculo sin par. Comparado con él, la tentativa de Soledad era un juego de niños. Ella es una mujer tosca. Las hermanitas son verdaderas brujas. Dos de ellas ganaban tu confianza, en tanto la tercera te asustaba y te dejaba indefenso. Jugaron sus cartas a la perfección. Te dejaste engañar y estuviste a punto de sucumbir. El único inconveniente era que tú habías lastimado y curado la luminosidad de Rosa la noche anterior, y ello la había puesto nerviosa. De no haber sido por su nerviosidad, que la llevó a morderte el costado con tanta fuerza, lo más probable es que ahora no es­tuvieses aquí. Lo vi todo desde la puerta. Llegué en el preciso instante en que las ibas a aniquilar.

‑¿Pero qué podía hacer yo para aniquilarlas?

‑¿Cómo lo voy a saber? No soy tú.

‑Lo que te pregunto es qué me viste hacer.

‑Vi a tu doble salir de ti.

‑¿Cómo era?

‑Como tú, desde luego. Pero muy grande y amena­zador. Tu doble las habría matado. Así que entré y lo interrumpí.

»Tuve que valerme de lo mejor de mi poder para tranquilizarte. Las hermanas no me podían ayudar. Esta­ban perdidas. Y tú estabas furioso y violento. Cambias­te de color delante nuestro dos veces. Uno de los colores era tan intenso que temí que me dieses muerte también a mí.

‑¿Qué color era, Gorda?

‑Blanco, ¿qué otro, si no? El doble es blanco, blanco amarillento, como el sol.

La miré. La sonrisa era completamente nueva para mí.

‑Sí ‑continuó‑, somos trozos del sol. Es por ello que somos seres luminosos. Pero nuestros ojos no llegan a captar esa luminosidad porque es muy débil. Sólo los ojos de un brujo alcanzan a verla, y ello al cabo de toda una vida de esfuerzos.

Su revelación me había tomado totalmente por sor­presa. Traté de poner orden en mis pensamientos para formular la pregunta más adecuada.

‑¿Te habló el Nagual alguna vez del sol? ‑pregunté.

‑Sí. Todos somos como el sol, aunque de modo muy, muy tenue. Nuestra luz es muy débil; no obstante, de todos modos, es luz.

‑Pero, ¿dijo que tal vez el sol fuese el nagual? ‑in­sistí desesperadamente.

La Gorda no me respondió. Produjo una serie de so­nidos involuntarios con los labios. Aparentemente, pen­saba cómo contestar a mi inquisición. Aguardé, prepa­rado para tomar nota de lo que dijese. Tras una larga pausa, salió a gatas de la cueva.

-Te mostraré mi débil luz ‑dijo, con cierta frialdad.

Se dirigió al centro del pequeño barranco, frente a la cueva, y se sentó en cuclillas. Desde donde me encontra­ba no veía lo que estaba haciendo, de modo que también salí de la cueva. Me detuve a tres o cuatro metros de ella. Metió las manos bajo la falda, siempre en cuclillas. De pronto, se puso de pie. Unía los puños cerrados floja­mente; los elevó por sobre su cabeza y abrió los dedos de golpe. Oí un sonido seco, como un estallido, y vi salir chispas de los mismos. Volvió a cerrar los puños y a abrirlos de golpe, y de ellos surgió otro torrente de chis­pas larguísimas. Se puso nuevamente en cuclillas y hur­gó bajo la falda. Parecía estar extrayendo algo del pubis. Repitió el movimiento de los dedos, a la vez que ponía las manos por sobre la cabeza, y vi cómo de ellos se des­prendía un haz de largas fibras luminosas. Tuve que la­dear la cabeza para contemplarlas contra el cielo ya os­curo. Unían el aspecto de largos filamentos luminosos rojizos. Terminaron por perder el color y desaparecer.

Se puso en cuclillas una vez más y, cuando abrió los dedos, emanó de ellos una asombrosa cantidad de luces. El cielo estaba lleno de rayos de luz. Era un espectáculo fascinante. Absorbió por completo mi atención; no podía apartar los ojos de él. No observaba a la Gorda. Con­templaba las luces. Repentinamente, un grito me obligó a mirarla, y alcancé a verla asir una de las líneas que generaba y subir hasta la parte más alta del cañón. Es­taba allí convertida en una enorme sombra oscura con­tra el cielo, y luego descendió al fondo del barranco dan­do tumbos, como si bajara una escalera deslizándose sobre el viento.

Súbitamente la vi contemplándome. Sin darme cuen­ta, había caído sentado. Me puse en pie. Ella estaba empapada en sudor y jadeaba, tratando de recobrar el aliento. Durante un lapso considerable le fue imposible hablar. Comenzó a trotar sin moverse del lugar. No me atreví a tocarla. Finalmente, pareció serenarse lo bas­tante como para volver a entrar en la cueva. Descansó unos minutos.

Había actuado con tanta rapidez que casi no me ha­bía dado ocasión de considerar lo sucedido. En el mo­mento de su exhibición, había experimentado un dolor insoportable, acompañado de cierto cosquilleo, exacta­mente debajo del ombligo. Yo no había hecho el menor esfuerzo físico y, sin embargo, también jadeaba.

‑Creo que es hora de ir a nuestra cita -dijo, sin aliento‑. Mi vuelo nos ha abierto a ambos. Tú sentiste mi vuelo en el vientre; eso significa que estás abierto y en condiciones de enfrentarte con las cuatro fuerzas.

‑¿A qué fuerzas te refieres?

‑A los aliados del Nagual y de Genaro. Tú los has visto. Son horrendos. Ahora se han liberado de las cala­bazas del Nagual y de Genaro. La otra noche oíste a uno de ellos rondar la casa de Soledad. Te están esperando. En el momento en que caiga la noche, serán inconteni­bles. Uno de ellos llegó a seguirte a la luz del día en la casa de Soledad. Esos aliados nos pertenecen ahora, a ti y a mí. Nos llevaremos dos cada uno. No sé cuáles. Y tampoco sé cómo. Todo lo que me dijo el Nagual fue que tú y yo deberíamos atraparlos por nosotros mismos.

‑¡Espera! ¡Espera! ‑grité.

No me permitió hablar. Con suavidad, me tapó la boca con la mano. Sentí una punzada de terror en la boca del estómago. Ya en el pasado me había visto enfrenta­do con algunos inexplicables fenómenos a los que don Juan y don Genaro llamaban sus aliados. Había cuatro y eran entes tan reales como cualquier objeto. Su aspec­to era tan extravagante que suscitaba en mí un temor incomparable toda vez que los veía. El primero que ha­bía conocido pertenecía a don Juan; era una masa oscu­ra, rectangular, de dos metros y medio o tres de altura y uno o uno y medio de ancho. Se movía con la aplastante imponencia de una piedra gigantesca y respiraba tan pesadamente que me hacía pensar en un fuelle. Siem­pre lo hallaba en la oscuridad, de noche. Lo imaginaba como una puerta que anduviese mediante el expediente de girar primero sobre uno de sus ángulos inferiores y luego sobre el otro.

El segundo con que me había topado era el aliado de don Genaro. Se trataba de un hombre incandescente, de largo rostro, calvo, extraordinariamente alto, con gruesos labios y ojos entrecerrados. Siempre llevaba pantalones demasiado cortos para sus largas y delgadas piernas.

Había visto a esos dos aliados en numerosas ocasio­nes, en compañía de don Juan y de don Genaro. El ver­los daba inevitablemente lugar a una separación insu­perable entre mi razón y mi percepción. Por una parte, no tenía motivo alguno para pensar que lo que me suce­día fuese real, y, por otra, no había modo posible de de­jar de lado la certidumbre de mi percepción.

Puesto que siempre habían aparecido en momentos en que me encontraba cerca de don Juan y de don Gena­ro, los había clasificado como productos de la poderosa influencia que aquellos dos hombres habían ejercido so­bre mi sugestionable personalidad. A mi entender, o bien se trataba de eso, o bien se trataba de que don Juan y don Genaro tenían en su posesión fuerzas a las que de­nominaban sus aliados, fuerzas capaces de manifestarse ante mí bajo la forma de esas horrendas criaturas.

Una de las características de los aliados era que nunca me permitían observarlos detenidamente. Había intentado muchas veces concentrar toda mi atención en ellos, pero siempre había terminado por encontrarme confundido y disociado.

Los otros dos aliados eran más esquivos. Los había visto sólo una vez: un jaguar de amarillos canden­tes y un voraz y enorme coyote. Las dos bestias eran en esencia agresivas y arrolladoras. El jaguar era de don Genaro y el coyote de don Juan.

La Gorda salió de la cueva. La seguí. Ella abría la marcha. Dejarnos atrás el sendero y nos vimos frente a una gran llanura rocosa. Se detuvo y me dejó ganar la delantera. Le dije que si me permitía abrir la marcha, iba a tratar de llegar al coche. Me dijo que sí con la cabe­za y se pegó a mí. Sentía su piel fría y húmeda. Parecía hallarse muy agitada. Todo esto ocurría aproximada­mente a un kilómetro del lugar en que había aparcado; para llegar allí, debíamos cruzar el desierto de rocas. Don Juan me había enseñado la situación de un camino oculto que discurría por entre grandes cantos rodados, casi jun­to a la montaña que cerraba el llano hacia el Este. Me dirigí a él. Cierto impulso desconocido me guiaba; de otro modo, habría seguido por la misma senda por la cual ha­bíamos atravesado la planicie, sobre terreno raso.

Tuve la impresión de que la Gorda aguardaba algo espantoso. Se aferró a mí. Abrió desmesuradamente los ojos.

‑¿Vamos por el buen camino? ‑pregunté.

No respondió. Se quitó el chal y lo retorció hasta ha­cerle cobrar el aspecto de una cuerda larga y espesa. Rodeó mi talle con ella, cruzó los extremos y rodeó el suyo. Hizo al cabo un nudo, de manera que quedamos unidos por un lazo que tenía forma de ocho.

‑¿Para qué hiciste eso? ‑quise saber.

Negó con la cabeza. Le castañeteaban los dientes, pero no podía decir una sola palabra. Su temor parecía ser extremo. Me empujó para que siguiese andando. No logré evitar preguntarme por qué yo mismo no estaba a punto de volverme loco de susto.

Cuando alcanzamos el sendero alto, el agotamiento físico comenzaba a hacer presa en mí. Jadeaba y tuve que respirar por la boca. Distinguí el contorno de los grandes cantos rodados. No había luna, pero el cielo es­taba tan claro que permitía reconocer formas. Me di cuenta de que la Gorda también jadeaba.

Intenté detenerme para recobrar el aliento, pero me dio un ligero empellón y movió la cabeza negativamente. Estaba a punto de hacer una broma para quebrar la tensión, cuando oí un ruido sordo, desconocido. Moví en forma instintiva la cabeza hacia la derecha, para que mi oído izquierdo recorriese el lugar. Contuve la respira­ción un instante y entonces percibí con claridad que al­guien más que la Gorda y yo respiraba pesadamente. Atendí de nuevo para asegurarme antes de comunicár­selo. No había duda de que esa impresionante forma se hallaba entre las rocas. Cubrí la boca de la Gorda con la mano, sin detener la marcha y le indiqué que contuvie­se el aliento. Se podía haber afirmado que la forma es­taba muy cerca. Aparentemente, se deslizaba con la mayor discreción que le cabía. Jadeaba con suavidad.

La Gorda estaba sobrecogida. Se echó al suelo, po­niéndose en cuclillas; me arrastró con ella, debido al chal que llevábamos atado a la cintura. Metió las ma­nos bajo las faldas un momento y luego se puso de pie; tenía los puños cerrados y, cuando los abrió, de las pun­tas de sus dedos surgió una lluvia de chispas.

‑Méate las manos ‑susurró, a través de sus dien­tes apretados.

‑¿Qué? ‑dije, incapaz de comprender lo que me pedía.

Susurró la orden tres o cuatro veces, cada vez con mayor perentoriedad. Debió de haberse dado cuenta de que yo no entendía sus intenciones, porque se volvió a agachar y mostró a las claras que se estaba orinando las manos. La miré consternado, mientras las gotas de orina que salpicaba con los dedos se transformaban en chispas rojizas.

Mi mente quedó en blanco. No sabía qué era más apasionante, si la visión a que la Gorda daba lugar con su orina, o el jadeo del ente que se acercaba. No estaba en condiciones de decidir cual de los dos estímulos atraía más mi atención; ambos eran fascinantes.

‑¡De prisa! ¡Hazlo en las manos! ‑gruñó la Gorda entre dientes.

La oía, pero mi atención estaba dislocada. Con voz implorante, la Gorda agregó que mis chispas harían retroceder a la criatura que se nos aproximaba. Ella co­menzó a gimotear y yo a desesperarme. Ya no solamen­te escuchaba, sino que percibía con todo el cuerpo a aquella entidad. Intenté orinarme las manos; mi esfuer­zo fue inútil. Estaba demasiado cohibido y nervioso. La agitación de la Gorda hizo presa en mí y luché denoda­damente por orinar. Al final, lo logré. Sacudí los dedos tres o cuatro veces, pero nada surgió de ellos.

‑Hazlo nuevamente ‑dijo la Gorda‑. Toma cierto tiempo hacer chispas.

Le dije que había expelido toda mi orina. En sus ojos lucía una mirada de la más profunda angustia.

En ese momento vi a la enorme forma rectangular moverse hacia nosotros. Por una u otra razón, no me re­sultaba amenazante, aunque la Gorda estuviese a pun­to de desmayarse.

De pronto desató el chal y, de un brinco, se situó so­bre una roca a mis espaldas, aferrándose a mí desde detrás y colocando la barbilla sobre mi cabeza. Práctica­mente, se había encaramado a mis espaldas. En el ins­tante en que adoptamos esa posición, la forma cesó en su marcha. Siguió jadeando, a unos ocho metros de no­sotros.

Yo experimentaba una enorme tensión, aparente­mente concentrada en el tronco. Pasado un rato supe, sin ninguna duda, que de seguir en esa postura perde­ríamos toda nuestra energía y caeríamos en poder de lo que fuese que nos acechaba.

Le dije que debíamos echar a correr si queríamos conservar la vida. Ella negó con la cabeza. Parecía ha­ber recobrado su fuerza y su confianza. Dijo entonces que debíamos enterrar la cabeza entre los brazos y echarnos, con los muslos contra el estómago. Recordé que una noche, años atrás, don Juan me había hecho hacer lo mismo, en un campo desierto de México Sep­tentrional, al verme sorprendido por algo igualmente desconocido, y, sin embargo, igualmente real para mis sentidos. En aquella ocasión, don Juan me había dicho que huir era inútil, y que lo único que cabía hacer era permanecer en el lugar, en la posición que la Gorda aca­baba de recomendar.

Estaba a punto de arrodillarme cuando inesperada­mente tuve la sensación de que habíamos cometido un terrible error al dejar la cueva. Debíamos retornar a ella a toda costa.

Pasé el chal de la Gorda por sobre mis hombros y por debajo de mis brazos. Le indiqué que sujetase las puntas encima de mi cabeza, trepase a mis espaldas y se sostuviera en ellas, preparándose para resistir las sacudidas mediante el expediente de aferrar el chal y valerse de él a modo de arreo. Años antes, don Juan me había enseñado que los sucesos extraños, como la forma rectangular que teníamos delante, debían enfrentarse tomando actitudes inesperadas. Me dijo que una vez se había tropezado con un ciervo, y éste le había «habla­do»; él permaneció cabeza abajo durante el encuentro, para asegurar su supervivencia y reducir la tensión de la situación.

Yo me proponía correr, esquivando la forma rectan­gular, y volver a la caverna con la Gorda a hombros.

Me dijo en voz muy baja que regresar a la cueva era imposible. El Nagual le había recomendado no perma­necer allí por nada del mundo. Le expliqué, tras prepa­rar el chal para ella, que mi cuerpo tenía la certeza de que allí estaríamos a salvo. Me respondió que era cier­to, y que daría resultado, pero que en realidad no dispo­níamos de ningún medio para controlar esas fuerzas. Necesitábamos un recipiente especial, alguna especie de calabaza, del tipo de aquellas que yo había visto pen­der de los cinturones de don Juan y de don Genaro.

Se quitó los zapatos, trepó a mi espalda y se afirmó allí. La sujeté por las pantorrillas. Cuando aferró las puntas del chal, sentí la tensión en las axilas. Aguardé hasta que hubo hallado su equilibrio. Andar en la oscuri­dad con una carga de sesenta kilos era una hazaña con­siderable. La marcha resultaba muy lenta. Conté veintitrés pasos y me vi obligado a dejarla en el suelo. El dolor en los hombros era insoportable. Le dije que, si bien era muy delgada, me estaba quebrando las clavículas.

Lo más llamativo, de todos modos, era el que la for­ma rectangular hubiese desaparecido de la vista. Nues­tra estrategia había dado resultado. La Gorda propuso cargarme a hombros un trecho. La idea me pareció ridí­cula; mi peso excedía las posibilidades de carga de su li­gero esqueleto. Decidimos andar un rato, atentos a lo que ocurriera.

El silencio que nos rodeaba era mortal. Caminába­mos lentamente, apoyándonos el uno en el otro. No habíamos recorrido sino unos pocos metros cuando volví a oír extraños ruidos de respiración, un siseo suave y prolonga­do, semejante al de un felino. Me apresuré a cargarla a hombros nuevamente y anduvimos otros diez pasos.

Sabía que era necesario mantener la sorpresa como táctica si queríamos salir de ese lugar. Estaba tratando de imaginar una serie de otras actitudes que no fuese cargar con la Gorda, igualmente inesperadas, cuando ella se quitó sus largas vestiduras. En un solo movi­miento, quedó desnuda. Hurgó en el suelo buscando algo. Oí un ruido de quebradura y se puso de pie soste­niendo una rama de un arbusto bajo. Rodeó mis hom­bros y cuello con el chal e hizo una suerte de soporte en forma de red en que poder sentarse, con las piernas en torno de mi pecho, como se lleva a los niños pequeños. Entonces enganchó su vestido en la rama y la elevó por sobre su cabeza. Comenzó a agitar la rama, dando a la tela un extraño movimiento. A ese efecto agregó un sil­bido, semejante al chillido peculiar de la lechuza noc­turna.

Después de recorrer unos noventa metros, oímos sonidos similares procedentes de detrás de nosotros y de nuestros costados. Inició el reclamo de otra ave, un gri­to agudo parecido al del pavo real. A los pocos minutos, llamadas idénticas que provenían de todo el alrededor le hacían eco.

Años atrás, yo había presenciado un fenómeno simi­lar de respuesta a voces de pájaros, estando con don Juan. Había pensado entonces que los sonidos los pro­ducía el propio don Juan, oculto en la oscuridad próxi­ma, o algún asociado suyo muy cercano, como don Ge­naro, que le estuviese ayudando a crear en mí un temor insuperable, un miedo capaz de obligarme a echar a co­rrer en la oscuridad sin siquiera tropezar. Don Juan ha­bía denominado a la particular acción de correr en la oscuridad «marcha de poder».

Pregunté a la Gorda si conocía el modo de empren­der la marcha de poder. Dijo que sí. Le expuse que íba­mos a intentarla, aun cuando yo no me sentía completa­mente seguro de lograrlo. Me respondió que no era el momento ni el lugar para ello y señalo un punto delante de nosotros. Mi corazón, que hasta entonces había lati­do con prisa, comenzó a batir salvajemente en mi pecho. Exactamente enfrente, a unos tres metros, en medio del sendero, se encontraba uno de los aliados de don Gena­ro, el extraño hombre incandescente, de largo rostro y cráneo calvo. Quedé congelado en el lugar. Oí el chillido de la Gorda como si viniese de muy lejos. Golpeaba mis costados frenéticamente con sus puños. Su modo de ac­tuar me impidió concentrarme en el hombre. Me hizo volver la cabeza, primero hacia la izquierda, luego ha­cia la derecha. A mi izquierda, casi en contacto con mi pierna, percibí la negra masa de un felino de feroces ojos amarillos. A mi derecha, un enorme coyote fosfores­cente. Detrás de nosotros, casi pegada a la espalda de la Gorda, estaba la forma oscura y rectangular.

El hombre nos dio la espalda y echó a andar por el sendero. Yo también me puse en marcha. La Gorda se­guía aullando y gimoteando. La forma rectangular se hallaba a punto de atraparla por la espalda. Oía sus movimientos, y sus sonoros tumbos. El ruido que produ­cía al andar reverberaba en las rocas del lugar. El frío de su aliento alcanzaba mi cuello. Sabía que la Gorda estaba al borde de la locura. Y también yo. El felino y el coyote me rozaron las piernas. Escuchaba claramente su siseo y su gruñido, cada vez más fuertes. Experimen­té, en ese momento, la necesidad irracional de reprodu­cir cierto sonido que me había enseñado don Juan. Los aliados me respondieron. Seguí haciéndolo frenética­mente, y ellos respondiéndome. La tensión disminuía poco a poco y, antes de que llegásemos al camino, yo for­maba parte de una escena sumamente extravagante. La Gorda seguía a mis espalda, enancada en mí, agitan­do con alegría su vestido en lo alto, como si nada hubie­se ocurrido, adaptando el ritmo de sus movimientos al sonido que yo producía, en tanto cuatro criaturas del otro mundo respondían, a la vez que marchaban a mi paso, rodeándonos por los cuatro lados.

Así llegamos al camino. Pero yo no quería partir. Tenía la impresión de que faltaba algo. Me quedé in­móvil, con la Gorda a hombros, y emití un sonido espe­cial, intermitente, aprendido de don Juan. Él había di­cho que era la llamada de las polillas. Para realizarlo, había que valerse del borde interno de la mano izquier­da y los labios.

Tan pronto como lo efectué, todo pareció entrar en el más pacífico de los descansos. Los cuatro entes me res­pondieron y, en cuanto lo hicieron, comprendí cuáles eran los que marcharían conmigo.

Entonces me dirigí al coche, bajé a la Gorda de mi es­palda, depositándola en el asiento del conductor y empu­jándola hacia el lado opuesto al del volante. Partimos en absoluto silencio. Algo me había afectado en cierto mo­mento y mis pensamientos no funcionaban como tales.

La Gorda propuso que, en vez de ir a su casa, fuése­mos a la de don Genaro. Dijo que Benigno, Néstor y Pa­blito vivían allí, pero estaban fuera. Su propuesta me atrajo.

Una vez en la casa, la Gorda encendió una lámpara. El lugar no había cambiado en absoluto desde la última vez en que yo había visitado a don Genaro. Nos sentamos en el suelo. Alcancé un banco y puse sobre él mi libreta de notas. No estaba cansado y deseaba escribir, pero era incapaz de hacerlo. No podía apuntar nada.

‑¿Qué te dijo el Nagual de los aliados? ‑pregunté.

Aparentemente, mi pregunta la cogió con la guardia baja. No sabía cómo responder.

‑No puedo pensar ‑dijo por último.

Era como si nunca antes hubiese experimentado esa situación. Se paseaba de aquí para allí, delante de mí. Pequeñas gotas de transpiración se habían formado en la punta de su nariz y en su labio superior.

De repente, me aferró por la mano y prácticamente me arrastró hasta fuera de la casa. Me condujo hasta un barranco cercano, y allí vomitó.

Sentí el estómago descompuesto. Dijo que el poder de los aliados había sido demasiado grande y que debía tra­tar de devolver. La miré, esperando una explicación más clara. Me cogió la cabeza y me metió un dedo en la gar­ganta, con la precisión de una enfermera que se ocupa de un niño; y consiguió que vomitara. Explicó que los se­res humanos poseían, en torno al estómago, un delicado halo, muy sensible a las fuerzas externas. A veces, cuan­do el forcejeo era demasiado violento, como en el caso del contacto con los aliados, o incluso, en el caso de encuentros con gente fuerte, el halo era agitado, cambiaba de color o se desvanecía por completo. En circunstancias tales, lo único que se podía hacer era, sencillamente, vomitar.

Me sentía mejor, pero no enteramente recuperado. Me dominaba una impresión de cansancio, de pesadez en los ojos. Regresamos a la casa. Al llegar a la puerta, la Gorda husmeó el aire como un perro y declaró que sa­bía cuáles eran mis aliados. Su aseveración, que de ordi­nario no hubiese tenido otro significado que aquél de su alusión, o aquel que yo quisiese atribuirle, tuvo la espe­cial cualidad de un mecanismo catártico. Puso mi capa­cidad pensante en marcha a velocidad explosiva. De pronto, recobraron su ser mis procesos mentales habi­tuales. Me vi brincando como si las ideas tuviesen fuerza propia.

Lo primero que se me ocurrió fue que los aliados eran entidades reales, tal como había supuesto sin osar admitirlo, ni tan siquiera para mí mismo. Los había vis­to y percibido y me había comunicado con ellos. Estaba eufórico. Abracé a la Gorda y me lancé a explicarle el punto capital de mi dilema intelectual. Había visto a los aliados sin la ayuda de don Juan ni de don Genaro, y ese hecho tenía la mayor importancia del mundo para mí. Conté a la Gorda que en cierta ocasión había in­formado a don Juan haber visto a uno de los aliados; él se había echado a reír y me había dicho que no me diese tanta importancia y no hiciese caso de lo que ha­bía visto.

Nunca había querido creer que estuviese teniendo alucinaciones, pero también me negaba a aceptar que existiesen los aliados. Mi formación racionalista era in­flexible. No era capaz de dar el salto. Esta vez, sin em­bargo, todo era diferente, y la idea de que hubiese sobre esta tierra seres realmente pertenecientes al otro mun­do, sin ser ajenos al nuestro, rebasaba mis posibilidades de comprensión. Concedí a la Gorda, bromeando, que habría dado cualquier cosa por estar loco. Ello hubiese liberado cierta parte de mí de la aplastante responsabi­lidad de renovar mi concepción del mundo. Lo más iró­nico era que difícilmente nadie tuviese tanta voluntad como yo de rehacer su concepción del mundo, en un ni­vel puramente intelectual. Pero eso no bastaba. Nunca había bastado. Y ese había sido durante toda mi vida el obstáculo insuperable, la grieta mortal. Había tenido la esperanza de juguetear con el mundo de don Juan, pero sin terminar de convencerme; por esa razón, no pasaba de ser un cuasi‑brujo. Ninguno de mis esfuerzos había pasado de corresponder a una fatua ilusión de defender­me con lo intelectual, como si me encontrase en una academia, donde todo puede hacerse entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde, hora en la cual uno, debidamente cansado, se va a casa. Don Juan solía ha­cer mofa de ello; decía: tras arreglar el mundo de un modo muy bello y luminoso, el académico se va a casa, a las cinco en punto, para olvidar su arreglo.

Mientras la Gorda preparaba algo de comer, trabajé febrilmente en mis notas. Me sentí mucho más sereno después de cenar. La Gorda estaba del mejor de los áni­mos. Hizo payasadas, tal como hacía don Genaro, imi­tando mis gestos al escribir

‑¿Qué sabes de los aliados, Gorda? ‑pregunté.

‑Tan sólo lo que el Nagual me dijo ‑replicó‑. Que los aliados eran las fuerzas a las cuales los brujos aprenden a controlar. Él tenía dos en su calabaza, al igual que Genaro.

‑¿Cómo se las arreglaban para mantenerlos dentro de sus calabazas?

‑Nadie lo sabe. Todo lo que el Nagual sabía era que, antes de someter al aliado, era necesario dar con una calabaza pequeña, perfecta y con cuello.

‑¿Y dónde se puede hallar esa clase de calabaza?

‑En cualquier parte. El Nagual me aseguró que, en caso de sobrevivir al ataque de los aliados, debíamos lanzarnos a la búsqueda de la calabaza perfecta, que debe ser del tamaño del pulgar de la mano izquierda. Ese era el tamaño de la calabaza del Nagual.

‑¿Has visto tú su calabaza?

‑No. Nunca. El Nagual decía que una calabaza de esa clase no está en el mundo de los hombres. Es como un pequeño lío que se puede ver pendiendo de sus cin­turones. Pero si se la observa deliberadamente, no se ve nada.

»La calabaza, una vez encontrada, debe cuidarse con gran esmero. Por lo general, las brujas las hallan en las parras de los bosques. Las cogen y las secan y las va­cían. Y luego las desbastan y las pulen. Tan pronto como el brujo tiene su calabaza, debe ofrecerla a los aliados y persuadirlos para que vivan en ella. Si los aliados consienten, la calabaza desaparece del mundo de los hombres y los aliados se convierten en una ayuda para el brujo. El Nagual y Genaro eran capaces de hacer hacer a sus aliados todo lo que necesitasen. Cosas que no podían hacer por sí mismos. Como por ejemplo, enviar al viento en mi busca, u ordenar a aquel pollito que se metiese en la blusa de Lidia.

Oí un siseo peculiar, prolongado, al otro lado de la puerta. Era exactamente el mismo que había oído en casa de doña Soledad dos días antes. Esa vez supe que era el jaguar. No me asusté. En realidad, habría salido a ver al jaguar, si la Gorda no me hubiese detenido.

‑Aún estás incompleto ‑dijo‑. Los aliados te van a devorar si sales por tu propia iniciativa. Especialmen­te ese atrevido que vino a rondar.

-Mi cuerpo se siente muy seguro ‑protesté.

Me palmeó la espalda y me retuvo contra el banco sobre el cual estaba escribiendo.

‑Aún no eres un brujo completo ‑dijo‑. Tienes un enorme parche en el centro de ti y la fuerza de los alia­dos te lo arrancaría. Ellos no bromean.

‑¿Qué es lo que se supone que uno deba hacer cuando un aliado se le acerca de ese modo?

‑No importa el modo en que lo hagan. El Nagual me enseñó a permanecer en equilibrio y no buscar nada con ansiedad. Esta noche, por ejemplo, yo sé qué aliados te corresponderían, si alguna vez consigues una calabaza y la preparas como es debido. Tú debes estar desean­do hacerte con ellos. Yo no. Lo más probable es que nunca me los lleve. Son un verdadero problema.

‑¿Por qué?

‑Porque son fuerzas y, como tales, pueden vaciarte hasta reducirte a la nada. El Nagual sostenía que se es­taba mejor sin nada que no fuera nuestra resolución y nuestra voluntad. Algún día, cuando estés completo, tal vez debamos decidir acerca de la conveniencia de llevar­los con nosotros o no.

Le dije que, personalmente, me gustaba el jaguar, a pesar de que había algo de despótico en él.

Me miró con curiosidad. Había sorpresa y confusión en sus ojos.

‑Realmente me gusta ‑dije.

‑Dime qué viste ‑replicó.

Comprendí entonces que, hasta ese momento, había estado dando por descontado que ella había visto lo mis­mo que yo. Describí con gran detalle a los cuatro alia­dos, tal como los había percibido. Me escuchó con mu­cha atención y parecía embelesada por mi relato.

‑Los aliados no tienen forma ‑dijo cuando termi­né‑. Son como una presencia, como un viento, como un brillo. El primero que hallamos esta noche era una ne­grura que pretendía introducirse en mi cuerpo. Por eso grité. Lo sentí a punto de treparse por mis piernas. Los demás eran solamente colores. Su luminosidad era tan intensa, sin embargo, que se veía el sendero como si es­tuviéramos a la luz del día.

Sus afirmaciones me dejaron atónito. Había termi­nado por admitir, tras años de luchas y sobre la sola base de nuestro encuentro de esa noche con ellos, que los aliados poseían una forma consensual, una sustan­cia susceptible de ser percibida del mismo modo por los sentidos de todos.

Bromeando, hice saber a la Gorda que ya había apuntado en mi libreta que se trataba de criaturas con forma.

‑¿Qué voy a hacer ahora? ‑pregunté, sin realmen­te esperar una respuesta.

‑Es muy sencillo ‑dijo‑. Escribe que no lo son.

Me di cuenta de que tenía toda la razón.

‑¿Por qué los veo como monstruos? ‑pregunté.

‑Ese no es ningún misterio ‑respondió-. Tú toda­vía no has perdido la forma humana. Lo mismo me su­cedía a mí. Solía ver a los aliados como personas; todos ellos eran indios con rostros horribles y miradas cana­llas. Solían esperarme en lugares desiertos. Yo creía que me seguían por mi condición de mujer. El Nagual reía hasta por los codos ante mis temores. Pero yo se­guía estando muerta de miedo. Uno de ellos venía a me­nudo a sentarse en mi cama, y la sacudía hasta que me despertaba. El miedo que me daba ese aliado es algo que prefiero no recordar, ni siquiera ahora, que he cam­biado. Creo que esta noche les tuve tanto miedo como entonces.

‑¿Quieres decir que ya no los ves con forma huma­na?

‑No. Ya no. El Nagual te ha dicho que un aliado ca­rece de forma. Tiene razón. Un aliado es sólo una pre­sencia, un ayudante que es nada, a pesar de ser tan real como tú y como yo.

‑¿Han visto las hermanitas a los aliados?

‑Todas los han visto una que otra vez.

‑¿Son también para ellas los aliados únicamente una fuerza?

‑No. Ellas son como tú; aún no han perdido su for­ma humana. Ninguna de ellas. Para todos ellos, las her­manitas, los Genaro y Soledad, los aliados son cosas ho­rrendas; con ellos, los aliados se comportan como malévolas, espantosas criaturas de noche. La sola men­ción de los aliados lleva a Lidia, Josefina y Pablito a la locura. Rosa y Néstor no los temen tanto, pero tampoco quieren tener nada que ver con ellos. Benigno está en lo suyo, de modo que no le atañen. Por eso a él no le mo­lestan; ni a mi. Pero los demás son presa fácil de los aliados, especialmente ahora, cuando se hallan fuera de las calabazas del Nagual y de Genaro. Pasan el tiempo buscándonos.

»El Nagual me dijo que en tanto uno conserva la for­ma humana, sólo le es posible reflejar esa apariencia, y, puesto que los aliados se alimentan directamente de nuestra fuerza vital, del centro de nuestro estómago, por lo general nos enferman; es entonces cuando los ve­mos como criaturas pesadas, feas.

‑¿Hay algo que podamos hacer para protegernos, o para variar el aspecto de esas criaturas?

‑Todo lo que tienes que hacer es perder tu forma humana.

‑¿Qué quieres decir?

Mi pregunta pareció no tener sentido para ella. Me miró sin comprender, como si aguardase que le aclarara lo que acababa de decir. Cerró los ojos un instante.

‑No sabes nada acerca del molde humano y la for­ma humana, ¿verdad? ‑preguntó.

Me quedé mirándola.

‑Acabo de ver que nada sabes acerca de ello ‑dijo, y sonrió.

‑Tienes toda la razón ‑repliqué.

‑El Nagual me dijo que la forma humana es una fuerza ‑prosiguió‑. Y el molde humano es… bueno… un molde. Dijo que todo tenía un molde particular. Las plantas tienen moldes, los animales tienen moldes, los gusanos tienen moldes. ¿Estás seguro de que el Nagual nunca te mostró el molde humano?

Le hice saber que había esbozado el concepto, pero de manera muy breve, en cierta ocasión en que había inten­tado explicarme un sueño. En el sueño en cuestión había visto a un hombre oculto en la oscuridad de un estrecho barranco. Hallarle allí me sobresaltaba. Le miraba por un momento y entonces el hombre se adelantaba y se me hacía visible. Estaba desnudo y su cuerpo resplandecía. Su apariencia era endeble, casi quebradiza. Sus ojos me agradaban. Eran amistosos y profundos. Me resultaban muy bondadosos. Pero luego regresaba a la oscuridad del barranco y sus ojos se convertían en dos espejos, se asemejaban a los de un animal feroz.

Don Juan aseveró que yo había dado con el molde humano «soñando». Explicó que los brujos contaban en su «soñar» con una vía que les llevaba al molde, y que el molde de los hombres era una entidad definida, una en­tidad a cuya visión accedíamos algunos en oportunida­des en que nos hallábamos imbuidos de poder, y todos, sin duda, en el momento de nuestra muerte. Describió el molde como la fuente, el origen del hombre, puesto que, sin el molde, capaz de concentrar la fuerza vital, no había modo de que la misma se organizase según la for­ma humana.

Interpretó mi sueño como una visión breve y ex­traordinariamente sencilla del molde. Sostuvo que el sueño confirmaba el hecho de que yo era un sujeto en extremo simple y basto.

La Gorda rió y contó que lo mismo le había dicho a ella. El visualizar el molde como un hombre corriente desnudo, y luego como un animal, suponía una concep­ción sumamente ingenua del mismo.

‑Tal vez no pasara de ser un sueño estúpido, sin importancia ‑dije, intentando defenderme.

‑No ‑dijo, con una gran sonrisa‑. Como compren­derás, el molde humano resplandece; y siempre se lo halla en charcas y barrancos estrechos.

‑¿Por qué en barrancos y charcas? ‑pregunté.

‑Se alimenta de agua. Sin agua no hay molde ‑re­plicó‑. Sé que el Nagual te llevaba a menudo a char­cas, con la esperanza de mostrarte el molde; pero tu va­ciedad te impedía ver nada. Lo mismo me sucedía a mí. Solía hacerme tender desnuda sobre una roca en el cen­tro mismo de una charca desecada, pero lo único que lo­graba era percibir la presencia de algo que me aterrori­zaba al punto de ponerme fuera de mí.

‑¿Por qué impide la vaciedad ver el molde?

‑El Nagual afirmaba que todo en el mundo es una fuerza; un rechazo o una atracción. Para ser atraídos o rechazados debemos ser como una vela, como un cometa al viento. Pero si tenemos un agujero en el centro de nuestra luminosidad, las fuerzas pasan a través de él y jamás nos afectan.

»El Nagual me contó que Genaro te apreciaba mu­cho e intentaba hacerte tomar conciencia del agujero de tu centro. Echaba a volar su sombrero al modo de una cometa para atormentarte; llegó a tirar de los bordes de ese agujero hasta provocarte diarrea, pero tú nunca caíste en la cuenta de lo que estaba haciendo.

‑¿Por qué nunca me habló claramente, como lo ha­ces tú?

‑Lo hizo, pero no le escuchaste.

Su declaración me resultaba imposible de creer. Aceptar que me había hablado sin que yo me hubiese dado por enterado, era impensable.

‑¿Alguna vez viste el molde, Gorda? ‑pregunté.

‑Claro; cuando volví a estar completa. Un día, sola, fui hasta aquella charca, y allí estaba. Era un ser radiante, luminoso. No pude mirarlo directamente. Me cegó. Pero es­tar en su presencia me bastó. Me sentí feliz y fuerte. Y eso era lo único importante; lo único. Estar allí era todo lo que deseaba. El Nagual decía que a veces, si tenemos el suficiente poder personal, obtenemos una visión del mol­de, aunque no seamos brujos; cuando eso ocurre, decimos que hemos visto a Dios. Él afirmaba que lo llamá­bamos Dios porque era justo hacerlo. El molde es Dios.

»Me costó una barbaridad entender al Nagual, por­que yo era una mujer sumamente religiosa. No tenía nada en el mundo, salvo mi religión. De modo que me producía escalofríos el oír las cosas que el Nagual solía decir. Pero luego me completé y las fuerzas del mundo comenzaron a atraerme, y comprendí que el Nagual te­nía razón. El molde es Dios. ¿Qué piensas?

‑El día en que lo vea, te lo diré, Gorda ‑dije.

Rió y me contó que el Nagual se burlaba frecuente­mente de mí, asegurando que el día en que yo viese el molde me haría fraile franciscano, porque en lo profun­do de mi ser era un alma mística.

‑¿Era el molde que tú viste hombre o mujer? ‑pre­gunté.

‑Ninguna de las dos cosas. Era simplemente un humano luminoso. El Nagual decía que podía haberle pedido algo. Que un guerrero no puede permitirse dejar pasar las oportunidades. Pero no se me ocurrió pedirle nada. Mejor así. Guardo de ello el más hermoso de los recuerdos. El Nagual sostenía que un guerrero con el poder suficiente puede ver el molde muchas, muchas ve­ces. ¡Qué gran fortuna ha de suponer!

‑Ahora bien; si el molde humano es lo que aglutina nuestra sustancia, ¿qué es la forma humana?

‑Algo viscoso, una fuerza viscosa que nos hace ser lo que somos. El Nagual me dijo que la forma humana carecía de forma. Al igual que los aliados que él llevaba en su calabaza, es nada; pero, a pesar de no tener for­ma, nos posee durante toda nuestra vida y no nos aban­dona hasta el momento de la muerte. Nunca he visto la forma humana, pero la he sentido en mi cuerpo.

Se lanzó entonces a la descripción de una serie de sensaciones complejas que había experimentado en el curso de cierto número de años, y que habían culminado en una grave enfermedad, cuyo apogeo era un estado físico que me recordó las exposiciones que había leído acerca de los ataques cardíacos. Aseguró que la forma humana, como fuerza que era, había salido de su cuerpo recién al cabo de una cruenta lucha interior, manifesta­da a su vez como enfermedad.

‑A juzgar por lo que narras, has tenido crisis car­díacas ‑dije.

‑Tal vez ‑replicó‑, pero hay algo de lo que estoy segura: el día en que tuvieron lugar, perdí mi forma hu­mana. Quedé tan débil que pasaron días antes de que pudiese siquiera levantarme del lecho. Desde entonces, no encontré la energía necesaria para ser como antes, mi viejo ser. De tiempo en tiempo, intentaba recobrar mis antiguos hábitos, pero me faltaba vigor para disfrutar de ellos como otrora. Al cabo, dejé de lado toda tentativa.

‑¿En qué radica la importancia de perder la forma?

‑Un guerrero debe deshacerse de la forma humana si quiere cambiar, realmente cambiar. De otra manera, las cosas no pasan de ser una conversación sobre el cambio, como en tu caso. El Nagual decía que era inútil creer o esperar que sea posible cambiar los propios há­bitos. No se cambia un ápice en tanto se conserva la for­ma humana. El Nagual me dijo que un guerrero sabe que no puede cambiar; es más: sabe que no le está per­mitido. Es la única ventaja que tiene un guerrero sobre un hombre corriente. El guerrero jamás se decepciona al fracasar en una tentativa de cambiar.

‑Pero tú, Gorda, sigues siendo tú misma, ¿no?

‑No, ya no. La forma es lo único que te hace seguir pensando que tú eres tú. Cuando te abandona no eres nada.

‑Pero tú sigues hablando, pensando y sintiendo como lo has hecho siempre, ¿verdad?

‑En absoluto. Soy nueva.

Rió y me abrazó como quien consuela a un niño.

‑Solamente Eligio y yo hemos perdido nuestra for­ma ‑prosiguió‑. Fue una gran suerte para nosotros el perderla cuando el Nagual aún estaba entre nosotros. Tú pasarás una época horrible. Es tu destino. Quien­quiera que sea el próximo en deshacerse de ella, me tendrá a mí por única compañía. Ya lo lamento por aquel a quien le corresponda.

‑¿Qué más sentiste, Gorda, al perder tu forma, ade­más de que ello te dejaba sin la energía suficiente?

‑El Nagual me dijo que un guerrero sin forma co­mienza a ver un ojo. Veía un ojo frente a mí toda vez que cerraba los párpados. Llegó a tal extremo que no podía descansar; el ojo me seguía a todas partes. Estuve a punto de volverme loca. Al cabo, supongo, me acos­tumbré a él. Ahora ni siquiera tomo en cuenta su pre­sencia, puesto que ha pasado a formar parte de mí. El guerrero sin forma se vale de ese ojo para empezar a so­ñar. Si no tienes forma, no te es necesario dormir para soñar. El ojo que tienes delante te lleva a ello cada vez que deseas ir.

‑¿Exactamente, dónde está ese ojo, Gorda?

Cerró los ojos y movió la mano de un lado para otro frente a sus ojos, cubriendo su cara.

‑Unas veces el ojo es muy pequeño y otras es enor­me -continuó‑. Cuando es pequeño tu soñar es claro. Si es grande, tu soñar es como un vuelo por sobre las montañas, en el cual realmente no se ve mucho. Yo aún no he soñado bastante, pero el Nagual me dijo que ese ojo es mi carta de triunfo. Algún día, cuando pierda defi­nitivamente la forma, no veré más el ojo; el ojo se convertirá en lo mismo que yo, en nada, y, sin embargo, es­tará allí, como los aliados. El Nagual decía que todo debe ser examinado a la luz de nuestra forma humana. Cuando no tenemos forma, nada tiene forma; no obstante, todo está presente. Yo no lograba entender lo que quería decir, pero ahora sé que tenía toda la razón. Los aliados son tan sólo una presencia, y ese era el ojo. Pero por el momento ese ojo lo es todo para mí. A decir verdad, con­tando con ese ojo, nada más me hace falta para mi so­ñar, inclusive en vigilia. Todavía no he conseguido esto último. Tal vez yo sea como tú, un poco terca y perezosa.

‑¿Cómo realizaste el vuelo que vi esta noche?

El Nagual me enseñó a valerme de mi cuerpo para generar luces, porque, de todos modos, somos luz; de modo que produje chispas y destellos, y ellos, a su vez, atrajeron a las líneas del mundo. Una vez que he visto una, me es fácil colgarme de ella.

‑¿Cómo lo haces?

‑Me aferro a ella.

Hizo un gesto con las manos. Las puso en garra y luego las juntó, a la altura de las muñecas, formando con ellas una suerte de cuenco, con los dedos curvados hacia arriba.

‑Debes aferrarte a la línea como un jaguar ‑prosi­guió‑, y no separar jamás las muñecas. Si lo haces, caes y te partes el cuello.

Calló, y ello me obligó a mirarla, en espera de más revelaciones.

‑No me crees, ¿verdad? ‑preguntó.

Sin darme tiempo a responder; se agachó y volvió a emprender su exhibición de chispas. Yo estaba sereno y sosegado y podía dedicar toda mi atención a sus actos. En el momento en que abrió los dedos de golpe, todas las fibras de su cuerpo dieron la impresión de tensarse a la vez. Esa tensión parecía concentrarse en las puntas de sus dedos y proyectarse en forma de rayos de luz. La hu­medad de las yemas era realmente un vehículo adecua­do para el tipo de energía que emanaba de su cuerpo.

‑¿Cómo lo has hecho, Gorda? ‑pregunté maravi­llado de verdad.

‑Francamente, no lo sé ‑dijo‑. Me limito a hacer­lo. Lo he hecho infinidad de veces y, sin embargo, sigo ignorando cómo. Cuando cojo uno de esos rayos me siento atraída por algo. En realidad, no hago más que dejarme llevar por las líneas. Cuando quiero regresar, percibo que la línea no me quiere soltar y me pongo fre­nética. El Nagual decía que ese era el peor de mis ras­gos. Me asusto a tal punto que uno de estos días me voy a lastimar. Pero también supongo que uno de estos días llegaré a tener aún menos forma y entonces no me asus­taré. Aunque por lo que recuerdo, hasta el día de hoy no he tenido problema alguno.

‑Entonces, cuéntame, Gorda, cómo haces para de­jarte llevar por las líneas.

‑Volvemos a lo mismo. No lo sé. El Nagual me lo advirtió respecto de ti. Quieres saber cosas que no se pueden saber.

Me esforcé por aclararle que lo que me interesaba eran los procedimientos. En realidad, había renunciado a dar con una explicación de los mismos, porque sus aclaraciones no me decían nada. La descripción de los pasos a seguir era algo completamente diferente.

‑¿Cómo aprendiste a librar tu cuerpo a las líneas del mundo? ‑pregunté.

‑Lo aprendí en el soñar ‑dijo‑, pero, sinceramen­te, no sé cómo. Para una mujer guerrero, todo nace en el soñar. El Nagual me dijo, tal como a ti, que lo primero que debía buscar en mis sueños eran mis manos. Pasé años tratando de encontrarlas. Cada noche solía orde­narme a mí misma hallar mis manos, pero era inútil. Jamás di con nada en mis sueños. El Nagual era despiadado conmigo. Aseveraba que debía hallarlas o perecer. De modo que le mentí, contándole que había encon­trado mis manos en sueños. El Nagual no dijo una palabra, pero Genaro arrojó el sombrero al piso y bailó sobre él. Me dio unas palmaditas en la cabeza y afirmó que yo era realmente un gran guerrero. Cuanto más me alababa, peor me sentía. Estaba a punto de comunicar la verdad al Nagual cuando el loco de Genaro me dio la espalda y soltó el pedo más largo y sonoro que yo haya oído. Ciertamente, me hizo retroceder. Era como un viento caliente, viciado, repugnante y maloliente, exac­tamente como yo. El Nagual se ahogaba de risa.

»Corrí hacia la casa y me escondí allí. Por entonces era muy gorda. Comía mucho y tenía muchos gases. De modo que decidí no comer durante un tiempo. Lidia y Josefina me ayudaron. Ayuné durante veintitrés días, y entonces, una noche, encontré mis manos en sueños. Eran viejas, y feas, y verdes, pero eran mías. Ese fue el comienzo. El resto fue fácil.

‑¿Y qué fue el resto, Gorda?

‑Lo siguiente que el Nagual me encomendó fue buscar casas o edificios en mis sueños y observarlos, tratando de retener la imagen. Decía que el arte del so­ñador consiste en conservar la imagen de su sueño. Por­que eso es lo que hacemos, de un modo u otro, durante toda nuestra vida.

‑¿Qué quería decir con eso?

‑Nuestro arte como personas corrientes consiste en saber cómo retener la imagen de lo que vemos. El Na­gual decía que lo hacemos, pero sin saber cómo. Nos li­mitamos a hacerlo; mejor dicho, nuestros cuerpos lo ha­cen. Al soñar debemos hacer lo mismo, con la diferencia de que en el soñar hace falta aprender cómo hacerlo. Tenemos que luchar por no mirar, sino sólo dar un vis­tazo, y, no obstante, conservar la imagen.

»El Nagual me encargó que buscara en mis sueños un refuerzo para mi ombligo. Tardé muchísimo porque no comprendía el significado de sus palabras. Decía que, en el soñar, prestamos atención con el ombligo, por consiguiente, debemos protegerlo bien. Necesita­mos cierto calorcillo, o la sensación de que algo nos presiona el ombligo para retener las imágenes en nues­tros sueños.

»Hallé en mis sueños un guijarro que encajaba per­fectamente en mi ombligo, y el Nagual me obligó a bus­carlo día tras día, por charcas y cañones, hasta dar con él. Le hice un cinturón y aún lo llevo conmigo día y no­che. Al hacerlo así, me resulta más fácil conservar imá­genes en mis sueños.

»Luego el Nagual me asignó la tarea de dirigirme a lugares específicos en mi soñar. Lo estaba haciendo re­almente bien, pero fue por entonces que perdí la forma y comencé a ver el ojo frente a mí. El Nagual afirmó que el ojo lo había cambiado todo, y me dio instrucciones para que empezara a valerme del ojo para ponerme en movimiento. Dijo que no tenía tiempo de llegar a mi do­ble en el soñar, pero que el ojo era aún mejor. Me sentí defraudada. Ahora me tiene sin cuidado. He utilizado ese ojo lo mejor que me fue posible. Le permito llevarme al soñar. Cierro los párpados y quedo dormida como si nada, inclusive a la luz del día y en cualquier parte. El ojo me atrae y entro en otro mundo. La mayor parte del tiempo no hago más que deambular por él. El Nagual nos dijo, a mí y a las hermanitas, que durante el perío­do menstrual el soñar se convierte en poder. Hay algo en ello que me desequilibra. Me vuelvo más osada. Y, tal como el Nagual nos enseñara, se abre una grieta ante nosotras en esos días. Tú no eres mujer, así que esto no debe tener mucho sentido para ti, pero dos días antes de la regla una mujer puede abrir esa grieta y pa­sar por ella a otro mundo.

Extendió el brazo izquierdo y siguió con la mano el contorno de una línea invisible que, al parecer, corría verticalmente ante ella.

‑Durante ese tiempo una mujer, si lo desea, puede alejarse de las imágenes del mundo ‑continuó la Gor­da‑. Esa es la grieta entre los mundos y, como decía el Nagual, está precisamente enfrente e todas nosotras. La razón por la cual el Nagual juraba que las mu­jeres son mejores brujas que los hombres es que siem­pre tienen la grieta delante, en tanto que un hombre debe hacerla. Te diré que soñando durante mis mens­truaciones aprendí a volar con las líneas del mundo. Aprendí a echar chispas con el cuerpo para atraer las lí­neas, y luego aprendí a asirme a ellas. Y eso es todo lo que he aprendido hasta ahora en el soñar.

Reí y le comenté que yo nada tenía que mostrar al cabo de años de «soñar».

‑Has aprendido a convocar a los aliados en el soñar -dijo, con gran seguridad.

Le conté que don Juan me había enseñado a hacer aquellos sonidos. No pareció creerme.

‑Entonces los aliados deben venir a ti en busca de su luminosidad ‑dijo, la luminosidad que él dejó en ti. Él me dijo que todo brujo tenía una cantidad limitada de luminosidad para regalar. De modo que la repartía entre sus hijos de acuerdo con órdenes recibidas de al­guna parte, allí fuera, en esa inmensidad. En tu caso te ha legado incluso su propia llamada.

Hizo chascas la lengua y me guiñó un ojo.

‑Si no me crees ‑prosiguió‑, ¿por qué no haces el sonido que el Nagual te enseñó y compruebas si los aliados vienen a ti?

No me sentía dispuesto a hacerlo. No porque creyese que mi sonido fuera a atraer nada, sino porque no que­ría complacerla.

Aguardó un momento, y, cuando estuvo convencida de que yo no lo iba a intentar, se puso la mano sobre la boca e imitó mi sonido intermitente a la perfección. Lo hizo durante cinco o seis minutos, deteniéndose tan sólo para respirar.

‑¿Ves lo que quiero decir? ‑preguntó sonriendo-. A los aliados no les importa un rábano mi llamada, por muy parecido que sea a la tuya. Ahora prueba tú.

Probé. A los pocos segundos se hizo oír la respuesta. La Gorda se puso de pie de un salto. Tuve la clara im­presión de que se hallaba más sorprendida que yo. Se precipitó a hacerme callar, apagó la lámpara y recogió mis notas.

Estaba a punto de abrir la puerta, pero se detuvo re­pentinamente; un sonido aterrador no llegó de fuera. Me pareció un gruñido. Era tan horrendo y amenazador que nos hizo dar un salto atrás para alejarnos de la puerta. Mi temor físico era tan intenso que habría hui­do, de haber tenido adónde ir.

Algo pesado estaba apoyado en la puerta; la hacía crujir. Miré a la Gorda. Daba la impresión de estar aún más asustada que yo. Seguía con el brazo extendido como si fuese a abrir la puerta. Tenía la boca abierta. Parecía haber quedado paralizada en medio de un mo­vimiento.

La puerta podía saltar en cualquier momento. Nada la golpeaba, pero estaba sometida a una terrible pre­sión, como el resto de la casa.

La Gorda me dijo que me apresurase a abrazarla por detrás, cerrando las manos en torno a su talle, encima del ombligo. Hizo entonces un extraño movimiento con las manos. Fue como si sacudiese una toalla, sostenién­dola al nivel de los ojos. Lo repitió cuatro veces. Luego realizó otra curiosa acción. Llevó las manos al centro del pecho y las colocó, con las palmas hacia arriba una por encima de la otra, sin tocarse. Los codos, separados del cuerpo y alineados. Cerró los puños como si de pron­to asiera dos barras invisibles y poco a poco, las fue gi­rando, hasta quedar con las palmas hacia abajo. Luego con gran esfuerzo realizó un hermoso movimiento, un acto en el cual parecía comprometer cada músculo de su cuerpo. Algo así como el abrir una pesada puerta corre­diza, que ofreciese gran resistencia. Todo su cuerpo vi­braba por el esfuerzo. Movía los brazos lenta, muy len­tamente, al igual que si abriese una puerta muy, muy pesada, hasta haberlos extendido por completo.

Tuve la clara impresión de que tan pronto como ter­minó de abrir esa puerta, por ella se precipitó un viento. Un viento que nos atrajo de modo de hacernos atrave­sar, literalmente, la pared. Tal vez fuese mejor decir que las paredes nos atravesaron, o, quizás, que los tres, la Gorda, la casa y yo, traspusimos la puerta que ella había abierto. De pronto me encontré en campo abierto. Veía las formas oscuras de las montañas y los árboles que nos rodeaban. Ya no ceñía el talle de la Gorda. Un ruido procedente de la altura me obligó a alzar los ojos: la distinguí suspendida en el aire, a unos tres metros por encima de mí, como el negro contorno de una come­ta gigante. Experimenté una tremenda comezón en el ombligo y la Gorda cayó a plomo, a la mayor velocidad; pero, en vez de estrellarse, se detuvo suavemente.

En el momento en que la Gorda aterrizó, la picazón del ombligo se convirtió en un dolor nervioso horrible­mente agotador. Algo así como si su contacto con la tie­rra me arrancase el interior. El dolor me hizo gritar a todo pulmón.

Para entonces la Gorda se hallaba de pie a mi lado, desesperadamente falta de aliento. Yo estaba sentado. Nos encontrábamos de nuevo en la habitación de la que habíamos salido, en casa de don Genaro.

La Gorda parecía incapaz de recobrar el ritmo nor­mal de respiración. Estaba cubierta de sudor.

‑Tenemos que salir de aquí ‑murmuró.

Recorrimos en el coche un breve trayecto, hasta la casa de las hermanitas. No encontramos a ninguna de ellas. La Gorda encendió una lámpara y me hizo pasar directamente a la cocina trasera, al aire libre. Allí se desnudó y me pidió que la bañase como a un caballo, arrojándole agua al cuerpo. Cogí un pequeño cubo lleno de agua y comencé a derramarlo con delicadeza sobre ella, pero lo que pretendía era que la empapara.

Explicó que un contacto con los aliados, como el que habíamos tenido, producía una transpiración suma­mente dañina, que debía eliminarse de inmediato. Me hizo quitar las ropas y luego me bañó con agua helada. Entonces me tendió un trozo de paño limpio y nos fui­mos secando en el camino de entrada a la casa. Se sentó en la gran cama de la habitación delantera, tras colgar la lámpara sobre ella, en el soporte del muro. Tenía las rodillas levantadas y ello me permitía contemplarla en detalle. Abracé su cuerpo desnudo, y fue entonces cuan­do comprendí lo que había querido decir doña Soledad al sostener que la Gorda era la mujer del Nagual. No te­nía formas, como don Juan. Me resultaba imposible considerarla como mujer.

Comencé a vestirme. Me lo impidió. Dijo que antes de poder volver a ponerme la ropa, debía asolearse. Me dio una manta para que me la echara sobre los hombros, y cogió otra para ella.

‑Ese ataque de los aliados fue realmente terrorífico ‑dijo, una vez que nos hubimos sentado en la cama‑. A decir verdad, tuvimos muchísima suerte al salir con bien de sus garras. Yo no tenía idea de por qué el Na­gual me había indicado ir a casa de Genaro contigo. Ahora lo sé. Es en esa casa donde los aliados son más fuertes. Escapamos de ellos por un pelo. Fue una gran fortuna para nosotros el que yo haya sabido salir de allí.

‑¿Cómo lo hiciste, Gorda?

‑Francamente, no lo sé ‑dijo‑. Sencillamente lo hice. Supongo que mi cuerpo supo cómo, pero cuando in­tento pensar en el modo preciso, lo encuentro imposible.

»Fue una gran prueba para ambos. No había com­prendido hasta esta noche que era capaz de abrir el ojo; pero mira lo que hice. Verdaderamente, abrí el ojo, tal como el Nagual aseguraba que podía hacer. Nunca lo había logrado antes de que llegaras. Lo había intenta­do, pero sin resultados. Esta vez, el miedo a esos aliados me llevó a coger el ojo según las instrucciones del Na­gual, agitándolo cuatro veces en sus cuatro direcciones. El aseveraba que se lo debía sacudir como si se tratase de una sábana, y luego abrirlo como a una puerta, afe­rrándolo exactamente por el medio. El resto fue muy fá­cil. Una vez la puerta se hubo abierto, sentí que un fuerte viento me atraía, en lugar de alejarme. La difi­cultad, según el Nagual, consiste en regresar. Uno tiene que ser muy fuerte para hacerlo. El Nagual, Genaro y Eligio podían entrar y salir de ese ojo como si nada.

Para ellos el ojo ya no era un ojo, decían que era como una luz anaranjada, como el sol. Y también el Nagual y Genaro eran una luz anaranjada cuando volaban. Yo me encuentro aún en un punto muy bajo de la escala; el Nagual decía que al volar me expandía y se me veía como un montón de estiércol en el cielo. No tengo luz. Esa es la razón por la cual el retorno es tan terrible para mí. Esta noche me ayudaste, me atrajiste dos ve­ces. Te mostré mi vuelo porque el Nagual me ordenó de­jártelo ver, por difícil o pobre que fuese. Se suponía que con mi vuelo te ayudaba, tal como se suponía que tú me ayudabas al no ocultarme tu doble. Vi todo tu accionar desde la puerta. Estabas tan atareado sintiendo pena por Josefina que tu cuerpo no advirtió mi presencia. Vi cómo tu doble te salía de la coronilla. Lo hizo retorcién­dose como un gusano. Vi un estremecimiento que co­menzaba en tus pies y te recorría entero; luego salió el doble. Era como tú, pero muy brillante. Era como el pro­pio Nagual. Es por eso que las hermanas quedaron pe­trificadas. Comprendí que creían que se trataba del Na­gual en persona. Pero no logré verlo todo. Perdí el sonido, porque no tenía atención para ello.

‑¿Cómo has dicho?

‑El doble requiere tremendas cantidades de aten­ción. El Nagual te dio esa atención a ti, pero no a mí. Me dijo que ya no tenía tiempo.

Agregó algo más, acerca de cierta clase de atención, pero yo estaba muy cansado. Me quedé dormido tan re­pentinamente que ni siquiera tuve tiempo de poner a un lado mi libreta.

 

4

 

LOS GENAROS

 

Desperté alrededor de las ocho de la mañana siguiente y descubrí que la Gorda había asoleado mis ropas y pre­parado el desayuno. Lo tomamos en la cocina, en el lu­gar que hacía las veces de comedor. Una vez que hubi­mos terminado, le pregunté por Lidia, Rosa y Josefina. Parecían haberse esfumado de la casa.

‑Están ayudando a Soledad ‑dijo‑. Se está pre­parando para partir.

‑¿A dónde va?

-A algún lugar, lejos de aquí. Ya no tiene razón al­guna para quedarse. Estuvo esperándote y tú ya has llegado.

‑¿Las hermanitas se van con ella?

‑No. Sólo que hoy no quieren estar aquí. Todo hace pensar que para ellas no es un buen día para andar por el lugar.

‑¿Por qué no es un buen día?

‑Los Genaros vienen a verte hoy y las muchachas no congenian con ellos. Si se encuentran aquí, se lanza­rán a la lucha más espantosa. La última vez estuvieron a punto de matarse.

‑¿Luchan físicamente?

‑Ya lo creo. Son todos muy fuertes y ninguno quie­re el segundo puesto. El Nagual me advirtió que ello ocurriría, pero no tengo poder para detenerlos; y no solo eso, sino que he tenido que tomar partido, de modo que es un lío.

‑¿Cómo sabes que los Genaros vendrán hoy?

‑No he hablado con ellos. Sólo sé que hoy estarán aquí, eso es todo.

‑¿Lo sabes porque ves, Gorda?

‑Así es. Veo que vienen. Y uno de ellos viene direc­tamente hacia ti, porque le estás atrayendo.

Le aseguré que no atraía a nadie en particular. Le dije que no había revelado a nadie el propósito de mi viaje, pero que estaba relacionado con algo que deseaba preguntar a Pablito y a Néstor.

Sonrió con coquetería y sostuvo que el destino me ­había unido a Pablito, que éramos muy parecidos, y que, a no dudarlo, él iba a ser el primero en verme. Agregó que todo lo que le sucedía a un guerrero debía interpretarse como un presagio; así, mi encuentro con Soledad era un presagio de aquello que iba a descubrir en mi visita. Le pedí que me explicara ese punto.

‑Los hombres te darán poco esta vez ‑dijo‑. Son las mujeres las que te harán trizas, como lo hizo Sole­dad. Eso es lo que te diría, si leyera el presagio. Tú es­peras a los Genaros, pero son hombres, como tú. Y con­sidera ese otro presagio: están un poco atrasadillos. Yo diría que llevan un atraso de un par de días. Ese es tu destino, al igual que el de ellos: llevar siempre un par de días de atraso.

‑¿Atraso con respecto a qué, Gorda?

‑Con respecto a todo. Respecto de las mujeres, por ejemplo.

Rió y me acarició la cabeza.

‑Por testarudo que seas ‑prosiguió‑. Tendrás que admitir que tengo razón. Espera y verás.

‑¿Te dijo el Nagual que los hombres estaban atra­sados respecto de las mujeres? ‑pregunté.

‑Desde luego ‑replicó‑. Todo lo que tienes que hacer es mirar a tu alrededor.

‑Lo hago, Gorda. Pero no veo tal cosa. Las mujeres se hallan siempre detrás. Dependen de los hombres.

Se echó a reír. Su risa no revelaba desdén ni amar­gura; sonaba más bien a clara alegría.

‑Conoces mejor el mundo de la gente que yo ‑dijo con firmeza‑. Pero en este momento yo no tengo forma y tú sí. Te digo: las mujeres son mejores brujas que los hombres, porque hay una grieta ante sus ojos.

No parecía enfadada, pero me sentí obligado a expli­carle que yo formulaba preguntas y hacía comentarios, no para atacar ni defender ningún punto en particular, sino porque quería que hablara.

Me replicó que no había hecho más que hablar desde el momento de nuestro encuentro, y que el Nagual la había preparado para hablar porque su tarea era idén­tica a la mía: estar en el mundo de la gente.

‑Todo lo que decimos ‑prosiguió‑, es un reflejo del mundo de la gente. Descubrirás antes de que tu visi­ta haya terminado que hablas y actúas como lo haces porque sigues unido a la forma humana, así como los Genaros y las hermanitas siguen unidos a la forma hu­mana cuando luchan a muerte entre ellos.

‑¿Pero acaso no se esperaba que todas colaborasen con Pablito, Néstor y Benigno?

‑Genaro y el Nagual nos dijeron que debíamos vivir en armonía y ayudarnos y protegernos mutuamente, porque estábamos solos en el mundo. Pablito quedó a cargo de nosotras cuatro, pero es un cobarde. De ser por él, nos dejaría morir como perros. No obstante, cuando el Nagual estaba aquí, Pablito era muy amable y cuida­ba muy bien de nosotras. Todo el mundo solía tomarle el pelo y decirle, bromeando, que nos trataba como si fuésemos sus esposas. No mucho antes de su partida, el Nagual y Genaro le confiaron que tenía una buena oportunidad de llegar a ser el Nagual algún día, por cuanto era posible que nosotras llegáramos a ser sus cuatro vientos, sus cuatro lados del mundo. Pablito en­tendió esto como una misión, y cambió a partir de entonces. Se puso insufrible. Comenzó a darnos órdenes, como si realmente fuésemos sus esposas.

Le pregunté al Nagual por las posibilidades de Pabli­to y me respondió que todo en el mundo de un guerrero, como yo debía saber, dependía de la impecabilidad. Si Pablito fuera impecable, tendría una oportunidad. Me eché a reír cuando me dijo eso. Conozco bien a Pablito. Pero el Nagual me explicó que no debía tomarlo a la ligera. Dijo que los guerreros siempre tenían una oportunidad, no importa cuán pequeña sea. Me hizo ver que yo también era un guerrero y no debía estorbar a Pablito con mis pensamientos. Que debía desecharlos y dejar en paz a Pa­blito; que lo impecable, en mi caso, consistía en ayudar a Pablito sin preocuparme por lo que sabía de él.

»Comprendí sus palabras. Además, tengo una deuda personal con Pablito, y recibí con gusto la ocasión de ten­derle una mano. Pero no ignoraba que, por muchos es­fuerzos que hiciese en su favor, iba a fracasar. Siempre supe que él carecía de lo que hace falta para ser como el Nagual. Pablito es muy pueril y no aceptará su derrota. Es desdichado porque no es impecable, y, sin embargo, en su pensamiento sigue intentando ser como el Nagual.

‑¿Cómo fracasó?

‑Tan pronto como el Nagual partió, Pablito tuvo una fatal discusión con Lidia. Años atrás, el Nagual le había encomendado la misión de ser el marido de Lidia, para cubrir las apariencias. La gente de por aquí creía que ella era su esposa. Esto a Lidia no le agradaba en lo más mínimo. Es muy dura. Lo cierto es que Pablito siempre le tuvo un miedo mortal. Nunca se llevaron bien, y se toleraron recíprocamente debido a la presen­cia del Nagual; pero cuando éste se fue, Pablito se vol­vió más loco de lo que ya estaba y se convenció de que poseía el suficiente poder personal para tomarnos por esposas. Los tres Genaros se reunieron y discutieron lo que Pablito debía hacer. Decidieron que primero tenía que tomar a Lidia, la más fuerte de las mujeres. Aguarda­ron a que estuviera sola y entonces los tres entraron a la casa, la cogieron por los brazos y la arrojaron sobre la cama. Pablito se puso encima de ella. Al principio, Lidia creyó que los Genaros estaban jugando. Pero cuando comprendió que sus propósitos eran serios, propinó a Pablito un cabezazo en el medio de la frente que lo puso al borde de la muerte. Los Genaros huyeron y Néstor pasó meses cuidando a Pablito a causa del golpe.

‑¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudarles a en­tender?

‑No. Desgraciadamente, su problema no es de com­prensión. Los seis entienden muy bien. La verdadera di­ficultad no estriba en eso; se trata de otra cosa, algo muy feo en lo que nadie puede ayudarles. Se complacen en no tratar de cambiar. Desde que saben que no lo lograrán por mucho que lo intenten, o lo deseen, o lo necesiten, han abandonado por completo la parda. Eso es tan malo como sentirse desalentado por los fracasos. El Nagual les ad­virtió a todos ellos que los guerreros, tanto hombres como mujeres, deben ser impecables en su esfuerzo por cambiar, con el objeto de asustar a la forma humana y deshacerse de ella. Al cabo de años de impecabilidad lle­gará un momento, al decir del Nagual, en que la forma no soporte más y parta, como ocurrió conmigo. Al hacer­lo, por supuesto, lastima el cuerpo y hasta puede llegar a matarlo, pero un guerrero impecable sobrevive, siempre.

El discurso de la Gorda se vio interrumpido por un golpe en la puerta delantera. La Gorda se puso de pie y fue a alzar el pestillo. Era Lidia. Me saludó con gran formalidad y le pidió a la Gorda que fuese con ella. Sa­lieron juntas.

Me alegré de estar solo. Trabajé en mis notas duran­te horas. En el lugar al aire libre que se empleaba como comedor hacía fresco y había muy buena luz.

La Gorda regresó cerca del mediodía. Me preguntó si quería comer. Yo no tenía hambre, pero insistió en que lo hiciera. Me aseguró que los contactos con los aliados de­bilitaban mucho, y que ella misma no se sentía muy fuerte.

Después de comer, me senté junto a la Gorda, y esta­ba a punto de comenzar a interrogarla sobre el «soñar», cuando se abrió la puerta delantera estrepitosamente y entró Pablito. Jadeaba. Era evidente que había corrido y se le veía en un estado de gran agitación. Se detuvo un instante junto a la puerta para recobrar el aliento. No había cambiado mucho. Parecía un poco más viejo, o más pesado, o, tal vez, sencillamente, más fornido. No obstante, seguía siendo muy delgado y nervudo. Tenía la tez pálida, como si hubiese pasado mucho tiempo sin ver el sol. El castaño de sus ojos se veía acentuado por ligeras huellas de fatiga en su rostro. Recordaba a Pa­blito como dueño de una seductora sonrisa; al verle allí, ésta me resultó tan encantadora como de costumbre. Corrió hacia el lugar en que yo me encontraba y me co­gió por los antebrazos durante un momento, sin decir palabra. Me puse de pie. Entonces me sacudió suave­mente y me abrazó. Yo también experimentaba un enorme gusto al verle, y saltaba de un lado para otro con alegría infantil. No sabía qué decirle y fue él quien finalmente rompió el silencio.

‑Maestro ‑dijo dulcemente, inclinando la cabeza como si se sometiese a mí.

El que me llamase «maestro» me cogió por sorpresa. Me volví como si buscase a alguien detrás de mí. Exage­ré mis movimientos para permitirle comprender que es­taba perplejo. Sonrió, y lo único que se me ocurrió fue preguntarle cómo sabía que yo estaba allí.

Me dijo que él, Néstor y Benigno se habían visto for­zados a volver a causa de un extraño temor, que les hizo correr día y noche, sin detenerse. Néstor se había dirigi­do a su casa, con el fin de averiguar si había allí algo que justificase el sentimiento que les había guiado. Benigno había ido a la de Soledad y él a la de las muchachas.

‑Tú has sacado el gordo, Pablito -dijo la Gorda, y rió.

Pablito no respondió. La miró.

‑Apostaría a que estás elaborando un medio para echarme ‑dijo, con gran enfado.

‑No te metas conmigo, Pablito ‑dijo la Gorda, im­perturbable.

Pablito se volvió hacia mí y se disculpó; agregó, en voz bien audible, como si deseara que todo aquel que se en­contrase en la casa le oyera, que había traído su propia si­lla para sentarse, y que podía colocarla donde quisiera.

‑No hay aquí nadie más que nosotros ‑dijo la Gor­da con suavidad, y sofocó una risita.

‑De todos modos, traeré mi silla ‑dijo Pablito‑. A ti no te importa, Maestro, ¿no?

Miré a la Gorda. Me hizo con el pie una seña casi imperceptible, autorizándome a seguir adelante.

‑Tráela. Trae todo lo que quieras ‑dije.

Pablito salió de la casa.

‑Todos ellos son así ‑dijo la Gorda-, los tres.

Pablito regresó sin tardanza, cargando a hombros una silla de aspecto insólito. La silla estaba trabajada de modo que se adaptase perfectamente al contorno de su espalda; al traerla, con el asiento hacia abajo, daba la impresión de ser una mochila.

‑¿Puedo dejarla en el suelo? ‑me preguntó.

‑Desde luego ‑repliqué, corriendo el banco para hacer espacio.

Rió, con exagerada soltura.

‑¿No eres el Nagual? ‑me preguntó; y agregó, tras mirar a la Gorda‑: ¿O tienes que esperar órdenes?

‑Soy el Nagual ‑dije, en tono burlón para compla­cerlo.

Intuí que estaba a punto de iniciar una riña con la Gorda; ella debió presentir lo mismo, porque se excusó y salió por la puerta trasera.

Pablito puso su silla en el piso y, lentamente, dio una vuelta a mi alrededor, como si estuviese inspeccio­nando mi cuerpo. Luego cogió su silla, estrecha y de res­paldo bajo, con una mano, la situó en el sentido opuesto a aquél en que se hallaba y se sentó, dejando que sus brazos, cruzados, descansaran sobre el respaldo, lo cual le proporcionaba la mayor comodidad al ponerse a horcajadas. Me senté frente a él. Su talante había variado por completo al instante de irse la Gorda.

‑Debo pedirte que me perdones por actuar del modo en que lo hice ‑dijo sonriendo‑. Pero tenía que deshacerme de esa bruja.

‑¿Tan mala es, Pablito?

‑No tengas la menor duda ‑replicó.

Para cambiar de tema, le dije que se le veía muy ele­gante y próspero.

‑También a ti se te ve muy bien, Maestro ‑dijo.

‑¿Qué es ese disparate de llamarme Maestro? ‑pre­gunté en tono de broma.

‑Las cosas ya no son como antes ‑replicó‑. Esta­mos en un nuevo reino, y el Testigo dice que ahora tú eres un maestro; y el Testigo no puede equivocarse. Pero él mismo te contará toda la historia. Estará aquí dentro de poco, y se alegrará de volver a verte. Supongo que ya ha de haber percibido que estabas aquí. Mientras nos dirigía­mos hacia aquí, todos teníamos la convicción de que esta­bas en camino, pero ninguno supo que ya habías llegado.

Le hice saber entonces que había ido con la única fi­nalidad de verle a él y a Néstor, que eran las únicas per­sonas en el mundo con las cuales podía hablar acerca de nuestro último encuentro con don Juan y don Genaro, y que necesitaba por sobre todo aclarar las incertidum­bres que esa reunión final había suscitado en mí.

‑Estamos unidos ‑dijo‑. Haré todo lo que pueda por ti. Lo sabes. Pero debo advertirte que no soy tan fuerte como tú querrías. Tal vez fuese mejor que no con­versáramos. No obstante, si no conversamos nunca en­tenderemos nada.

De modo cuidadoso y lento, formulé mi interrogato­rio. Expliqué que había un solo punto en el centro de la cuestión que intrigaba mi razón.

‑Dime, Pablito ‑pregunté‑, ¿saltamos realmente, con nuestros cuerpos, al abismo?

-No lo se ‑respondió‑. Francamente, no lo sé.

‑Pero estuviste allí conmigo.

‑Ese es el asunto. ¿Estuve realmente allí?

Su enigmática réplica me fastidió. Tuve la sensación de que, si lo sacudía o lo apretaba, algo de él se libera­ría. Me resultaba evidente que ocultaba algo de gran valor. Afirmé enérgicamente que me guardaba secretos cuando había una absoluta confianza entre nosotros.

Pablito sacudió la cabeza como si, en silencio, se opu­siese a mi acusación.

Le pedí que me narrara toda su experiencia, comen­zando por el período anterior a nuestro salto, cuando don Juan y don Genaro nos prepararon para la embesti­da definitiva.

El relato de Pablito fue desordenado e inconsistente. Todo lo que recordaba acerca de los últimos momentos, previos a nuestro arrojarnos al abismo, era que, una vez que don Juan y don Genaro se hubieron despedido de nosotros para perderse en la oscuridad, le faltaron fuer­zas, estuvo a punto de caer de bruces, yo le sostuve por el brazo y le llevé hasta el borde de la sima y allí per­dió el conocimiento.

‑¿Y qué sucedió luego, Pablito?

‑No lo sé.

‑¿Tuviste sueños, o visiones? ¿Qué viste?

‑Por lo que sé, no tuve visiones o, si las tuve, no les presté atención. Mi falta de impecabilidad me impide recordarlas.

‑¿Y entonces qué ocurrió?

‑Desperté en la que había sido casa de Genaro. No sé cómo llegué allí.

Permaneció inmóvil, en tanto yo hurgaba frenética­mente en mi mente en busca de una pregunta, un co­mentario, una observación crítica o cualquier cosa que agregara cierta amplitud a sus declaraciones. En reali­dad, nada en el relato de Pablito servía para confirmar lo que me había sucedido. Me sentía decepcionado. Casi enfadado con él. En mí se mezclaban la piedad por Pa­blito y por mí mismo y una profundísima desilusión.

‑Lamento resultarte un chasco ‑dijo Pablito.

Mi inmediata reacción ante sus palabras consistió en disimular mis sentimientos; le aseguré que no me sentía defraudado.

‑Soy un brujo ‑dijo riendo‑; un brujo no muy lúcido, pero sí lo bastante como para interpretar los men­sajes de mi propio cuerpo. Y ahora me dice que estás enfadado conmigo.

‑¡No estoy enfadado, Pablito! ‑exclamé.

‑Eso es lo que indica tu razón, pero no tu cuerpo ‑dijo‑. Tu cuerpo está enojado conmigo, pero tu razón no halla motivo alguno para ello; de modo que te hallas en medio de un fuego cruzado. Lo menos que puedo ha­cer por ti es aclararlo. Tu cuerpo está enfadado porque sabe que yo no soy impecable y que sólo un guerrero im­pecable puede prestarte ayuda. Está enfadado además porque siente que me estoy desperdiciando. Lo com­prendió todo en el momento en que traspuse esa puerta.

No sabía qué decir. El recuerdo de algunos hechos me invadió como un torrente y entendí muchas de las cosas que habían tenido lugar. Posiblemente él tuviese razón al sostener que mi cuerpo ya lo sabía. En alguna medida, su franqueza al colocarme frente a mis propios sentimientos había embotado el filo de mi frustración. Empecé a preguntarme si Pablito no estaría jugando conmigo. Le dije que el ser tan directo y atrevido no era fácilmente conciliable con la imagen de debilidad que había dado de sí mismo.

‑Mi debilidad consiste en que estoy hecho para el anhelo ‑dijo, casi en un susurro. Soy así hasta el punto en que suspiro por la vida que hacía cuando era un hombre ordinario. ¿Lo puedes creer?

‑¡No hablas en serio, Pablito! ‑exclamé.

‑Sí ‑replicó‑. Ansío el gran privilegio de andar por la faz de la tierra como un hombre corriente, sin esta tremenda carga.

Encontré su declaración sencillamente ridícula, y me encontré repitiendo una y otra vez que no era posi­ble que hablase en serio. Pablito me miró y suspiró. Fui presa de una repentina aprensión. A juzgar por las apa­riencias, se hallaba al borde de las lágrimas. La apren­sión dio paso a una mutua comprensión. Ninguno de los dos podía ayudar al otro.

La Gorda volvió a la cocina en ese momento. Pablito pareció experimentar una repentina revitalización. Se puso de pie de un salto y pisó el suelo con todas sus fuerzas.

‑¿Qué demonios quieres? ‑aulló con voz nerviosa y estridente‑. ¿Por qué fisgoneas?

La Gorda se dirigió a mí, como si él no hubiese existido. Me informó cortésmente que iba a la casa de Soledad.

‑¿A quién le importa adónde vas? ‑chilló‑. Pue­des irte al infierno.

Dio una patada en el suelo como un niño malcriado, mientras la Gorda reía.

‑Vámonos de esta casa, Maestro ‑dijo a voz en cuello.

Su súbito paso de la tristeza a la cólera me fascinó. Estaba absorto observándolo. Uno de los rasgos que siempre había admirado en él era su agilidad; aun en el momento en que había pegado contra el piso, sus movi­mientos habían sido gráciles.

De pronto estiró el brazo por encima de la mesa, y estuvo a punto de arrebatarme la libreta de las manos. La cogió con los dedos pulgar e índice de su mano iz­quierda. Tuve que aferrarla con ambas manos, hacien­do uso de toda mi fuerza. Era tan extraordinaria la po­tencia de su tirón, que no le hubiera sido difícil, de proponérselo verdaderamente, quitármela. Lo dejó es­tar y en el momento en que retiraba la mano percibí una imagen fugaz de una prolongación de la misma. Fue tan veloz que podía habérmela explicado como una distorsión visual de mi parte, un producto de la violen­cia con que me había visto obligado a ponerme de pie a medias, arrastrado por su tirón. Pero ya había aprendi­do, que ante aquella gente ni mi actuación ni mi mane­ra de explicarme las cosas podían ser las habituales, de modo que ni siquiera lo intenté.

‑¿Qué tienes en la mano, Pablito? ‑pregunté.

Retrocedió sorprendido y escondió la mano tras de sí. Me dio una mirada inexpresiva y murmuró que que­ría que abandonáramos esa casa porque estaba comen­zando a sentirse mareado.

La Gorda se echó a reír a carcajadas y dijo que Pa­blito era tan buen impostor como Josefina, o quizás me­jor, y que si insistía en saber qué tenía en la mano se desmayaría y Néstor tendría que cuidar de él durante meses.

Pablito empezó a ahogarse. Su rostro se puso casi púrpura. La Gorda le dijo en tono despreocupado que dejase de actuar porque carecía de público; ella se iba y yo no tenía mucha paciencia. Luego se volvió y me dijo con tono autoritario que me quedara allí y no fuese a casa de los Genaros.

‑¿Por qué diablos no? ‑gritó Pablito, y se plantó de un salto ante ella, como si su intención fuese impedirle partir‑. ¡Qué descaro! ¡Indicarle al Maestro lo que debe hacer!

‑Anoche tuvimos un encuentro con los aliados en tu casa ‑dijo la Gorda a Pablito, en tono indiferente‑. El Nagual y yo nos sentimos aún débiles a causa de ello. Si yo fuera tú, Pablito, me preocuparía por trabajar. Las co­sas han cambiado. Todo ha cambiado desde su llegada.

La Gorda salió por la puerta delantera. Fue en ese instante que tomé conciencia de que también a ella se la veía muy cansada. Sus zapatos parecían demasiado ajustados; o, tal vez, arrastraba un poco los pies debido a su debilidad. En apariencia, era pequeña y frágil.

Pensé que mi aspecto debía ser semejante. Puesto que no había espejos en aquella casa, sentí la necesidad de salir a mirarme en el retrovisor de mi coche. Lo hu­biera hecho, de no habérmelo impedido Pablito. Me pi­dió fervorosamente que no creyera una sola de las pala­bras que ella había pronunciado acerca de su condición de impostor. Le dije que no se preocupara por ello.

‑La Gorda no te gusta nada, ¿verdad?

‑Es cierto ‑replicó con una mirada salvaje‑. Sa­bes mejor que nadie la clase de monstruos que son esas mujeres. El Nagual nos dijo un día que ibas a venir para caer en su trampa. Nos rogó que estuviésemos alerta y te pusiéramos sobre aviso de sus designios. El Nagual dijo que tenías una de cuatro posibilidades: si nuestro poder era grande, nosotros mismos te traeríamos hasta aquí, te advertiríamos y te salvaríamos; si tu poder era poco, arribaríamos a tiempo de ver tu cadáver; la tercera posibilidad consistía en hallarte convertido en esclavo de la bruja Soledad o esclavo de estas mujeres repugnantes y hombrunas; la cuarta y más remota era que te encon­trásemos sano y salvo. El Nagual nos dijo que, en caso de que sobrevivieras, serías el Nagual y deberíamos con­fiar en ti porque eras el único que nos podía ayudar.

‑Haré cualquier cosa por ti, Pablito. Lo sabes.

‑No sólo por mí. No estoy solo. El Testigo y Benigno están conmigo. Estamos juntos y tú debes ayudarnos a los tres.

‑Desde luego, Pablito. Ni siquiera hace falta decirlo.

‑La gente de por aquí nunca nos ha molestado. Sólo tenemos problemas con esos monstruos horribles. No sabemos qué hacer con ellas. El Nagual nos ordenó per­manecer junto a ellas, seas cuales fuesen las circuns­tancias. Me encomendó una misión personal, pero fra­casé en el cometido. Antes era muy feliz. Lo recuerdas. Ahora me parece imposible arreglar mi vida.

‑¿Qué sucedió, Pablito?

‑Esas brujas me echaron de mi casa. Tomaron po­sesión y me arrojaron como a un trasto viejo. Ahora vivo en casa de Genaro, con Néstor y Benigno. Hasta tene­mos que prepararnos las comidas. El Nagual sabía que eso podía suceder y encargó a la Gorda la tarea de me­diar entre nosotros y esas tres perras. Pero la Gorda si­gue respondiendo al nombre con el cual el Nagual solía llamarla: Cien Nalgas. Ese fue su mote durante años y años, porque llevaba las básculas a cien kilos.

Pablito sofocó una risilla al recordar a la Gorda.

‑Era la bestia más gorda y maloliente del mundo ‑prosiguió‑. Hoy su tamaño real se halla reducido a la mitad, pero sigue siendo la misma mujer gorda y mentalmente lenta que otrora. Pero ahora estás aquí, Maestro, y nuestras preocupaciones se han desvaneci­do. Ahora somos cuatro contra cuatro.

Quise interponer un comentario, pero me detuvo.

‑Déjame terminar lo que debo decirte antes de que esa bruja vuelva para echarme de aquí -dijo, en tanto miraba la puerta nerviosamente‑. Sé que te han dicho que ustedes cinco son lo mismo porque tú eres el hijo del Nagual. ¡Eso es una mentira! También eres como noso­tros los Genaros, porque también Genaro ayudó a cons­truir tu luminosidad. También eres uno de nosotros. ¿Comprendes lo que quiero decir? De modo que no debes creer lo que te digan. También nos perteneces. Las bru­jas no saben que el Nagual nos lo contó todo. Creen que son las únicas que saben. Costó dos toltecas hacernos como somos. Somos hijos de ambos. Esas brujas…

‑Espera, espera, Pablito ‑dije, tapándole la boca.

Calló, aparentemente asustado por lo súbito de mi movimiento.

‑¿Qué me quieres dar a entender con eso de que costó dos toltecas hacernos?

‑El Nagual nos hizo saber que éramos toltecas. To­dos nosotros somos toltecas. Según él, un tolteca es un receptor y conservador de misterios. El Nagual y Genaro son toltecas. Nos dieron su luminosidad y sus misterios. Recibimos sus misterios y ahora los conservamos.

Su empleo de la palabra «tolteca» me desconcertó. Yo estaba familiarizado únicamente con su significado antropológico. En ese contexto, refiere siempre a la cul­tura de un pueblo de lengua nahuatl del centro y sur de México, ya extinguido en tiempos de la Conquista.

‑¿Por qué nos llamaba toltecas? ‑pregunté, sin sa­ber qué otra cosa decir.

‑Porque eso es lo que somos. En vez de decir qué éra­mos brujos o hechiceros, él decía que éramos toltecas.

‑Si ese es el caso, ¿por qué tú llamas brujas a las hermanitas?

‑Oh… es que las odio. Eso no tiene nada que ver con lo que somos.

‑¿Les dijo el Nagual eso a todos?

‑Claro, por supuesto. Todos lo saben.

‑Pero a mí nunca me lo dijo.

‑Oh… es que tú eres un hombre muy educado y siempre estás discutiendo cosas estúpidas.

Rió, en un tono forzado y agudo, y me dio unas pal­maditas en la espalda.

‑¿Les dijo el Nagual en alguna oportunidad que los toltecas eran un pueblo antiguo que vivió por esta parte de México? ‑pregunté.

‑¿Ves a dónde vas a parar? Por eso a ti no te dijo nada. Lo más probable es que el viejo cuervo no supiera que se trataba de un pueblo antiguo.

Se mecía en la silla mientras reía. Su risa era muy agradable y contagiosa.

‑Somos toltecas, Maestro ‑dijo‑. Ten la seguri­dad de que lo somos. Eso es todo lo que sé. Pero puedes preguntarle al Testigo. Él sabe. Yo he perdido el interés por la cuestión hace mucho.

Se puso de pie y se dirigió al fogón. Lo seguí. Exami­nó una olla llena de comida que se cocía a fuego lento. Me preguntó si sabía quién lo había preparado. Estaba casi seguro de que había sido la Gorda, pero le respondí que no sabía. La olió cuatro o cinco veces, en cortas in­halaciones, como un perro. Luego anunció que su nariz le informaba que lo había hecho la Gorda. Me preguntó si yo lo había probado; cuando le hice saber que había acabado de comer exactamente antes de que él llegara, cogió un tazón de un estante y se sirvió una enorme ra­ción. Me recomendó, en términos imperativos, que sólo comiera cosas preparadas por la Gorda y que usara úni­camente su tazón, tal como él lo estaba hacien­do. Le conté que la Gorda y las hermanitas me habían servido de comer en un tazón oscuro que guardaban en un estante separado de los demás. Me informó que ese tazón pertenecía al Nagual. Regresamos a la mesa. Co­mió con la mayor lentitud y no pronunció una sola pala­bra. Su absoluta concentración en el comer me llevó a tomar conciencia de que todos ellos hacían lo mismo: tragaban en completo silencio.

‑La Gorda es una gran cocinera -dijo, al termi­nar‑. Solía alimentarme. Hace siglos de ello, antes de odiarme, antes de convertirse en una bruja; quiero de­cir, en una tolteca.

Me miró con un expresivo destello y me guiñó un ojo.

Sentí la obligación de comentar que la Gorda me ha­bía dado la impresión de ser incapaz de odiar a nadie. Le pregunté si sabía que ella había perdido la forma.

‑¡Eso es una sarta de tonterías! ‑exclamó.

Me observó como si estuviese midiendo la sorpresa de mis ojos, y luego escondió la cara tras un brazo y so­focó una risa tonta al modo de un niño confundido.

‑Debo admitir que realmente lo ha hecho ‑agre­gó‑. Es fantástica.

‑Entonces, ¿por qué te desagrada?

‑Te diré algo, Maestro, porque confío en ti. No me desagrada en lo más mínimo. Es realmente la mejor. Es la mujer del Nagual. Sólo que procedo así con ella por­que me gusta que me mime, y lo hace. Nunca se irrita conmigo. A veces me dejo llevar y me trabo en lucha con ella. Cuando esto sucede, se limita a quitarse de en me­dio, como hacía el Nagual. Al minuto siguiente ni siquie­ra recuerda lo que hice. Ahí tienes a un verdadero gue­rrero sin forma. Hace lo mismo con todos. Pero los demás somos unos despojos lamentables. Somos malos. Esas tres brujas nos odian y nosotros las odiamos.

‑Ustedes son brujos, Pablito. ¿No pueden cesar esas riñas?

‑Claro que podemos, pero no lo deseamos. ¿Qué es­perabas que hiciésemos? ¿Que nos comportáramos como hermanos y hermanas?

No supe qué decir.

‑Ellas eran las mujeres del Nagual ‑prosiguió‑. Y, sin embargo, todo el mundo esperaba que me hiciese con ellas. ¡Cómo, en nombre de Dios, voy a hacerlo! Lo inten­té con una y, en vez de apoyarme, la bruja estuvo a pun­to de asesinarme. De modo que ahora cada una de esas mujeres anda tras mi escondite como si hubiese cometi­do un crimen. Lo único que hice fue seguir las instruccio­nes del Nagual. Él me ordenó tener relaciones íntimas con todas ellas, una por una, hasta lograr tenerlas con todas a la vez. Pero no lo conseguí con ninguna.

Deseaba preguntarle por su madre, doña Soledad, pero no se me ocurrió ningún modo de traerla a la con­versación. Callamos por un momento.

‑¿Las odias por lo que trataron de hacerte? ‑pre­guntó de pronto.

Vi mi oportunidad.

‑No, en absoluto ‑dije‑. La Gorda me explicó sus razones. Pero el ataque de doña Soledad fue aterrador. ¿La ves a menudo?

No respondió. Miró al techo. Repetí mi pregunta. Advertí que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cuerpo tembló, convulsionado por silentes sollozos.

Declaró que una vez había tenido una hermosa ma­dre, a la cual, sin duda, yo recordaría. Su nombre era Manuelita, una santa mujer que crió dos niños, traba­jando como una mula para mantenerlos. Sentía la más profunda veneración por aquella mujer, que les había alimentado y amado. Pero un horrible día su destino se había cumplido y se había encontrado con Genaro y el Nagual, y, entre los dos, habían destruido su vida. Con tono muy emotivo, Pablito aseveró que los dos demonios se habían llevado su alma y el alma de su madre. Asesi­naron a Manuelita y dejaron en su lugar a Soledad, esa horrenda hechicera. Me clavó los ojos bañados en lágri­mas y sostuvo que esa espantosa mujer no era su ma­dre. No era posible que fuese su Manuelita.

Sollozaba de una manera incontrolable. Yo no sabía qué decir. Su estallido emocional era a tal punto auténtico, y sus argumentos tan verosímiles, que me vi domina­do por una oleada de sentimentalismo. Pensando como lo haría la mayoría de los hombres civilizados, tuve que estar de acuerdo con él. A juzgar por la apariencia, era una verdadera desgracia para Pablito haberse cruzado en el camino de don Juan y de don Genaro.

Pasé el brazo por sobre sus hombros y estuve a pun­to de echarme a llorar. Tras un largo silencio, se puso de pie y salió por la puerta trasera. Le oí sonarse la na­riz y lavarse la cara en un cubo de agua. Volvió más se­reno. Hasta sonreía.

‑No me interpretes mal, Maestro ‑dijo‑. No culpo a nadie de lo que me ha sucedido. Fue mi destino. Ge­naro y el Nagual actuaron como impecables guerreros que eran. Soy débil; eso es todo. Y fracasé en mi misión. El Nagual decía que la única posibilidad que tenía de evitar el ataque de esa horrible bruja consistía en aco­rralar a los cuatro vientos, y hacerlos soplar desde mis cuatro lados. Pero no lo conseguí. Esas mujeres estaban de acuerdo con la hechicera, Soledad, y no me prestaron ayuda. Buscaban mi muerte.

»El Nagual me dijo también que si yo fallaba, tú tam­poco tendrías posibilidad alguna. Aseguró que, si ella te mataba, yo debía huir y tratar de salvar la vida. Dudaba de que consiguiera siquiera alcanzar el camino. Sostenía que tu poder más lo que la bruja ya sabía, la harían in­superable. De modo que, cuando comprendí que no lo­graría acorralar a los cuatro vientos, me consideré muer­to. Y, como era de esperar, odié a esas mujeres. Pero hoy, Maestro, me has llenado de nuevas esperanzas.

Le dije que sus sentimientos hacia su madre me ha­bían llegado muy profundamente. Me encontraba en re­alidad horrorizado por todo lo sucedido, pero dudaba in­tensamente de mi capacidad para traerle esperanzas de ninguna clase.

‑¡Lo has hecho! ‑exclamó con gran certidumbre‑. Me sentí terriblemente mal todo este tiempo. Ver a la propia madre corriendo tras uno con un hacha es algo que no puede hacer feliz a nadie. Pero ahora ella está fuera de la cuestión, merced a ti y a todo lo que has hecho.

»Esas mujeres me odian porque están convencidas de que soy un cobarde. No hay lugar en sus endurecidas mentes para comprender que somos diferentes. Tú y esas cuatro mujeres son diferentes de mí y del Testigo y de Benigno en muy amplio grado. Ustedes cinco esta­ban considerablemente más cerca de la puerta antes de que el Nagual los hallara. Él nos contó que en una opor­tunidad habías llegado a tratar de suicidarte. Nosotros no éramos así. Estábamos bien, vivos y felices. Éramos todo lo contrario de ti. Ustedes eran personas desespe­radas; nosotros no. Si Genaro no se hubiese cruzado en mi camino, yo sería un carpintero satisfecho. O estaría muerto. Eso no importa. Habría dado lo mejor de mí y me encontraría a gusto.

Sus palabras suscitaron en mí un estado de ánimo singular. No pude dejar de admitir que tenía razón cuando decía que tanto aquellas mujeres como yo éra­mos individuos desesperados. De no haber conocido a don Juan, seguramente habría muerto; pero no podía decir, como Pablito, que me hubiese ido bien de otra manera. Don Juan había dado vida y vigor a mi cuerpo y libertad a mi espíritu.

Las afirmaciones de Pablito me hicieron recordar algo que don Juan me había dicho una vez, hablando de un anciano, amigo mío. Don Juan había asegurado, de modo tajante, que el hecho de que el viejo viviese o mu­riese no tenía la menor importancia. Me enfadé un tan­to ante lo que me parecía una redundancia de parte de don Juan. Le respondí que no hacía falta señalar que la vida o la muerte de aquel hombre carecía de importan­cia, por cuanto nada en el mundo podía tener trascen­dencia alguna, salvo para cada uno personalmente.

-¡Tú lo has dicho! -exclamó, y rió‑. Eso exactamente es lo que quiero decir. La vida y la muerte de ese viejo no significan nada para él mismo. Podía haber muerto en mil novecientos veintinueve, o en mil novecientos cincuenta, o vivido hasta mil novecientos noventa y cinco, Eso no importa. Es absurdamente igual para él.

Así había sido mi vida antes de conocer a don Juan. Nada me había importado. Solía actuar como si ciertas cosas me afectasen, pero no dejaba de ser una estratagema para parecer un hombre sensible.

La voz de Pablito interrumpió mis reflexiones. Que­ría saber si había lastimado mis sentimientos. Le asegu­ré que no había nada de eso. Con el objeto de reiniciar el diálogo, le pregunté dónde había conocido a don Genaro.

‑Mi destino era que mi patrón se enfermase ‑dijo‑. Debido a ello hube de ir al mercado a construir una nue­va serie de tiendas de ropa. Trabajé en ese lugar durante dos meses. Allí conocí a la hija del propietario de una de las tiendas. Nos enamoramos. Hice la tienda de su padre ligeramente más grande que las demás, de modo de poder hacer el amor con ella tras el mostrador mientras su hermana atendía a los clientes.

Un día Genaro llevó un saco de plantas medicinales a un comerciante del otro lado de la nave, y, mientras conversaba con él, notó que el puesto de ropas vibraba. Observó con atención el lugar, pero vio solamente a la hermana, dormitando en una silla. El hombre informó a Genaro de que cada día el puesto vibraba así alrededor de esa hora. Al día siguiente, Genaro llevó al Nagual, para que viese vibrar la construcción, y consiguió su propósito. Regresaron al otro día y volvió a vibrar. De modo que esperaron hasta que salí. Fue entonces que trabé relación con ella, y poco después Genaro me contó que era herborista y me propuso preparar para mí una poción merced a la cual ninguna mujer se me resistiría. Me gustaban las mujeres, así que piqué. Ciertamente me preparó la poción, pero ello le llevó diez años. En el ínterin llegué a conocerlo muy bien, y a quererlo más que si fuese mi propio hermano. Y ahora lo extraño como no te puedes imaginar. Como puedes ver, me hizo trampa. A veces me alegro de que lo haya hecho; no obs­tante, las más de las veces me irrita.

‑Don Juan me dijo que los brujos debían contar con un presagio antes de decidirse por algo. ¿Hubo algo de eso contigo, Pablito?

‑Sí. Genaro me contó que el ver temblar el puesto despertó su curiosidad y entonces vio que dos personas hacían el amor tras el mostrador. De modo que se sentó a esperar que salieran; quería ver quiénes eran. Al cabo de un rato apareció la muchacha, pero a mí no me vio. Pensó que resultaba muy extraño, tras estar tan decidi­do a ponerme los ojos encima. Al día siguiente regresó en compañía del Nagual; Genaro fue a pasearse por la par­te de atrás del puesto, en tanto el Nagual aguardaba de­lante. Tropecé con Genaro cuando salía a gatas. Creí que no me había visto porque yo me hallaba aún detrás del trozo de tela que cubría la abertura que había dejado en la pared lateral. Comencé a ladrar, para hacerle pensar que debajo del trapo había un perrito. Gruñó y me ladró y me llevó a la convicción de que al otro lado había un enorme perro enfurecido. Me asusté tanto que salí co­rriendo por el lado opuesto y me di de bruces con el Na­gual. Si hubiese sido un hombre corriente, lo hubiera de­rribado, dado que lo cogí enteramente de frente; en cambio, me alzó como a un niño. Me quedé absolutamen­te pasmado. Para ser un hombre tan viejo, era verdade­ramente fuerte. Pensé que un hombre tan fuerte me po­día servir para acarrear maderas. Además, no quería desprestigiarme ante la gente que me había visto salir corriendo de debajo del mostrador. Le pregunté si le gus­taría trabajar para mí. Me dijo que sí. En esa misma jor­nada fue al taller y comenzó a hacer las veces de mi asis­tente. Trabajó allí cada día durante dos meses. No tuve una solo oportunidad frente a esos dos demonios.

Lo incongruente de la imagen del Nagual trabajando para Pablito me resultaba extremadamente cómico. Pa­blito empezó a remedar el modo en que don Juan se echaba los maderos sobre los hombros. Tuve que coinci­dir con la Gorda en que Pablito era tan buen actor como Josefina.

‑¿Por qué se dieron todas esas molestias, Pablito?

‑Tenían que engañarme. No creerás que yo estaba dispuesto a irme con ellos así como así ¿no? Había pasa­do la vida oyendo hablar de brujas y curanderos y he­chiceros y espíritus, sin creer jamás una palabra de ello. Quienes hablaban de esas cosas no eran más que igno­rantes. Si Genaro me hubiese dicho que él y su amigo eran brujos, me hubiera alejado de ellos. Pero eran de­masiado inteligentes para mí. Los dos zorros eran realmente astutos. Hicieron las cosas sin prisa. Genaro decía que hubiese esperado por mí así pasaran veinte años. Es por eso que el Nagual entró a trabajar para mí. Yo se lo pedí, de modo que le entregué la llave.

»El Nagual era un trabajador diligente. Yo era un tanto pícaro por entonces, y creía ser quien le tendía una trampa a él. Estaba convencido de que el Nagual no era más que un viejo indio estúpido, de modo que le comuni­qué que pensaba decir al patrón que era mi abuelo, para que lo contratara; a cambio, debía entregarme un por­centaje de su salario. El Nagual me respondió que era muy amable por mi parte el hacerlo así. Me daba una parte de los pocos pesos que ganaba cada día.

»Mi patrón estaba impresionado por la capacidad de trabajo de mi abuelo. Pero los demás se burlaban de él. Como sabes, tenía la costumbre de hacer crujir todas sus articulaciones de tanto en tanto. En el taller lo ha­cía toda vez que acarreaba algo. Naturalmente, la gente creía que era tan viejo que siempre que se echaba algo a la espalda su cuerpo chirriaba.

»Con el Nagual como abuelo me sentía bastante des­dichado. Pero para entonces Genaro ya había seducido mi avaricia, diciéndome que proporcionaba al Nagual una mezcla de plantas especial que lo hacía ser fuerte como un toro. Cada día acostumbraba llevarle un peque­ño montón de hojas maceradas. Aseveraba que su amigo no era nada sin el brebaje, y, para demostrármelo, pasó dos días sin dárselo. Sin las hojas el Nagual parecía ser un viejo común y corriente. Genaro me convenció de que a mí también me era posible utilizar su pócima para que las mujeres me amasen. Ello despertó todo mi interés, sobre todo cuando me dijo que podíamos ser socios si le ayudaba a preparar la fórmula y dársela a su amigo. Un día me mostró unos dólares y me contó que había vendi­do su primer lote a un norteamericano. Eso me terminó de atraer y me convertí en socio suyo.

»Mi socio Genaro y yo teníamos grandes planes. Él sostenía que yo debía tener mi propio taller, porque con el dinero que íbamos a hacer con su fórmula podría comprar lo que quisiera. Compré un local y mi socio pagó por él. De modo que me entusiasmé. Sabía que ha­blaba en serio y comencé a trabajar en la preparación de su mezcla de hojas.

A esa altura, yo tenía la seguridad de que don Gena­ro había empleado plantas psicotrópicas en su receta. Razoné que debía de haber dado a Pablito su producto para garantizarse su sumisión.

‑¿Te dio plantas de poder, Pablito? ‑pregunté.

‑Desde luego ‑replicó‑. Me dio su preparado. Tragué toneladas de él.

Describió y realizó la imitación del modo en que don Juan se sentaba junto a la puerta de la casa de don Ge­naro, profundamente aletargado, y volvía a la vida tan pronto como la pócima tocaba sus labios. Pablito me dijo que, a la vista de tal transformación, se vio obligado a probarla.

‑¿Qué había en esa fórmula? ‑pregunté.

‑Hojas verdes ‑respondió‑. Todas las hojas verdes que podía recoger. Así de demonio era Genaro. Solía ha­blar de su fórmula y me hacía reír hasta que me elevaba como una cometa. ¡Dios, cómo disfruté en aquellos días!

Reí para aplacar los nervios. Pablito sacudió la cabe­za de uno a otro lado y se aclaró la garganta dos o tres veces. Parecía estar haciendo un esfuerzo por no llorar.

‑Como ya te he dicho, Maestro ‑prosiguió‑, me impulsaba la codicia. Secretamente planeaba deshacer­me de mi socio tan pronto como aprendiera a preparar la fórmula por mí mismo. Genaro no ha de haber igno­rado nunca mis designios; poco antes de partir, me abrazó y me dijo que era hora de cumplir mi deseo; era hora de deshacerme de mi socio, porque ya había apren­dido a hacer la poción.

Pablito se puso de pie. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

‑El hijo del diablo de Genaro ‑dijo con dulzura‑, El maldito demonio. Le quise realmente, y, si no fuese tan cobarde, estaría preparando su brebaje.

No quise escribir más. Para disipar mi tristeza, re­cordé a Pablito que debíamos ir a buscar a Néstor.

Estaba recogiendo mis notas para partir cuando la puerta de entrada se abrió de un fuerte golpe. Pablito y yo dimos un salto instintivamente y nos volvimos a mi­rar. Néstor estaba de pie en el vano. Corrí hacia él. Nos encontramos en medio de la habitación delantera. Se abalanzó sobre mí y me aferró por los hombros. Me pa­reció más alto y fuerte que en nuestra anterior reunión. Su cuerpo, largo y delgado, había adquirido una elegan­cia casi felina. Por una u otra razón, la persona que te­nía frente a mí, que me miraba fijamente, no era el Néstor que había conocido. Le recordaba como un hom­bre tímido, al que avergonzaba sonreír a causa de sus dientes torcidos, un hombre que había sido confiado a Pablito para que éste cuidase de él. El Néstor que esta­ba viendo era una mezcla de don Juan y don Genaro. Era nervudo y ágil como don Genaro, pero tenía el po­der de fascinación de don Juan. Quise complacerme en mi perplejidad, pero todo lo que logré hacer fue echar a reír como él. Me dio unas palmaditas en la espalda. Se quitó el sombrero. Recién entonces me percaté de que Pablito no lo llevaba. Y también advertí que Néstor era mucho más moreno y más recio. A su lado, Pablito se veía casi frágil. Ambos llevaban tejanos, chaquetas gruesas y zapatos con suela de crepé.

La presencia de Néstor en la casa disipó instantá­neamente lo opresivo del ambiente. Le propuse reunir­nos en la cocina.

‑Llegas en buen momento -dijo Pablito a Néstor con una enorme sonrisa cuando nos sentamos‑. El Maestro y yo estábamos aquí sollozando, recordando a los demonios toltecas.

‑¿Es cierto que llorabas, Maestro? ‑preguntó Nés­tor con una sonrisa maliciosa.

‑No te quepa duda ‑replicó Pablito.

Un suave crujido en la puerta delantera hizo callar a Pablito y a Néstor. Se pusieron de pie y yo hice lo mismo. Miramos a la puerta. Estaba siendo abierta con sumo cuidado. Pensé que tal vez la Gorda hubiese regresado y abriera la puerta poco a poco para no molestarnos. Cuando finalmente se abrió lo suficiente para dejar paso a una persona, entró Benigno, como si lo hiciese furtiva­mente en una habitación a oscuras. Tenía los ojos cerra­dos y andaba de puntillas. Me hizo pensar en un niño que tratase de entrar sin ser visto en un cine, por la puerta de salida, para asistir a una función, sin atrever­se a hacer ruido y sin distinguir nada en la oscuridad.

Todos contemplábamos a Benigno en silencio. Abrió un ojo sólo lo necesario para echar una mirada fugaz y orientarse y se dirigió, siempre en puntillas, a la cocina. Pablito y Néstor se sentaron y me indicaron que hiciese lo mismo. Entonces Benigno se deslizó por el banco has­ta llegar a mi lado. Me dio un leve cabezazo en el hom­bro, tan sólo un suave golpecito, para que me corriese y le hiciese lugar en el banco. Se sentó cómodamente, con los ojos aún cerrados.

Vestía tejanos, como Pablito y Néstor. Su rostro había engordado desde nuestro anterior encuentro, años atrás, y su pelo se veía diferente, aunque yo no supiera expli­car por qué. Tenía una tez más clara que la que yo recor­daba, dientes muy pequeños, pómulos altos, nariz breve y orejas grandes. Siempre me había dado la impresión de ser un niño cuyos rasgos no hubieran madurado.

Pablito y Néstor, que habían callado en el momento de la entrada de Benigno, siguieron conversando mien­tras éste se sentaba, como si nada hubiese ocurrido.

‑Claro, lloraba conmigo ‑dijo Pablito.

‑Él no es un llorón como tú ‑le replicó Néstor.

Entonces se volvió hacia mí y me abrazó.

‑Me alegra muchísimo que estés vivo ‑dijo‑. Acabamos de hablar con la Gorda y nos dijo que eras el Nagual, pero no nos explicó cómo te las arreglaste para salvar tu vida. ¿Cómo fue, Maestro?

Entonces se me presentó una curiosa elección. Hubiera podido seguir por el camino de lo racional, como siem­pre, y decir sin mentir que no tenía la más vaga idea. También podía haber dicho que mi doble me había libra­do de aquellas mujeres. Estaba estimando el probable efecto de cada una de las alternativas cuando Benigno me distrajo. Abrió ligeramente un ojo y me miró y sofocó una risilla y ocultó la cabeza entre los brazos.

‑Benigno, ¿no quieres hablar conmigo? ‑pregunté.

Negó con la cabeza.

Me sentía cohibido con él allí a mi lado, y opté por preguntar qué problema había conmigo.

‑¿Qué hace? ‑pregunté a Néstor en voz alta.

Néstor frotó la cabeza de Benigno y lo sacudió. Benigno abrió los ojos y los volvió a cerrar.

‑Es así, ya lo conoces… ‑me dijo Néstor‑. Es extremadamente tímido. Tarde o temprano abrirá los ojos. No le hagas caso. Si se aburre, se quedará dormido.

Benigno hizo un movimiento afirmativo con la cabe­za, siempre con los ojos cerrados.

‑Bueno, ¿cómo fue que te zafaste? ‑insistió Néstor.

‑¿No nos lo quieres decir? ‑preguntó Pablito.

Expliqué que mi doble había salido de mi coronilla por tres veces. Les hice un relato de lo sucedido.

No se mostraron en absoluto sorprendidos y tomaron mi narración como una cuestión de rutina. Pablito quedó encantado al considerar la posibilidad de que doña Sole­dad no lograra recuperarse y, a la larga, muriera. Quiso saber si también había golpeado a Lidia. Néstor le orde­nó, mediante un gesto perentorio, que callara. Pablito dócilmente se interrumpió en mitad de la frase.

‑Lo siento, Maestro ‑dijo Néstor‑, pero no fue tu doble.

‑¡Pero si todo el mundo dijo que había sido mi doble!

‑Sé a ciencia cierta que has interpretado mal a la Gorda, porque cuando Benigno y yo nos dirigíamos a la casa de Genaro, ella nos alcanzó y nos informó que tú y Pablito estabais aquí. Al referirse a ti, te llamó Na­gual. ¿Sabes por qué?

Reí y le respondí que creía que ello era debido a su idea de que yo había recibido la mayor parte de la lumi­nosidad del Nagual.

‑¡Uno de nosotros es un imbécil! ‑dijo Benigno con voz tronante, sin abrir los ojos.

El sonido de su voz era tan extraño que me aparté de él de un salto. Su declaración, completamente ines­perada, sumada a mi reacción ante ella, hizo reír a to­dos. Benigno abrió un ojo, me observó un instante y lue­go enterró la cabeza entre los brazos.

‑¿Sabes por qué llamábamos el Nagual a Juan Ma­tus? ‑me preguntó Néstor.

Le confesé que siempre había pensado que era un modo delicado de llamarle brujo.

La carcajada de Benigno fue tan estrepitosa que su sonido apagó las voces de todos los demás. Parecía estar divirtiéndose inmensamente. Apoyó la cabeza en mi hombro cual si se tratase de un objeto cuyo peso le re­sultara ya insoportable.

‑Le llamábamos el Nagual ‑prosiguió Néstor- ­porque estaba escindido en dos partes. Dicho en otros términos, toda vez que lo necesitaba, le era posible salir por un camino con el que nosotros no contábamos; algo surgía de él, algo que no era un doble sino una sombra ho­rrenda, amenazante, de aspecto semejante al suyo, pero del doble de su tamaño. Llamamos Nagual a esa sombra y todo aquel que la tiene es, por supuesto, el Nagual.

»El Nagual nos dijo que, si lo deseábamos, todos po­díamos disponer de esa sombra que surge de la cabeza, pero lo más probable es que ninguno de nosotros lo desee. Genaro no lo quería, de modo que supongo que nosotros tampoco lo queremos. Por lo que parece, eres tú quien carga con ello.

Se desternillaron de risa. Benigno me rodeó los hom­bros con el brazo y rió hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas.

‑¿Por qué dices que cargo con ello? ‑pregunté a Néstor.

‑Consume mucha energía ‑dijo‑, demasiado tra­bajo. No sé cómo puedes mantenerte en pie.

»El Nagual y Genaro te dividieron en el bosquecillo de eucaliptus. Te llevaron allí porque los eucaliptos son tus árboles. Yo estaba allí, y presencié el momento en que te abrieron y sacaron tu nagual. Lo hicieron tirándo­te de las orejas hasta que tu luminosidad estuvo separa­da en dos y dejaste de ser un huevo, para convertirte en dos largos trozos de luminosidad. Luego te volvieron a unir, pero cualquier brujo que vea puede decir que hay un enorme agujero en el centro.

‑¿Cuál es la ventaja de haber sido dividido?

‑Tienes un oído que lo oye todo y un ojo que lo ve todo y siempre te será posible sacar un kilómetro de ventaja en caso de necesidad. A esa división obedece también el que nos hayan dicho que tú eras el Maestro.

»Intentaron también dividir a Pablito, pero aparen­temente fracasaron. Es demasiado consentido y siempre se ha gratificado como un cerdo. Es por ello que tiene tantas arrugas.

‑Entonces, ¿qué es un doble?

‑Un doble es el otro, el cuerpo que se obtiene me­diante el soñar. Tiene exactamente el mismo aspecto que uno.

‑¿Tienen todos un doble?

Néstor me miró con la sorpresa reflejada en sus ojos.

‑¡Eh, Pablito, háblale de dobles al Maestro! ‑dijo riendo.

Pablito pasó al otro lado de la mesa y sacudió a Be­nigno.

‑Háblale tú, Benigno ‑dijo‑. Mejor aún, mués­traselo.

Benigno se puso de pie, abrió los ojos tanto como pudo y miró al techo; luego se bajó los pantalones y me mostró el pene.

Los Genaros estallaron en risotadas.

‑¿Tu pregunta fue hecha en serio, Maestro? ‑me preguntó Néstor, inquieto.

Le aseguré que había expresado con absoluta auten­ticidad mi deseo de conocer todo lo relativo a su saber. Me lancé entonces a una larga aclaración acerca de cómo don Juan me había mantenido apartado de su mundo por motivos que no alcanzaba a desentrañar, impidiéndome una relación más estrecha con ellos.

‑Piensen en esto ‑dije‑: hasta hace tres días ig­noré que esas cuatro muchachas fuesen aprendices del Nagual, y que Benigno lo fuera de Genaro.

Benigno abrió los ojos.

‑Y tú piensa en esto ‑dijo‑: hasta hoy ignoré que fueses tan estúpido.

Volvió a cerrar los ojos y los tres echaron a reír como locos. No me quedó más remedio que sumarme a ellos.

‑Te estábamos tomando el pelo, Maestro ‑dijo Néstor a modo de disculpa‑. Creíamos que tú nos lo es­tabas tomando a nosotros, con tu insistencia en el tema. El Nagual nos dijo que veías. Si es así, te darás cuenta de que somos un grupo ridículo. Carecemos del cuerpo del soñar. No tenemos doble.

Del modo más grave y formal, Néstor me hizo saber que algo se interponía entre ellos y su deseo de tener un doble. Entendí que lo que me quería decir era que, desde la partida de don Juan y don Genaro, se había creado una barrera. Él pensaba que probablemente fuese pro­ducto del fracaso de Pablito en su tarea. Pablito agregó que, desde que el Nagual y Genaro se habían ido, algo les perseguía; incluso Benigno, que por entonces vivía en el punto más meridional de México, había tenido que re­gresar. Sólo al estar los tres juntos se sentían seguros.

‑¿Y de qué crees que se trate? ‑pregunté a Néstor.

‑Hay algo allí fuera, en esa inmensidad, que nos atrae ‑replicó‑. Pablito considera que la culpa es suya, por ponerse a malas con las mujeres.

Pablito se volvió hacia mí. Había un brillo intenso en sus ojos.

‑Me han echado una maldición, Maestro ‑dijo‑. Sé que soy la causa de todas nuestras dificultades. Qui­se desaparecer de estos alrededores tras mi pelea corn Lidia, y a los pocos meses me fui a Veracruz. Allí me en­contré realmente feliz, junto a una muchacha con la que pretendía casarme. Conseguí trabajo y todo me iba bien, hasta que un día llegué a casa y me encontré con esos cuatro monstruos hombrunos que, como animales de presa, me habían seguido el rastro por el olfato. Es­taban en mi casa, atormentando a mi mujer. La bruja de Rosa puso la mano sobre el vientre de mi mujer y la hizo cagar en la cama; como lo oyes. Su jefe, Cien Nal­gas, me dijo que habían cruzado el continente buscán­dome. Me cogió por el cinturón y me arrancó de allí. Me empujó hasta la estación de autobuses para traerme aquí. Yo estaba enloquecido porque no podía enfrentar­me con Cien Nalgas.

Me hizo subir al autobús. Pero en el camino huí. Co­rrí por entre arbustos y sobre colinas hasta que los pies se me hincharon al punto de no poder quitarme los za­patos. Estuve al borde de la muerte. Pasé nueve meses enfermo. Si el Testigo no me hubiese encontrado, no es­taría vivo.

‑Yo no le encontré ‑me dijo Néstor‑. Fue la Gor­da. Me llevó hasta el lugar en que se hallaba y entre los dos lo ayudamos a llegar al autobús y lo trajimos aquí. Deliraba y pagamos un suplemento del billete para que el conductor le permitiera permanecer en el vehículo.

Con acentos sumamente dramáticos, Pablito dijo que él no había cambiado de parecer; aún deseaba morir.

‑Pero, ¿por qué? ‑le pregunté.

Benigno respondió por él, con voz estruendosa.

‑Porque no le funciona la picha ‑dijo.

El resonar de su voz fue tan extraordinario que tuve la fugaz impresión de que hablaba desde dentro de una caverna. Era a la vez aterradora y absurda. Reí, casi fuera de control.

Néstor contó que Pablito había tratado de cumplir su misión de establecer relaciones sexuales con las mu­jeres, de acuerdo con las instrucciones del Nagual. Éste le había dicho que los cuatro lados de su mundo estaba ya situados en la posición adecuada y que todo lo que tenía que hacer era exigirlos. Pero cuando Pablito fue a exigir su primer lado, Lidia, ella estuvo a punto de dar­le muerte. Néstor agregó que, en su opinión personal como testigo del evento, la razón por la cual Lidia le ha­bía dado el cabezazo era su imposibilidad para cumplir su función como hombre; en vez de sentirse azorada por las circunstancias, le había golpeado.

‑¿Estuvo Pablito realmente enfermo como conse­cuencia de ese golpe, o tan sólo lo fingió? ‑pregunté, casi chanceando.

Volvió a responder Benigno, con la misma voz re­tumbante.

‑¡Sólo fingía! ‑dijo‑. ¡No fue más que un chichón!

Pablo y Néstor rieron agudamente y chillaron

‑No culpamos a Pablito por temer a esas mujeres ‑dijo Néstor‑. Son todas como el propio Nagual, gue­rreros temibles. Son viles y locas.

‑¿Las crees tan malas? ‑le pregunté.

‑Decir que son malas es omitir una parte de la ver­dad ‑dijo Néstor‑. Son exactamente como el Nagual. Son decididas y tenebrosas. Cuando el Nagual estaba aquí, solían sentarse cerca de él y mirar a lo lejos con los ojos entornados durante horas, a veces durante días.

‑¿Es cierto que Josefina estuvo rematadamente loca hace tiempo? ‑inquirí.

‑No me